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11 min
DEVIL'S DEN y El Círculo Azul I
Suspense |
15.09.21
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Sinopsis

 

El Círculo Azul 

 

Valeria tenía pesadillas. Se sentía caer; una larguísima caída que no llegaba a ningún final. Despertaba de repente con la angustia del vértigo y quedaba sentada en la cama, con los ojos muy abiertos, el pelo alborotado y el cuerpo bañado en sudor frio.

Recordaba claramente el infinito descenso: a su alrededor, en el oscuro pozo, caras de mujeres muy jóvenes gritaban pidiendo ayuda. Siete veces la misma pesadilla. Las siete noches en las que había acudido al Pussy a terminar la noche con sus amigas. La angustia que sentía al despertar y un intenso dolor de cabeza -y no de borrachera- le hicieron pensar que su instinto le estaba avisando de algo turbio.

Por eso volvió fuera de su horario de servicio. Vestida de fiesta,  aunque no fuera lo más adecuado para un "operativo". Sabía que algo ocurría y quería descubrirlo, para, sobretodo, conseguir dormir en paz.

 

Inicio 

JUEVES NOCHE

Llovía. Según venía el viento, el cristal de la ventana junto a la mesa que se había sentado se mojaba con gotas que iban reflejando la luz de las farolas. Iban resbalando lentamente hacia abajo y las seguía con el dedo como trazando surcos invisibles para intentar atraparlas.

En la acera de enfrente se encontraba el club Pussycat. Una gatita negra sentada dentro de un óvalo malva se miraba la cola en el letrero de la entrada. Valeria hacía tiempo esperando que abrieran el local, alargando el placer del caliente líquido negro levemente azucarado. A través de la ventana, vio que a la izquierda de su objetivo se encontraba otro local con los cristales tintados, y un discreto letrero negro sobre ellos rezaba en letras góticas blancas: Devil's Den. Lo que lo hacía extraño es que no había acceso para entrar.

Las doce. Por fin se abrieron desde dentro las puertas metálicas oxidadas del Pussy. Un corpulento segurata extendió una trenzada cuerda de terciopelo malva entre dos postes dorados con cabeza de gato en su parte superior. 

Un grupo de chicas pasadas de alcohol, voceando y riendo fueron las primeras en entrar. Después un grupo de seis o siete guiris despistados fueron engullidos por las puertas. Sabía que no habría ambiente hasta pasadas las dos de la madrugada, así que no tenía prisa.

No había dicho nada a nadie sobre su presentimiento porque en caso de peligro, quería actuar libremente, sin tener que vigilar a ningún civil, y menos si era de su grupo más cercano, pero también porque sabía que era una completa locura.

Pidió un segundo café. Comprobó los mensajes en su móvil y tenía uno significativo: Emilio le deseaba las buenas noches. Le envió una carita con un beso y un "igualmente".

Sonrió. Pensó en el nuevo compañero que le habían asignado en su grupo de Delitos contra el tráfico de personas. Tenía que ponerlo al tanto de los subterfugios de la ciudad. Era su primer destino en la Central de la Ciudad Condal y estaba un poco perdido, siendo oriundo de Toledo, ciudad en comparación, mucho más pequeña y tranquila. Su primer destino y su primer amor, al parecer. Tal como la vio el primer día, se flechó con ella, y a ella, él le gustaba, pero a parte de sexo, Valeria no estaba dispuesta a dejarlo entrar en su vida. Demasiados errores habían convertido su neurona romántica en puro hielo.

Una cuarenta de la madrugada. Había entrado suficiente gente como para hacerla pasar desapercibida en el local.

Se levantó tranquilamente y estiró su ajustada falda negra, comprobó que las medias del mismo color llevaran detrás la raya bien puesta y calzándose los zapatos de tacón de aguja que descansaban bajo la mesa se dirigió a la barra a pagar sus consumiciones. De camino se colocó bien el top de lentejuelas marfil y puso en su hombro el pequeño bolso, que contenía la Glock 26 de 9 mm Parabellum, su arma personal.

