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8 min
DEVIL'S DEN y El Círculo Azul II
Suspense |
17.09.21
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Sinopsis

Adam le ofreció su brazo y se dirigieron a una zona sin paredes que aparentaba una pequeña salita, con dos robustas butacas de piel y una pequeña mesa de madera oscura. Un cirio amarillento sobre un candelabro de pie de plata pulida iluminaba el espacio. Apareció un camarero con una bandeja de canapés salados y otra de bombones que presentó sobre la mesa. Se marchó para volver con dos copas grandes de cristal y una botella de tinto Opus One del valle de Napa que descorchó y sirvió en cada una de ellas.

Valeria se sintió fríamente tranquila al ver que el hombre se tomaba tantas molestias; también pensó que seguro era bien entrada la madrugada y su estómago estaría agradecido de comer algo para acompañar el vino. 

—Dijo que iba a compensarme... me gustaría saber...

—Primero brindemos —sugirió Adam con una encantadora sonrisa.

 

MADRUGADA VIERNES

—El líquido celómico tiene una composición similar al plasma materno y distinta del líquido amniótico. Se forma únicamente de la semana séptima del embarazo a la doceava y al final de esta última decrece su actividad y desaparece —Adam hizo una pausa para ver si ella comprendía lo que estaba diciendo.

—Los componentes de ECA, —continuó, —hace unos setenta años formábamos parte de un selecto grupo de científicos investigadores, diseminados por todo el país. Descubrimos que la transfusión de ese líquido -extraído del útero femenino- a la médula ósea de la columna vertebral, revierte al cien por cien el deterioro del cuerpo humano. 

—¿Setenta? ¿Setenta años? ¿Pretende que crea lo que me está contando? —Valeria dudaba de lo que oía, aunque la transformación que había visto en aquellos hombres... ¡eso quería decir que alguno, podía tener ciento veinte años y aparentaban entre cincuenta y sesenta!

Adam continuó su explicación, no sin sentir cierta vanidad al compartir su genial trabajo con una desconocida mujer al parecer inteligente y audaz... y muy atractiva.

—Guardamos muy bien el secreto, unidos para superar a la muerte, quedándonoslo para nosotros. Pero por desgracia, su efecto dura apenas unas semanas y tenemos que volver a inyectarnos nuevas dosis.

Ahora ella lo entendía. Debían conseguir mujeres embarazadas. Relacionó los sueños con las mujeres que le gritaban pidiendo ayuda. 

—¿Cómo consiguen mujeres en cinta?

—Utilizamos rastreadores. Algunos de nosotros tenemos... ciertas capacidades adquiridas, y una de ellas es la facultad de percibir cuándo un óvulo está recién fecundado en el cuerpo femenino. Durante estos años, también nos hemos dedicado al estímulo y desarrollo de las funciones mentales, —y con una sonrisa irónica extendiendo una mano hacia ella dijo: —tal cómo ya ha podido comprobar...

—Las invitamos a suntuosas fiestas, mezcladas con mujeres no gestantes y vamos alternando ciudades para no despertar recelos. Algunas incluso ignoran que están embarazadas. Después de extraerles el líquido celómico, las llevamos fuera, al Pussy, aún bajo los efectos de la sedación que confunden con haber bebido de más. Jamás saben lo que les ha ocurrido realmente. 

Todo parecía muy bonito, pero intuía que algo no estaba explicado. Continuó preguntando:

—¿Ellas continúan con su embarazo?

La respuesta respondió a su corazonada. 

—En un par de días esa práctica les produce abortos "espontáneos". Y levantando las palmas hacia arriba, apostilló: sólo son daños colaterales.

Todo esto se lo acababa de relatar Adam a Valeria con tanto orgullo como desapego, mientras ponía en su boca un delicioso bombón trufado. A ella ya se le había quitado el apetito. Su reiterativo sueño, la caída, las caras... Quizá, pensó, las ánimas de todos aquellos no natos se revolvían en el limbo clamando venganza. Aunque ahora que lo sabía... ¿qué iba a ser de ella?

Y como leyéndole el pensamiento, Adam dijo:

—Valeria, entenderá que después de conocer nuestro secreto, debemos retenerla con nosotros... como invitada, por supuesto.

 

LUNES

Ese lunes, Emilio había llamado a Valeria tres veces sin conseguir contactar con ella. Igual número de mensajes figuraban como enviados a su movil, pero no recibidos.

A mediodía empezó a hablar con sus amigas, pero ninguna sabía nada de ella desde el jueves. Él fue el último que recibió un mensaje, el de buenas noches, ya en la madrugada, del viernes. No acudió al trabajo ese día ni avisó por teléfono y eso era completamente inusual en ella.

