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16 min
DUELO 29: "Elige un arma"
Varios |
26.04.16
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Sinopsis

La votación cierra el 28 de abril a las 17:00

relato A

 

El periodismo se ha desvirtuado escalofriantemente en estos tiempos que corren, la modernidad acarrea un morbo impreso en su avance. Periodistas que como titiriteros manipulan las noticias a su antojo, creando con sus calculadas palabras, una histeria colectiva, la cual se apodera de los fieles lectores.
Cansado de todo la prensa amarillista e influido por el film “SAW”,  decidí contribuir a la sociedad; Secuestrando a los redactores del periódico local, para posteriormente darles una lección, una aterradora lección.
Sobre una lúgubre mesa de oxidado metal, coloqué tres armas. A mis invitados poco a poco
los fui haciendo entrar a la habitación, en círculos los hice sentar y con los ojos vendados a más de uno logré atemorizar. Con voz gutural,  cuan demonio de las profundidades del mismo infierno, recité al oído de estos inmorales, los acontecimientos que hoy les daban una invitación V.I.P a mi humilde morada.
Entre gritos, llantos, insultos y recriminaciones, fui invadiendo sus mentes, carcomiéndoles el alma. Mis manos sus vidas fueron tomando Uno por uno, la cálida y viscosa sangre impura de estos maquiavélicos humanos, en un frenesí de inquietantes ejecuciones mis manos bañaron.
Cuando solamente quedábamos el redactor en jefe del periódico, con lentitud le quite la venda de sus ojos, al ver la macabra escena que a su alrededor acontecía, él comenzó a temblar mirándome fijamente a los ojos. Con una satírica sonrisa que en mi rostro se dibujaba, le di la opción le seleccionar su forma de morir.
“-Señor hágame el favor de elegir un arma.”
El redactor dubitativo, observo la mesa, allí había un arma de fuego, una soga y una máquina de escribir.
“- ¿Por qué nos haces esto?.
-Dime algo, ¿Quién te crees tú para preguntarme eso?
- Es mi vida la que está en juego, no comprendo  porque has puesto una máquina de escribir.
-Deja de cuestionar, simplemente elige un arma, el arma con la cual se apagara tu vida.”

En el cuerpo del hombre un terremoto escala 9.00 parecía estar teniendo lugar al momento de escuchar que el arma que seleccionará, apagaría su vida. Éste se negaba a elegir una, hasta que luego de un par de horas, me cansé y la elegí por él.
“-Estas demasiado obstinado en no elegir una, como si eso te salvara la vida, mira, yo la elegiré por ti.”
Me acerqué a la mesa, observe las armas y observe a mi víctima, aunque consciente estaba que por querer hacer justicia, me estaba convirtiendo en lo que odiaba, creí que el fin justificaría los medios.
Tomé el arma de fuego en mis manos, me acerque con rapidez al redactor que con temor me miraba, apunte a su cabeza, cuando éste cerró los ojos, rompí en carcajadas.
“-¿Acaso me crees tan tonto como para matarte de una manera tan abrupta?, tú te mereces algo más cruel que eso.”
Luego tome la cuerda de la mesa e hice el famoso nudo del ahorcado, con paciencia, paso a paso logré hacerlo perfectamente y colgué la cuerda en una columna horizontal que atravesaba el techo del lugar. Tomé al tipo colocándole el nudo en su cuello y dejándole una silla para que se mantuviera parado.
Posteriormente tomé otra silla y frente a la máquina de escribir me senté. Mirándolo a los ojos, a la par del movimiento de mis dedos presionando cada tecla, que con tinta negra plasmaba letras, palabras, párrafos, fui recitando en voz alta el escrito que así rezaba.
“-Elige un arma, elige un arma le comenté al sujeto, como ya conocía al individuo, predestinado estaba que él jamás elegiría una, por tanto todo salió como lo había planeado.
No sientan lastima ni compasión por el sujeto que allí van a encontrar colgando, es una escoria de la sociedad, quizás no lo conozcan porque se escuda tras una oficina, pero él era el redactor en jefe del periódico amarillista más famosa de esta ciudad en pánico.
Tan solo les aconsejo, NO TENER MIEDO, nada de lo que han leído es verídico, tan solo era éste individuo  sembrando el pánico con el afán de controlar así la ciudad; debajo de ésta carta dejaré la información que lo comprueba”

Al terminar de escribir la carta, me levante y con una patada al mejor estilo karateca, golpeé la silla donde se encontraba el redactor, cayendo éste y lentamente la cuerda fue apretando su cuello, llevándose en cada apretón la vida del desgraciado.
 