Cruzó la calle mojada casi levitando en esos infernales tacones que la sostenían de puntillas. Se había formado una considerable cola frente a la entrada de la discoteca pero ella pasó directamente frente al segurata vestido de negro, que la saludó como clienta habitual.

El suelo enmoquetado hacía que su andar fuera mucho más cómodo. Se dirigió a las escaleras que bajaban al nivel inferior y apareció prácticamente en medio de la sala semi oscura, iluminada a ráfagas, con la música a alto volumen resonándole en los oídos.

A su derecha, una elevada pista retro, con luces de colores, se iluminaba con el ritmo musical. Ya estaba a rebosar de gente cimbreante; algunas caras indiferentes con el vaso largo en la mano, otras oteando en busca de compañía.

A su izquierda, la barra y un poco más allá, aquella puerta. La puerta que atravesaba antes de caer en el pozo oscuro en cada sueño. Una pequeña placa con la forma de círculo azul sin ninguna inscripción era su única marca.

Se sentó relativamente cerca y pidió un Daiquiri a un camarero que pasaba por las mesas. Se dispuso a esperar.

Los asistentes se acercaban a la barra y pedían sus consumiciones, pero nadie se dirigió a esa puerta.

No fue hasta la tres y media que Valeria vio que ésta se abría.

Mirando con disimulo, vio que la oscuridad detrás de ella confirmaba que no se trataba de un almacén. Lo que había tras aquella pared era el otro local. El Devil's Den. El "antro del diablo", tradujo en su inglés de bachillerato. Como surgidas de la nada, dos figuras, una masculina y una femenina aparecieron en el vano de la puerta, luego otra pareja más y cerrándola a sus espaldas desaparecieron entre la humanidad que abarrotaba el local. Las mujeres andaban erráticas y los hombres las sujetaban por la cintura, guiándolas.

Sin pensar más que un instante, decidió que la oscuridad era su mejor aliada. Se acercó a la entrada, asió la manilla y tiró.

La puerta se abrió sin problema, entró y cerró la misma tras ella. Dejó de ver y de oír la música. Con las manos siguió la pared hasta que topó con otra enfrente: había llegado a un muro ciego.

Empezaba a pensar en lo extraño de la situación; su mente racional le decía que "tenía" que haber una salida, que eso era una puerta más... y moviendo las manos por la superficie encontró una marca redonda que sobresalía en la esquina superior derecha.

Tenía razón. Al presionar la marca el muro se apartó hacia la izquierda abriendo un pasadizo. Movió el pie y notó el vacío. Aún a riesgo de delatarse, buscó el móvil en el bolso y encendió la linterna. Delante suyo se extendían en empinado descenso unas escaleras de pequeños peldaños, encajadas entre dos paredes que apenas se separaban unos ochenta centímetros. Al fondo, se vislumbraba un descansillo con una puerta de cuarterones de maciza y oscura madera y dintel redondeado.

Ya estaba metida hasta el cuello, así que se encaminó hacia lo desconocido sin pestañear.

El descenso se eternizó debido a los finísimos tacones, hasta que terminaron los peldaños y pisó un suelo de arena compacta.

Esta vez la puerta se abrió hacia dentro antes de tocar el pomo. La poca luz no animaba a pasar.

—"Bienvenida al Inframundo, señorita. La esperábamos"

Sólo oyó la voz, pero por más que miraba, no había ninguna persona a la vista. Echó una mirada en todas direcciones. Estaba en una sala con columnas de doble arquería, del mismo color que la tierra del suelo. No llegaba a ver paredes en ninguno de los tres costados de la sala. Entró.

Buscó alguna sombra entre la débil iluminación que ofrecían unos cuantos cirios amarillentos, largos y gruesos, pero fue inútil. Inmediatamente abrió su bolso y empuñó la Glock con su mano derecha.

