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10 min
duelo 1: "El hilo rojo del destino"
Varios |
01.02.17
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Sinopsis

Resultado duelo 1 “El hilo rojo del destino” (A) Paco Castelao (B) Rocio 1 Facebook A 10 –B 0 tusrelatos.com A 10 - B 3 Antonio Perez Ruiz votó por A (vale 2) total A 22 – B 3

~~duelo 1: “El hilo rojo del destino”


relato A

Lawrence McQueen, más conocido como “Larry, el Flaco”, nunca hubiera esperado encontrar una gasolinera en aquel remoto paraje, a decenas de millas de cualquier vestigio de civilización.
A juzgar por la maleza más que incipiente de su parte frontal y los letreros desvaídos, diríase que la vetusta instalación había plantado allí sus reales unas cuantas décadas atrás.
Larry, “el Flaco”, jamás hubiera sospechado, además, que hallaría una persona al cargo de aquel negocio, ruinoso a todas luces, esperando con infinita paciencia a que alguien se extraviara en ese rincón de Texas dejado de la mano de Dios.
Por otra parte, eso de persona o ser humano era relativo. El tipo que acudió solícito al encuentro de Larry y su RangeRover, recordaba más bien a un singular espantapájaros.
Lucía una increíble mata de pelo rojo que parecía haber sido el escenario reciente de una encarnizada pelea de gatos. Emergía ésta como una cascada alborotada por debajo de las alas de un aparatoso sombrero de paja que a duras penas lograba cubrir el cráter de aquella especie de volcán desmelenado. Una gruesa camisa de franela amarrada en la cintura a la manera de un fraile, caía sobre un viejísimo pantalón de pana a media pantorrilla.
—¿Llenamos el tanque, caballero?.—
Larry respingó. Se sorprendió de que el espantapájaros supiera hablar.
—¿Qué?—titubeó, desconcertado.
Luego, se echó a reír al reparar en lo absurdo de la situación. El empleado pelirrojo se quedó mirándolo con expresión malhumorada.
—¿Qué demonios le hace tanta gracia, amigo?—sus ojos refulgieron bajo las tupidas cejas, a juego con la espesa pelambrera—Si me lo cuenta, a lo mejor nos podemos reír juntos—añadió mientras permanecía muy quieto.
—Perdone, no pretendía ofenderlo—se apresuró a replicar un acongojado Lawrence—es que usted me ha recordado a un amigo mío, muy gracioso.
Desde luego, improvisar nunca había sido el fuerte de Larry. Sin embargo, el sorprendente pelirrojo pareció aceptar de buen grado su peregrina declaración. Su rostro de duende iracundo mutó en payaso bueno mientras procedía a llenar el depósito.
Cuando Larry extrajo la cartera, el espantapájaros volvió a sorprenderle.
—Guarde eso, por favor, invita la casa.
Larry trató de insistir, pero el empleado se mantuvo firme.
—He dicho que no, y es que no—su tono de voz no admitía réplica—¿Acaso le sobra el dinero, amigo?—.
Larry desistió en su afán, le dio las gracias y se despidió.
—Oiga, oiga, no tan deprisa, amigo, no tan deprisa—el pelirrojo se interpuso en su camino—no quiero su dinero, pero sí necesito que me haga un pequeño favor.
El extraño individuo se tocó su llamativo sombrero de paja.
