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03.03.18
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Sinopsis

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relato a “La despedida”


—María, ¿cómo estás? Me gustaría verte.
Fue lo único que dijo cuando ella respondió al teléfono. María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. Diecisiete años de ausencia se resumían en esas seis palabras pronunciadas en un tono de voz neutro; como si en ese tiempo no hubiese transcurrido toda una vida; como si en ese tiempo María no lo hubiese enterrado en el recoveco más profundo de su memoria hasta convencerse de que lo había olvidado. María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. Sólo seis palabras para reclamarla de nuevo, como entonces. Y, como entonces, bastaron seis palabras para que ella acudiese a su encuentro.
Lo presintió antes de verlo. El movimiento de las ramas del roble de la esquina de la calle Camino Viejo con la del Carmen le anunció su presencia en la terraza de la cafetería donde se habían citado. Miró con impaciencia a un lado y a otro de la acera. La estaba esperando sentado en una mesa de la terraza ante una cerveza pero María no lo vio hasta que él no agitó una mano.
—¿Nacho? Porque puedo llamarte Nacho, ¿verdad? —le preguntó con miedo.
—Por favor. Para ti ya sabes que siempre seré Nacho —respondió él después de tomarla de las manos y besarla en las mejillas—. Estás aún más guapa que la última vez que te vi.
María no pudo reprimir una sonrisa. Estaba acostumbrada a recibir con indiferencia las muestras de admiración de hombres y mujeres. Sin embargo, las palabras de Nacho la hicieron estremecer.
—Tú estás igual.
No era verdad. Los años habían sido severos con él. Miles de arrugas surcaban su rostro y los ojos mostraban una mirada opaca que no recordaba: como si fuera ciego o su mente estuviera muy lejos de allí. De su cabello negro no quedaban más que unas hebras extraviadas entre el pelo gris cortado a cepillo que endurecía los rasgos faciales: su rostro esculpido a cincel. Sólo la boca conservaba la ternura del pasado.
Se sentaron el uno frente al otro y se escrutaron con la mirada como si buscasen a aquél que en otro tiempo fue. Un denso silencio se interpuso entre ellos. Ninguno sabía cómo salvar el abismo que los separaba. Hubo un tiempo en el que las horas se les quedaban cortas para contarse todo lo que tenían dentro. María acogió con alivio la llegada del camarero. Nacho, en un gesto del pasado, enarcó la ceja derecha cuando ella pidió un vermut.
—Costumbres que coge una después de casada —le dijo ella con una sonrisa pícara.
—Es verdad. Me dijeron que te habías casado.
—Pronto va a hacer ocho años
Tres años hasta convencerse de que él no volvería, otros tres en los que perdió la fe en sí misma y otros tres hasta que se decidió a aceptar a Gabriel, un compañero de trabajo que llevaba tiempo pidiéndole una oportunidad.
—¿Tienes hijos?
—Tengo dos niñas.
Extrajo su móvil del bolso y dejó pasar los minutos mientras le mostraba las fotografías de sus hijas.
—¿Verdad que son preciosas?
María sintió una  punzada en el pecho. ¿Qué hacía hablando con él de su familia?, ¿no era  aquella cita una especie de traición? Abrió el bolso de nuevo y revolvió en su interior como si lo más importante del mundo fuese encontrar un objeto que ni ella sabía qué era. Él pareció darse cuenta de su desasosiego porque cubrió su mano con la suya. Durante unos instantes ninguno se atrevió a moverse. Ni a decir nada, tampoco. Después, María se asustó de su consentimiento tácito y se puso en pie precipitadamente.
 —Esto no es buena idea —dijo nerviosa—. No comprendo por qué he venido. Será mejor que me vaya. Mi marido se estará preguntando dónde estoy.
Nacho le tomó de nuevo la mano y exclamó en un grito susurrado:
—¡Quédate conmigo, por favor, María! Mañana regreso a mi aldea y puede que no nos volvamos a ver ya más.
María se sentó otra vez, asustada del tono suplicante de Nacho. ¿Qué le había sucedido? En otro tiempo la habría dejado marchar, herido en un orgullo al que el solo roce de la seda podía dañar.
—Solo serán unas horas; luego podrás volver con tus niñas.
—¿Qué quieres de mí, Nacho?, ¿para qué me has llamado?
—Ya te lo he dicho. Sólo te pido que me concedas unas horas. Nada más.
María jugueteó con el móvil antes de decidirse a llamar a Gabriel.
Se arrepintió nada más colgar. Se arrepintió de decirle que no la esperase, que se quedaba a comer en el centro con una amiga. ¿Por qué no le había dicho la verdad? ¿Por qué? Por la misma razón por la que nunca le había hablado de Nacho.
No se atrevió a mirarlo. No sólo había mentido a su marido, sino que lo había hecho delante de él, como si pensara que aquella cita, además de clandestina, contaba con su complicidad. Pero Nacho no debió de darse cuenta de su mentira o, al menos, eso le pareció. Mientras ella hablaba con su marido, él estaba pidiendo la cuenta.