—Jajajaja!

—¿Quién está ahí? —Preguntó ella, sintiéndose más incómoda que en peligro.

—Disculpe, señorita, ha sido gracioso verla... y pensar cómo podría defenderse de todos nosotros con su pequeña arma —continuó la voz. —Sabemos que lleva observando la puerta de entrada desde hace un par de horas. Y también sabemos que esta sola.

A Valeria se le puso el vello de punta. Esa voz sugería autoridad, pero también carisma y seguridad.

—¡Salgan a la luz! —Gritó la mujer.

—Como quiera —respondió calmosa la voz.

 ... y miró con los ojos desorbitados a aquellos que arrastrando los pies salían de la oscuridad.

Eran hombres. Viejos. Viejísimos. La piel fina como el papel, las azules venas aparecían a la vista, los ojos hundidos y la boca de finísimos labios dibujaba una mueca entre sonrisa y asco. Aún así, su estatura y corpulencia los hacía temibles.

—Soy Adam Berg, fundador de ECA. —Y usted es... ?

—Valeria Robles. —¿ECA? No conozco nada con esas siglas.

—Valeria, Valeria... ¿que vamos a hacer con usted? —se preguntó a sí mismo el que hablaba con ella mientras daba un paso adelante.

—No se acerque más o... —dijo levantado el arma y apuntando firme al viejo apergaminado.

El hombre elevó la mano y la pistola salió despedida de la mano de Valeria yendo a parar a la suya, y dirigiéndole una mirada profunda, quedó literalmente petrificada en el centro de la sala. Y él continuó hablando: —ECA es el acrónimo de El Círculo Azul.

 

Valeria seguía de pie en el centro de la inmensa sala. Inmóvil sin ninguna atadura externa. Parecía que aquellos que se encontraban en ese lugar habían olvidado su presencia. A sus espaldas oía voces, risas y alguna que otra tos. Parecía que estaban tomando algún refrigerio por el sonido de cubiertos sobre porcelana.

De repente cesó todo sonido y pudo captar por largo rato una especie de crujidos que le fue imposible identificar. Y entonces oyó unos pasos tras ella al mismo tiempo que cesaba la inmovilidad en su cuerpo. Éste, desprevenido, inició un descenso hacia el suelo sin llegar a caer, pues unas fuertes manos la sujetaron bajo los adormecidos brazos.

—¿Valeria? —se encuentra bien?

La semi desvanecida mujer escuchó una conocida voz, pero era mucho más vivaz. Cuando recuperó el equilibrio, cuando sus pies se decidieron a reaccionar sobre los altos tacones, se dio la vuelta.

—¿Quién es usted? —Acertó a preguntar como respuesta. 

Lo miró fijamente a los ojos. Su mirada iba saltando de uno al otro, de hermoso verde, a su nariz de proporciones perfectas, de puente recto, y a los labios carnosos de color rosado pálido. "Varón, metro noventa, unos ochenta y cinco kilos, moreno, ojos verdes, de unos cincuenta años"... pensó.

—Soy Adam. Lamento  haberla hecho esperar. —Y le entregó su Glock con la empuñadura hacia ella.

Valeria la cogió sin dudar, comprobó que el cargador seguía lleno y la bala en la recámara y la guardó en el bolso, presintiendo que ciertamente no tenía sentido usarla ahí. 

—Permítame compensarla por la molestia, y no admito una negativa. —Dijo el hombre con mirada firme y sonrisa torcida.

Al fondo se veían unos cuantos hombres charlando tranquilamente entre ellos. Todos de mediana edad. 

—¿Adam? ¿Acaso es usted el hijo del anciano que he visto antes?

—Jajajaja! —No, mi querida Valeria. Es usted muy graciosa, como ya le he dicho... —Y con una mirada que le revolvió hasta el último vello de su cuerpo, ella le escuchó decir: 

—Soy el mismo. 


 
CONTINUARÁ  

 

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