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15 min
DUELO 24: Él ya sabía
Varios |
20.03.16
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Sinopsis

la votación cierra el 22 de marzo a las 20:00

relato A

 

01 de Octubre. 20:00.

— ¡Ave María Purísima!

Una voz firme sonó a través de la rejilla. Al Padre Ezequiel Castrejo le sorprendió que un hombre ocupase el lugar reservado al sexo femenino, pero pensándolo bien lo prefería. Contemplar el rostro de los fieles al tiempo que éstos vaciaban sus almas siempre lo había hecho sentir incómodo.
Bostezó antes de responder. A sus treinta y cinco años era Vicario General del Obispado y las ocupaciones le exigían varias horas de dedicación diaria. A pesar de ello se obligaba a administrar el sacramento de la confesión al menos una vez por semana. Su inquebrantable Fe y su conciencia le inducían a atemperar el orgullo con aquella muestra de humildad. Devolvió el saludo y preguntó al desconocido por sus pecados.
Cuando escuchó la respuesta, el rostro se le tornó pálido y un sudor frío comenzó a perlar su frente.

 

02 de Octubre. 8:00.

Los agentes de Policía del Distrito habían organizado, como todos los años, una colecta entre los miembros del Cuerpo para las familias pobres de la diócesis. Esa mañana el Padre Castrejo decidió acercarse a la comisaría, arguyendo que un par de ellas en situación precaria necesitaban urgentemente algo de ropa de cara al comienzo del otoño. Aunque no tenía motivo, se pasó a saludar al comisario Fontela. En aquella villa de tamaño medio todos se conocían.
— ¡Hay que ver, Padre Ezequiel… — se burló Fontela sentado al escritorio de su despacho —… como les gusta madrugar a los curas!
El comisario era un hombre corpulento, no muy alto. Lucía una barba bien recortada perfilándole la mandíbula. Vestía pantalones vaqueros sujetos a su cintura por debajo de la prominente barriga y una camisa a cuadros sobre la que llevaba la placa.
— ¡No más que a la policía! — replicó el sacerdote — Supongo que los últimos acontecimientos no le dejan mucho tiempo para dormir, comisario.
— Si se refiere al asesinato de esa chica, el asunto se está volviendo jodidamente complicado, lo reconozco.
— Tengo entendido que han aparecido algunos indicios extraños en el caso de Sandra Vargas — comentó Castrejo, tanteando al policía.
Fontela hizo girar la silla en la que reposaba su oronda figura y se quedó mirando al sacerdote. Arqueó las cejas por instinto, como solía hacer cuando algún suceso le obligaba a cavilar. Se olía que aquella afirmación ocultaba algo. Castrejo se tocaba la oreja con gesto nervioso.
— ¡Explíquese! — le espetó.
— Comisario, sé que la investigación está bajo secreto pero me gustaría hacerle una pregunta — titubeó el Padre Ezequiel sin poder disimular el temblor de la voz — ¿Es cierto que en el cuerpo de la chica se ha encontrado… un nombre tatuado?
Juan Fontela había experimentado todo tipo de situaciones durante su dilatada carrera, pero no pudo evitar que el bolígrafo que mordía con desgana fuese a parar al suelo.
— ¿Quiere explicarme, Padre, cómo diablos sabe usted eso?

 

01 de Octubre. 20:01.

— ¡Yo maté a Sandra Vargas!
La frase sonó como una sentencia. El Padre Castrejo la escuchó perplejo. Necesitó unos segundos para asimilarla. No podía ver el rostro de aquel hombre a través de la rejilla pero su voz sonaba serena, como si perpetrar un crimen fuese algo cotidiano.
— El asesinato es un delito muy grave, hijo mío — consiguió apenas balbucear el sacerdote.
— No he venido a escuchar un sermón, Padre. Mis asuntos con el Altísimo los arreglaré con Él en la otra vida. De usted sólo espero que me evite el sufrimiento eterno. ¡Necesito la absolución!
Ezequiel Castrejo tragó saliva e intentó hablar, pero fue incapaz de articular ningún sonido. Se dio cuenta de que le temblaban las manos y tuvo que entrelazar ambas para contener el movimiento. Comenzó a sentirse mareado. Se sabía en la obligación de decir algo, pero tan sólo tenía ganas de salir de allí corriendo. Levantó la mano derecha e improvisó la absolución, musitando las palabras en un latín que fluía por costumbre. Su cliente permanecía callado. Podía escuchar la respiración acompasada.
— Me encargué de tatuar un nombre en el cuerpo. ¡Recuérdelo, Padre! — dijo mientras el cura lo absolvía.
— ¿Qué nombre? — apremió el sacerdote.
— ¡El de su amante!
El penitente se levantó sin añadir más, haciendo crujir las tablas del confesionario. El Padre Castrejo reaccionó tras unos segundos y asomó la cabeza a tiempo de ver como doblaba una columna. Tan sólo lo contempló de espaldas, lo suficiente como para comprobar que era alto. Llevaba una cazadora con un adorno amarillo sobre el hombro y un destello traicionero le reveló que en la oreja derecha lucía un pendiente.

 

02 de Octubre. 10:00.

— ¡Secreto de confesión!
El comisario Fontela agitaba los brazos mientras se paseaba por la estancia dando voces. Sentado junto al escritorio se encontraba un subinspector al que habían enviado como refuerzo. El policía debía de tener importantes contactos, pues la Comandancia se había saltado el protocolo habitual.
— ¿Puede creérselo? ¡No puede decirme nada porque está obligado por el maldito secreto de confesión!
El subinspector, un hombre con el pelo cortado casi al cero y rostro inexpresivo, carraspeó antes de hablar.
— La justicia está de su lado. El artículo 371 de la Ley de Enjuiciamiento Civil lo ampara.
— ¡Ya veremos si el juez opina lo mismo, en caso necesario! — replicó Fontela.
— Tendremos que presionarlo, tarde o temprano cometerá algún error.
— Espero que así sea — deseó el Comisario — ¿Algún avance con las escuchas?
El subinspector negó con un movimiento de cabeza, mostrando tanta decepción como el propio Fontela. Entre los dedos de la mano apretaba un bolígrafo con tal ímpetu que parecía que fuera a romperse en cualquier momento.
— Nada por ahora. Y me temo que si no forzamos la situación, así seguirá siendo.
— ¡Entonces espero que su jodido plan de resultado, subinspector!
El aludido lo miró fijamente. El bolígrafo con el que jugaba terminó al fin por quebrarse.

 

02 de Octubre. 17:00.

Al Padre Ezequiel lo torturaba una idea obsesiva. Se preguntaba si habría revelado, o se vería obligado a hacerlo en un futuro próximo, información conocida bajo confesión. El Sacramento era algo que tenía por sagrado y quebrantar el secreto que lo amparaba se penaba en el seno de la Iglesia con la excomunión. Muchos mártires habían sufrido tortura por defenderlo y aun así permanecieron fieles.
Desde niño le aterraba la posibilidad de pasar la eternidad quemándose entre las llamas del Infierno y esos temores ancestrales volvían a acosarlo. Además, si alguien había dejado tatuado un nombre en el cuerpo de Sandra Vargas, las implicaciones podrían ser terribles. Castrejo había visto a la chica en más de una ocasión frecuentando la sede del Obispado, acompañada por un sacerdote de menor escalafón. ¡Y a unas horas más bien intempestivas!
Necesitaba aliviar su alma. Necesitaba consejo. Y necesitaba aclarar algunas cosas. Había llamado al Obispo durante toda la mañana pero le resultó imposible que cogiera el teléfono. Decidió acercarse hasta el Palacio Episcopal después del mediodía. Monseñor solía trabajar por las tardes en su despacho. Tras aguardar unos minutos lo hicieron pasar. El Obispo lo recibió con la frialdad con que acostumbraba a tratar a quienes ostentaban un rango inferior. No obstante dio orden de que no fuesen molestados.

 

02 de Octubre. 18:30.

Exactamente a las seis y treinta minutos de la tarde el comisario Juan Fontela entró en el Palacio Episcopal seguido de un subinspector de policía y dos agentes. Portaba una orden judicial que no dudó en hacer valer ante quien se le interpuso. Lo condujeron hasta el despacho de Monseñor Mendoza, quien se encontraba todavía reunido con el Padre Castrejo.
— Lamento interrumpir, seguro que trataban ustedes asuntos importantes.
Los agentes aguardaban fuera y sólo el comisario y su segundo habían entrado. El subinspector se colocó un paso por detrás de Fontela. Al Padre Castrejo se le antojó que lo miraba con sorna.
— Espero que sus motivos lo sean tanto como para presentarse en la misma sede del Obispado — replicó Mendoza con calma.
Castrejo le dedicó una sonrisa nerviosa al subinspector. Había algo en él que definitivamente lo inquietaba.
— No se preocupe, Monseñor, tan sólo nos tomará un momento — añadió el comisario — Pero les rogaría que tomasen asiento. Estaremos más cómodos.
El subinspector llevaba un pendiente en su oreja derecha. El rostro del Padre Ezequiel comenzó a palidecer.
— Le agradezco su diligencia — replicó el obispo — Sin duda comprenderá que los asuntos de la diócesis no nos permiten hacer dispendio de nuestro tiempo.
El comisario extrajo una grabadora del bolsillo y la puso sobre la mesa, dilatando el momento. Castrejo se percató que el subinspector vestía una cazadora con un curioso adorno en la hombrera. Era de color amarillo.
— Me gustaría que prestasen atención — Fontela tomó de nuevo la palabra — Tal vez esto les suene.
¡El subinspector le había confesado ser el asesino de Sandra Vargas! Castrejo estaba ahora seguro de ello. Un sudor frío recorría su espalda.
En la grabación los dos religiosos pudieron escucharse a sí mismos hablando hacía tan sólo unos minutos. La inquebrantable compostura de Monseñor pareció resquebrajarse. El Padre Ezequiel tragó saliva y a punto estuvo de atragantarse. Entonces el comisario pronunció las palabras que Castrejo tanto había temido oír.
— ¡Queda detenido por el asesinato de Sandra Vargas!
Y el Padre cayó desvanecido sobre el sofá.

 

02 de Octubre. 17:15.

Monseñor Mendoza escuchaba sin perder detalle el relato del Padre Castrejo. Éste lo puso al tanto de los últimos acontecimientos. Le habló de como tenía constancia, mediante revelación bajo confesión, del tatuaje impreso en el cuerpo de la chica, aunque se cuidó de no incluír datos que pudieran identificar la identidad del asesino pues tal circunstancia podría incurrir en quebrantamiento del secreto.
Le contó cómo, en un acto que ahora consideraba imprudente y no dejaba de pesar sobre su conciencia, había interpelado al comisario sobre dicho tatuaje, intentando confirmar la veracidad de la información que el criminal le había revelado. Con ello, ahora lo veía con claridad, había atraído sobre sí las pesquisas de la policía y cargado sobre sus espaldas la posibilidad de un interrogatorio por mandato judicial que le obligase a revelar información amparada bajo secreto. Pero las ansias de saber habían podido más que su prudencia. Porque el Padre Ezequiel sentía la imperiosa necesidad de aclarar la relación entre el tatuaje y el hecho de que la asesinada frecuentase las dependencias episcopales. Monseñor lo escuchó con gesto preocupado.
Realmente el Padre Ezequiel era un fervoroso creyente. Y eso tenía sus inconvenientes, pero también sus ventajas. Pensó rápido, había que zanjar aquel asunto sin dejar cabos sueltos. Desde la aparición del cuerpo de Sandra Vargas, mal enterrado en un descampado a las afueras, todo se estaba precipitando.
— ¡Necesito confesión!
Castrejo contempló asombrado como Monseñor se arrodillaba. No podía negarse.
— Hay ciertas cosas que deben quedar en el anonimato. Guardar las apariencias es crucial para que los fieles confíen en nuestra guía. ¡Confieso que me acostaba con la chica! Fue todo un accidente, ¡ella quería dinero por su silencio! Perdí la cabeza, aquel escándalo… ¿puede hacerse una idea de las consecuencias para nuestro rebaño, Padre Ezequiel? ¡Sí, yo la maté! ¡yo maté a Sandra Vargas!
El rostro del Padre Castrejo se contrajo en una mueca de horror. Ahora, él ya sabía quién era el asesino. De haber sido menor su impresión se habría dado cuenta de la jugada del Obispo.
— Y ahora Padre, ha hecho lo que debía viniendo a hablar conmigo. ¡Recuerde, a partir de este momento, el secreto que lo obliga!

 

03 de Octubre. 10:00.

El comisario Fontela saboreaba una taza de café, mientras el subinspector lo escuchaba en silencio  con la mirada absorta y un lápiz entre los dedos que apretaba con tal fuerza que parecía estar a punto de romperse.
— ¡Confieso que su plan no era muy ortodoxo, pero no se puede negar que ha dado resultado! Presionar al sacerdote haciéndose pasar por el asesino y sembrando dudas sobre la relación entre el asesinato y la jerarquía eclesiástica. Teníamos un sospechoso pero ninguna prueba que lo incriminara. Como usted previó, Castrejo corrió a pedir explicaciones y aliento espiritual. Los micrófonos que teníamos en la sede del Obispado hicieron el resto.
Por unos segundos sólo el tictac de un reloj de pared se dejó oír, hasta que con un crujido seco el lápiz se resquebrajó.
— ¿Se encuentra usted bien? — quiso saber Fontela, posando una mano sobre el hombro del aludido.
Éste asintió sin pronunciar palabra. Sus pensamientos parecían estar en otro lugar.
— Ha sido muy duro para todos — concedió el comisario — Ahora que todo ha terminado, será mejor que se tome unos días de descanso, subinspector.
Pero el subinspector Alfredo Vargas sabía que su alma ya no tendría descanso. Al menos, pensó, se haría justicia.

 

 

relato B

 

Estaba huyendo, prófuga de mis propias ideas, próxima a ser capturada por mis mentiras, viviendo con miedo, tomando malas decisiones, soñando con un golpe de suerte, hasta aquella noche en las avenidas oscuras que rozaban a la muerte; ahí se encontraba él, al final del camino, con un revolver a sus pies, sus rizos oscuros en la cara, un cigarro en su boca y la botella como siempre en sus manos, de brazos abiertos, esperando que volviera.
¿Dónde habías estado todo este tiempo?
Eras tan fuerte como el chute de aquella noche, mi escape de la realidad, mi pase a la libertad, eras la fianza pagada por mis peores delitos, el olvido de mis mejores traiciones.
Creí que a este punto nada me iba a curar hasta que llegaste tú con esa saliva con regusto a cigarro.
Creí que él no lo sabía, que no sabía que era una mentirosa, una estafadora, un escándalo, un mal chiste.
Que tan equivocada estuve, cuanto lo ame a él y a sus brazos, a él y al revolver, cuanto llegue a amar el huir juntos. Solo recuerdo el viento en nuestras caras y la cocaína en las encías, los corazones rotos, las balas que disparamos, las botellas que bebimos.
Huimos, corrimos de la policía, de nuestros propios pensamientos, hui de mi pasado, él del suyo, ese pasado que hasta hoy en día no conozco. ¿Quién eras, que eras?
Empezamos a dejar algunos hábitos, por ejemplo, el café por qué no nos alcanzaba el dinero, pero si nos alcanzaba para el polvo de hadas. El dejo el hábito del cariño, el de escuchar, el de extrañarme cuando todos mis sentidos se confundían.
 Me canse de huir, pero tú seguiste. ¿Porque sin mí?, ¿no éramos para siempre?, ¿tu amor no era indeleble?
¿A dónde fuiste? ¿Con quién? ¿Porque?
Hoy siento que me estoy perdiendo, ahora mis sentidos confundidos nunca vuelven a la realidad, nunca me recupero, me tomo de las paredes pero estas siempre se desploman encima de mí, me sumerjo en el fondo de esta realidad desastrosa, donde no están más tus botellas, donde al final del camino no estas de brazos abiertos, de hecho no encuentro el final.
Nuestro amor solo se vuelve una memoria donde te empiezo a sentir más cerca que nunca, te escucho en las paredes de mi cabeza, tú si estas adherido a estas. Te amo más de lo que nunca pude hacerlo, ahora que no estas, ahora que me has dado la espalda.
Él ya sabía, él sabía que era una mentirosa, él me salvo para hundirme, para fundirme en sus huesos hasta adherirnos, me utilizo, me encontró muerta, me revivió. Él me hizo todo lo que yo ya había hecho una vez a alguien, me hizo pagar.
Él era yo, yo en una versión mejorada, él nació para hacerme morir; ya han pasado tres años desde tu partida y aún sigo teniendo estos sueños que me recuerdan a ti, aún es como si mi cama tuviera tu olor impregnado, es como si aún nos levantáramos a desayunar whisky juntos, al final logro lo que quiso, hoy 22 de abril del 2002, se acaba la vida que no pude compartir contigo.
 

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