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duelo 5: "Mi padre"
Varios |
17.02.17
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Sinopsis

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duelo 5: “Mi padre”


relato A

En aquella casa no habíamos vuelto a pasar una noche, desde que lo hicimos con motivo de la misa por la muerte de mi padre. Una noche, mientras dormíamos, me desperté sobresaltado porque estaba sonando el teléfono, pero... no podía ser, lo di de baja al mes siguiente del fallecimiento de mi padre. Volví a dormirme, pensando que aquello había sido un sueño y no tenía la menor importancia.
Al día siguiente tropecé con un antiguo reloj-despertador,¡Claro! Eso dejaba las cosas en su sitio, esto es lo que había sonado la noche anterior y lo había confundido con el teléfono; probablemente mi mujer  le habría dado cuerda.
La siguiente noche volvió a ser un calco de la primera, con lo cual ya no pude aguantar más. Comprobé que el despertador estaba apagado, me fui al salón y me dirigí hacia el rincón donde reposaba el teléfono; comprobé que el cable no estaba conectado a la roseta de la pared, descolgué el auricular y me lo llevé a la oreja. ¡Nada! No se escuchaba absolutamente nada.
Por la mañana, solo en la casa, me preparé el desayuno y al momento sonó el teléfono. Ahora si que no había justificación posible; ni era de noche, ni estaba dormido, ni había posibilidad de otro timbre. Descolgué el teléfono. ¡Diga! Al momento se me doblaron las piernas y resbalándome por la pared llegué al suelo encogido como un ovillo. Se escuchaba una voz, una voz melosa y agradable que conocía muy bien: era la voz de mi padre. Comenzamos a charlar: el se interesó por sus nietos, por su edad, si estudiaban o trabajaban, si tenían novia o novio. Tuve que entrar al trapo de la conversación. El menor de mis hijos estaba atravesando una etapa donde sólo le interesaba la playstation y el grosor de los bocadillos que engullía, estudiar o trabajar eran verbos de difícil conjugación, y claro mi padre no llegaba a entender de qué le estaba hablando su hijo, en su casa fueron siete hermanos que no pisaron la escuela, y que desde el primero hasta el último se habían pasado toda su vida dándole al callo, “tú mismo, conseguiste ir al colegio porque surgió aquella beca que te pagaba hasta la comida”, me decía. Yo le rebatía que también porque tuve mucha fuerza de voluntad que si no… “En casa de tu abuelo, no faltaba un bollo que llevarse a la boca, ni unas sandalias que ponerse; eso si, desde el primero hasta el último arrimaba el hombro”. “Lo que ocurre es que hemos ido tan de prisa, y nos hemos ocupado tanto del bienestar de nuestros hijos, que no hemos tenido tiempo de pararnos a pensar ni en qué es eso del bienestar. “Demasiadas comodidades me parecen a mi esas”. “Nos hemos pasado unos cuantos pueblos en el intento de hacerles la vida feliz”. Él se daba cuenta de que la mayoría de los jóvenes lo tienen todo por delante, no necesitan esforzarse para tener un ideal en la vida, así que salvo honrosas excepciones se habían acomodado y ¡a vivir que son dos días!, además yo en el fondo pensaba, que en todas las épocas se ha producido choques entre padres e hijos, y a la generación de ahora, la rebeldía le había dado por hacer de okupas de las casas de sus progenitores, que para algo se la habían puesto tan bonitas y con tantas comodidades.
Cuando llegó la noche, no tuve paciencia para esperar que sonase de nuevo el teléfono y permanecí en el sofá leyendo un rato antes de irme a la cama. Le prometí a mi mujer no tardar mucho. Cuando volví a escuchar el sonido del teléfono, tomé aire, esperé unos segundos para comprobar que todo seguía en calma y acerqué mi oído al auricular. Se trataba de la voz de mi padre, que seguía muy interesado por la situación de sus nietos y el futuro que les esperaba. Lo tranquilicé porque en el fondo eran buenos chicos y seguro que eso estaría por encima de los vicios adquiridos, y al final llegaría un momento en que no tendrían más remedio que valerse por ellos mismos. Mi padre no lo tenía del todo claro, porque veía que yo era muy blando, que con la edad que tenían sus nietos, tenían que estar más que espabilados. “¡Que pena, ni que pena! Los hijos no pueden dar pena, esa es tu equivocación, no hay que dárselo todo hecho, deja que se equivoquen, que se vayan, que parezca que no te quieren, la fuerza de la sangre está por encima de todo eso y llegará el día en que volverán y estarán contigo
Tocó regresar a la ciudad, al encuentro con los hijos. En el camino de vuelta, mi mujer me estuvo preguntando por la lectura del libro; tuve que hacer un gran esfuerzo imaginativo, porque apenas conocía de ese libro más que dos páginas, y ante la insistencia y por miedo a que fuese a descubrir las alucinantes conversaciones con mi padre, le fui contando la historia de un hijo que se pone a hablar con su difunto padre a través de un teléfono, que no tiene línea y que sin que se diese cuenta su esposa, charlan y charlan de asuntos generacionales y de lo difícil que resulta a veces cortar el cordón umbilical, es como si fuese ese cable de teléfono, que sin estar conectado mantiene la posibilidad de comunicarse. Le conté y le conté pero el desenlace final no se lo supe explicar, porque no había llegado al final del libro. Ella se acicaló el pelo y me dijo: “pues el final es que el protagonista tenía tanta preocupación por el factor generacional, que fue capaz de llevar su mente a una situación de catarsis tal, que realmente hablaba con su padre”. Me quedé blanco, la miré de reojo y le dije: “¿Y tu como lo sabes?” “Porque yo si he llegado al final del libro”.

