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11 min
Diestro y Siniestro
Terror |
03.12.17
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Sinopsis

No toda maldición es una bendición. Toda bendición es una maldición.

             “Como podría empezar esta historia si tarde o temprano mis palabras se derraparan fuera de la ruta que yo estratégicamente he ideado……”.

            Habrán pasado cinco años desde el accidente. Las circunstancias poco importan.  Lo primordial es la terrible sensación al abrir los ojos y verse convertido en una momia moderna,  la sensación de ser un cuerpo inmóvil, el sueño recurrente de dejar de ser pupa para liberarse. Lo importante es la inhumana la sensación de percatarse de que cada parte de tu cuerpo está en su lugar por el dolor que irradia. Él sintió que dolor estaba en todos lados, en las piernas, en los brazos, en cada centímetro cubico de su voluminoso cuerpo pero nada en la zona donde debería estar su mano derecha.

            Nunca se sintió bendecido por haberla sacado barata en ese trágico accidente. En ningún momento se sintió afortunado de haber sido el único sobreviviente de ese choque en cadena.

            Si hubiera girado el volante hacia la derecha una centésima de segundo después todo hubiese sido diferente, pensaba cada vez que rememoraba en su mente toda la secuencia antes y después del impacto. Recordaba el sonido del camión derrapando a sus espaldas; la visión de la inminente embestida que se reflejaba en su espejo retrovisor central; el movimiento inconsciente de girar el volante a la izquierda para evitar el impacto;  la imagen del auto negro que venía hacia él por el carril contrario; el estruendo del parabrisas destruyéndose; un momento de oscuridad; el zumbido en sus oídos; el tronido de los huesos de la columna al levantar su cabeza y mirar hacia el espejo retrovisor y ver su brazo atravesado por cosas que no podía distinguir.

            Luego vinieron  los meses de recuperación; la rehabilitación, con ese sufriente método de tortura experimental, que llaman terapia espejo, donde te obligan a resucitar sensaciones de algo que ya no está, intentando engañar a un cerebro con ilusiones; el proceso de  aprendizaje para “agarrarle la mano” al  uso la mano izquierda y para omitir de su cabeza aquel zumbido que acompañaba desde el accidente.  Él sabía que debía padecer todo esos meses para poder llegar a ese momento crucial donde se sentaría en la silla, miraría el papel, agarraría la lapicera y comenzaría a descargar todo lo que tenía acumulado en su mente. Al llegar ese esperado momento  había algo que había cambiado en él, más allá de la nueva posición al tomar la lapicera con la mano o la nueva forma de acomodar el papel o la nueva forma de las letras que le daba su nueva compañera.

           

            “La señorita Frankstein observó las agujas del reloj que marcaban las cinco en punto de la tarde. Revolvió con una cuchara la taza de té y sintió que había logrado algo bien en su vida.” había plasmado en el papel. Continuó extasiado al sentir que volvía esa grata sensación del escribir. Ya cansado, luego de haber escrito todo el cuento de un tirón, sin darse un respiro, sin revisar nada, largando la seguidilla de palabras que bajaban de su mente, se le ocurrió darse el último gusto de disfrutar de la obra maestra que había redactado. El orgullo solo se le quedó hasta la tercera línea, una sensación de repugnancia surgió de dentro de su estómago. Nada de lo que había ideado estaba allí. Él no había planeado que la joven Frankstein terminará realizando una tormentosa orgia con el resto de la servidumbre.  Las descripciones, cada una con un detalle cada vez más repugnante para su propio gusto. No llego al punto final cuando la vio arder en la estufa del comedor.     

            Todas las noches, la misma necesidad de escribir. No había ni bebida alcohólica ni cigarrillo que le hiciera desviarse de esa necesidad y de ese dolor fantasma de algo que se había ido sin despedirse.  Era un intento tras el otro, la emoción del escribir, la repugnancia y  los papeles escritos que terminaban convirtiéndose en leña para la modesta estufa. Sentía que esa mano, no su mano, le impregnaba al papel algo no propio de él, de un hombre moderadamente cuerdo.

            La única alternativa de afrontar su penuria era salir al mundo exterior, un lugar bien alejado de esos papeles infernales. Rondar las noches, dar una vuelta por la plaza, adentrarse en cualquier local que este abierto sin importar si era un tugurio de mala muerte o la más sofisticada confitería. Esperaba hasta ver al sol asomando por el horizonte para recién en ese momento volver a su inofensiva casa.

            La huida le duró unos meses hasta encontrarse con ella, Patricia. Conversó con ella un buen rato mientras la bebida corría en los vasos de ambos. Él le confesó que era un modesto escritor, que había publicado un que otro cuento en algunas revistas. Ella emocionada, le pidió si le podía escribir algo. Le insistió hasta que él cayó en el chantaje seductor de ella, una poesía a cambio de pasar juntos un buen momento. Él redactó en una servilleta con los pocos movimientos que tenía luego de haber tomado. Patricia le arrancó el papel antes de terminar. Luego de leer, lo miro fijamente y la noche se resolvió en las penumbras de la casa de Patricia. Cuando las luces de la mañana lo despertaron, la curiosidad surgió, busco en el vestido de ella, en cada bolsillo y se encontró con la servilleta. La vergüenza, el asco volvieron a su cuerpo. Quiso huir pero la figura de la mujer allí mirándolo lo hizo recular. Ella lo alabó de su talento, del fuego de sus palabras y le planteó un trato, por cada encuentro que tendrían él escribiría algo. 