 

 

 

relato B

 

Ocurrió en el año 1871 y todavía el suceso se recuerda en el lugar. Cuentan que en la Villa cautivaba los corazones una moza de nombre Adela Montesinos. Rondaba los dieciocho y no le faltaban pretendientes suspirando por sus atenciones y ella, sabedora de las dotes seductoras que atesoraba, se dejaba querer sin decidirse a entregar su amor a ningún cortejante.

Era la doncella morena de piel y cabello, ondulados rizos le caían hasta la cintura y lucía unos hermosos ojos verdes, el cuerpo ligeramente entrado en carnes como gustaba en la época, de busto amplio y generosas curvas. Pero lo que en verdad la hacía irresistible era la sonrisa que sin tacañería regalaba a quienes se ganaban con cierto esfuerzo su favor. Una sonrisa que decían, parecía haberle sido dibujada en los labios por el mismísimo diablo, tan poderoso era su influjo sobre la voluntad masculina.

De entre todos los pretendientes, partía con ventaja un teniente del ejército de Su Recién Entronizada Majestad Don Amadeo de Saboya, de nombre tan biensonante como corto fue su reinado. El militar, bautizado Baldomero Entrecanales y Olabarrieta, procedía de una familia acomodada de arraigada tradición en las armas. Era éste un hombre rudo, de ideas conservadoras y exagerado sentido del honor, que dedicaba su vida al ejército y, desde hacía algunos meses, a cortejar a la esquiva Adela.

Cierto día, habiendo sido invitada lo más granado de la sociedad de la Villa a una fiesta organizada por el Conde de Los Matojales, coincidieron en tal acto nuestros dos protagonistas, entre los que se interpondría de manera más fortuita que intencionada un tercer personaje clave en la historia que nos ocupa.

Don Leopoldo Querejeta y Bustos era hombre sin oficio ni beneficio, al parecer de muchos. Estrafalario en sus modos y vestimenta, lo cierto es que tenía cierto éxito como escritor de novelas cortas y libros de poemas, lo cual le permitía ganarse el sustento y gozar de alguna consideración entre las clases adineradas. Decían que el tal poeta era además aficionado al buen vino y las mujeres, y esa noche decidió hacer honor a ambas querencias. Hallándose en estado de cierta euforia no se le ocurrió otra cosa que trabar animada conversación con la doncella Montesinos, la cual divertida por su ingenio no hacía más que reírle las gracias.

Al parecer, la dedicación con que la dama se entregaba a la charla y la inapropiada inclinación de Don Leopoldo sobre el escote de la muchacha despertaron el enojo de Entrecanales, quien se había remojado en vino tanto como el escritor. Cuando no pudo refrenar más sus celos ni soportar las miradas burlonas de los concurrentes, pues de todos era conocido el nada disimulado interés que mostraba por la moza, se acercó a la pareja y sintiéndose ultrajado tomó el guante que le enfundaba la mano derecha, golpeando el rostro de Querejeta tras lo cual arrojó la manopla a sus pies.

Sobre el salón se extendió un silencio incómodo. Al cabo de unos segundos la pequeña orquesta de violín y chelo que animaba la velada cesó en su interpretación. Todas las miradas se centraban en ambos varones, en particular en la reacción del retado Don Leopoldo. Éste se atusó el bigote con toda la calma del mundo, tras lo que se agachó con igual parsimonia, recogiendo el guante.

— ¡Resarcirá usted mi honor en duelo, caballero! — gritó Entrecanales con un enojo palpable — Escoja la modalidad que más guste: a primera sangre, incapacidad de un oponente para continuar la contienda… ¡A muerte! Y como consideración hacia usted permitiré que seleccione también las armas. Dígame buen hombre, ¿será a sable, espada o pistola? ¡Elija un arma!

El teniente era un hombre corpulento y sacaba una cabeza a Don Leopoldo. Nadie dudaba de su mayor habilidad cualquiera que fuese la elección del primero. El escritor, lejos de inmutarse y sin dejar de retorcerse el mostacho, dejó pasar unos segundos interminables. Al fin esbozó una sonrisa maliciosa y respondió.

— ¡A poesía!

Algunas risas aisladas se dejaron oír. Baldomero Entrecanales descompuso su expresión en una mezcla de enojo y asombro.

