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5 min
Doce palabras y un tatuaje
Fantasía |
21.12.17
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Sinopsis

Relato inspirado en la frase más bella del poema más bello de Borges...

Cuando Vargas conoció a Amanda toda su realidad se desplazó y en su eje solo quedó ella. Al principio se sintió extraño pero pronto comenzó a tomarle el gusto a la nueva sensibilidad  que había adquirido. El mismo Borges  le susurraba al oído el más maravilloso de sus poemas  cada vez que la pensaba.  Lo recitaba con voz pausada pero apremiante y siempre elegía remarcar las mismas doce palabras. Hacía una pausa... Un silencio que mataba de ansiedad al pobre Vargas y cuando lo tenía bien atento, bien mansito y desesperado por escucharlas, comenzaba a exhalarlas lentamente... A las doce...Las más bellas. Una detrás de la otra. Lentas, las iba goteando en su cerebro. Una por una. Vargas hasta podía escuchar los puntos suspensivos que el autor dejaba al final...Doce palabras magistrales que recién ahora Vargas entendía.  Las quería bajo su piel. Que, al morir, la tinta de esas maravillosas letras se fundieran junto con sus huesos y su carne. En ese lugar donde estos se transformaban en otra cosa cada vez que la veía. Amanda…  Ella aparecía y a veinte centímetros en línea recta hacia abajo de su garganta la materia se disolvía. Se desgarraban su músculos y se hacían trizas las costillas dando espacio a un huequito etéreo detrás del esternón, donde retumbaban la vida y todos sus secretos. La piel que recubría ese lugar que se alimentaba a suspiros, esa piel era la que Vargas había elegido para estampar la genial combinación de letras: "Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo…"

Y así era. Vargas sentía que vivía sólo cuando estaba con ella. Era una percepción que, al principio, nadie hubiera podido refutar ya que estaban todo el tiempo juntos. Amanda se había mudado a su departamento la misma noche que, sentados en el cordón de la vereda, él le había recitado el poema de Borges."  El amenazado". Toda una profecía que estaba a punto de cumplirse.

El tatuador lo había prevenido con un susurro inquietante: -¿Está seguro que se va a tatuar esa frase justo ahí?

-¿Por qué no?

- Porque dicen que ahí está el alma…

-Mejor aún… Porque mi alma está donde está ella. -Había respondido convencido, Vargas

Las letras de su centro comenzaron a hacer su trabajo. Al principio, desprevenido, intentó curar sus entumecimientos repentinos con los médicos, pero estos no encontraban nada físico. -Estrés, seguramente - afirmaban , como afirman categóricamente cada vez que no encuentran explicación a alguna dolencia. Finalmente se había dado cuenta. Solo. La primera tarde que se hizo noche y ella no regresó.  Cuando  de reojo pudo mirar su reloj que colgaba inerte de su muñeca inerte que su brazo inerte sostenía al costado de su cuerpo, inerte. De haberse podido mover, sus músculos  se habrían crispado. De terror. Si la sangre hubiera estado fluyendo por su cuerpo, habría dejado de fluir. De terror.  Nada de esto sucedió cuando  pudo ver que su reloj se había detenido a las 8.20 : momento exacto en el que Amanda había cerrado la puerta detrás de sí.

¡Pobre Vargas! Había quedado atrapado en los puntos suspensivos de su amor. Consumiéndose su cuerpo y su mente intacta. El peor de los calvarios. Sin siquiera poder dirigir su mirada hacia las letras que palpitaban de espera, de ansiedad. Las sentía latir en su pecho, autoritarias, hasta que ella regresaba y todo volvía a vivir. La sangre volvía a fluir. Su carne volvía a habitar. Las flores del florero volvían a perfumar. Las pelusas volvían a flotar. La gota a gotear. Su perro a ladrar y las bocinas de la calle, a sonar. Porque todo lo que lo rodeaba, hasta el propio cuerpo, se detenía cuando la última molécula del olor a Amanda abandonaba su casa. La paradoja macabra era que él, Vargas, seguía latiendo por dentro. Era consciente de cada minuto, de cada segundo que lo separaban de su regreso.  Del regreso de ella. Y con éste, del suyo propio a la vida.  Y con tiempo de sobra y silencio, fue fácil alimentar su resentimiento.

-¿Por qué ella podía seguir con su vida cuando no estaba con él?- No le pareció justo. Tenía que lograr que la dependencia fuera mutua y así podrían vivir los dos juntos. Siempre juntos. Vivir.

 Entonces fue cuando se le ocurrió la idea y convenció a Amanda de tatuarse la misma frase que se había tatuado él. En el mismo lugar. Tenía que lograrlo. Era vital.

 Ella accedió. Era fácil enamorarse de esas letras.

Entonces, Amanda dejó de existir. Su corazón dejó de latir. Su cuerpo entero se transformó en una mueca de espanto. De tremenda quietud desolada…

Vargas, finalmente, lo entendió una tarde mientras la miraba marchitarse.- ¿Por qué, mi amor? ¿Si estamos juntos? -Se agachó hasta casi posar su cara contra la de ella. Se miró en sus ojos y, decidido, se asomó por el acantilado cruel de la verdad. Los alaridos del  alma de Amanda se colaron por sus pupilas hasta atravesar los de él. Y lo supo:  el tiempo de Amanda y su medida no tenían nada que ver con estar con él.

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