cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
Duelo 10: Trece años en este mundo.
Varios |
23.01.16
  • 4
  • 24
  • 11278
Sinopsis

La votación se cierra el dia 25 de enero a las 20:00 pm.

Trece años en este mundo  Relato A

 

Sé que me queda poco. Cada vez menos. Veo la luz resplandeciente que me llama, me invita a acompañarla, para deslizándome sumiso en sus misteriosas aguas, flotar hacia allá donde me lleve la corriente.

Estoy impaciente. Llevo en este mundo trece años y aunque pueden parecer pocos la vida para mí carece de sentido. La realidad me es indiferente, solo sombras, sonidos sordos que me envuelven pero que apenas entiendo. Mis padres me llevan y me traen, pero no me comprenden.

Nadie con quien hablar, nadie que entienda por lo que estoy pasando, solo esa luz al final del túnel, de trece años de largo, que me empuja, me guía, me estruja, me supera, luz que se agranda, más y más cerca, ya, ya está, ya nací.

Los médicos parecían sorprendidos. La sociedad está preparada para los hijos prematuros, decían, pero para esto no. Culpaban a mi madre. Sobreprotección, decían. Me pusieron un protector bucal para poder mamar como es debido, y resultaba delicioso poder arrullar a mi mamá en mis brazos mientras me daba el pecho con dulzura. Puedo decir que los años de soledad merecieron la pena.

Entre toma y toma reflexiono. Pienso que la vida es un tahúr imbatible, capaz de ganarse a si misma y pagar la apuesta sin rechistar. Reparte cartas tapadas y las trampas quedan ocultas a los ojos de los jugadores, que creen dominar la partida. Todo y nada son para la vida dos caras de la misma moneda. Ciertamente la muerte es el precio que hay que pagar.
A mis padres les gusta que les diga estas cosas, me miran con ojos amorosos mientras cogen el sueño. Cuando se duermen les cubro con la manta y yo me quedo en medio un ratito, y luego salgo a hurtadillas para afeitarme con la máquina de papá. Apago las luces, aunque dejo encendida la del salón, y desde la cama veo su resplandor a través de la puerta entornada.

 


Trece años en este mundo  Relato B.

 

Cuando era pequeña mi madre nos prevenía contra toda clase de supersticiones. Era la típica señora que daba un rodeo cuando en mitad de la acera un obrero tenía colocada su escalera. Nunca dejaba el salero sobre la mesa por temor a que alguien pudiera derramar su contenido y ni ebria de vino se le ocurriría abrir un paraguas bajo techo. Yo era la tercera de seis hermanos y todos nos tomábamos a broma sus supercherías. No podía imaginar entonces que el número trece marcaría mi vida. Quizás de haberlo sabido hubiera considerado de otro modo sus manías.

Crecí en una familia de clase humilde. Abandoné la escuela a los dieciséis años, más por apatía que por falta de capacidad para los estudios. A esa edad el mundo se ve con los ojos de los sentidos y mi caso no era una excepción. Mataba el hastío viviendo de noche y frecuentando discotecas, a pesar de las continuas desavenencias con mis padres. La falta de dinero nunca supuso un problema. Era una joven esbelta y de elevada estatura, con una hermosa melena negra y ojos verdes que según decían parecían tener un poder hipnótico sobre los chicos. Además, no me faltaba desparpajo y siempre conseguía que alguno me invitase a una copa. Me gustaba aquel ambiente, la música, el baile, el sabor del ron y sobre todo… me gustaba el sexo.

Salir a la jungla de la noche, dejarse seducir y jugar a seductora, escoger entre los machos como si estuviese ante el escaparate de una tienda de moda, fantasear morbosamente con desnudar aquellos cuerpos sudorosos y acabar haciéndolo en la decrépita habitación de algún motel, llevar al límite el placer de los sentidos. Ese era mi mundo, lo que en aquella época hacía girar las manecillas del reloj de mi vida. Algunas veces surgía algún romance que podía durar a lo sumo un par de meses. No me gustaba atarme a nadie y además la rutina terminaba siempre por aburrirme. Entonces conocí a Boris.

Boris era un acaudalado empresario de origen ruso que tenía un negocio de compraventa de coches, o al menos eso decía él. La verdad es que nunca conseguí averiguar si era cierto. El caso es que tenía dinero y se encaprichó de mí enseguida. No tardé en irme a vivir a su mansión, rodeada de toda clase de lujos. Para una chica humilde como yo aquello supuso un absoluto cambio de vida. En compañía de mi nuevo ligue frecuentaba fiestas y reuniones, me codeaba con la alta sociedad Madrileña y conocí a hombres de negocios e importantes personalidades. Poco a poco fui tejiendo una interesante red de contactos. Mi pequeña jungla urbana se había convertido en una extensa selva.

He de reconocer que aquella historia con el ruso duró más de lo previsible. Pero todo tiene un final y éste llegó cuando no necesité más ni de sus atenciones ni de su dinero. En aquel mundo de ricachones envidiosos y podridos de pasta, donde esnifar coca era tan habitual como fumarse un cigarrillo, el sexo no se pagaba con un par de cubatas, sino con dinero. Con mucho dinero.

Quizás el lector haya averiguado ya a que me dedico. Me llamo Laura Valdivia y soy puta. Pero no una puta cualquiera, sino una prostituta de lujo. Y digo soy porque, como los curas, una nunca deja de serlo toda vez que ha entrado en este mundillo. Tu condición te persigue ya para siempre.

