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5 min
DOMINGO DOMINGO
Varios |
24.10.18
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Sinopsis

Aunque era domingo, me levanté muy temprano. Cuando miré el reloj por primera vez eran las 6 am. No se escuchaba nada. Pensé que al ser el día que era, y a esa hora... Tendría que haber sospechado que algo iba mal.

Aunque era domingo, me levanté muy temprano. Cuando miré el reloj por primera vez eran las 6 am. No se escuchaba nada. Pensé que al ser el día que era, y a esa hora... Tendría que haber sospechado que algo iba mal.

Mi esposa y los niños seguían durmiendo.

Fui directo al baño. Oriné, me lavé las manos y la cara, y me miré en el espejo. De momento, seguía siendo yo…

Al entrar en la cocina, me tropecé con un juguete. Ninguna sorpresa, viviendo con dos niños. Me lo tomé con calma, sobretodo porque se trataba de un juguete que no lastima si te lo encuentras de casualidad, así que seguí con mi ritual mañanero.

Preparé algo de café, puse un par de rebanadas de pan en la tostadora, y saqué la mantequilla y la mermelada de la nevera.

Por alguna razón, quise comprobar la hora en el reloj de la cocina.

Eran las 6:15 am.

Decidí salir al balcón a fumar, mientras terminaba de hacerse el pan. Cogí mi taza de café y, soplando, me fui directo a echarle un vistazo a la ciudad.

Al salir, vi como empezaba a llover. Pero no se escuchaba el sonido del agua al caer.

Extrañado, fumé despacio, aprovechando cada calada para intentar relajarme.

Pero ver una lluvia silenciosa me estaba poniendo nervioso.

Volví a entrar. Me senté en el sofá que hay delante del televisor. Seguro que ver una guerra llevándose a cabo en algún lugar del globo me devolvería a la realidad. Busqué el mando pero, como suele pasar en ese tipo ocasiones, no lo encontré.

Me resigné a terminarme lo que restaba del café en silencio… En un profundo silencio… ¡Ahí estaba el problema!

Dejé la taza sobre la mesita de centro y agucé el oído.

No se escuchaba ni el segundero del reloj de pared.

Me acerqué a ver el reloj de cerca, por si se había quedado sin pilas, pero todo estaba en orden. El segundero continuaba girando a su ritmo, como burlándose de la lentitud de los otros dos. Pero no hacía el menor ruido.

Regresé a la cocina, para cerciorarme del funcionamiento del reloj de esa zona. Padecía del mismo mal: el segundero no emitía ningún ruido.

Aunque un poco tarde, reflexioné sobre la posibilidad de haberme quedado sordo. Carraspeé, y un alivio inmenso me invadió de pronto, al saber que mis oídos seguían escuchando.

De nada me servía verificar el reloj de la habitación, porque era digital.

Fui otra vez a la sala y me quedé observando fijamente al segundero. Desconozco el tiempo exacto que pasó, pero llegué a escucharlo. Fue tan solo un breve momento. Y luego volvió a quedarse mudo.

¿Qué sucedía?

 

Me empecé a sentir un poco mal. El estómago se me revolvía. Masajearme las sienes, de nada me valió. Estaba exhausto. No hacía ni una hora que estaba en pie, y era como si hubiese salido a correr. Un sudor frío recorrió mi pecho.

Devolví mi cuerpo a la cama.

Cuando vi el reloj por última vez, eran las  6:51 am.

 

Al despertar, me sentía algo mejor. Desde la cama, abrí un poco la cortina y eché un breve vistazo por la ventana. Afuera llovía, pero podía escuchar el agua. También escuché a mi familia. Hacían ya su vida normal. Los niños jugaban y se peleaban por algún juguete. Mi esposa les decía que el desayuno estaba listo.

Me senté en la cama. Reuniendo algo de valor, miré el reloj. Eran las 9 am. Me dije que esa era una hora más normal para levantarse un día domingo.

 

Cuando llegué a la cocina, me quedé observando el reloj. Mi esposa me dijo algo, a lo que respondí con un gesto de súplica con las manos. La saludé con un beso, y le pedí un minuto. Necesitaba estar a solas, al menos en mi mente, con el reloj de la cocina.

El segundero se sacudía como si nada. Parecía dar cada paso con la seguridad de un segundero bien entrenado, que no quedase duda de su capacidad para cumplir la tarea encargada.

Clac… Clac… Clac…

 

¡Silencio!

 

Mi esposa me tocó el hombro por detrás. Señaló la taza de café que me había preparado, y salió de la cocina. Asentí y agradecí el favor, asegurándole que yo también iría a la sala en un momento.

Entonces volví a depositar mi atención en el reloj de la cocina.

Funcionaba a la perfección.

Visité al reloj de la sala, con el mismo resultado. Se lo escuchaba fuerte y claro, a pesar del bullicio que armaban los niños.

 

Mientras prometía que no me volvería a levantar temprano un día domingo, por el balcón entró un sol embaucador. La lluvia había terminado, dando paso a un domingo de lo más normal.

 

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