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10 min
Doce días
Reales |
06.01.22
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Sinopsis

DOCE DÍAS

           Jimmie nunca hubiera podido imaginar que, con el pasar de los años, iba a maldecir el día en que aceptó incorporarse a la banda de Liverpool, hasta el punto de considerar aquella como la más nefasta decisión de toda su existencia. En su momento lo vivió como un sueño hecho realidad, una posibilidad única que le abriría caminos insospechados, todos ellos miríficos, la mayor lotería que a un músico de poco renombre como él podía tocarle. Era el año 1964 y la fortuna parecía haber llamado a su puerta, o así al menos él lo creyó entonces.

           Las condiciones económicas plasmadas en el contrato que hubo de firmar, pese a ser excelentes, eran lo que menos le importaba. De hecho, Jimmie habría tocado gratis con ellos. ¡Hasta habría pagado por hacerlo! El cambio de imagen tampoco le molestó en absoluto: un peculiar corte de pelo, botas negras con tacón cubano, corbata estrecha, también negra y, voilà, al escenario, uno más del cuarteto, el nuevo, aunque circunstancial, batería.

           Fueron ocho los conciertos que tocó formando parte del grupo, a los que hubo que sumar un par de actuaciones en televisión, desempeñando su labor en todos estos eventos de manera impecable. En realidad, todo resultó perfecto desde un principio. Era increíble lo bien que había sabido adaptarse al espíritu y técnica de la banda, como si hubiesen sido años, y no días, los que llevaban ensayando y tocando juntos, como si en el fondo no hubiese un sustituto y un sustituido, sino que hubiese sido así desde siempre, desde los comienzos mismos de la leyenda.

           Han pasado muchos años, más de veinte, cerca de treinta en realidad, pero Jimmie sigue recordando con nitidez todas y cada una de aquellas citas. El primero de los conciertos fue en Copenhague. ¡Cómo olvidarlo! Decidieron comenzar con “She loves you”, tema que meses atrás alcanzara el número 1 tanto en Estados Unidos como en Inglaterra. Esa pieza significaría su bautismo en el grupo y Jimmie se encontraba tan ensimismado que, paradójicamente, tardó en reaccionar. One, two, three… Nada. Otra vez: one, two, three… Y todavía nada. A la tercera fue, sin embargo, la vencida, Jimmie salió del trance, los brazos se movieron con ímpetu y el arranque de la batería, apenas un par de segundos, fue una explosión que estalló en todo el recinto, una explosión a la que siguió otra en forma de gritos, histeria, locura colectiva que en sí misma constituía una barahúnda que apenas si dejaba escuchar las voces que sobre el micrófono se afanaban en gritar que ella te ama, yeah, yeah, yeah, ella te ama, yeah, yeah, yeah. El auditorio rebosaba de un público entregado, enardecido, absorbido tanto o más que por la música, por los cuatro representantes que, en pie sobre las tablas, la daban forma, y él, el único de los cuatro que permanecía sentado, aporreaba las baquetas con vehemencia, en éxtasis, sumido en su sacerdocio, parte de esa eucaristía que en forma de canción se ofrendaba a la multitud enfervorizada, unida en comunión a los cuatro músicos que sobre el escenario convertían, con sus voces e instrumentos, la música en evangelio.

           No, jamás olvidaría aquellos doce días de infarto, de magia sin límite, de vida en las nubes. Debe reconocer, eso sí, que al principio se sintió bastante cohibido en presencia de sus nuevos y afamados colegas, tanto que no podía evitar que de sus ojos brotasen miradas fugitivas y de sus labios palabras trémulas, a medio construir, quebradas por unos nervios que era incapaz de dominar. ¡Tan intimidado se encontraba! Pero esa timidez fue efímera, apenas circunscrita al primer día, a las primeras horas, luego se mimetizó con ellos como un camaleón con su entorno y pasó a ser uno más, salió con ellos como uno más, participó de sus fiestas como uno más, se emborrachó a su lado como uno más, compartió sus risas como uno más, saboreó su éxito como uno más. Incluso intervino en una entrevista televisiva con el insigne presentador Ed Sullivan. ¡Ed Sullivan! ¡Quién hubiera podido imaginar que aquel monstruo de la comunicación, por cuyo programa solo pasaban las celebridades más señeras, charlaría de tú a tú con aquel pobre muchacho de Barnes! Pero sí, ahí estaba él, sentado frente a un Ed que, sonriente, le preguntaba qué sentía. ¡Qué iba a sentir: que flotaba!