Subieron al coche que él había alquilado. Ella se dejó conducir sin preguntar adónde la llevaba. Cerró los ojos para borrar de su mente el pasado y el futuro. Nada importaba sino el presente. Nacho tomó la autopista del Norte y dejó atrás la ciudad antes de coger un desvío. Cuando María abrió de nuevo los ojos, el coche discurría por una carretera estrecha que dibujaba curvas zigzagueantes en el paisaje. No precisó mucho tiempo para reconocer los campos de trigo a la derecha del camino. Al otro lado, crecía el acebo entre hayas y abedules. María, como en otro tiempo, sacó la mano por la ventanilla del coche. La brisa de octubre despeinaba sus cabellos. Sus ojos buscaron los de Nacho, que le dedicó una sonrisa cómplice.
Mientras el automóvil sumaba kilómetros, se reducía la distancia entre ellos. Nacho le habló de los niños que atendía más allá del mar, de las duras condiciones del páramo, de los cestos de mimbre que hacían las mujeres, de los jóvenes que abandonaban la aldea en busca de un futuro desconocido... Ella le habló de los veranos en un pueblecito costero, de los inviernos en la casa de la sierra, de sus dos niñas, aún demasiado pequeñas para saber de los sinsabores de la vida... De cuando en cuando, se quedaban atrapados en algún recuerdo: “Te acuerdas...”.
Llegaron pasadas las tres de la tarde. María se bajó del coche y miró a su alrededor sorprendida de que todo siguiese igual. La misma tienda de suvenires, el mismo bar, el mismo gato que dormitaba a la sombra de un soportal.
Como si representaran un papel sobradamente sabido, se tomaron de la mano y se dirigieron a paso lento a la casa de la infancia de Nacho. Al cruzar el umbral, una bocanada de humedad y olor a cerrado la hizo retroceder. La oscuridad ocultaba el lento trabajo que el tiempo se había tomado sobre las cosas. Cuando él descorrió las pesadas cortinas, un rayo de luz iluminó la escalera que ascendía a los dormitorios. Por un momento creyó ver a la madre de Nacho bajando con un cesto de ropa blanca, pero doña Sagrario hacía muchos años que había muerto.
Comieron casi sin hablar un guiso que se hicieron traer del mesón. El fuego de la chimenea les hizo entrar en calor y el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovski que sonaba en un viejo tocadiscos se llevó los últimos resquicios del presente. Una caricia robada y un beso respondido encendieron la pasión.
—¿Por qué has tardado tanto en volver? Te esperé día tras día. Me desesperaba pensar que me habías olvidado.
—Nunca te olvidé, María; deberías saberlo —dijo Nacho antes de dejar un beso en los labios de María.
—Me abandonaste apenas unas semanas antes de nuestra boda. Me dejaste por una fantasía de juventud. Creías que podías cambiar el mundo con unas cuantas palabras. Pero el mundo nunca cambia, Nacho. Es él el que cambia a las personas.
—No fue ninguna fantasía caprichosa y tú lo sabes. Todo fue más complejo. ¿Te crees que fue fácil para mí?, No te imaginas cuánto me costó dejarte. ¡Yo te quería! Aún te quiero.
—¡No me digas eso! Si me dejaste unas semanas de buenas a primeras, por las buenas, sin previo aviso, sin prepararme. De repente una noche, me dices que no le encuentras sentido a la vida que íbamos a construir juntos; que te vas. No me das tiempo para comprender lo que sucedía. Y te vas. Y me dejas sola. Y yo me quedo aquí preguntándome qué había hecho mal para que te alejases de mí.
—No fue culpa tuya y lo sabes. Ni mía tampoco.
—¿Entonces de quién? ¿Qué quieres que piense?
María tuvo que hacer un esfuerzo para que no se le derramara el llanto que llevaba tanto tiempo escondido. Él le alzó la barbilla con el dedo.
—De nadie. Las cosas salieron así.
María lo abrumó a preguntas. Sin que interviniese su voluntad, salió de su boca un torrente de palabras, un torrente de reproches que Nacho puso fin con un beso en los labios.
—Olvídate del pasado. Lo importante es que ahora estamos juntos.
—¿Y mañana?
—Mañana aún no ha llegado.
Pasaron la tarde amándose. Las horas se transformaron en una eternidad en la que no tenían cabida ni Gabriel ni sus tres hijas, ni la aldea donde corrían descalzos unos niños.
El frío del atardecer la despertó. El salón se había llenado de sombras. Debía de haber alguna ventana abierta porque una hoja de un viejo periódico revoloteaba en el suelo. María no oía más que su respiración acompasada, a su alrededor sólo la acompañaba el silencio. Se sintió sobrecogida por un miedo infantil. ¿Y si Nacho la había vuelto a abandonar? Luego se rio burlándose de sus absurdos temores. Se avergonzó cuando encendió la luz y su mirada tropezó con la imagen en el espejo de su cuerpo desnudo: el recuerdo de su marido la devolvió al presente.
—¡Nacho! —lo llamó después de vestirse apresuradamente.
Lo oyó bajar las escaleras. Una sonrisa asomó a sus labios mientras peinaba sus cabellos.