— Esto es una estafa, Querejeta. Juega con ventaja, ¡Usted es poeta! — vociferó casi fuera de sí.

El eco de las carcajadas retumbó entre las paredes ante el desconcierto del militar y un barullo desordenado comenzó a tomar cuerpo. Entonces Don Leopoldo levantó el brazo y lo sostuvo en alto hasta que los ánimos se calmaron de nuevo.

— No lo hace usted mal a pesar de su fama de zopenco — se burló —Pero dígame, Entrecanales. Acaso siendo soldado ¿no sería suya la ventaja en un duelo armado?

La multitud asintió ante la solidez del argumento. Pronto comenzaron las discusiones a favor y en contra.

— Ya no estamos en el siglo XVIII, se supone que ahora somos una sociedad civilizada en la que el ingenio prima sobre la fuerza bruta ¡Demostrémoslo! — Azuzó Querejeta a la concurrencia, apelando a su sentido cívico.

Tras unos minutos de acalorado debate se impuso la idea de Don Leopoldo. El militar protestó, pero jugaba en su contra el hecho de haber brindado a su contrincante la posibilidad de escoger armas. Ahora era esclavo de sus propias palabras. Se acordó fijar el duelo a una semana vista y a falta de mejor lugar para la cita, el Conde ofreció de nuevo el salón de su mansión. La suerte estaba echada.


Siete días pueden ser una eternidad o suspiro. Para Baldomero Entrecanales y Olabarrieta fueron más bien lo segundo. El militar no acertaba a explicarse como se había dejado enredar en semejante embrollo. Mas alguien tenaz como él no podía rendirse. Le faltaban horas para empaparse en los clásicos de la poesía castellana. Durante el día leía a Manrique, Bécquer, Góngora o Quevedo. Por la noche se sumergía en los versos de Lope de Vega, Moratín, Rosalía de Castro, Espronceda o Calderón de la Barca. Y habría leído también a Lorca, Machado y Alberti si no fuera porque éstos aún no habían nacido.

Pasó el tiempo y llegó el día. El militar nunca hubiera imaginado que sentiría más nervios ante un miserable duelo que en el campo de batalla. Pero un hombre que se precie debe ser fiel a su palabra. Y aunque Entrecanales no entendía mucho de palabras, jamás permitiría que se dudase de su hombría.


El gran salón de la mansión de Los Matojales apenas podía albergar a la concurrencia. El duelo había devenido en todo un acontecimiento social. En el centro se dispuso una mesa con dos sillas enfrentadas. El jurado se ubicaba hacia un lateral del tablero. En el lado opuesto se reservó un lugar de honor para los padrinos de ambos duelistas y la dama Adela de Montesinos, cuyo apellido se había visto incrementado en una preposición.

Una selección de notables de la Villa había establecido las normas. En cada ronda se dictaría una palabra alrededor de la cual debían girar los versos. Ambos contrincantes inventarían una rima por turnos. El duelo terminaría en el momento en que uno de los dos no fuese capaz de proseguir las rimas, cuando el ofendido diese por resarcido su honor, o en el momento en que se alcanzasen un máximo de diez rondas, en cuyo caso el jurado determinaría el vencedor. Con una declaración solemne dio comienzo el evento.

El presidente se levantó y con el gesto más serio del que fue capaz se colocó los anteojos. Desplegó un papel ante sus narices y leyó la primera palabra: Cosa.
De nuevo se formaron corrillos, multitud de cuchicheos recorrieron la sala y el jurado debió solicitar silencio para preservar la concentración de los contrincantes. El primero en alzar la mano fue Don Leopoldo. Con la venia de la presidencia procedió a recitar.

 

Por más que lo intento, no acierto a comprender
Que pueda desear, esta dama tan hermosa
Su sino desgraciar y su ser comprometer
Una vida entera, con esta horrible… cosa

 

Querejeta pronunció la última frase realizando un ademán despectivo hacia su contrincante, entre las risas de la concurrencia. El poeta había estado brillante en su primer lance. Todas las miradas estaban ahora puestas en el militar, cuyo rostro se veía enrojecido por la ira. Tardó un par de minutos en dar la réplica.

