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8 min
Detalles significantes
Drama |
24.10.20
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Sinopsis

Nuestra protagonista toma la vida de Hannah, su salvadora.

Detalles significantes Y pensar que todo fue por culpa de un detalle. Hannah Westernmuller era su nombre. Invadí su terreno en agosto, aprovechando que el clima era más agradable. La mujer vivía sola en la cabaña, era de vista corta y no parecía tener contacto social. Viuda desde hacía un par de años, según pude averiguar, vivía de la pensión del marido y pasaba gran parte de su tiempo recluida. Perfecta. Desde mi escondite próximo al granero de la pequeña granja la venía observando de forma de acostumbrarme a sus modos, la forma de vestirse, su lento caminar; y pasado algún tiempo comencé a acercarme a la vivienda de forma de observarla mientras hacía tareas por la casa o cuando dormía en la silla mecedora del cálido living. Pude descubrir que le gustaba la carne con papas, que dibujaba en un gran block verde de notas y que los fines de semana se sentaba durante horas para escuchar una espantosa música folclórica en algún idioma extraño. El primer shock me lo llevé cuando, simulando pedirle instrucciones para llegar a un lugar cercano al pueblo, le toqué a la puerta y escuché su voz. Gruesa y dulce, absolutamente opuesta al chillido de pájaro que emitían mis viejas cuerdas vocales. Pero todo saldrá bien, me repetía a mí misma. Cuerpo similar, cabello rubio, rostro semejante. Tenía todo preparado y sabía perfectamente qué procedimiento seguir para hacer un buen cambio de foto; el documento se vería perfecto, innumerables veces ya lo había probado. Si todo seguía de acuerdo a mis planes, en menos de un mes podía terminar de redondear todo y comenzar mi nueva vida. Eso, claro está, si no me descubrían y me mataban antes. Conseguir comida era difícil, por lo que me urgía ejecutar la acción antes que mi cuerpo se distinguiera del de ella producto del inevitable adelgazamiento. El día de la concreción de mis ansias me desperté temprano. Las manos me temblaban bastante, pero poco importaba ahora la moral; el plan estaba trazado. No era un asunto de opciones, ya no me quedaba ninguna opción disponible. En cuanto me abrió la puerta y presenté mi excusa ensayada para poder ingresar a la casa, el golpe y el disparo fueron certeros. La tapé inmediatamente de modo de no sentirme impresionada, la arrastré como pude al sótano al cual se accedía mediante la puerta trampilla del suelo, la cubrí con todo lo que encontré, y volví al living de la casa, para limpiar la sangre con celeridad, darme un baño y aprontar mi estancia. Los siguientes días me encontraron haciendo inventario de todo lo que la mujer tenía en su residencia; debía conocer cada rincón, la historia de cada objeto, imitar su rutina, comer lo que guardaba en su despensa, justificar la existencia del granero abandonado. Yo debía ser ella, en definitiva. La alemana aria había fallecido, la judía vivía ahora en su lugar. Luego de pasados tres meses, mi vida transcurría con una cierta paz; había hecho un par de amigas del pueblo y no me sentía tan sola como antes. O por lo menos, me sentía un poco mejor luego de haber perdido a parte de mi familia y haber escapado de las SS. Casi me sorprendí a mí misma cuando me descubrí disfrutando de platillos a los que nunca antes había prestado atención; dedicando mis tardes a hacer Strudel de manzana o tortas de ciruela y canela, y hasta sentándome como lo hiciera ella y escuchando la música que ya no me resultaba espantosa. ¿Me estaba transformando realmente en Hannah, entonces? El espejo me dijo que no, yo era la judía; ella era la aria. El cadáver abandonado en el sótano desprendía olor, pero me resultaba aterrador el solo hecho de pensar en bajar y encontrarme con aquel ser en mal estado. En definitiva estaba cubierta de diarios, y telas, y