***


Un año más tarde, María recibió una carta de un país lejano. Examinó durante unos minutos la extraña caligrafía antes de decidirse a rasgar el sobre.

Estimada señora Blanco:
Mi nombre es Julio y soy el sacristán de la parroquia de Ntra. Señora de la Salud en R***. Me dirijo a usted siguiendo los últimos deseos del padre Ignacio Zavalta (q.e.p.d.), que dejó escritos en una carta para mí antes de fallecer. Él quería que usted supiera que murió en paz con Dios y consigo mismo, recordándola con afecto. Debo decirle que nunca lo oí quejarse a pesar de que hacía dos años que sabía que su final estaba cerca.
Quedo a su disposición y le envío mis respetos,
Julio Cifuentes

Sintió como si le desgarrasen el pecho. Pero no pudo abandonarse a su dolor. En la cunita, su hijo Nacho, recién nacido, la reclamaba con su llanto.

 


relato b “Morir dos veces”

Así una noche tras otra se iba conformando mi vida a través de los sueños. Ahora bien, esto no ocurrió desde siempre. Más bien, con anterioridad, los sueños eran como los de todo el mundo, confusos, enigmáticos, con múltiples bifurcaciones sin conexión con lo anterior. Solo a partir de un día empezaron a ser tan reales como la vida misma, secuenciados con una lógica irrefutable, consecuentes con todo lo que había acontecido o pudiera devenir.
 Y, por contra, en los periodos en que permanecía despierto, las situaciones que vivía eran, de todo punto, desarregladas, desconectadas del antes y aún del después. Vivía en un absoluto caos que me estaba comenzando a desquiciar. Pensé que, tal vez, esto pudiera solucionarlo visitando un psiquiatra, pero ¿cómo podría acudir a él sin una garantía de que lo que estaba viviendo no era real, que no llegaría a solución alguna porque, aún en el hipotético caso de que llegara a visitarlo, no era seguro que obtuviese un diagnóstico válido, o que no saliera de la consulta cuando me viera, de pronto, en las playas caribeñas disfrutando de un agradable día de playa o, por ejemplo, atravesando, agotado y sin agua, el desierto del Sahara?
 Entonces solo me quedaba la opción de intentar arreglar esta extraña situación desde el mundo de los sueños. Solo tenía que hacer tan fuerte esta decisión de forma que llegase a manifestarse en lo onírico, aunque esta era una decisión tomada desde una realidad aparente y, por ello, susceptible de no ser real. Pero era lo único a lo que podía agarrarme. Tomar conciencia de ese desajuste podría hacer que tal preocupación se trasladase finalmente al “otro lado”. Me concentré en ello aunque pronto me vi envuelto en otro devenir imposible.
 Ahora me encontraba almorzando con mi jefe. Charlábamos sobre el deseable desarrollo de una línea de trabajo para conseguir unos mayores beneficios empresariales. Escuchaba con atención sus propuestas cuando un pensamiento me cruzó por la mente. Tenía que acudir a un psiquiatra. No acertaba a ver cuáles podrían ser las razones que me hubieran hecho pensar que debía actuar de esa manera y me distraje algo del discurso de mi interlocutor. Él pareció darse cuenta y me lo hizo saber con el típico ¿se encuentra bien?. Respondí con una afirmación que acompañé con un gesto para restar importancia y procuré dejar de lado ese pensamiento hasta que me encontrase fuera del trabajo. La tarde transcurrió con normalidad hasta que, cansado y dejando para el día siguiente algunas tareas, me dirigí de vuelta a mi hogar.
 El pensamiento volvió a manifestarse, pero no quise comentar nada a mi mujer para no alarmarla y procuré mantener la compostura para que tampoco lo advirtiera. Mis hijos me acosaban a preguntas. Estaban en esa edad que lo cuestionan todo y algunas preguntas, a duras penas, tienen contestación, al menos, algo satisfactorias y en la que desembocan nuevas preguntas. Sonó el teléfono. Mi mujer atendió la llamada pero alcancé a ver su expresión de abatimiento y su confirmación de que, al día siguiente, estaríamos en el entierro.
 Desperté. Estaba solo en un lugar desconocido y sabía, con total certeza, que ya me encontraba al “otro lado”. Desde aquí podía viajar, sin pensarlo, hacia cualquier otro lugar. Era como una hoja caída llevada por el viento, vuelta a levantar y a caer. A renglón seguido estaba en París, con su inequívoca torre, y después visité un cementerio. Allí estaba mi familia, mi mujer de negro riguroso, mis niños llorando desconsolados. Yo tenía que estar con ellos. Un fuerte temblor recorrió mi ser y me acerqué. No me vieron pero en la lápida pude leer, sin salir de mi asombro, mi nombre y fechas de nacimiento y muerte.

         François Lapierre

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