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10 min
Dolores, El bar y El hotel
Amor |
23.06.21
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Sinopsis

Dolores es una extranjera, nueva y sola en un país donde aun carga con su pasado. Una noche decide ser libre.

Dolores era nueva en la ciudad, cargaba con el dolor que produce la pérdida de un ser querido por muerte repentina, el corazón roto por el amor de su juventud que fracasó, y la ingenuidad que una joven de unos veintitantos no debería aún poseer por cuestiones de seguridad y peligro.

Era del tipo misterio, con sonrisa borrada y mirada cansada. El semblante de un animal asustado y una historia entre los dientes que se traducía en una manía excesiva por morderse los labios. Evitaba cualquier mirada fija e intensa porque temia ser descubierta

Descubierta de que o por que?

Le avergonzaba su fragilidad y la facilidad con la cual podía creer que cualquier persona podría ser buena, detalle que siempre le había dado los más grandes problemas y peores desenlaces.

Aún cuando ningún centímetro de su piel estuviera expuesta, solia sentirse de esa forma, indefensa, como si pudieran escrutar en su ser. Si se le lograba mirar atento, muy en el centro de su ojo ella danzaba desnuda.. se le podia concebir tal cual Dios la trajo al mundo, con sus virtudes, defectos, miedos y anhelos. Si alguien lograra penetrar en su mente tan sólo unos segundos, ella sería prisionera y suya para siempre.

El frío la hizo entrar en aquel bar de la esquina, la noche no era excepcionalmente bella, ni concurrida, un día como cualquier otro y aun más solitario en sus adentros, en algún lugar en el centro de su pecho brotaba como maleza lo ajena que se sentía de todo y todos.

Todo era bastante rústico y de madera, fuera al aire libre habian asientos y dentro del bar había una mesa grande llena de extranjeros viendo un partido de rugby en silencio, conversando en otra lengua, bebiendo cerveza y buen rock de fondo.

Al dirigir la mirada al resto del lugar, la barra solitaria, algunos vinilos y cuadros vintage en las paredes, todo vacio. Y, él estaba allí, tan sólo como ella lo estaba y como el resto de las mesas en la estancia, y en su vaso.. sólo Agua.

Parecía tan sólo disfrutar de la música, movia su cabeza y su espesa melena. Cerraba los ojos, y no le importaba nada. Nadie.

Dolores decidió sentarse en un rincón, frente a la mesa del hombre solitario. Esa noche pretendia beber lo suficiente como para reír sin sentirse culpable o avergonzada, reír como si de felicidad misma se tratara, porque un secreto guardaba y era que no sabía cómo dejarla salir, como hacerle crecer, como alentar la alegría y darle cabida en su vida.. una secuela de haber sido abusada sexualmente desde la infancia. La imposibilidad de sentir la explosión de fuegos artificiales en el pecho y dejarse brillar, sino más bien en el medio de su entrepierna, en su clítoris aún cuando se tratara de simple emoción o alegría se traducía en excitación. Su corazón sólo habia aprendido a sentir dolor, esas pequeñas neuronas que posee este órgano sólo comunicaban a su cerebro que había sitio para sufrir y que la felicidad estaba vetada del centro de su pecho. No era capaz de coordinar sus emociones y sensaciones como la mayoría de personas. Cualquier cosa podría ser en extremo un peligro, en especial "El Amor".

Después de un par de horas Dolores se dedicó a observar, un coctel y varios vasos que ni ella misma recordaba que eran, lo miró tanto como él la miraba desde que se sentó frente a él.

Seguro de si mismo atravesó la estancia y se sentó a su lado. Ella no dijo palabra. Él la acompañó y juntos cantaron un par de canciones, o tarareaban, o sólo sonreían sin razón. Estaban sincronizados, viviendo el mismo sentimiento, la misma escena, la sorpresa de encontrar un igual, un parecido, sólo Alguien, Alguien. Algo abrupto, Si. Pero que importaba, era tarde y ambos estaban buscándose. Ambos se sentían atraídos por lo inexplicable de dos solitarios en un mismo lugar.

Probablemente situaciones distintas. Mismo sentir.

Pidieron un bolígrafo prestado. Pasaron la siguiente hora escribiendose como dos adolescentes en una servilleta, un inglés muy novato y garabateado para que ningún inoportuno pudiera entender si acaso quedaba la servilleta en la mesa.

Dolores no dejaba de ver la Nariz de el extraño, que era muy grande, y tenía una curvatura hacia abajo, un poco quebrada y torcida, le encantaba. Sabía que si se acercaba podría sentirla con su mejilla, y acariciarla. Le gustaban los rasgos diferentes, exagerados. Su labio superior era la forma perfecta de un pájaro pintado por un niño, y su labio inferior carnoso. Una boca grande y un poco violacea, un poco oscura. Su rostro era blanco y se pintaba de un rojo muy intenso, casi se podía ver como la sangre subía por el cuello y llenaba el resto de la cabeza, sus orejas despedían calor a pesar de no haber tomado una gota de alcohol. Sus pestañas eran tupidas, espesas y muy largas. Sus ojos eran enormes, de un color verde apagado, muy abiertos, parecía que no parpadeaba.. Tenía esta expresión peligrosa, atenta, violenta, como si quisiera comérsela. Su pelo espeso y rebelde, le caía en el rostro, estaba a medio camino, creciendo para volverse largo. Su cuerpo era fornido, y sus movimientos toscos, de estatura media y a decir verdad ella parecía ser más alta que él. Sus manos eran grandes, sus piernas gruesas, su espalda ancha, parecía que estaba hecho de roca. No se movía, no se reía. La estudiaba, la observaba y esperaba como un cazador alguna señal o el momento indicado.

