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6 min
Donde nacen los relatos
Poesía |
06.11.08
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Sinopsis

El proceso de creación es un misterio, y un gozo. A veces da miedo. Explicarlo, verlo desarrollarse...esa es mi intención hoy. Sólo una pequeña luz, lo sé. Vosotros, amigos escribientes, sacad vuestras sabias conclusiones.

Donde nacen los relatos



      Hay un mundo dentro de mí que me aterra. Viaja conmigo desde hace tantos años, sin descubrirse nunca, oculto en las sombras de la conciencia. Un mundo que recoge todas las cosas, todos los sucesos y los guarda, avaro, en la gruta más profunda de mi ser. Un lugar que no alcanzo a sentir, que escapa a mi percepción, incluso la más íntima. Y, sin embargo, sé que existe.

      Salgo de la ducha, la toalla vuela y gira para envolverme; sus pliegues son alas de cigüeña que me cercan, buscando la pista de aterrizaje de mi piel donde hacen nido, aún, bandadas de rocío y minúsculas avecillas de espuma. Entonces, por un instante, la imagen de una zapatilla me alcanza. Descansa huérfana sobre las baldosas del baño, con su cuadro escocés y arrastrando un deshilachado cordel, que andaba mordisqueando ayer mi perro. Dura un momento, casi un relámpago, esa imagen de la zapatilla y desaparece rauda cubierta por el vuelo de la toalla. ¿Cuántas veces habré observado escenas similares? ¿Cuantas imágenes como ésta cruzan, cada día, como un bólido por mis retinas sin que asomen, siquiera un instante, a mi conciencia? Miles; millones cada año. Sin embargo, nada sé luego de ellas, ni de su destino. Más estoy seguro de existencia y de que permanecen ocultas en ese oscuro lugar al que me refería al principio. Podría ignorarlo, y, sin embargo, lo sé.

      El oficio de escribir historias me descubre cada día esas imágenes. Es entonces, cuando tiro de una palabra que aparece por azar sobre el papel, que asoman esas imágenes, se ordenan y transforman. Como fuegos de artificio llenan mi noche de luces, de color y de sombras. Ese mundo ignoto que habitan todas las imágenes perdidas aflora en mis historias, en mis cuentos o novelas. Las ensoñaciones y el azar son el puente con que se comunica conmigo ese cosmos de los sucesos perdidos. Pero, por eso mismo, por su naturaleza azarosa o mágica, escapa a mi dominio, y me siento como aquel aprendiz de brujo al que los hechizos le abruman. Por eso me aterra y me maravilla. Para ilustrar lo que os digo, seguiré con la imagen que he cazado, excepcionalmente, esta mañana, cuando salía de la ducha. Puedo juraros que no tengo en este instante, la más mínima idea de cual es la historia –si la hay- que encierra esa imagen de la zapatilla que descansaba en las baldosas de mi baño, con su cuadro escocés y su deshilachado cordel. Así que tiraré del hilo para vosotros; para ver si sois capaces de averiguar, en medio de mi esfuerzo, por donde se llega al mar las percepciones ocultas, al mar del olvido que sustenta mi vida.

      Veamos que esconde esa zapatilla de la que os hablaba.

      Siempre había que recoger las zapatillas del señorito. Así pensaba Filomena, harta de la desidia del vástago de sus amos. Si, de sus amos ¿pues no es una esclava la que trabaja limpiando la mierda de los señores a cambio de unos miserable euros que mandar al Ecuador y un techo bajo el que dormir. Un esclava, sí señor ¡si lo sabría ella!. Por mucho que esto fuera Europa, por mucha libertad que predicaran en los periódicos y en los televisores, lo suyo era pura y llana esclavitud. Cuando le hicieron unas pruebas en la agencia de trabajo, escucho que las funcionarias comentaban “casi no sabe leer”. ¡Le dio tanta rabia aquel comentario! Era cierto que no tenía muy buena letra y tardaba en escribir unas palabras más que otras chicas. Pero vaya si sabía leer ¡que se lo preguntaran al niño dios y a la Biblia que todas las noche leía!. Y también por las tardes, cuando había terminado de limpiar la cocina, le gustaba sentarse junto la ventana del cuarto de la plancha, que daba a poniente, con su Biblia entre las manos, y recitaba los Salmos mientras veía ponerse el sol tras las montañas. Y cuando olvidaba algún verso, habría el Libro y sabía donde encontrarlo, a que profeta pertenecía. Pero aquellas estúpidas funcionarias dijeron que era analfabeta y le asignaron un trabajo de esclava.

      Miro la zapatilla que había recogido del suelo. Estaba deshilachada y le colgaba una ristra de lana roja y azul, seguramente por culpa alguno de los chihuahuas malcriados de la señora. La zapatilla era del señorito. Se llamaba David, como el rey judío de los salmos. Olía fuerte, como todo el calzado del señorito. Se lo acercó a a nariz y aspiró el olor acre del sudor. La imagen del señorito adolescente, espigado, rubio, flexible...asomó por debajo de sus parpados cerrados. Siempre tuvo facilidad para evocar imágenes a partir de un olor. El más leve aroma la transportaba a lugares lejanos, casi olvidados. Y la esencia que emanaba de aquella zapatilla, traía la figura de aquel chico que apenas tendría la misma edad que ella.

      Recogió todas las demás prendas que se hallaban esparcidas con descuido por el baño y se fue al cuarto de lavadoras, donde depositó todo en el cesto de ropa sucia. Todo, menos aquella zapatilla que mantenía entre sus manos, acariciando el tacto aterciopelado del acolchado interior. Con la fragancia de David rondándole la cara, recordó aquellas funcionarías y posó su mano en su Biblia mientras se sentaba a ver anochecer por la ventana del cuarto de la plancha. “¡Analfabeta yo!¡Qué sabrán ellas!” y murmuró un salmo, de los del Rey David:
      
      - “Heme consumido á fuerza de gemir: Todas las noches inundo mi lecho/ Riego mi estrado con mis lágrimas.”

      Y pensó, por un instante, la sirvienta, si ella, como el Rey David, gemiria aquella noche, regando con sus lágrimas el lecho...

      Ya veis, amigos mío, a donde nos puede llevar una imagen a la que no prestamos atención; y cómo ella rescata de nuestro interior personaje y sucesos que ignorábamos hasta entonces. La historia de la zapatilla y la sirvienta que sabía los Salmos podría seguir, y seguramente aparecerían en ella muchas más cosas, personas y hechos que ahora se hallan agazapados en ese lugar dentro de mí.

      Un lugar tan grande; tanto, que me aterra pensar si no seré yo quien permanece dentro de él. Y temo que me devore o, peor aún, terminar perdido en alguno de sus recónditos parajes.

      Un saludo
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  • Fantástico escrito Zenon.
    Enorme texto. Escribir es el arte mágico de ir sacando conejos de esa chistera, sin saber muy bien como lo hacemos. Aunque algunos como tú lo hacen de maravilla.
    Y lo bien que lo pasamos.........
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    La ducha es buen lugar para dejarse llevar por la imaginación.
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  • meditaciones en el vórtice.

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