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15 min
DORADA Y TENEBROSA INFANCIA
Reales |
25.03.14
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Sinopsis

Claroscuros de veranos que se marcharon para no regresar.

          Era un pibe bueno. En verdad, para los once años que apenas cumplía, puede decirse que era un pibe puro. Aunque su apariencia en realidad no era angelical. Se veía como un niño recio, huesudo, de pelo rubio e hirsuto; rostro anguloso, enrojecido y poblado de pecas; hombros anchos y pesados.

          Tenía manos callosas, de tanto treparse a cuanto árbol encontraba en su camino. Los brazos, duros y tostados, siempre mostraban varias mataduras y algún raspón. Los pantalones cortos, dejaban ver rodillas nudosas, por siempre oscurecidas con tizne de pastos, carbón y tierras extrañas.

          Todo el mundo lo llamaba Ñaqui, por lo de Ignacio, y se llevaba muy bien con sus amigos.

          En aquellos tiempos no había televisión, tampoco walk-man, ni video-juegos, ni teléfonos celulares, ni conmputadoras con Internet. En las siestas de verano, cuando Ñaqui no iba al balneario o al cine con los otros pibes, escuchaba al "Señor Porcel", de Landrú, en la vieja radio de madera. Lo hacía en su casa o en casa de algún amigo. El "Señor Porcel" llegaba a las dos de la tarde con su comicidad, y los chicos se regocijaban desternillándose de risa.

          Después, en los mares de sol candente y soledad alucinante de la siesta, jugaban alguna "aventura", que inventaban ellos mismos o reproducían de las historietas de "Pif Paf", "Misterix" o "Patoruzito".

          Más tarde, cuando el clima selvático de la siesta apenas comenzaba a retirarse, al asomar los adultos, a las seis de la tarde llegaba la hora de "Tarzán", en Radio Splendid, con las voces de César Llanos y Mabel Landó.

          Después de la hora de "Tarzán", la mamá de Ñaqui, sin variantes, lo mandaba a la carnicería. Éso no era problema para él, salvo el aburrimiento de esperar turno entre las matronas del barrio.

          Pero, por razones misteriosas, a veces su mamá cambiaba de carnicería. Como aquella vez cuando tuvo que ir a comprar carne a otro barrio. Al parecer, sólo tenía que caminar un poco más. Pero también tenía que cruzarse con gente extraña y, lo que era peor, con pibes desconocidos. A esa edad, un pibe forastero en barrio extraño, podía tener una pelea callejera en cada esquina y en cada baldío.

          "Si te provocan dale sin asco", le había dicho una vez uno de sus hermanos mayores. Sus hermanos, siempre distantes, no le llevaban mucho el apunte. Por éso, tuvo que buscar un muchachón conocido para que le enseñara a manejar los puños. Así aprendió a parar puñetazos y responderlos. Supo manejar las rodillas, esquivar y hacer sancadillas.

          Aprendió a pelear muy bien, como una persona grande, cuando apenas había cumplido once años.

          Esa nueva habilidad le sirvió en forma muy contundente, cuando se vió obligado a cumplir mandados en barrios ajenos y transitar baldíos extraños. Los chicos matones, como pequeños malevos, lo abordaron en varias ocasiones para "cagarlo a trompadas" y humillarlo, pero se llevaron una amarga sorpresa. En todos los casos, debieron retirarse tambaleándose, con la boca y las narices sangrando.

          No era fácil en esa época y a esa edad caminar entre chicos de afuera. Cualquier pibe incauto y torpe podía ser agredido sin motivo, trompeado a mansalva y quedar tendido, desmayado, con los dientes saltados y echando sangre por nariz y boca.

          Después de éso, los matasietes podían quitarle pantalones y calzoncillos, dejándolo desnudo en la calle para que se volviera así a su casa, por un trayecto de doce o quince cuadras y con la cara ensangrentada. Y no había policías, ni personas adultas ni nadie que fuera a defenderlo en esa edad de barbarie.

          De esa forma, el chico aporreado tenía que regresar a su barrio cubriéndse con las manos, llorando y chorreando sangre.

          Desde los días en que Ñaqui rechazó a trompadas a los fajadores que lo acosaban, éstos lo dejaron tranquilo. Recelosos, lo miraban pasar desde los potreros y casas en ruinas donde se juntaban. No dejaban de insultarlo, éso sí, "¡ colorado roñoso !", le gritaban, "¡ ruso puto !", y algunas piedras volaban por las cercanías. Pero no se arrimaban, porque Ñaqui tenía un aspecto temible, era muy fuerte y sabía pelear como un tipo grande.

         Las cosas se pusieron feas cuando al pasar comenzaron a atacarlo en pandilla. Se reunían diez o quince matoncitos y se le iban encima, ululando como simios, luciendo máscaras extrañas y con los cuerpos pintarrajeados. Parecían los primitivos salvajes que Ñaqui encontraba cuando leía las revistas de hisorietas. En esos trances, tenía que recurrir a la fuerza y ligereza de sus piernas para poner distancia.

