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7 min
Diez meses ( 16 y 17 )
Varios |
16.12.13
  • 4
  • 3
  • 2345
Sinopsis

Diez Meses es una historia de superación, la de Alicia. Su vida es un caos, nada parece funcionar en ella: familia, amigos, trabajo. Para saber qué está pasando mira en su interior, porque ahí se encuentran las razones de que su vida, la de cualquiera, no funcione.

16

Resultaba difícil caminar por las calles más céntricas, aquellas donde se concentraban la mayoría de los comercios. Toda la ciudad era un exceso, un desenfreno en el que Alicia se había sumergido resignada, pero del que estaba resuelta a emerger esa misma tarde. Se encontraba a un solo regalo de conseguirlo. Se aferró a este pensamiento mientras hacía un nuevo esfuerzo por no quedarse rezagada.

Le costaba mantener entre el gentío el paso decidido de María, pero no la convino a andar más despacio. Gracias a su entusiasmo y al conocimiento que tenía de las tiendas más económicas y originales, iba a zanjar el molesto asunto de las compras en unas horas. La elección de un perfume para Elena le provocó un incipiente dolor de cabeza, muy oportuno para convencer a María de que buscaran un lugar tranquilo donde refugiarse del espíritu navideño.

María limpió con una servilleta de papel su parte de la mesa, examinó la taza, en la que no se distinguía el nombre del bar, y miró, abiertamente, a los dos hombres que bebían en la barra, antes de fijarse en Alicia.

–Te encuentro más animada.

Menos moleta, pensó Alicia, que durante la ajetreada conversación de tienda en tienda; se había limitado a tocar temas convencionales, sin hacer ninguna alusión a cómo se sentía.

–Es posible.

– ¿Y tiene algo que ver en ese cambio el misterioso hombre con el que pasas las tardes?

Alicia sacó la extenuada bolsita del agua y la dejó en el borde del plato. A Elena le había faltado tiempo para contarle a María lo poco que sabía de Pedro.

–No tiene nada de misterioso.

–Bueno, pues cuéntame cosas de él.

–Se llama Pedro.

– ¿Está casado?

Alicia se encogió de hombros.

– ¿Dónde vive?

–No lo sé.

– ¿De que habláis?, eso si lo sabrás.

Alicia sonrió ante la posibilidad de compartir sus conversaciones con Pedro.

–De todo, con él se puede hablar de cualquier cosa.

– ¿Cómo es?

Alicia dejó la taza en el plato y miró por encima de María.

–Le gusta la música clásica, leer poesía, subrayar y hacer anotaciones en los márgenes de los libros, hablar, aunque prefiere escuchar…

–Físicamente –dijo María.

–Normal. No hay nada de particular en su aspecto–dijo Alicia volviendo a coger la taza.

– ¿Cuántos años tiene?

–No se lo he preguntado.

–Pero es mayor…

Alicia asintió.

–No te conviene.

–Sólo es un amigo – dijo Alicia, confiando en que la aclaración llegaría a oídos de Elena.

–Necesitas divertirte, salir con gente de tu edad.

– ¿Y no es eso lo que estamos haciendo?

María la miró sin decir nada. Apartó, a un lado de la mesa, su taza vacía haciendo sitio a una voluminosa agenda.

– ¿Cuándo vas a hacer el seguro de la casa?

–No te preocupes, te llamaré cuando lo vaya a hacer.

–Pero no tardes mucho, en las casa antiguas, antes o después surgen problemas – dijo Elena cerrando la agenda.

Mientras que María consultaba los cambios que se habían producido en su teléfono en el tiempo que llevaban en el bar, Alicia reunió todas las bolsas. La tarde no estaba perdida; si se daba prisa, todavía podía dejar los regalos en casa y pasarse por la librería.

17

Alicia entretenía la espera ordenando los sobres de azúcar y las cucharillas de plástico que, junto con un bote de leche en polvo, habían encontrado acomodo entre la cafetera y los archivadores. Qué ingenua había sido al creer que una vez provista de los regalos, libre de compromisos, podría desentenderse de las fiestas. El espíritu navideño lo impregnaba todo, incluso la librería. Una actividad inusual impedía a Pedro pasar más de diez minutos seguidos en la galería sin que Luis, su ayudante, le reclamara. Con la sensación de haber corrido por toda la ciudad para nada, cogió el abrigo y se dirigió hacia la escalera.

