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5 min
Dos viajantes que fueron
Fantasía |
03.09.11
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Sinopsis

... a la ciudad de los insomnes porque no querían dormir más. Inventario de colores en la ciudad gris.

 

Llegó. Era la ciudad donde siempre llovía y la gente no podía dormir. Vete, pero no te lleves la música. Y la lluvia se marchó a llorar a otra parte. Sin embargo, aquella siguió siendo una ciudad de insomnes.

 

 A las 5 a.m. había empezado oficialmente el día en el Hotel Seattle. Sabiendo que eran horas poco serias para dar el pistoletazo de salida, ella guardó la pistola y se armó de besos hasta los dientes y declaró una guerra contra el sueño de él (no contra sus sueños); y él se atrincheró en las almohadas hasta que acabaron firmando la paz muertos de risa.

 

Se lanzaron en caída libre por Seneca St. Hasta Pike Place Market porque además del sueño se les había desordenado el hambre. Desde Sound View Café se veía un mar gris que no quería levantarse. Entretanto, el Mercado preparaba con diligencia la exposición de aquel martes.

 

Se quedaron los pescadores y pescaderos con todos los colores salmón para sus salmones de Alaska (no noruegos). Y así la prensa sólo fue blanca y negra, y en general gris; porque en verano las malas noticias no venden. Había colores ácidos presuntuosos y carísimos para las frutas orgánicas y un sin fin de colores asilvestrados sin ninguna pretensión para las flores.

 

Echaron a andar entre transeúntes que, en su perpetua duermevela, se desplazaban entre los tranvías. International Distric, Pioneers Place, los estadios a lo lejos, llenos de los ecos de los últimos gritos. La ciudad se exhibía sin ningún complejo con una discordancia entre edificios de cristal altísimos y negocios de madera y desván. Hablaron tanto que se les olvidó ver la ciudad.

 

Volvieron a Pike Place. Ahora que eran horas más razonables, el mercado era una fiesta donde los peces volaban, las flores pedían perdón o declaraban amores insoportables en los brazos de hombres y mujeres con cara de arrepentidos, más por lo del amor que por lo de los perdones.  

 

Un cerdo pedía dinero a pie firme por una buena causa.

 

Un borracho con barba de mil días pedía dinero para cerveza porque a las 9 de la mañana de un martes no tenía nada mejor que hacer.

 

Los periódicos en cambio no decían casi nada.

 

Fueron al primer establecimiento de todos, al culpable de que la gente haya olvidado a qué sabe el café pero que ha conseguido que todo el mundo lo beba en dosis de 24 onzas.

 

Se asomaron al ojo de una aguja y volvieron a ver ese no sé qué de triste con ese otro no sé qué de acogedor que envolvía a la ciudad.

 

Y como no hay ciudad de mar sin marineros, ni marineros sin cantinelas tristes; y como además aquel mes ella había decidido morir en Hendersonville, compró una armónica y la guardó en el bolsillo. Para cuando le hiciera falta.  

 

Volvieron paseando a lo largo del mar y salió el sol, y de pronto el paseo se llenó de gente que comía comida rápida tranquilamente. Decidieron darle una tregua a las piernas y se callaron un momento por primera vez en siete horas.

 

Por fin ella sacó la maletita que llevaba cargando todo el día. Apenas empezó a abrirla, los cierres saltaron por los aires y un montón de pensamientos de distintas densidades, cuentos y canciones saltaron en todas direcciones, desordenándolo todo. No dijeron nada. Ella disimuló una mirada avergonzada. Él con su característica tranquilidad impertérrita. Habría que organizar todo aquello y ver con qué quedarse. Los dos tenían mucha costumbre de hacer maletas, así que no había de qué preocuparse.

 

Cenaron asomados al mar y la cena fue lo de menos. Atardeció más allá de los cargueros y los barcos militares  y ya nadie puede relatar con seguridad qué pasó, porque las fotos que iban a utilizar como coartada se perdieron.

 

Nunca pudieron acusarles de nada, pero los fantasmas aparecieron apuñalados al día siguiente con unas tijeritas de cortar el pelo. Los nuevos tiempos se levantaron con resaca y no recordaban quién les había emborrachado y… bueno; dicen incluso que no fue la ciudad quien no les dejó dormir;  porque cuando llegaron se desencadenó un viento que se llevó la ola de insomnio. Dicen que fueron ellos quienes obligaron al Mundo a seguir despierto para recuperar una de todas aquellas noches.

 

Pero, al fin y al cabo, no son más que cuentos. 

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