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3 min
Donde nace el amor
Amor |
12.01.20
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Sinopsis

Ella tenía las llaves que abren las puertas por donde se infiltra el amor y yo no lo sabía. No lo ví pronto, yo era joven y en aquellos entonces mi amor moraba en los ojos. Alojado en el sentido más seductor y más engañoso, el amor de aquellos entonces era efímero, caprichoso. Por eso ella había pasado siempre desapercibida. Era invisible. Luego, una tarde de otoño algo me hizo cosquillas en los oídos. Era su voz acariciando unas palabras. Entonces no lo sabía, pero aquello era una mecha que encendía la antorcha que iba a iluminar nuevos caminos, antes oscuros e inhabitados, nunca antes andados. Lo que decía y cómo lo decía. Lo que sentía al escucharlo. La irresistible atención que demandaban aquellas poderosas palabras. Nunca más a partir de ese momento me he podido sustraer al embrujo de su voz de sirena. De su garganta nacía un efluvio sonoro que embellecía todo a su alrededor. La imagen del mundo y su creación, a la manera de un nuevo dios creador. Todo, de repente, poseía un nuevo sentido. Todo tenía sentido ahora.

Tuve que mirar hacia atrás y entonces lo descubrí. El amor era otra cosa. Envolvía cada uno de sus movimientos, cada una de las caricias a esa niña pequeña que dormía entre sus brazos. Los arrullos que dormían a aquella niña, despertaban algo siempre dormido en mí. Las caricias leves , de pluma de oca, en el rostro del bebé, eran caricias a mi alma. Una sensación detrás de la nuca, como de elevación en un plano distinto al real. Una respuesta desconocida a un estímulo completamente nuevo, como envuelto entre las brumas del sueño, siendo consciente de que habitaba la vigilia. Transformó una infusión en una insulsa cafetería en una experiencia onírica, ingrávida. Levitaba escuchando sus arrullos, oyendo esas palabras. Los arrullos también eran para mí. Para despertar algo en mi alma. Lo sé porque lo adiviné en una de sus tiernas miradas.

La conocía, nos habíamos cruzado alguna vez. Nunca reparé en ella, pero en ese momento ya iba a ser alguien completamente diferente. O algo, algo que se me antojaba milagroso, inhumano, mítico... la inspiración de los rapsodas, el milagro encarnado. Una creadora. Una alfarera. Una escultora que había transfomado una roca de sangre en algo vivo. A ella le debo mi amor. Ella es mi diosa, mi creadora. Hacedora de milagros en mi cuerpo y en mi alma. Mi nuevo objeto de adoración. La amo.

O al menos eso creo.

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