            Aceptó y desde ese día comenzó su dulce condena. Al pasar el tiempo ni siquiera los leía luego de escribirlos.  La costumbre y el amor de pareja amenizaron los días, ya no eran tormentosos. Hasta que llego la fatídica confesión de Patricia. Ella había distribuido los textos entre su círculo social y, al fin al cabo, llegó a manos de un interesado en publicarlo.  La triste situación económico de la pareja llevo a ese hecho como una oportunidad pese al malestar que le producía ahora dar la cara como autor de esos textos infernales.

            Hubo un primero, un segundo, una seguidilla de libros. La fama, el prestigio, el ascenso económico y social, el esperado éxito con el cual había soñado desde niño. Era su éxito pero no era suyo, era propiedad de esa mano siniestra que rápidamente le fue invadiendo su vida, obligándolo a impostar la figura de un escritor consagrado,a su vez que lo obligaba a hundirse cada vez más en la oscuridad de sus lamentos.

            Trato de reunirse con gente iguales a él para buscar una salida a todo esto. Apotemnofilia, era la palabra que definía su tormento y esos otros con el mismo padecimiento. Pero esa palabra, esa definición de enfermedad psiquiatra no le era propia. Su deseo no era liberarse de una extremidad sana de su cuerpo, su deseo era liberarse solo de esa parte enferma, solo quería liberarse de la mano.

            Sería una tarde otoño, cuando preparó todo. Esa tarde ya había realizado los pequeños actos antes del acto principal: había mandado por correo a su editor el último libro que había escrito; había repasado una y otra vez el procedimiento; había  colocado el cuaderno con lapicera con su mango adaptado para ser manipulado con la boca; había preparado el artefacto que consistía en un el recipiente vidriado con hielo seco, un orificio, donde colocaría al condenado, que sobre ella descansaría una cuchilla. El artefacto funcionaba como una guillotina que se conectaba con un mecanismo de relojería, el cual se activaría a las  tres horas de darle comienzo con el procedimiento. Junto con el aparato colocó un cauterizador casero y el atlas de anatomía que había pedido en la biblioteca.

            “Detendré las palabras, no escribiré más. Después del punto de esta oración, probaré si me he librado de él.” Escribió en un cuaderno.

            Colocó la mano en la pecera, esperó unas horas. La noche entraba por cada cuarto de su nueva y lujosa casa. El tic- tac de los engranajes y el frio que lentamente subía por su antebrazo, lo inquietaba. El reloj marcó la hora y el mecanismo se accionó. La cuchilla se hundió en la carne en necrosis. Un sentimiento de liberación recorrió su cuerpo. Sin pensar por un momento apoyó el extremo de su brazo izquierdo en la plancha caliente a carbón que yacía en el fuego de la estufa. No sintió el más mínimo dolor. Cubrió con una tela el extremo de su antebrazo y caminó hacia la mesa donde descansaba el cuaderno. Tomó la lapicera adaptada y empezó a escribir con ella con dificultad. Hacía meses que venía practicando esa nueva metodología de escribir, enseñada por Pedro, uno de los ex integrantes del grupo de apoyo para gente que padecían apotemnofilia, ya que otros métodos le resultaban aún más incomodos y difíciles de llevar a cabo con unos pies con mínima flexibilidad.

             “Luego del beso, sintió el deseo de decir eso que desde hace tiempo estaba esperando decir desde el primer momento en que se cruzó con los ojos de ella.”

             Se dio unos segundos de descanso frente al leve dolor de mandíbula que le provocaba la escritura. Un estruendoso viento entró por las ventanas llevándose con él algunas de las hojas en blanco que estaban sobre el escritorio. Con desesperación, como pudo trato con su pecho  contener con su torso la página escrita sobre el escritorio. Cuando la brisa amaino y luego de sacar su pecho sobre la hoja vio algo que lo desespero y sorprendió. A continuación a ese punto, que finalizaba la oración escrita se leía:

-Hagámoslo acá- dijo sin importarle a los visitantes al jardín botánico. Él tomo su mano y…..”.

            La repugnancia y el pánico volvieron hacia él sin ni siquiera haber finalizado de leer la totalidad de lo escrito, de algo que no recordaba haber escrito. Solo evocó ese deseo de que la pareja se bese en ese parque rodeado de Hedera hélix. Se alejó espantado del cuaderno. Miró su mano, la siniestra, que sostenía con fuerza la lapicera. Soltó la lapicera que cayó en el suelo alfombrado, manchándola con su tinta. Sintió que por sus pantalones le recorría gotas de un líquido muy similar a la sangre, demasiado espesa para serlo. Al buscar con su mirada el origen de dichas gotas, observó que provenían de su brazo derecho. Con horror miró la tela que recubría el muñón empapado del viscoso líquido.

            Sin entender corrió hacia donde lo esperaba el artefacto mecánico. El vapor del hielo empañaba los vidrios, que impedían ver que había en su interior. Mientras unos pequeños hilo de sangre brotaban de las heridas de la mano, producto del golpe, observo la palma. Ella allí, recostada en un colchón de hielo seco con su pulgar en el lado izquierdo y el meñique en el extremo derecho.

            Con la mano ensangrentada, tomó la lapicera, colocó el cuaderno en una posición cómoda, se sentó y comenzó a escribir, letra a letra, palabra a palabra, oración a oración, párrafo a párrafo hilvanando con total libertad la inmoral historia. El dolor de las heridas le proveía el ánimo con sus placenteros latidos.

            -Por fin me he librado de ti.- se dijo así mismo en un tono entrecortado mientras se observaba a ese hombre dentro del inmenso espejo que estaba frente a él, que lo observaba sentado en un escritorio rodeado de papeles en blanco, algunos manchados por la sangre que brotaba lentamente de la tela que envolvía un brazo izquierdo mutilado. El hombre en el espejo lo observaba con tristeza, con melancolía. Lentamente su semblante taciturno dio paso a  una sonrisa socarrona, imitando al hombre que lo miraba del otro lado del vidrio.

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