Acudió a su domicilio con Carmela, su mejor amiga y entró con una llave que Valeria le había dejado. 

—Todo está en orden —dijo Carmela. —Espera, en el vestidor faltan los Manolos de tacón de aguja y su top de lentejuelas marfil.

—Y yo he encontrado vacía la caja donde guarda su Glock personal. ¿Te ha contado que le sucediera algo? ¿Había conocido a alguien últimamente?

—No, Emilio. Últimamente salimos los fines de semana a cenar y después a tomar una copa en el Pussy, pero hemos estado juntas y no ha habido nadie que... ya me entiendes. El jueves recibí un mensaje suyo, decía que se tomaba el finde sabático. El joven policía se apretó el puente de la nariz con dos dedos intentando pensar en algo que sirviera de ayuda.

—¿El Pussy? La discoteca cerca de la Avenida Madrid?

—Esa misma.

—Pues es algo para empezar. Gracias, Carmela.

—Emilio, si necesitas cualquier cosa, dímelo sin dudar.

—Si, no te preocupes, puede ser una pista o no.

 

MARTES

Emilio Martínez se trasladó a Barcelona cuando obtuvo el puesto de oficial de policía el pasado verano. Alquiló un piso en una zona tranquila cerca de la plaza de toros Monumental y del templo de la Sagrada Familia y disfrutaba de bajar andando hasta la Comisaría de Vía Layetana, pasando todos los días por los emblemáticos edificios y disfrutando de su belleza, amparado del sol por la sombra de los poblados plataneros. 

Ese martes iba realizando planes en su cabeza. Ya se había dado alerta de la  desaparición de Valeria y le habían encargado el caso aún conociendo poco la ciudad, ya que andaban escasos de personal. Con su talante natural optimista, se dedicó en cuerpo y alma a la tarea, y más por el sentimiento que tenía por aquella mujer.

El día anterior lo pasó interrogando familiares, vecinos, y tiendas a las que acudía normalmente, sin ninguna información notable. Sólo en la farmacia le dijeron que había acudido un par de veces por analgésicos para el dolor de cabeza. Así que decidió empezar por la única y frágil pista que tenía. Pero hasta la noche no iba a poder indagar ya que el Club Pussycat abría las puertas a las doce en punto. 

 

—Buenas noches, soy policía —le dijo Emilio al empleado de seguridad que vigilaba la puerta, al tiempo que se identificaba abriendo la pequeña cartera con el carnet y la placa. —Tengo que hacerle unas preguntas.

—Sí señor, contestó el segurata, un poco asustado por las muchas denuncias que le habían puesto clientes insatisfechos con su trato.

Le enseñó una fotografía de Valeria, y el empleado la observó sin entender nada.

—¿La conoce?

—Si señor... pero sólo de vista. Acude alguna noche con amigas... 

—¿Recuerda cuándo la vio por última vez? —preguntó Emilio al ver que dudaba.

—Creo recordar que a finales de la semana pasada... pero esta vez iba sola.

—¿Está usted seguro? 

—Si señor. Llegó del bar de enfrente, sola, y hacía rato que habíamos abierto.

—¿Habló con ella?

—No señor, sólo la dejé entrar con prioridad... no sé más.

Dejó al hombre, que suspiró tranquilo al verse libre de sospechas y se dirigió al interior del local. Interrogó al dueño, que resultó que no la conocía, pero le indicó el personal con el que tenía que hablar y le dio permiso para circular libre por el club. Fue dando una ojeada, visitó los baños, un cuarto con bebidas, un reservado tras una cortina y finalmente inició el interrogatorio a los camareros. Sólo uno dijo haberla visto. 

—Me fijé en ella porque iba bien vestida, llevaba unos zapatos preciosos, —agregó casi poniendo los ojos en blanco —seguro que estaba sola y no parecía esperar a nadie ya que ni siquiera miraba quién bajaba la escalera. Pero al rato, una de las veces que pasé cerca, vi que ya no estaba.

—¿Puede decirme dónde estaba sentada? —le preguntó.

—Claro. —Y señalando una butaca cerca de la barra le dijo: ahí estuvo más de una hora.

Emilio se dirigió a esa misma butaca y se sentó en ella. Ciertamente estaba situada en un lugar desde donde se observaba casi toda la planta. Toda la barra se extendía frente a él. Y una puerta oscura que le había pasado desapercibida, con una placa con un círculo azul, se situaba a su izquierda.

Tras unos instantes de duda, se levantó, se dirigió a la puerta asió la manilla y tiró de ella.

 

 

 

CONTINUARÁ


 

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