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6 min
Dibujos en la pared
Drama |
05.01.17
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Sinopsis

Llevando un vida monótona, nuestro protagonista se ve acechado por muchos de sus temores. Sin embargo, aparecen nuevos temores que perturban la monotonía de su vida. Atormentado por la soledad, el desprecio hacia la humanidad y por un recuerdo que decide sepultar durante un largo tiempo, nuestro protagonista trata de volver real lo que en un tiempo lo esclavizó.

Con la vista aún entre una espesa neblina, sólo un par de lámparas con su luz intermitente llenaban por momentos la habitación tratando de difuminar la desesperación que conllevaba seguir con su vida. Un fondo de pantalla tranquilizaba su temblor cuando cerraba los ojos: las espumosas olas mojaban sus pies mientras él caminaba para sentarse a su lado. Sin embargo, esa escena era distante, tanto que no estaba seguro de si era un recuerdo real o una mala jugada de su imaginación para mantenerlo con vida.

La neblina por fin se había disipado. Salió de un salto de su cama, fue a la cocina a buscar algo para comer. No encontró nada interesante aunque la alacena y la nevera estuvieran repletas de alimento. Se dio una ducha rápida, apestaba a él y a su agonía. Desde hacía mucho no se le antojaba nada, nada llamaba su atención. No tenía razón para vivir. Encendió la radio, sintonizó una frecuencia que no estaba ocupada por la típica emisora y sus recurrentes chillidos de alegría; en esta frecuencia únicamente escuchó lluvia, una lluvia vacía que ahondaba más sus temores de abrir las cortinas y aceptar que seguía latiendo su corazón.

Recordó las últimas palabras que decidió escuchar de una persona que juraba estar cuerda: “Deja de lamentarte por todo. Sé alguien en la vida, construye tu mundo, destruye tus temores y alza vuelo.”. Gracias, mamá, pero de nada sirve ayudar a un enfermo sin esperanza. Gracias por intentarlo, pero a sus 23 años había visto más veces al diablo de lo que había visto a Dios.

Trataba de sepultar sus permanentes pensamientos de miseria con risas falsas al salir a la calle, al saludar a sus vecinos de edificio, al vigilante a la entra de la empresa donde decía trabajar. Lo único verdadero en su vida era el invierno que llevaba en su interior, que nadie veía pero que todos sentían al acercarse.

Mientras caminaba en dirección a su apartamento, como lo hacía habitualmente, divisó a lo lejos un figura sobre el suelo; un figura pequeña, parecía un ave por la forma en la que intentaba alzar vuelo mientras revoloteaba sobre el cemento. << Seguramente un pichón que cayó del nido –se dijo >>. Acercándose con despreocupación a la figura, sin intención de acudir al rescate como su salvador, se dio cuenta que no había ningún pichón, no había ninguna figura, solamente había cemento. Siguió con su paso rutinario, ahora con más afán  de encerrarse en su apartamento, ahora con más desprecio hacia el mundo. Este suceso había alterado su congruente monotonía.

Ya en su apartamento, el único lugar en el que sus recuerdos y pensamientos bullían sin control, reflexionó sobre el suceso ocurrido de camino a su apartamento y le achacó la engañosa visión a un sofocante día d trabajo. Lavó y secó los trastes, todavía pensando en la figura que juraba haber visto sobre la acera. Desechó el pensamiento, se puso su pijama y se dispuso a ver una película. Durmió.

Otro día, la misma neblina, el mismo temblor, los mismos temores. Un día más de sonrisas fingidas, un día más de sofocante trabajo. Sin embargo, ese día decidió utilizar su bicicleta. No pretendía disfrutar del viento en su cara ni disfrutar de la acogedora vista primaveral; tenía la intención de desplazarse con mayor velocidad para evitar cualquier tipo de roce con sus iguales en especie. Llevaba casco, no quería que se escaparan sus pensamientos o sus recuerdos si chocaba o caía durante el trayecto.