Nunca pensó sentirse atraída por alguien como él, pero la verdad es que su energía y sus caderas al moverse con el ritmo de la música la hacían voltear los ojos de placer visual.

Ella moría por tocar su rostro, su piel era lisa, sin vello, perfecto afeitado para lamer su cara, quería comérselo. Besar sus ojos. Morder la punta de su nariz, y meter la lengua dentro de su boca bien cerrada. La mesa se le hizo grande y el lugar abarrotado de gente para todo lo que deseaba hacerle. Ella no acostumbraba salir con extraños. No frecuentaba bares. No le hablaba ni a sus más cercanos amigos. Hace tiempo era solitaria  y cuidadosa. Nada le daba placer o le apetecía. Pero él tenía algo en sus ojos que brillaban, y ese brillo era fuego. El fuego que le quemaba en la nuca, en la pelvis, en los dedos, dentro de los ojos, y en la alfombra de la lengua. Ella lo quería ahora y siempre. ¿Era el alcohol? Probablemente. ¿Era deseo? No. Era el silencio. El silencio que compartieron. Las canciones que se dedicaron aún sin decir una palabra, y el momento exacto que el se robó su corazón con un beso. Y no el Mejor, más bien uno espantoso, lleno de un sabor amargo y asqueroso. Licor, cerveza, y una mezcla de Sabra Dios qué más. Un beso sin recuerdo. Un beso que sólo recuerdan sus ojos y su Nariz. Porque vio sus ojos cerrados, y sintió su perfume como un calor en los muslos. Sonaba algo de fondo inaudible, ella sólo vivió el momento.

Salieron del lugar. Sujetos de la mano, el casi la arrastraba por las calles vacías, la tomo como si fuera suya, de brazos, de cintura, de cuerpo entero, La deseaba.

¿Y la servilleta? Quedó en la mesa. A el no le importó, no significó nada.

Tomaron un taxi, ella no deseaba volver a casa sola. Decidieron por una habitación de hotel. Caliente. Segura. Libre.

Libre de miradas, y de oidos sordos.

Una vez solos, él se acercó a su cuello y succiono su vergüenza, empujaba su pelvis a la suya y le hacía sentir su cuerpo, acaricio su pelo liso, y masajeo sus nalgas, mientras mordia su hombro y bajaba a sus senos. Subió una vez mas y se acercó a su oreja, le susurró que le comería los labios, dijo que se abriera (refiriéndose a sus piernas), Inocente abrió su boca tímida, ella no comprendió.

Él la llevo al borde de la cama, sacó su camisa, bajó sus pantalones, la desnudó completamente sin pedir permiso. La miraba de arriba hacia abajo. La miraba a los ojos fijamente y se le endurecio el miembro. Allí estaba dolores, con los senos excitados, y el pubis con vello espeso, con un vientre de diosa, y unas nalgas redondas, lloraba de lo dulce que le producía en el sexo la espera de cualquier acción..

El aún sin desvestirse se fue sobre ella y la beso, le succionaba un labio, luego el otro, y su lengua encontró el punto exacto donde su clítoris erecto se hinchaba de placer. Lamia, besaba, succionaba y apretaba sus muslos.

Dolores no dejaba de pensar en mil cosas, jamás le había gustado el cunnilingus. Odiaba lo mojado y lo asquerosamente tensionada y dura lengua que algunas personas suelen forzar para dar placer. No sabía cómo abandonarse al placer, estaba nerviosa de no sentir nada, de no poder dejarse llevar.. Pero lo hacía bien, el lo hacía bien, sus ojos la miraban fijamente al comerse su sexo, no le importo su pubis velludo.. Él se la estaba comiendo celestial como si fuera un dulce esponjoso y jugoso, ella sentía el calor subir por sus dedos, sus pies, sus piernas, sus senos, su pelvis, su vulva. Se mordió los labios, sujetó al hombre que parecía una bestia del sexo por la cabeza, sujeto su cabello, lo hacía comer. No le importaba si aún no sabía su nombre, si lo estaba aplastando contra su coño y lo hacía tragarse su jugosa vagina.. la volvió loca, empezó a gemir, se olvido del mundo, de la habitacion, sólo era él con sus ojos enormes, con su boca grande, con su lengua revuelta, y sus cabellos entre los dedos de ella. Gimio, gritó, estalló de placer. Seguido del mejor orgasmo de su vida, risas. Le encantó. Se sintió completa. Feliz. Al fin feliz después de un corazón roto, de la muerte, de las tragedias, de las carencias, se sintió libre de sentirse en éxtasis.

Él se quedó sobre su vientre, agotado, acalorado, jadeante. Ella dormida.

Su nombre aún inaudible. Este hombre le recordaba a un cocodrilo. Por el Verde de sus ojos. Fuerte. Grande. Violento. Seguro y nadador de aguas profundas.

Al despertar Dolores .. Él ya no estaba.

Aun asi sobre la mesa de la habitación, estaba la servilleta donde se escribieron (si, la había tomado). Y una foto de carnet. Al revés, su nombre.

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