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3 min
Diario de un desamor 12.-Mi abuela
Amor |
24.11.06
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Sinopsis

Mi abuela

Esta mañana desperté temprano, sonaba de fondo una música profunda y que me inspiraba la paz que necesitaba desde hace mucho tiempo en mi corazón, y en la cocina hallé dos velas encendidas. Una de ella tradicionalmente había sido para mi abuela, la otra me daba la impresión de que mi madre la encendió por mi.

Esa mañana vino mi abuela a despertarme a la cama, y yo olvide todo lo malo para responderle con mi puesta en pie. Recuerdo cuando la escuchaba hace años por la mañana mientras yo dormía, su presencia me reportaba paz y la felicidad de tener a mi ser más querido junto a mí.

Aquel día me despedí de ti en aquella maldita habitación de hospital, algo me decía que no te volvería a ver, me giré, las lágrimas del adiós afloraron a mi rostro y una inmensa pena quedo dentro de mí para siempre.

Siempre quise mostrarme ante ti con mi novia, para que la conocieras, para que te conocieran, tan graciosa y linda, eras todo amor. Pero el tiempo no quiso que la conocieras y nos dejaste antes de tiempo.

En aquella chica vi tu sonrisa, y me deje llevar creyendo que tu me dabas tu beneplácito desde el mas allá. Yo, tu nieto más noble y el que más cariño tuyo necesito, parecía haber encontrado en aquella sonrisa el espejo de tu alma.

Hace poco te fui a visitar a aquel lugar donde te reuniste con el abuelo, con tu amor de toda la vida, al que quisiste con locura y entregaste todo lo que tuviste, así como el te lo entrego cuando te salvo de tu enfermedad con su trabajo y amor. El sabía lo que era perder una mujer y no permitió que te fueras, tú se lo agradeciste durante toda la vida.

Pues en aquel tiempo que permanecí junto a tus restos percibí que estabas saltando de impotencia dentro de aquel cajón, de ver lo que me habían hecho, de percibir mi pobre espíritu hundido y de saber que estaba allí buscando tu apoyo como hice hace mucho tiempo atrás.

Llego el momento y te dije adiós, pero esta vez la pena te inundo a ti y las lágrimas no afloraron de mi rostro sino de tu espíritu. Pero tranquila abuela, pues el tiempo lo pone todo en su sitio y se que tu me acompañas por el duro sendero de la vida. Siendo así no tengo miedo, te quiero.


Sergio
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