De regreso a su casa después de otro día de trabajo, mientras iba en su bicicleta y en el cielo se dibujaban unos oscuros nubarrones avisando una inminente tormenta eléctrica, sintió que a su alrededor se paseaban risas socarronas. Se detuvo inmediatamente. Buscó la fuente de las risas preguntando quién andaba por ahí. No obtuvo resultado. Recobró la compostura –si  así se le puede decir al brillo lacónico que aún conservaba después de tantos años de soledad– que se había distorsionado por un momento gracias a las perturbadoras risas que rompieron el armónico sonido del viento meciendo las hojas de los árboles. Siguió su rumbo, pero ahora con más prisa de llegar a su casa. Se sentía turbado, se sentía incómodo. Su cúpula de soledad se estaba resquebrajando.

No quiso ir a la cama, ni se puso su pijama esa noche. Dispuso una hoja de papel blanca, un lápiz del número dos y sus pocas aptitudes artísticas con el objetivo de recrear la figura revoloteando del día anterior y las risas socarronas de aquel día. Con las manos temblorosas, los ojos abiertos de par en par, el lápiz recorriendo rápidamente la hoja de papel dibujó las risas y lo que él creía era un pichón. Con un clavo, inmortalizó la imagen sobre la cabecera de su cama. Ya nada fue igual desde que los dejó entrar.

Día tras día, de regreso a su casa se cruzaba con lloriqueos provenientes de la oscuridad, burlas que salpicaban el viento, figuras que teñían de negro el suelo. Su apartamento ya no era seguro. En su habitación ya no quedaba espacio para colgar otro de sus dibujos salidos de sus experiencias y de su desesperada imaginación. Ningún dibujo presentaba coherencia con cualquier otro que estaba en la pared, así como no le encontraba coherencia a su vida.

Los temores que acechaban su vida anterior se le antojaban banales. Los temores que emanaban los dibujos eran palpables, se respiraban, se percibía un olor nauseabundo, temblaba su mundo al ver que lo que más temía se estaba volviendo cada vez más real. Desde aquel suceso que no quiso recordar durante buena parte de su vida, había luchado por mantenerse alejado de la sociedad. Ahora, su único refugio era aquel recuerdo, pues su apartamento había sido invadido por una realidad ya muy ajena a él: la estancia había sido conquistada por un pasado, por una vida que él había vivido pero se rehusó a seguir viviéndola. El recuerdo que lo atormentó durante mucho tiempo ahora era su aliado, un aliado que había sido su verdugo en las noches.

Sin saber bien lo que sucedía, la neblina lo cegó. Los sonidos exteriores ahora eran lejanos, su habitación se derrumbó. Lo que creía real se estaba desvaneciendo. Estaba despertando.      

Abrió los ojos. Supo que el recuerdo era realidad. Asomó su cabeza por la ventana, los papeles invadieron la habitación. La miró, acarició su cabello, le besó la mejilla. Ella no era más que otro de sus dibujos pegados en la pared.

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    Llevando un vida monótona, nuestro protagonista se ve acechado por muchos de sus temores. Sin embargo, aparecen nuevos temores que perturban la monotonía de su vida. Atormentado por la soledad, el desprecio hacia la humanidad y por un recuerdo que decide sepultar durante un largo tiempo, nuestro protagonista trata de volver real lo que en un tiempo lo esclavizó.

Hago parte de la población de una ciudad con menos de un millón de personas. Una de las ciudades con mejor calidad de vida del país, un sitio seguro para muchos, un sitio tranquilo. Para mí, para mi vida, esta ciudad atrae muchos interrogantes, muchos enigmas... Soy considerado el raro de mi familia y amigos por no creer en ningún dios, por escuchar música que pocos se atreven a escuchar en mi comunidad (Rock, Punk, Hardcore, Metalcore, etc.), por no salir de fiestas y preferir encerrarme en mi habitación y en mí para leer y abrir mi mente. Ahora pretendo escribir...

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