– ¿Tomamos un café? – preguntó Pedro apareciendo por enésima vez.

–Me voy, tienes trabajo.

– ¿Por qué no me cuentas lo que te pasa? – dijo Pedro dejando el abrigo de Alicia sobre la barandilla de hierro.

Si había algo que no dejaba de asombrar a Alicia era la facilidad que tenía Pedro para percibir cualquier alteración en su estado de ánimo.

–He pasado la tarde con María.

– ¿Tu amiga?

–Cada vez la siento más lejos, no sé lo que está pasando. Supongo que el problema soy yo, porque ella sigue siendo la misma.

Pedro tomó de la estantería de mimbre, aquella donde guardaba sus libros más queridos, los que releía con frecuencia, una bolsa de papel.

–Es para ti – dijo Pedro, dejando la bolsa en la mesa.

Alicia se acercó despacio.

–Yo no te he comprado nada – dijo incomoda.

–Ábrelo.

Alicia sacó un paquete de la bolsa y, procurando no romper el envoltorio, dejó al descubierto una caja blanca. En su interior había un diario. Miró a Pedro, sorprendida.

– ¿Qué puedo escribir? A mí no me pasa nada interesante – dijo sentándose junto a la ventana.

–Escribe cómo te sientes, lo que te preocupa y te da miedo, aquello que no le cuentas a nadie por temor a no ser comprendida.

Alicia dejó pasar las páginas entre sus dedos.

– ¿Por qué lo haces?

–No tiene importancia.

–No me refiero al diario.

–Lo sé.

Pedro rodeó la mesa con la mirada puesta en Alicia, siempre en desventaja, pues nunca sabía lo que él estaba pensando.

–Cada día veo como te sientas ahí y miras dentro de ti, y por muy doloroso que te resulte, continúas haciéndolo. Porque quieres saber, porque no te conformas, porque estás luchando. ¿Necesitas más motivos?

Alicia no era consciente de estar haciendo todo lo que había dicho Pedro.

–Sólo quiero saber qué voy a hacer con mi vida – dijo interceptando una lágrima en su mejilla.

– ¿Te parece poco? – dijo Pedro sentándose al lado de Alicia – .Mira, caminar sola no es fácil, pero ¿ qué vas a hacer, detenerte?

–No puedo pararme en medio de ninguna parte.

–Si sigues adelante, tropezaras con gente que no entenderá qué estás buscando, acaso ya lo hayas hecho. También habrá quien se sienta molesto porque con tu búsqueda dejarás al descubierto las carencias que hay en sus vidas y que no tienen el valor de afrontar. No es asunto tuyo lo que piensen o lo que hagan. No dejes que te distraigan. Lo estás haciendo muy bien.

Alicia acarició la tapa, de un rojo intenso, del diario.

–Creo que tomaré ese café ahora.

–Bien – dijo Pedro incorporándose.

– ¿Con quien vas a pasar las fiestas?

–Con unos amigos – dijo Pedro.

– ¿No tienes familia?

–No, el trabajo siempre fue más importante.

–Hasta que dejó de serlo.

–Si, pero entonces ya era demasiado tarde.

–Eso no lo decides tú.

– ¿Cómo dices? – dijo Pedro dejando en la mesa dos vasos repletos de café.

–Si es o no tarde, no lo decides tú – dijo Alicia reinterpretando las palabras de Amalia.

–Puede ser – dijo Pedro sin mucho convencimiento.

A las marcas de vasos anteriores, se unieron en la mesa las que dejó Pedro al apretar en exceso los vasos de plástico derramando el café. Lo solucionó poniendo, a modo de mantel, dos folios blancos, que rápidamente quedaron impregnados de círculos marrones. Alicia se llevó parte del papel al coger su vaso lo que le provocó la risa ante la mirada complacida de Pedro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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