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4 min
Discontinuidad contínua
Drama |
07.11.07
  • 4
  • 4
  • 1946
Sinopsis

La culpa de todo la tuvo el gato.
Ariadna le quería con locura, le había criado desde que era poco más que una bolita de pelo lloriqueante. Una niña de seis años que juega a ser mamá con un ser vivo.
A ella nunca le gustaron esos muñecotes de goma pelones, no había nada blandito o tierno en ellos. Eran duros, a pesar de pretender ser bebés; eran pesados, a pesar de estar pensados para los brazos de una niña; estaban muertos, aunque quisieran hacerte creer que estaban vivos con sus voces de lata.
No, Ariadna prefería a su gatito, que ronroneaba cuando se lo subía a la cama en las noches de invierno, que se frotaba contra sus piernas cuando ella regresaba de la escuela, que le hacía emboscadas por los rincones del pasillo.
Pero un buen día, el gatito salió por la puerta del jardín, y no regresó más.
Ariadna esperó un par de días, porque a veces el gato se iba de aventuras para volver a los pocos días, lleno de arañazos y con un hambre de lobo. Pasaron tres, cuatro, cinco días, pero el gato no aparecía. Y dio igual que le llamara a voces por todo el pueblo, que le dejara platitos de suculencias en lugares estratégicos...
Dio igual que rezara por las noches para que su gatito volviera, porque pasaron dos semanas y nunca regresó.
Su mamá la intentaba consolar, el gatito se ha ido al cielo, le decía. Y Ariadna reflexionaba sobre aquello, y no entendía nada. Abuelito ha ido al cielo, le dijeron también hace tiempo, aún cuando abuelito seguía en la cama, negándose a abrir los ojos. Si abuelito podía estar en dos sitios a la vez, ¿su gatito estaría también en el cielo y en algún lugar del pueblo?
Ariadna tuvo su primer atisbo de que las cosas son muy complicadas en esta vida.
Su mamá puso una plaquita en el jardín, con el nombre del gatito y unas flores encima, como hicieron también con abuelito, aunque a abuelito no le llevaron al jardín, no. Ariadna miraba esa pequeña tumba y pensaba qué le diría a su gatito si éste regresaba, Porque no comprendía por qué tenía que pensar que el gato había muerto, si la tumba estaba bien vacía, ella había escarbado varias veces para asegurarse.
El gatito ha muerto, el gatito sigue vivo, el gatito no se sabe dónde está.
Se puede decir que el pequeño y feliz mundo de Ariadna dio un tumbo con todo este asunto. Esa niña risueña e intranquila se transformó en una criatura pensativa y callada, que nunca más pudo pensar que las cosas eran tal y como se las contaban sus ojos, que jamás pasó por un cementerio sin pensar en si las tumbas estaban ocupadas o eran de gente que, como el gato, se había ido a dar un paseo para no volver.
Lo que menos entendía Ariadna, y lo que más miedo le daba, era que el mundo parecía no haberse parado. La vida continuaba, la gente reía y seguía con sus vidas, sin preocuparse de aquel gato en el que ella pensaba noche y día. Le asombraba que las cosas siguieran igual aún siendo ahora todo tan distinto. Daba igual que su corazón se parara de golpe cuando pensaba en ese animalito que la había abandonado sin dar explicaciones, porque seguía latiendo a continuación. No importaba que su cerebro pareciera enmudecer de tristeza cuando pensaba en la realidad de la muerte, porque al ratito se encontraba pensando en otra cosa.
Nada paraba, ni el mundo, ni el corazón, ni la vida. Ariadna se encontraba perdida entre tanta continuidad discontinua, sin hallar un lugar estable.
Ariadna tenía siete años cuando desapareció. La vieron
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