         Cuando volvía a su casa desde la carnicería, no tenía más remedio que dar un gran rodeo, para evitar los lugares donde podían estar esperándolo.

         Este problema de tener que ir al barrio vecino lo mantuvo preocupado un tiempo. Estaba tan ensimismado que su madre creyó encontrarlo enfermo. Hubiera sido inútil contarle algo a ella, o a su padre. Lo hubieran tomado por pavo y miedoso.

         En consecuencia se devanaba los sesos pensando: --¿qué haría el "Sargento Kirk" en un caso así? ¿qué haría "Bull Rockett"? ¿qué resolvería "Tarzán"? Claro, "Tarzán" podía barrer el piso con diez o quince adversarios juntos.

         Entonces surgió el recuerdo, y la idea nefasta se formó en su mente infantil.

         Recordó el cuchillo de monte que le había regalado un tío para cuando fuera de campamento con sus amigos, o al balneario y también a excursiones de pesca por la ría. Tenía una hoja ancha, como de veinticinco centímetros de largo.

         Ñaqui nunca había oído hablar, ni había leído, ni visto películas sobre guapos y cuchilleros. Pero tuvo lecturas e historietas sobre aventuras en desiertos y junglas africanas. Había leído libros de Emilio Salgari, con historias de Sandokan y también había visto películas sobre todos esos temas.

         Pensando en todo eso y con determinación, rebuscó entre líneas, anzuelos, plomadas y cañas de pescar. Revolvió todo y encontró el gran cuchillo de monte.

         Cuando tuvo que ir de nuevo a la carnicería, se encaminó muy calmo hacia el barrio en cuestión. Llevaba el cuchillo en la cintura, escondido del lado de adentro del pantalón. El frío del acero contra el estómago le transmitía una gran tranquilidad.

         Transitaba frente a varios baldíos y casas a medio construir. La calle de tierra exhalaba el calor acumulado durante la reciente siesta.

         Ya pensaba que los camorreros de la persecusión no estarían y podría pasar sin problemas, cuando le empezaron a llover los insultos.

         --¡Colorado maricón!  ¡Ruso podrido!  ¡Ahí va la novia de América!

         Fueron saliendo de entre las paredes de una obra. Se juntaron alrededor de quince criaturas. Podrían ser niños, pero semejaban una jauría de zorros asesinos.

          Ñaqui no corrió. Notó con creciente asombro, cómo el grupo lo rodeaba con rapidez, cerrándole el paso. Percibió un tufo asqueroso, como a violencia, atavismo y tribu primitiva.

          --Dejen pasar, che --dijo, en tono bajo y calmado.

          --La señorita quiere pasar --contestó el jefe de la banda, de su misma edad, al que Ñaqui le había roto la cara en ocasión anterior--, ¿sabés qué vas a hacer, ruso hijo de puta? Vas a venir con nosotros adentro de esa obra. Ahí te vamos a dar una sobada de órdago, y después, te vamos a romper el culo todos juntos. Vas a pasar a ser la señora de todos nosotros. ¿Entendiste, colorado? --El matoncito se babeó a propósito.

           Ñaqui no pensaba en nada. Sólo sabía lo que a la fuerza tenía que hacer. Manoteó bajo su camisa, extrajo el cuchillón y asestó un fuerte planazo en la cabeza más cercana. El otro retrocedió a trompicones y cayó sentado.

           --Al primero que se acerque lo ensarto --ladró sin expresión, aferrando el puñal con la hoja hacia arriba, de espaldas al paredón.

           El chico matasiete avanzó burlón, confiado en el número:

           --Pero, ¡ qué vas a ensartar vos, ruso maricón !  ¡¡ UAAGHH !!

           El matoncito miró con ojos muy abiertos, atónito. El otro continuaba sosteniendo la enorme faca, ahora bañada en sangre.

           El capitán de la patota se agarró con ambas manos la cintura, donde había recibido la puñalada. Brotaba sangre a borbotones. Dobló las rodillas y se desplomó de bruces.        Ñaqui escuchó una voz áspera, oscura, como individuo de bajos fondos --¡ Reíte ahora, hijo de puta !--, y se dio cuenta que había hablado él mismo.

           La banda de pibes quedó congelada, como árboles secos, mirando a su líder caído. Viendo el extremo, el final de los hechos, las últimas consecuencias, lo que nunca pensaron que podría pasar.

           Mientras, el chico forastero, colorado y pecoso, agazapado y con el cuchillo aún enhiesto hacia el grupo sombrío, se fue distanciando, cauteloso y tenso.

           Ya desde media cuadra, mientras limpiaba la daga en un matorral, observó la creciente confusión. Hubo un agudo parloteo, luego el conocido ulular simiesco. Algunos pandilleros salieron disparados. Corrieron y se esfumaron en las esquinas. Otros se quedaron cincundando el cuerpo inerte.

           Ñaqui dobló la esquina opuesta y caminó furtivo, con su pinta de linyera. Tomó otra calle transversal y trotó varias cuadras, hasta llegar hasta la carnicería. Allí aguardó muy callado su turno entre las señoras del barrio.