—¿No tendrá por ahí un trozo de lana roja para sujetar mi sombrero? Es que se me cae todo el tiempo, ¿sabe?, y eso es muy molesto, amigo, terriblemente molesto.
—¿Lana roja, dice?—consiguió articular Larry—Pues no, lo siento. No la tengo, ni roja ni de otro color…
—Necesito lana, lana roja—recalcó impaciente—Y la necesito ahora—añadió mientras agarraba, furioso, el sombrero con ambas manos y trataba, en vano, de encasquetarlo mejor.
A Larry le recordó un niño caprichoso en plena rabieta.
Rápidamente, se introdujo en el coche, arrancó y se dispuso a largarse de allí cagando leches. Aquel tipo estaba peor que una regadera.
El espantapájaros, moviéndose a una velocidad prodigiosa, ocupó el lugar del copiloto.
Antes de que Larry atinara a reaccionar, el hombre se quitó el sombrero con gesto solemne y lo sujetó contra su pecho. En su cara de duendecillo gruñón se dibujó de pronto una mueca de absoluta tristeza. Luego, le habló a Larry por última vez, y su voz sonó profundamente abatida, al tiempo que el rictus desolado se acentuaba en su cansado rostro.
—Tenga cuidado con el hilo rojo, amigo. Es la señal de la muerte.
Cerca de media hora y unos 40 km. después, circulando de nuevo por la autopista, de regreso al mundo civilizado, Larry reparó en que el extraordinario personaje había olvidado su sombrero. Si no fuera por aquel contundente detalle, habría jurado que acababa de despertar de una perturbadora pesadilla.
En ese momento sonó el móvil conectado al GPS.
—Larry, por fin, ¿dónde estabas?—la voz de su esposa Mary sonaba levemente irritada—llevo llamándote toda la mañana.
—Me perdí, nena. Tomé una ruta equivocada. Pero ya estoy en el buen camino, a pocos km. de casa.
—Tommy actúa hoy en el Festival del cole, dentro de una hora escasa. He tenido que salir a la carrera a comprarle una cosa para su disfraz. Así, de repente, se le ocurrió que le hacía mucha falta. Bueno, adiós amor, tengo muchas ganas de verte.—Mary se despidió con un sonoro beso.
—Adiós, preciosa, tantas como yo a ti. Y el beso, mejor en vivo—remató Larry, añorando los carnosos labios de su esposa.
Luego se esforzó, sin éxito, en recordar la obra de teatro que debía representar su hijo
Unos 10 minutos más tarde, enfilaba la larga avenida que conducía a su hogar. A lo lejos, a la altura de su chalet, divisó un corrillo de gente ocupando el paso de cebra que permitía cruzar hasta la mercería de enfrente.
Segundos después, se encontraba contemplando el cuerpo inmóvil de su esposa que yacía en medio de un gran charco de sangre, víctima de un brutal atropello.
Sonámbulo, reparó en la bolsa de la mercería que aún aferraba la mano inerte de Mary. Entre las finas asas, asomaba una gruesa madeja de lana roja.
En ese momento se hizo la luz en el cerebro de Larry. La obra de Tommy era “El Mago de Oz”… y también supo con absoluta certeza cuál de los tres personajes masculinos tenía que interpretar su hijo.
En sus oídos resonó una voz, aterradoramente familiar.
“Puede apostar lo que quiera a que el sombrero se le va a caer. Y eso es molesto, amigo, eso es terriblemente molesto.”
Después, la luz se apagó y todo fue negrura.