Me fue bien en el negocio. Por mi lecho ha pasado lo más granado de la alta sociedad del país, actores, músicos, grandes empresarios y hasta algún ministro. He visto de todo y he hecho muchas cosas. Algunos eran atentos, incluso como para hacer tambalearse la infranqueable coraza que había levantado alrededor de mis sentimientos. Otros en cambio eran burdos, pervertidos y hasta despreciables. He pasado noches inolvidables y también derramado muchas lágrimas en la penumbra de mi habitación. He estado con tantos hombres como pocas mujeres lo han hecho y sin embargo he sentido el peso de la soledad hasta creer que me aplastaría sin remedio. A pesar de ello lo soportaba.

Lo soportaba porque aquello era lo que me permitía mantener el tren de vida al que me había acostumbrado. Viajes, ropa de marca, deslumbrantes joyas de las que me encaprichaba, fiestas en lugares a los que poca gente podría acceder… y un amplio dúplex en el centro de Madrid con vistas a la Gran Vía. Me había labrado un sitio en la sociedad viniendo desde muy abajo. ¡Al fin era alguien!

Yo pensaba que era alguien.

Y entonces, después de trece años en este mundo, llegó el día que cambiaría mi vida.

Pensará el lector que encontré a un apuesto galán del que me enamoré sin remedio. No sabe quién así supone, cuan terriblemente equivocado está.

Acababa de cumplir los treinta y tres. A pesar de una vida llena de excesos conservaba una figura voluptuosa y mi rostro aparentaba menos edad. Mi cuerpo era mi herramienta de trabajo y tenía que cuidarme. Aquella noche me habían invitado a una fiesta en un chalet de La Moraleja cuyo propietario era un director de cine americano que pasaba largas temporadas en España. Sentía las miradas morbosas de los hombres intentando traspasar la escasa tela de mi vestido. La velada transcurrió entre animadas charlas y alguna que otra negociación infructuosa, de la manera más habitual. Entonces se me acercó un caballero.

Vestía de smoking y en su cuello lucía una pajarita. Era de porte musculado y rostro anguloso. Le sonreí. Pensé que podríamos llegar a entendernos.

—    ¿Laura Valdivia? — preguntó.
—    ¿Nos conocemos? — le dije extrañada, tratando de hacer memoria.

No se anduvo con rodeos. Me extendió una tarjeta y me dijo que pusiera un precio.

—    ¿Tanto estás dispuesto a pagar? — le tuteé.
—    Es mi señor el que paga. Yo sólo negocio.

Aquello me resultó de lo más extraño. Pero nunca me habían ofrecido tanto por mis servicios. El caso es que al día siguiente me encontraba a las puertas de una lujosa mansión sin saber exactamente para que me habían llamado ni con quien iba a pasar la tarde. Y eso me excitaba y me asustaba a un tiempo. Curiosamente, estaba numerada con el número trece. Una asistente me hizo pasar al recibidor. Las paredes estaban forradas en madera a juego con el mobiliario. No tuve que aguardar mucho, aunque quien vino a recibirme no era quien esperaba. Otra mujer me solicitó que la acompañase.

Subí al piso superior y me condujo hasta a una lujosa habitación en penumbra en cuyo centro había una cama cubierta con sábanas de encaje. Me pidió que me pusiese cómoda y me dijo que el señor vendría de un momento a otro. Tenía ganas de salir de allí corriendo. Empezaba a preguntarme en qué clase de lío me había metido. En ese instante se abrió la puerta.

Debido a la oscuridad me costó enfocar la figura que se materializó en el umbral. Cuando conseguí fijar la vista, parpadeé incrédula. Tenía el tamaño de un niño. Se acercó a mí con paso lento. A medida que avanzaba fui comprendiendo. ¡Aquel hombre era un enano! Su rostro no era desagradable y además, me resultaba familiar. Él también lo notó y se presentó antes de que consiguiera decir nada. Se trataba de un actor de cierto renombre, famoso por su aparición en algunas películas y una conocida serie de televisión. Su cuerpo, sin embargo, era deforme y se me antojaba ciertamente repulsivo. He de decir en su descargo que no todo en él era pequeño. Eso me produjo cierto alivio. Me resigné y pensé en el dinero, reconozco que ahora ese recuerdo me sonroja.

Fue la primera pero no la última cita. Por algún motivo yo le resultaba agradable y él era atento y gran conversador. Compartimos muchas noches degustando una copa de buen vino después de hacer el amor.  Y de nuevo hacíamos el amor tras degustar una buena copa de vino. Y contemplamos la salida del sol infinitos amaneceres desde el ventanal de su habitación con vistas al Este. Fue mi último cliente.

Tuvimos dos hijos, una niña y un niño preciosos… y sí, normales. Si me lo hubieran dicho cuando era una cría inmadura que coleccionaba noches de sexo y alcohol, me hubiera reído de mí misma. Y sin embargo han sido los años más felices de mi vida.

Trece años, de nuevo ese maldito número, han pasado desde entonces. La vida siempre se cobra un precio por la felicidad. Lo miro y no puedo evitar que las lágrimas resbalen por mi rostro. El suyo sigue siendo tan hermoso como antaño, pero ahora su cuerpo descansa inerte dentro de un ataúd y yo pasaré la última noche junto a él velando su cadáver.

Me llamo Laura Valdivia, y soy… y un día fui puta. Y mujer, y madre, y amante, y una niña enamorada. Y todas esas cosas, las sigo siendo todavía… ¡ahora!

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta