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DUELO 13: Un Ave María y dos pensamientos sucios
Varios |
27.01.16
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Sinopsis

La votación cierra el 29 de enero 20:00 pm

relato A: Un Ave María y dos pensamientos sucios

 

Las malas acciones siempre van un paso por delante de las buenas. El caso más breve y enfermizo que he llevado como investigador me lo confirmó en su día.
Recibí la llamada a la misma hora en que recibimos las llamadas todos los detectives: a las tantas de la madrugada. La habitación aún estaba a oscuras, pero cuando levanté la persiana vi en el horizonte una delgada línea anaranjada.
De momento deshacía la penumbra lo suficiente para ver el culo desnudo sobre la cama. El familiar acceso de vergüenza vino a mi encuentro en forma de rabia, y no tardé en echar al hombre que me había tirado aquella noche. El chico se levantó confuso, luego le sobrevino un repentino enfado, y finalmente sus ojos se llenaron de terror. Claro, lo apuntaba con mi pistola. Una vez le hube echado respiré hondo y me dije por enésima vez que no lo volvería a hacer.
Como supuse, el inspector echaba humo por haber tardado tanto en llegar a la escena del crimen. Pero como de costumbre, logré calmarlo haciendo lo que más le gustaba: hablar mal de su mujer.
—Lo siento, jefe. Tu querida señora disfrutó tanto anoche, que quería repetir esta mañana.
El inspector Justo Guío curvó su alargada espalda hacia atrás, y rompió a reír como un poseso, soltando peligrosas babas que podrían contaminar el lugar.
—Eres un jodido cabrón —soltó entre carcajada y carcajada—. Sabes cómo ablandarme. 
—Bueno, dime, ¿qué ha pasado aquí?
Me indicó una puerta al final del pasillo.
La visión de lo que había dentro de esa habitación jugó con mi estómago. No sé por qué me revolvió el cuerpo, pues no era una escena muy sangrienta.
El cadáver, totalmente desnudo, se encontraba clavado a la pared, formando una cruz, como Jesucristo. La sangre seca manchaba la piel pálida de las manos, los brazos y los pies, así como el suelo por debajo de él. Sobre la mesilla había una prueba envuelta en una bolsita de plástico. Saqué los guantes del bolsillo y la cogí.
—El inspector dice que la encontraron clavada a la pared, sobre la cabeza del fiambre.  A modo de Inri.
Me volví y me topé con la seria mirada de Aarón Anaya, mi ayudante.
—¿Qué pone?
—Míralo.
Abrí la bolsa y saqué el papelito doblado. Lo que ponía no encajaba con lo que nos decía la escena del crimen.
«Un Ave María y dos pensamientos sucios. Perdóname, Señor.»

—No puede ser un suicidio —le dije al inspector una vez fuera.
—Bueno, esa frase parece indicar que sí —replicó mientras pasaba por debajo de la cinta policial.
—Él solo no pudo clavarse a la pared —intervino Aarón.
—Exacto. —Me encendí un cigarro—. El clavo de los pies y el de una de las manos pudo habérselos clavado él mismo, pero el de la otra mano no. Aún así me parece ridícula la intervención de una segunda persona en el caso del suicidio. Ha sido un homicidio, y el asesino quería que pareciera un suicidio. Pero sigue sin convencerme.
Permanecimos en silencio durante unos segundos.
—¡Bueno, chicos! —exclamó finalmente el inspector—. Yo me voy ya. La espalda me está matando, y tengo una cita con el médico. —Tanto Aarón como yo sabíamos que lo que le estaba matando era la sed y que la cita la tenía con una rubia bien fría—. Mantenedme informado.
Aarón y yo fuimos a interrogar a los vecinos.

Los interrogatorios fueron una jodida pérdida de tiempo. Nadie había visto u oído nada. Fuimos a comer al bar de siempre. Quería hablar con Aarón del caso.
Pedimos una CocaCola para mí y un botellín para él.
—Por cierto —le dije cuando nos sentamos a una mesa—, has llegado tarde esta mañana.
Dio un trago a la cerveza.
—¿Seguro, capullo? Creo que el único que ha llegado tarde has sido tú.
—Pues no te he visto al llegar.
—¿Y tampoco has visto mi coche?
—La verdad es que no. Tenía muchas cosas en la sesera. —Y me vino a la mente la imagen del culo desnudo sobre la cama.
—Bueno, pues estaba preguntando a uno de los chicos de la científica.
—¿Preguntando qué?
Llamó a una camarera. Luego prosiguió.
—Había un envoltorio de pastillas. Les pregunté de qué se trataba. Eran analgésicos.
La joven camarera se acercó y le comunicamos nuestra decisión.
—Eso refuerza la teoría del suicidio… Pero sigo sin creérmelo.
—Hay otra cosa más.
—¿Qué?
—Esa frase…, ¿la del Ave María…?, me suena mucho.

Después de la comida y de decirle a Aarón que intentase averiguar algo sobre la frase, fui al laboratorio, donde el forense me confirmó lo que ya sabíamos y arrojó luz a la teoría del suicidio. 
El clavo de los pies y de la mano izquierda se los había clavado él mismo. No así el de la derecha.

Aarón dio con la familiar frase al día siguiente. Era domingo, y su mujer, su hija y él asistieron a misa. Yo sabía que Aarón lo odiaba, pero su mujer insistía hasta que le sacaba de los nervios y cedía; no le gustaba que su hija le viera enfadado.
 No era de extrañar que pese a todas las veces que había ido a la iglesia no recordara la procedencia de la frase, pues no prestaba atención al sermón del cura. Se pasaba la hora entera chateando con su tierna infidelidad, y mirando las tiernas fotos que esta le mandaba.
Sin embargo, en esa ocasión, al tiempo que su consciente estaba centrado en las fotos y los mensajes, su subconsciente se mantenía con la red en alto, y cuando el cura pronunció las palabras, esta las atrapó.
—… Los malos pensamientos —sermoneaba el padre—, nunca vienen de uno en uno, pero, hijos míos, las oraciones del Señor sí, y nunca son suficientes para limpiar nuestra mente sucia. Por eso hay que hacer un esfuerzo. Debemos echar una mano a Dios en su misión de mantener al hombre puro. Sabed, hijos míos, que un Ave María para dos o más pensamientos sucios no basta.

Era una conexión clara. De modo que Aarón me llamó y lo detuvimos. El inspector dio carta blanca al interrogatorio.
Era joven, aunque con una calvicie prematura. Su diminuta boca estaba siempre húmeda. Los ojos mostraban a un hombre tranquilo y seguro de sí mismo.
Ya sabía de qué se lo acusaba, así que lo primero que dijo fue:
—¿No debería venir un abogado?
—Ya tienes un abogado —le contesté—. Tiene barba blanca y un puto aro sobre su jodida cabeza.
Entones abrió su diminuta boca y rompió a reír. 
—¿Has oído eso? —preguntó mirando al techo. Luego volvió a clavar sus ojos en los míos—. Es igual. Voy a decir la verdad.
Eso me dejó estupefacto.
—¿Por qué?
—Porque mentir es pecado.
—¿Y asesinar no?
—Yo no he asesinado a nadie.
Alcé las cejas, incrédulo. Me volví hacia Aarón. Este miraba al cura, don Francisco Álvarez, muy serio. Si dejaba pasar unos segundos más, saldría a la luz el ser enfurecido que él mismo ocultaba a su hija cuando cedía ante su mujer en una discusión.
Le mandé a por un par de vasos de agua; señal para que se largara al otro lado del espejo.
Continué preguntando.
—Bueno, padre, y si usted no lo asesinó ¿qué hizo? Porque sé que estuvo allí.
—Solo fui su fuente de consuelo, quien rezaba por él mientras se entregaba al Señor de la forma más hermosa. Esas personas necesitan limpiar su alma, y la mejor forma de hacerlo es honrando al hijo de Dios, sufriendo del mismo modo.
—¿Qué personas?
—Las personas como aquel pobre infiel. Las personas que no son capaces de sanar su mente ni su alma con su propia voluntad. Las personas que no son capaces de ayudar al Señor a mantener puro al hombre. Cuando uno no es capaz hacer esto, solo les queda entregarse a Él de ese modo.
Silencio.
—Creo que le ayudaste a suicidarse de dos maneras: no haciendo nada para evitarlo y clavándole el clavo de la mano derecha. Y eso, padre, es un asesinato. —La tranquilidad se evaporó de sus ojos—. Ahora sí tiene derecho a un abogado. Y yo creo que le vendría mejor uno de carne y hueso.

Aarón y yo permanecimos en la antesala del interrogatorio mientras el padre Francisco y su abogado hablaban con los micrófonos cerrados.
—¿Qué les pasa a estas personas? —inquirió Aarón.
—La religión es una de las armas más destructivas y autodestructivas del mundo —repliqué—. Este caso lo demuestra.
—Pero mi mujer y mi hija no son así. Y jamás lo serán. Las conozco bien.
—Por supuesto que no, Aarón —le dije poniéndole una mano sobre el hombro—. No digo que todas las personas religiosas sean unos locos autodestructivos. Por supuesto que no. Esto solo ocurre cuando la religión se mezcla con una salud mental enferma. Es entonces cuando se convierte en el arma más peligrosa del mundo. 

 

 

relato B: Un Ave María y dos pensamientos sucios

 

~~Tiene unos labios que destacan sobremanera dentro de su cara de niño. Pero Michel mide uno ochenta y es padre de dos criaturas, que no ve desde hace diez meses. En lo alto de la bicicleta parece el pato Donald africano, con esas dos enormes bolsas del cortinglés, que le hacen tambalear el  manillar y de las que sobresale los montoncitos de papel soplanapias que ha encontrado de oferta en la tienda de todo a sesenta céntimos. Se pasa el día pegado al semáforo de la rotonda, esperando que paren los coches para pedir a los automovilistas que le compren su oferta; las tres palabras que le enseñaron a decir en español, son las imprescindibles para que la mayoría de la gente le diga que no, pero él insiste y pone cara de alegría y no cesa de chapurrear buena suerte, como punto final a cada una de sus plegarias, lo mismo le da que le miren con cara de asco, con desprecio, con sonrisas, o que no lo miren. Es hermoso desear buena suerte a todo el mundo, esté o no colaborando a ganarse ese sustento, que cada semana ha de enviar puntualmente a su familia, para que puedan sobrevivir, allá en ese punto del mapa ligeramente escorado hacia el Sur. Se pasa tanto tiempo pegado al semáforo, que está deseando llegar al piso, que comparte con otros colegas venidos antes que él, para echarse a dormir como un lirón, cosa que le entusiasma. Uno de ellos es su amigo que le trajo a España, le animó a dar el gran salto y le instruye sobre todo lo que debe hacer o decir en esta tierra, en la que espera poder sacar lo suficiente para paliar la pobreza de su familia, por eso Michel no se mueve de su puesto junto a la rotonda, y apenas conoce otro camino que el que le conduce al piso donde habita y a la zona comercial donde encuentra la oferta del día.
Llegó a España con tanta precariedad de papeles, que no se atreve a hacer otra cosa que no esté previamente calculada. Sabe que fracasar es dejar a su familia sin la posibilidad de salir de su país, para incorporarse a este otro continente donde todo parece tan distinto. Como un buen día le dijeron que rezase tres avemarías cada vez que llegara a completar diez euros de venta, él lo hace. Se lo aprendió de memoria y lo hace.
Michel viste bien, no va desaliñado y usa zapatos cómodos, no es que esté de compras por las tiendas de moda, lo que tiene son donativos de oenegés que él sabe rentabilizar y cuidar. La imagen es importante a la hora de conseguir el euro de los automovilistas – eso también se lo ha dicho su amigo –, y los buenos modos todavía es más importante aún. Da igual que éste no quiera colaborar, detrás hay otro y otro y otro más, un semáforo es una fuente continua de automóviles, furgonetas, camiones y no se cuantos vehículos más, potencialmente disponibles, y un mal gesto, una mala cara o un improperio, aunque sea en su lengua vernácula, puede dar lugar a que ten de lado, te pases toda la mañana pasmado de frío, y no saques ni para pagar los pañuelos, por muy de ofertas que estén.
Se tragaba la teoría cada noche antes de cenar, como si se tratase de un rezo budista imprescindible para poder ingerir los alimentos. Miraba a su amigo con ojos de lechuza y engullía las viandas del plato sin hacer asco ni a lo uno ni a lo otro; entre lo que encontraban de oferta y lo que les regalaban, apañaban unas comidas medio decentes, porque los céntimos había que mirarlos con lupa; no podía faltar el envío semanal, luego había que acudir al locutorio al menos cada diez días para saber si el dinero estaba llegando, si todo seguía igual allá por su país, si había algún problema de salud en su extensa familia, y si podía ahorrar algo para poder hacerles una visita.
El quería haber terminado sus estudios, y tener un profesión, pero las guerras próximas, los cambios políticos y el olvido del mundo exterior, hicieron que se quedara sin beca, sin trabajo y sin posibilidad de graduarse, con lo cual entraba en el continente blanco con los bolsillos vacíos y un dominio del inglés que de poco le estaba sirviendo en la rotonda que le había caído en suerte. Eso si, en el fondo ha tenido suerte, de entrar en un momento en el cual todo está perfectamente organizado: horario de trabajo, descanso semanal, vacaciones de verano y no injerencias competitivas por parte de otros colectivos, desaparecidos todos de la ciudad, como si se los hubiese tragado la tierra.
No le explicaron demasiadas cosas, y él tenía mucha hambre como para entrar en detalles, por eso apenas se fija en sus hermanos de piel, que de vez en cuando pasan por el semáforo a lomos de lujosos deportivos, ensortijados, con chupas de cuero y elegantes señoritas en el asiento del copiloto; además el cielo de Sevilla tiene un azul tan intenso, que es difícil imaginarse esta ciudad en otro lugar del mundo.
Pasaron otros diez meses y otros y otros y Michel seguía en el semáforo mostrando su perfecta dentadura a todo el que quisiera pararse con él un instante, pero sus ojos ya no eran los mismos; en ellos se adivinaba que algo no marchaba bien en el interior de aquel cuerpo bonachón. Ya no estaba seguro de donde estaba mandando su dinero, tampoco llegaba el momento de volver a ver a su familia, casi no sabía nada de sus hijos y notaba que sus amigos le ocultaban algo, era como si quisieran hacerle algún planteamiento importante, pero nadie se atrevía a dar el paso, nadie le hablaba claro: ni en su idioma natal, ni en inglés, ni en  el idioma español, que cada vez entendía mejor.
Hasta que un día...
Fiel a su semáforo no lo abandonaba nunca en circunstancias normales, parecía como si le hubiesen atado a aquella columna, pero dejándose llevar por su generosidad, accedió a cambiar de lugar por hacerle un favor a un compañero. Y en ese nuevo emplazamiento, en una de las pasadas de los deportivos conducidos por sus hermanos, clavó sus ojos en una de las elegantes señoritas que solían acompañarlos y se quedó pegado al asfalto. El vehículo se detiene un poco más adelante y aquella señorita vuelve la cara y lo mira por un instante. El vehículo arranca y Michel abre su robusta boca para lanzar un alarido que se confunde con el infernal ruido de la calle. Comienza a correr tirando por los aires el montoncito de soplanapias que con tanto esmero llevaba en la palma de la mano; vuela su gorra en la carrera, sortea unos cuantos coches y gana la acera sin perder de vista aquel deportivo que se alejaba cada vez más y más. Es un milagro que no tumbe a nadie en sus zancadas, pero su objetivo termina por difuminarse entre la maraña urbana y acaba arrodillado en el suelo jadeando sin consuelo.
A sus amigos les cuenta lo sucedido, pero ninguno se atreve a hablar. Saben las condiciones en la que están y la inseguridad de sus movimientos, así que será él solo quien tenga que sacar conclusiones. Ya no hay nadie al otro lado del hilo telefónico, nadie responde a sus llamadas al continente africano.
Su mente es una olla en ebullición "maldita sea esa negra y ojalá se muriesen quienes me trajeron hasta aquí".
No le interesa el semáforo donde le dijeron que tenía que trabajar, ni tampoco ningún otro; se vuelve indisciplinado, nadie cree lo que cuenta de la chica del deportivo. No recauda dinero, no tiene con qué pagar el alquiler, la comida o los chicles con sabor a fresa que  compraba en el kiosco de la esquina. Vaga todo el día, a veces no regresa de noche a su casa, se habitúa a sumarse a la cola del comedor gratuito y se hace amigo de un banco de la Avenida, al que raras veces abandona y donde le van pasando los días sin que acierte a saber qué hace allí. Su cabeza rapada es ahora una maraña de tirabuzones negros que empiezan a confundirse con la barba como esas hiedras que están a su lado y que se atreven a lanzar sus pequeñas raíces en los raídos pantalones de Michel. Cada vez son más las horas que pasa pegado al banco, tendido de costado, con las rodillas flexionadas sobre su pecho, en plena calle, a la luz de miles de ciudadanos que pasan junto a él. Comienza a confundirse con el color del asiento, recubierto todo el conjunto con una capa gris que levanta el incesante tráfico y junto a él, siempre presente, un tetrabrik de vino de mesa con el cartel sobreimpresionado de “oferta del día”.
 

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