     FIN


relato B

La tenue luz del sol se cuela entre las rendijas de una ventana en una casa de Duruelo de la Sierra.
En ella, se encuentra una joven llamada Julia.
Julia vivía en Soria, pero a causa de la reciente muerte de su abuelo, sus padres y ella habían decidido pasar las vacaciones de Navidad con su abuela.
Se oían voces en la cocina indicando que ya estaban todos en pie, así que Julia no hizo menos.
Después de desayunar, cogió su móvil. A pesar de que había suficiente cobertura para sumergirse en las redes sociales, prefirió dejarlo en la mesa del comedor.
Iba muy poco a visitar a su abuela y no quería estar enganchada al móvil todo el tiempo.
Julia siempre había sido una persona inquieta y curiosa. Le encantaba explorar y descubrir cosas nuevas.
Así que comenzó a investigar aquella pequeña casa.
Buscó en cada habitación con delicadeza y cuidado. Las habitaciones donde ella y sus padres se hospedaban no tenían nada interesante, eran bastante simples.
Y no hablemos del comedor, la cocina y el baño.
La última habitación que le quedaba por registrar era la de su abuela.
Buscó por el armario, por su cómoda, pero no encontró nada.
Hasta que decidió rebuscar los cajones de su mesita de noche y encontró un diario de cuero marrón y gastado.
En él, había tres páginas marcadas y una foto de su abuela con un hombre que no era su abuelo.
Empezó a leer aquel misterioso libro y se dio cuenta de que era el diario de su abuela.
Decidió ir a las páginas marcadas.
En la primera, contaba la historia de como su abuela y aquel hombre se conocieron. Al parecer, el hombre misterioso (llamado Marcos) era nuevo en el pueblo y coincidieron como vecinos.
En la segunda, contaba como Marcos  había pedido a su abuela ser su novia y lo enamorada e ilusionada que ella estaba.
Y en la tercera, con fecha del 9 de enero de 1959, como Marcos falleció en la Catástrofe de Ribadelago. Su abuela se mostraba desolada y rota.
Julia decidió ir a hablar con su abuela y preguntarle por Marcos, pero ésta se mostró reacia a contestar y la regañó por buscar entre sus cosas.
Julia cogió su móvil y buscó en internet una página para recobrar el contacto con personas desaparecidas. No sabía porqué, pero tenía el presentimiento de que Marcos no estaba muerto.
Introdujo todos los datos que había encontrado en el diario sobre Marcos y lo envió. En un máximo de dos días tendría respuesta.
Pasaron dos días sin hablar con su abuela, estaba muy afectada. Parecía haber olvidado aquella historia.
Julia comprobó su móvil y vio que tenía en e-mail en el que decían haber encontrado a un hombre con esas características y que si quería ponerse en contacto con él. Junto al e-mail venía adjunto un archivo. Lo abrió y vio la ficha de aquel hombre. Vivía en Ribadelago Nuevo.
Envió una respuesta aceptando la oportunidad de poder contactar con él, y días después, recibió la dirección de correo para poder hablar con él.
Julia le escribió, le dijo quien era su abuela y si la conocía. Éste respondió que sí y Julia le pidió que fuese a Duruelo.
Al principio, el hombre se mostró algo inseguro, pero aceptó.
En cuatro horas, ya estaba allí. Quedaron en el nacimiento del río Duero.
Julia iba acompañada de su abuela, le había engañado diciendo que quería hacer un par de fotos al río.
Allí se encontraron con Marcos y ambos se quedaron paralizados.
— Sé lo mucho que os queríais. Tuvisteis un amor joven y puro que acabó demasiado pronto. Estáis destinados a encontraros, estáis unidos por un hilo.
Ambos tenían la mirada clavada en el otro, seguían mirándose cómo lo habían hecho desde siempre, y se abrazaron.
Uno seguía siendo joven en los brazos del otro.
Estuvieron allí hasta que atardeció. Durante ese tiempo, se contaron sus vidas, donde se descubrió que Marcos también era viudo. Pero hubo un interrogante que no se respondió a lo largo de la tarde: que pasó con Marcos después de la catástrofe.
— ¿Porqué no te pusiste en contacto conmigo? — preguntó Lucrecia.
— Conseguí sobrevivir subiéndome al campanario y cuando vinieron a rescatarnos nos llevaron a un refugio en otro pueblo. Estuve allí hasta que remodelaron el pueblo y pasó a ser Ribadelago Nuevo. No puede ponerme en contacto contigo y cuando volví pensaba que ya era demasiado tarde, pero sí puedo prometerte que no existe día en el que no me haya acordado de ti.
Ambos sonrieron y se dijeron el "te quiero" que el tiempo se llevó.
Y junto con el sol poniente, volvieron a ser esos adolescentes que una vez fueron sin importar el tiempo, la situación y el lugar.

 

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