           Antes de convertirse en uno de ellos, las chicas jamás se habían fijado demasiado en Jimmie, solían mirarle como a un tipo anodino, del montón, sin nada especial que le hiciera interesante a sus ojos. En cambio, tras unirse al grupo, con su flamante corte de pelo mop-top y su ajustado traje gris, esas mismas chicas que antes ni se percataban de su presencia, gritaban enloquecidas a su paso y se morían por tocarle, por rozar siquiera un átomo de su camisa antes de que desapareciera dentro de la limusina que lo trasladaba de un lugar a otro. La sensación se le hacía extraña, incluso en cierto modo perturbadora, pero, por encima de todo, le resultaba maravillosa. Todo parecía quedar de repente al alcance de su mano, un verdadero mundo de color de cuyo esplendor podía gozar a sus anchas. Poco podía imaginar entonces que aquellos días de vino y rosa le dejarían unas cicatrices que habrían de marcarlo para siempre.

           A decir de la crítica, Jimmie llevó a cabo de forma ejemplar su trabajo como baterista durante todo el tiempo en que el titular, aquejado de una infección bacteriana, estuvo enfermo. El retorno de este último, tras recuperarse de su dolencia, marcó también el retorno de Jimmie al ostracismo, cuyo sueño de gloria quedaba de este modo desvanecido como agua entre los dedos. Pese a saber de antemano que su papel solo era en definitiva el de un parche destinado a que la caja registradora siguiera funcionando y que, por tanto, su paso por el estrellato tenía marcada desde el principio fecha de caducidad, el muchacho acusó el duro golpe, sintiéndose perdido y desorientado, sin saber bien qué rumbo tomar a partir de ese momento. Intentó que la fama conseguida le sirviera como catapulta por medio de la que promocionar a su propia banda, con la que llevaba tocando un par de años, y de hecho sacaron al mercado varios sencillos en cuya composición intervino el propio Jimmie. La acogida por parte del público no fue, sin embargo, todo lo buena que habría esperado, ninguno de tales temas se convirtió en éxito ni llegó a puestos de relevancia en lista alguna. A medida que se sucedían estos fracasos, el desencanto de Jimmie se hacía más notorio y, de su mano, aparecieron los primeros síntomas de lo que con el paso del tiempo se transformó en depresión, un gradual abatimiento que le llevaba a caer una y otra vez en la trampa de la añoranza, enfermiza añoranza que le impedía dejar de evocar constantemente aquellos días irrepetibles junto a los de Liverpool, el éxito, las fans, los gritos, las limusinas, las sesiones de fotos, un cielo al que cada vez era más consciente que ya no volvería a subir.

           Los años siguieron pasando y la carrera musical de Jimmie, lejos de salir a flote, quedó estancada en los tremedales de una áspera mediocridad. Su grupo se deshizo y poco después formaba otro nuevo que tampoco logró sobresalir. Actuaciones en antros sin renombre alguno, bolos con escaso público, promesas que terminaban en el desagüe de los olvidos. Lejos de proporcionarle beneficios, esta bamboleante carrera musical resultaba además onerosa para su economía, de manera que, en lugar de ganar dinero, lo iba gradualmente perdiendo, circunstancia que, junto a una vida desordenada y pródiga, terminó por conducirle al abismo de la bancarrota. Quiso entonces cambiar de derroteros y, tras endeudarse hasta las cejas, montó una empresa dedicada a la fabricación de botones y más tarde una pequeña constructora, proyectos absurdos que en el fondo no eran sino golpes de ciego condenados de antemano al desmoronamiento: él no era empresario, era músico, ninguna otra cosa se le daba bien.

           En cabal correspondencia con esa máxima que pondera la dureza de la caída en función de la altura a la que se sube, el descenso a los infiernos de Jimmie se hizo cada vez más acusado y pungente. Nunca fue capaz de superar el hecho de haber sido arrancado de cuajo de aquel universo de fantasía, un universo de fervor ciego, de brillo sideral, de auténtica idolatría, para ser devuelto de nuevo, sin contemplaciones, al anodino escenario donde millones de seres anónimos representan la tragicomedia de la vida en el mundo real. Absorbido por un tiempo de alas negras que únicamente se nutría de nostalgias, quiso buscar una tabla de salvación en el alcohol y las drogas, sin percatarse de lo espurios que tales remedios venían a ser, meros espejismos incapaces de disolver el desierto en el que llevaba años perdido. Todo constituía a la postre una espiral de abandono y desidia que giraba sin cesar sobre el eje conformado por el recuerdo de aquellos gloriosos días durante los que formara parte de los más grandes. Había probado la ambrosía de la fama y a continuación, tras ese consumo, obligado a pasar el resto de sus días devorado por el síndrome de abstinencia.

           Visto así, resulta tal vez menos extraño que realizara aquellas declaraciones donde sin un ápice de vacilación viniese a afirmar que:

            — Ocupar aquel puesto de batería fue lo peor que me ha sucedido. Hasta entonces llevaba una existencia tranquila y plácida, no tenía sueños de grandeza, tocaba simplemente por diversión, sin preocuparme por nada. Luego vino la popularidad y tras ella comencé a morir.

           Nadie se preocupaba ya de él. Llegó incluso a especularse con la posibilidad de que hubiera muerto. Pero no, seguía vivo, treinta años más viejo, pero vivo, recluido en su modesta casa de Londres, luciendo aún en la muñeca aquel reloj de oro macizo que le regalaran al finalizar su efímero contrato, un reloj del que nunca quiso desprenderse y en el que todavía puede leerse la inscripción que reza: “De Los Beatles y Brian Epstein para Jimmie Nicol, con aprecio y gratitud".

 

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  • Una historia , aparte de interesante, reflexiva entre el mundo de la fama y la "esencia" real del ser humano. Jimmie Nicol, indudablemente, prefirió un mundo más tangible, ante que ponerse a pelear con las adversidades. Dijo el escritor y poeta italiano Arturo Graf: " La mejor amiga y la peor enemiga del hombre es la fantasía". Saludos Mario, un placer leerte y comentarte. Feliz y venturoso año 2022, con el resultado de una vasta producción literaria.
    Siempre se ha dicho que la fama, que se enzaza en la vanidad de un cantante, de un actor de cine es una arma de doble filo, que igual como viene se va; es algo inconsistente porque depende de cómo vayan las modas de una época. Por eso muchos dicen no hacer caso de la fama del momento. Lo que ocurre, es que mucha gente de la farándula, del espectáculo es que son muy egocentricos y soportan mal estos cambios de gusto del público. Un excelente relato para reflexionar. Tienes razón, chico. Por desgracia en nuestro presente no todo el mundo puede ejercer su vocación profesional como la chica del pan de mi relato.
    Feliz Año Mario. La cuestión en éste delicado tema entre sueños y realidades siempre depende de la capacidad para asumirlos de cada persona. Las realidades son pasajeras de en el tren de nuestros sueños y hay que disfrutarlas cuando llegamos a la estación, y volver a subir al tren para continuar hasta la próxima aprendiendo a crecer en espíritu. Un saludo.
    Gracias por tu comentario, Seren. Lo cierto es que la historia de Jimmie Nicol y su fugaz paso por la banda más grande de todos los tiempos me fascinó desde que la conocí. Mis sensaciones respecto al personaje son bastante encontradas: por un lado, me cuesta trabajo comprender su desaliento, puesto que en definitiva vivió una experiencia única que miles de músicos de todo el mundo habrían querido para sí mismos, pero por otro lado, si me pongo bajo su piel, puedo comprender lo difícil que debe resultar subir al cielo para estar allí solo de paso, conocer la gloria de un modo tan efímero y evanescente, retornando acto seguido a la mediocridad de la tierra firme. Un besazo, Seren.
    Quién quiere bajarse de ese mundo? Los Beatles, nada menos! Aunque no sé si fue lo peor que le sucedió o lo malo fue su forma de reaccionar ante la pérdida de todo eso... Un placer volver a leer tus historias, Mario. Besos!
  • Sueño y realidad pueden llegar a acoplarse de tal modo que resulte ciertamente difícil desligarlos

    Hoy alguien me hizo recordar este poema que escribí hace ya años. Así que lo extraigo de la arqueta del olvido donde se hallaba y lo comparto con todos vosotros

    Un neurólogo conocido mío me habló en cierta ocasión de una extraña patología que se conoce como "síndrome de la parálisis del sueño". Sus palabras me causaron un profundo sobrecogimiento e inspiraron este angustioso relato que espero resulte de vuestro agrado.

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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