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9 min
¿Dónde acabaron los Reyes?
Reales |
26.09.18
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Sinopsis

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¿Dónde acabaron los Reyes?

Una enorme tristeza me invade cada año cuando el día de Reyes, si, el 6 de enero, me asomo a la ventana, pero no por haber perdido esa bonita ilusión infantil, no. Me entristezco porque miro a la calle y….¡está desierta! Pero….¿dónde están los niños del barrio? ¿También esto se lo habrá llevado la modernidad?

Antes el día de Reyes era eso, EL DÍA DE REYES, un día completamente diferente a todos los demás: un día especial, irrepetible, el día más feliz de mi vida….hasta el año siguiente.

Ese día, apenas había clareado, con un frío que nosotros – superhéroes por un día – ni sentíamos, salíamos a la calle con nuestras mejores galas, luciendo el impecable equipaje del equipo que ese año estaba de moda: un año el Madrid, al siguiente el Ajax, otro el Bayern,…. A mí, quizá porque a mis padres no les gustaba el futbol, porque no entendían de eso o, lo más probable, porque preferían pedirle a los Reyes otro tipo de regalos, un año me dejaron el equipaje de portero – con sus rodilleras, sus coderas y el pantalón acolchado -, que valía para jugar con todos los equipos. Tres años me duró, hasta que la manga de la camiseta llegaba casi a los codos y ¡reventón que me quedaba! Realmente me gustaba jugar de portero, básicamente porque de delantero era malísimo y cuando lo hacía, fallando un puñado de veces – no metía un gol ni a puerta vacía -, tenía que escuchar las burlas de los otros que se las daban de figuritas.

Eso sí, más de un año me dejaron un balón de reglamento. ¡Pufff!, salir con un balón nuevo - cuando lo normal era jugar con uno que ya estaba marrón por haber perdido todo el plastificado blanco y negro -, era convertirte en el amo de la calle: todos querían jugar conmigo, aceptaban que eligieras equipo, te dejaban pasar alguna falta,…..todo, mientras aguantara nuevo; bueno, más nuevo que el de los otros chicos.

En aquella época las calles, por suerte, aún eran de tierra y el campo de futbol lo poníamos allí donde mejor nos parecía; sólo era cuestión de colocar unas pocas piedras apiladas marcando los postes de las porterías en cada extremo: siete pasos de ancho y ….¡a jugar! Claro, como no había largueros, la altura máxima de los goles dependía de la altura del que se pusiera de portero. Y si no, la puerta del maestro, una puerta de madera de cuatro hojas que utilizábamos cuando la escuela estaba cerrada. Ahí no había duda, porque si tocaba madera era gol. ¿Lo peor? Que se asomaba la madre de Pedro a la ventana para echarnos de allí; que hacíamos mucho ruido con los balonazos, decía ¿qué te parece?

Los sábados, algunos, íbamos a jugar contra los del barrio del “zapatero” – estaba lejos, lo menos tres calles más arriba -. Normalmente ellos vestían con otra equipación y además, allí si había campo de futbol: un estupendo solar con forma trapezoidal – aunque había que parar la jugada cuando algún coche pasaba por medio -, con una ligera pendiente entre bandas y gran cantidad de piedrecitas que se te clavaban en las rodillas cada vez que te caías. Era raro llegar a casa, después de un partido inter-barrios, sin las correspondientes heridas en las palmas de las manos y las rodillas, fruto de la intensidad de la contienda. Pero para contienda, las que teníamos a pedradas entre los dos barrios. Eso era una guerra de desgaste – menos mal que la puntería era nefasta y, por muchas que volaran, habían pocas piedras que acertaran -, porque tarde tras tarde íbamos a “la lucha”, hasta que apareciera un entretenimiento mejor. ¡Ya ves! El sábado al partido; el lunes a la guerra. Es que valíamos para todo.

En mi barrio, como no teníamos campo fijo, estuvimos así, colocando las porterías en medio de la calle – moviéndolas metro más allá, metro más acá, dependiendo de cual fuera el vecino que protestara - hasta que las obras nos fastidiaron: hicieron unas enormes zanjas en mitad de las calles para colocar unos grandes tubos de no sé qué y, sin avisar, de un día para otro, nos quedamos sin campo de futbol, pero nos trajeron….¡las trincheras! Esto si fue un buen regalo. Eran más profundas que nosotros, bastante más, y por allí, cuando se habían ido los obreros, jugábamos a la guerra, al escondite, a policías y ladrones,…. Para poder darle un toque de realismo al juego, en casa de don Federico nos compramos unas estupendas linternas –para cuando te tocara hacer de policía- que alumbraban….¡menos que el culo de una luciérnaga! Con ellas, ya ves tú, buscábamos a los “malos” escondidos en medio de aquellas zanjas, entre los montones de arena de la obra o detrás de la hormigonera.