           Cuando salió del comercio estaba oscureciendo. Regresó por un camino distinto. Atravesó campitos y calles poco conocidas. Dio un gran rodeo, como otras veces.

           Caminó en medio de la penumbra azulada, y bajo las solitarias luces amarillentas de las esquinas. Llegó a su casa acompañado por múltiples coros de grillos y chicharras veraniegas. La alta radio de madera dejaba oír la voz de Iván Casadó, con su programa de preguntas y respuestas.

           Antes de cenar, en el amplio ambiente de la gran cocina, al fondo de la casa chorizo, Ñaqui se dedicó a revisar sus viejas revistas de historietas. Estaba silencioso y tranquilo, como tantas otras noches.

           Terminó el programa de Fernando Ochoa, con su personaje "Don Biligerno", y la emisora ofreció el boletín sintético. Entre otras cosas se mencionó un hecho de sangre en un barrio periférico de la ciudad, donde un niño de once años había sido apuñalado, al parecer por otro chico.

           Siguió un largo contrapunto de canciones, entre Alberto Castillo y Antonio Tormo.

           --¡Qué barbaridad! --se lamentó su madre por la noticia del informativo. Su padre y hermanos comentaron el hecho.

           Comenzaron a contar repetidas anécdotas, cuando se sucedían las guerras de barrio contra barrio, donde ellos mismos habían sido protagonistas; contiendas donde se reunían entre treinta y cuarenta pibes por bando, armados con palos, hondas de goma, alambres o ramas de palmera. Aquellos choques, por lo general, habían dejado saldos de numerosos niños contusos, lacerados y descalabrados.

           --¿Vos no viste nada, Ñaqui? --preguntó su mamá, mientras preparaba la cena.

           Ñaqui se alzó de hombros y negó como distraído, al tiempo que ordenaba los "Misterix", "Tomy Futuro", "Pif Paf", "El Gorrión", "El Tony" y otras revistas.

            El chico pensaba: --Lo que había hecho, era lo único que le quedaba por hacer. Cuando los pibes bárbaros le cerraron el paso --pensó durante un momento--, ya no podía salir corriendo; también era inútil ponerse a hablar para discutir por qué lo acosaban; tampoco era posible emprenderla a las piñas contra todos juntos; si no hubiera agarrado el cuchillo lo habrían llevado a la fuerza dentro de la obra y... ¿Qué le hubieran hecho allí? Las palabras del jefe patotero anticipaban algo. A último momento, ¿hubiera aparecido por casualidad algún grande para salvarlo?

             Ñaqui sabía lo que había hecho y por qué. Se sintió tranquilo en la cena, como en tantas noches. Pero después tuvo mucho sueño y no pudo quedarse de sobremesa. Se fue a dormir, porque se sentía más cansado de lo que podía recordar. 

             Al otro día la crónica radial dio la funesta noticia: El niñito acuchillado había fallecido.

             La policía llevó a cabo pesquisas infructuosas durante un tiempo. Por supuesto, el autor del hecho podía haber sido un niño de cualquier punto de la ciudad, y también de las afueras. Además, había muchísimos chicos con aspecto de vagabundo.

             Por ese entonces, comenzaron a enviar la carne a domicilio por encargo, desde una proveeduría sindical.

             Nunca pudo resolverse la muerte de aquella anónima criatura de los arrabales.               .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .    

             Pasó el tiempo. Ñaqui creció y se hizo hombre. Siguió siendo un buen tipo, un amigo en el que se podía confiar.

             Yo, que estoy refiriendo la historia, soy uno de los amigos de la infancia de Ñaqui. Juntos, nos divertíamos en aquellos lejanos y casi eternos veranos.

             Aquellos numerosos cines y revistas de historietas se fueron. Hasta los queridos Oesterheld y Hugo Pratt, contra sus deseos, ya no están más. Nos dejaron de a pie, como gauchos perdidos en campos cercados con alambrados de televisión por cable y conexiones de computadoras.

             Después de más de cuarenta años, cada uno hizo su camino. Habiendo pasado tanto tiempo, continuamos encontrándonos. En diversas ocasiones, nos juntamos a la tardecita, para charlar y tomar mate.

             En esas charlas vespertinas, donde a las seis de la tarde ya no está Tarzán para acompañarnos ululando desde las lianas... ¡ Oh...!  Dios... aún hoy... el poderoso llamado del rey de la selva... atravesando remotos bosques ecuatoriales... desde el fondo de los años...

            En estas charlas, decía, recordamos y comentamos a veces aquel lejano y tenebroso incidente. Ahora, en la distancia y desde la altura del hombre adulto, Ñaqui ya no está tan seguro por lo que hizo, ni tan calmado cuando recuerda.

            Al parecer, aquella macabra tarde quedó como un peso trágico sobre su alma, y deberá vivir con ello, tal vez hasta el fin de sus días.

            Una vez me comentó, pensativo y con expresión amarga:

            --Era una época feliz, sí. Pero no tan feliz, también estaban la maldad y la violencia. Y una cosa es segura... matar una persona es algo terrible, aunque sea en defensa propia.

                                               .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .

 

        

          

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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