 

Cerrad vuestra boca, criatura asquerosa
León os creéis y sólo sois una babosa
Si no os retractáis, os diré una cosa
Pronto os meteré debajo de una losa

 

Las carcajadas fueron estridentes, no tanto por la rima, menos elaborada que la de su rival, como por el tono airado con el cual había sido pronunciada. Los asistentes empezaban a divertirse. El jurado pidió calma, lo que sólo llegó después de que alguien golpease fuertemente un mazo contra la mesa. Se procedió a leer la segunda palabra en medio de un silencio expectante: Esmero.


Esta vez era mayor la dificultad. Los duelistas se tomaron más tiempo mientras el público pedía sangre, en el sentido poético de la palabra. De nuevo fue el estrafalario escritor el primero en alzar la mano. Recitó con tono pausado y el oficio que da la práctica.

 

Habéis de saber, amigo Baldomero
Que no es más hombre quien un arma carga
Ni tampoco quien la tiene más larga
Tal condición, depende del esmero
Con que se entrega el corazón entero
A quién se ama, aún en la lucha amarga

 

Las reacciones fueron divididas. Hubo quien rio a mandíbula batiente mientras otros, especialmente las damas, ovacionaron el hermoso remate del verso. Entrecanales tenía ante sí un reto complicado. Su expresión era aún más furibunda, pero reaccionó con inusitada rapidez.

 

Tal vez tengáis razón, pedazo mero
Mas sabed que si yo porto un arma
No dudéis que el tiro será certero
Enfilado y directo a vuestra alma
En ello pondré todo mi esmero

 

Los partidarios del militar aplaudieron rabiosamente la velada amenaza, mientras los del poeta replicaron coreando su nombre, para desesperación de los adustos miembros del jurado. La algarabía semejaba al patio de un colegio. Teniendo en cuenta lo dispar en las habilidades de ambos el duelo estaba resultando igualado.

Ninguno daba muestras de flaqueza y comenzaba a vislumbrarse una decisión salomónica. Queriendo el jurado acallar tanto bullicio amagaron con anticipar la siguiente palabra. Algunos entre el público pidieron silencio. Al fin se desveló el verbo: Deber.
Para sorpresa de todos, Entrecanales estuvo esta vez más rápido. Y no fue menor el asombro ante el verso que fue capaz de ejecutar.

 

Algo que presumo en conocer
Pues éste es mi oficio, el militar.
No perdemos tiempo en recitar,
Ni en historias inventadas escribir,
Ni las damas de otros hombres cortejar.
Nuestro tiempo, en lugar de malvivir
¡Lo empleamos en cumplir nuestro deber!

 

Definitivamente Entrecanales se estaba creciendo. Donde no había más que un rudo militar comenzaba a nacer un poeta. Su expresión eufórica denotaba que él mismo estaba sorprendido de sus nuevas habilidades. Entonces ocurrió algo que ninguno de los asistentes hubiera podido prever.
Tal vez Querejeta pensó que de seguir caldeándose el ambiente, las sutiles amenazas del militar podrían llegar a materializarse. O quizás simplemente se aburriese. El caso es que abandonó las pullas que ambos se lanzaban, cambiando el sentido del duelo.

 

Debo insistiros, pues es mi deber
Que deberíais haberme preguntado
En asuntos culinarios, que gusto de comer
Si lechón o jurel, si carne o si pescado
Pues de haberlo hecho, habríais de saber
Que no debéis temer, ¡pues soy afeminado!

 

La sorpresa fue mayúscula. El público profirió una exclamación espontánea. El rostro de Entrecanales mostró por unos segundos una expresión bobalicona, mas al cabo de un instante comenzó a reír. Primero como si fuese el plácido discurrir de un regato para transformarse enseguida en un auténtico torrente de carcajadas. La sala entera se contagió la euforia y durante casi diez minutos fue imposible parar aquel estruendo, que exageran las crónicas se podía oír en varios quilómetros a la redonda. Eso puso fin al duelo.

El militar y el poeta llegaron a ser buenos amigos. Entrecanales se casó a los pocos meses con la hermosa Adela Montesinos y los domingos Don Leopoldo solía ir a tomar café a la casa del matrimonio. Al año siguiente estalló la Tercera Guerra Carlista.

Baldomero Entrecanales pasaba más tiempo fuera que en el hogar. Dicen las malas lenguas que no por ello se interrumpieron las visitas del poeta, e incluso hubo quien aseguraba que el primer hijo del matrimonio tenía las mismas orejas y nariz que Leopoldo Querejeta.

El chaval llegó con el tiempo a desempeñar un papel importante en el devenir del País. Pero esta, queridos amigos, es otra historia.
Y deberá ser contada en otro momento.

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