No sé si entre las vacunas que nos ponían de pequeños había alguna en contra de la roña; seguro que sí, porque era imposible llegar con tal cantidad de porquería pegada al cuerpo – en pies, manos, cara, detrás de las orejas y hasta por dentro – y que no cogiéramos alguna infección. ¡Explícale eso a una madre de ahora! De mentiroso para arriba te ponen, seguro.

Fue en esa época, la de la guerra de trincheras, cuando aprendimos a fabricarnos las escopetas de chapas, con un listón de madera y unas tiras de goma de caucho– sacadas de las cámaras de las ruedas de los coches que desechaba el taller de recauchutados de Agustín-: en la parte de atrás un clavo que apenas asomaba la cabeza donde colocábamos la chapa, rodeada de las gomas que llegaban tensas hasta la punta del listón. ¡Ya está! Levantabas con el dedo ligeramente la chapa hasta soltarla de la cabeza del clavo y la goma tiraba de ella, lanzándola hasta el infinito y más allá, que estaría….ocho o diez metros por delante, cuando no se soltaba de las gomas y caía junto a tus pies. Otro tiro que fallabas, como si tuvieras la pólvora mojada.

Nosotros éramos afortunados, porque podíamos conseguir munición a mansalva: la embotelladora de La Casera, que estaba justo enfrente de casa, nos proveía de todas las chapas que queríamos y encima nuevas, que eran mejores porque llegaban más lejos. Con eso y nuestra valentía fueron evolucionando las guerras con los del “zapatero”: de las toscas piedras a las sofisticadas escopetas de chapas, con las que se podía incluso apuntar, aunque de poco valía ¡pura tecnología!

Los Reyes Magos también venían cargados de pequeños muñecos –cabían en la palma de la mano- con forma de indios y vaqueros para jugar en los fuertes de plástico, que pretendían simular madera; incluso a algunos le traían el sombrero y las cartucheras con pistolas de misto; a otros el arco de flechas, haciendo juego con las coloridas plumas para adornar sus cabezas, pero con eso no se podía ir a luchar con los salvajes del barrio de arriba ¿cómo ibas a ir a la guerra con unas flechas que llevaban una ventosa en la punta? Eso….¡ni hacía daño, ni na’!

¿Y las bicicletas? La bicicletas eran el regalo estrella, el que sólo algunos recibían. Yo no; yo era de los que les tocaba ir de “paquete”, sentados en la rejilla portabultos que, algunas de ellas, tenían detrás. A cambio, tenía que empujar en las cuestas, para compensar el sobrepeso. Al final me di cuenta de que no era buen negocio: si la excursión en bicicleta era media docena de vueltas a la manzana - mitad cuesta abajo, mitad cuesta arriba -, apenas podía descansar sentado en la rejilla cuando tenía que levantarme y empujar la otra mitad de la manzana. La verdad, no compensaba.

En ocasiones, cuando el grupo descansaba, alguno me prestaba la suya para que me diera una vuelta, pero, como casi siempre me daba alguna leche, me la dejaban poco. “No te la dejo, que te caes” me decían; “si no me la dejas ¿Cómo voy a aprender?” respondía. Total, que hasta hoy sigo igual: si veo una piedra en medio del camino….¡allí que me voy! Por eso no tengo moto,….ni bicicleta. Al final, como sólo algunos tenían bicicleta y era más divertido jugar en pandilla – otra cosa que se ha perdido -, las bicicletas se metían en el trastero y….a oxidarse que les tocaba.

En época de paz, los boliches era nuestro juego preferido, ya fuera al gongo o al chis y palmo; al final se trataba de lo mismo: ganarles todos los boliches posibles al contrario. Lo que nunca entendí era como en el colegio era capaz de salir con una bolsa llena y al llegar al barrio esa misma bolsa quedaba menguada hasta verse el fondo. Creo que en el barrio era un poco malo, pero lo que está claro es que los del colegio aún eran mucho peores. Lo uno por lo otro.

Hoy día los juegos siguen siendo los mismos que antaño: las carreras, el futbol, las guerras,…., pero ahora todos ellos están dentro de una caja con pantalla y los niños no saben cómo se hace una escopeta de chapas, qué son los boliches, lo que duele una costra en las rodillas, ni el sabor que tiene la tierra ¡Lástima!

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