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4 min
Dieta sana del deportista pasivo
Humor |
15.05.09
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Sinopsis



Dieta sana de quien ve deporte por TV a diario



      Domingo

      Grandullón Piqueras llega extenuado a la barra del bar. El local está repleto. Con el rostro descompuesto y con los mofletes sonrosados por la impaciencia, pide dos emparedados de embutido con queso y una jarra de cerveza de medio litro. Todo es para él mismo. Que los demás pasen sus mismas penurias para alcanzar aquella bendita área de alimentos ricos en colesterol. Mientras se encamina a duras penas hacia la mesa comunal, un alboroto general estalla procedente de las gargantas de todos los parroquianos del bar.
      Grandullón gira el cuello a tiempo de poder ver la repetición del gol.
      Justo pudo depositar la comida y la bebida encima de la tabla de la mesa, antes de alzar los brazos y vociferar como un loco.
      Diablos. Con ese gol, si todo seguía así, el Osasuna se mantendría una temporada más en la Primera división de la liga española.


      Martes de madrugada.


      Grandullón estaba hambriento. Era el tercer partido del play off de la semifinal de conferencia Oeste de la NBA entre los Lakers de Pau Gasol y los Houston Rockets de Yao. Aún estaban en el intermedio. Se acercó al congelador del frigorífico y echó mano de una pizza congelada lista para ser preparada en cinco minutos en el microondas. También echó mano de dos latas de cerveza.
      Un cuarto de hora más tarde estaba degustando la sabrosa pizza entre sorbos de cerveza.
      Eructaba que daba gusto. Casi llevaba contabilizado el mismo número que los puntos producidos por Kobe Bryant.
      Estaba feliz. Los Ángeles Lakers iban ganando por veintidós y sólo quedaba un último cuarto.
      Todo era ya pan comido, dicho en un sentido y en el otro.





      Jueves


      Estaba trabajando en la oficina. Llegó su cuarto de hora de descanso para la merienda. Disponían de un pequeño salón de relax, con mesa comedor y una televisión poco moderna. Grandullón se situó lo más cerca posible a la pantalla. De su bolsa extrajo una hamburguesa de cerdo y ternera, una botella de cola de medio litro y un pastelito industrial de quinientas calorías.
      Se puso a engullir la merienda sin despegar la vista de lo que acontecía en el canal deportivo.
      Un ciclista estaba ascendiendo el puerto del Passo di Gavia en la séptima etapa del Giro de Italia.
      Nuestro protagonista predilecto estaba orgulloso de ver como la maglia rossa la portaba un deportista español.
      Se quedó con ganas de ver el final de la etapa.
      Una vez sentado nuevamente delante del monitor de su ordenador, sus tripas rugieron sonoramente, dejándole a las claras que había comido todo demasiado deprisa y corriendo, indicándole con sinceridad que su digestión iba a ser larga y pesada.


      Domingo.




      Grandullón se pesó con valentía en la báscula del cuarto de baño.
      125 kilos.
      Medía metro setenta.
      Se bajó, conforme con su obesidad.
      Como era habitual en él, se dispuso a iniciar una dieta radical al día siguiente.
      Ahora, no.
      Era la hora de la comida y se estaba celebrando el Gran Premio de Catalunya de la Fórmula Uno, con el ídolo nacional Fernando Alonso situado en la tercera posición de la parrilla de salida.
      En la mesilla situada al lado de la butaca del salón estaban congregados una bandeja de productos ibéricos cortados en finas láminas, una barra de pan, un bol de palomitas de maíz y una botella de un litro de Pepsicola.
      Grandullón se puso cómodo.
      El lote expuesto era completo. Había jamón serrano, chorizo, salchichón, salami...
      Cuando se llevaba media carrera, una salida de pista dio al traste con las ilusiones del dos veces campeón de la Fórmula Uno.
      Grandullón se encogió de hombros.
      Lo mejor era relajarse, aprovisionado la bandeja con más embutido.
      Aún estaba ligeramente hambriento...
      
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