mantas, y todo lo que había tomado en el apuro para alejarla de mi vista. Me dediqué a perfumar la casa y confié en que con el tiempo desaparecería, puse un candado en la puerta trampa oculta bajo la alfombra y dejé que la represión de mi mente hiciera su trabajo. El pasado de Hannah y el mío morían ahora dados de la mano, y de esa acción milagrosa había nacido el nuevo ser; yo, la nueva Hannah que habitaba aquella casa. Los días transcurrían en calma, mi vida nuevamente iba tomando un rumbo normal, y comenzaba a sentirme casi feliz. Yo, Hannah Westernmulller, mi nueva mujer. El grito de “¡Subersiva, abra la puerta!” me dejó helada del horror. ¿Cómo era posible? El hombre rubio que vi al asomarme levemente a la ventana estaba acompañado por una gran camioneta y un pequeño ejército de monstruos que ya había tenido la desdicha de conocer cuando me encontraba en mi casa de Amsterdam. En mi alemán perfecto les pregunté amablemente que deseaban, muy sonriente a través de las cortinas. La respuesta no fue amable. Me sentía aterrorizada, ¿qué hacían esos hombres allí? Hannah había sido esposa de un nazi, toda la información que yo había recabado era correcta. ¿O no lo era? Esos segundos de horror me pesaron en el alma de una manera indescriptible. De poco sirvieron mis infructuosos esfuerzos por alejarlos y salvar mi pellejo. Los monstruos destrozaron la madera de entrada a patadas y les llevó unos segundos abalanzarse sobre mi y agarrarme con brutalidad para sacarme de la casa. Mientras varios de ellos revolvían mi nuevo hogar, mi mente desesperada elaboraba opciones. Hannah no era tan inocente entonces... ¿Pero cómo era eso posible, si había estado casada con un nazi? ¿Por qué venían a buscarla? ¿Era una traidora, era una gitana...? Nada de eso parecía coherente, aunque podría serlo; por algún motivo los monstruos estaban allí. Me golpeó entonces el hecho de que, además de todo, la verdadera Hannah se estaba pudriendo en el sótano. Si los nazis la encontraban muerta, ¿cómo justificaría mi existencia? ¿quién sería yo, entonces? Mi salvadora se transformó en pesadilla y ya no sabía de qué argumento asirme. Yo me encontraba fuera de mi nueva casa, de mi bien ganada vida, y ellos, los cerdos nacionalistas, escarbando en mi intimidad. Pasados varios minutos, el nazi más grande resurgió junto a la entrada, me miró con un desprecio casi ensayado y me mostró muy sonriente un montón de panfletos del partido comunista alemán. -Estaban bajo su cuerpo muerto, allí donde la dejaste. No fuiste muy cuidadosa, parece... Hannah ya no es nuestra preocupación entonces- rió socarronamente en dirección a sus colegas. Y tú, eres algo así como un postre inesperado... Sentí que moría de angustia en ese instante. Hannah era comunista… ¿habría engañado al esposo? Y yo, la torpe, dejando el cuerpo abandonado en el sótano sin notar la presencia de esos panfletos, de esa información tan esencial. Sentí vergüenza de mi misma y comencé a retorcerme en la culpabilidad de mi crimen. -Ya sabemos que mujer aria no eres, comunista seguro tampoco, gitana no aparentas. ¿Judía, entonces? - culminó con gran satisfacción. Sea como sea… Sus colegas, los monstruos menores, me sacudían de un lado para otro divirtiéndose conmigo, uno de ellos me pateaba y el otro me tironeaba del pelo. El rubio se reía gozosamente y se encontraba ahora tomando vino de una botella que había encontrado en mi cocina. Mi nueva amiga y vecina, la mujer de la casa de techo rojo, se asomó entonces a la ventana y miró la escena con horror. No tuve oportunidad de verla a los ojos por última vez. Supe que era el fin. Ella fue la única que me vio caer, velozmente y cara al piso, luego de ser acribillada.
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Soy Virginia; profesora de lenguas, traductora y actriz. Me encanta escribir. Un gusto compartir por aquí.

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