 

relato B

Echo de menos a mi padre. Extraño esos momentos en los que comíamos y quería ser más gracioso que nadie con alguna ocurrencia suya antes de soltar una risa poco estridente que le hacía ponérsele la cara como un tomate.
Me encantaban sus masajes, esos en los que me quedaba muerta del gusto en la cama y no había quien me hiciera decir ni una sola palabra más que los ronroneos para que no parara.
Cuando era pequeña solíamos ir a la playa y nos quería instruir a mí y a mi hermana con algunos deportes poco seguidos por la gente. Uno de estos, el que más me gustaba, era tirar el “frisbi”. No lo recuerdo con otro nombre y aunque odiaba que mi padre me dijera cómo tenía que tirarlo, me encantaba jugar con él. Ahora mismo ya no le gritaría diciéndole que me dejara de instruir. Le dejaría que me enseñara con una sonrisa en la boca y algunos comentarios graciosos.
Aún tengo en mi memoria algunos de los recuerdos más precoces de mi niñez. Ahí sí que éramos uña y carne. Lo que más recuerdo es de estar haciendo volteretas en la cama encima de él apoyándome en sus pies. Me encantaba esa sensación. Era muy parecido a volar pero sin alas.
El primer recuerdo que tengo en la mente es con mi padre. Estábamos en la puerta a punto de entrar o de salir, eso sí que no lo recuerdo bien, de mi antigua casa y yo estaba detrás de él en una especie de mochila para bebés. No tendría más de un año y aún así está en mi memoria.
Mi padre solía hablarme del mismo modo en que yo le hablaba o eso es lo que me decía mi madre. Era como una especie de lenguaje que había adquirido para poder entablar una “conversación” conmigo, pues no sería hasta los tres años que no empezaría a hablar.
A la edad de seis años, mi padre y mi madre se separaron. Yo no supe al principio exactamente qué era una separación y lo asimilé como si me hubieran cambiado de colegio. Pero fue muy distinto. A partir de esa época fue cuando nuestra relación empezó a desmoronarse. Mi mundo se cayó y se rompió en trocitos, desparramándose por mis entrañas que aún a día de hoy siguen doliéndome.
Yo y mi padre ya no volvimos a ser igual que antes y yo me decía a mí misma que nadie me quería cuando era yo la que no me dejaba querer.
Hasta día de hoy, nuestra relación no es que haya mejorado mucho, pero quiero que cambie. Ahora que está tan lejos no me arrepiento de nada, aunque sí que haría las cosas de otro modo.
Es por eso que no quiero volver a hacerle daño con mis gritos y hacerle sentir mal como antaño.
Es mi padre y aunque no sea un padre perfecto, no deseo que lo sea. Para mí es el mejor padre del mundo.
Quiero que entienda que el haberme ido tan lejos de casa me ha hecho pensar que, aunque hayan sido menos las veces que hayamos disfrutado, yo me quedo con eso y para mí tiene mucho más peso que las mil discusiones que hayamos tenido.
Nada más lo vuelva a ver espero que me dé un gran abrazo de oso y que me haga uno de esos masajes tan buenos que hacía.

 

relato C

Dudé mucho si hacer este relato real o no. La ficción puede llegar a ser más entretenida, pero la realidad nos pertenece, y la apreciamos con más sentimientos. Es un tema del que no hablo mucho en mi vida, pero no es por lo que se podría llegar a pensar.
Perdí a mi padre cuando tenía tres años y medio. Me quedé con mi mamá, apoyados, pero solos. Me cuentan que en un principio sufrí mucho. Que hablaba con árboles, que miraba a la estrella más brillante, probablemente Venus, y decía que ahí estaba mi padre.
En el entierro pataleé y pataleé, y lloraba, gritando que sacaran a mi papá de ahí. Seguramente no entendía lo que estaba pasando, ese misterio filosófico que tiene el ser humano y que pocos llegan realmente a entender; ser consientes que nuestro tiempo en la tierra es limitado.
Pese a este tumultuoso comienzo, mi vida se restableció rápidamente. Lo tomé como algo normal, y no sufría por ello. Supongo que porque no llegué realmente a conocer a mi padre, ya que uno a los 4 años ve las cosas con otra perspectiva. En la escuela no nombraba lo sucedido, me avergonzaba que se apiaden de mí, que me tengan lástima. Mis amigos no me preguntaban mucho, y yo pensaba que ya la historia era conocida, que no había mucho que agregar.
A eso de los diez años me hice ateo. No es que antes fuera un religioso ortodoxo, de hecho creo que nunca creí realmente que Dios existiera, pero fue en mi temprana adolescencia  donde clarifiqué mis ideas sobre lo religioso y lo espiritual. Me fui adentrando en el escepticismo hacia aquellas cosas que no se pueden explicar, y me volqué a entender todo desde un lado científico. La muerte, por ende, no es más que la irrupción de nuestra vida, y un cambio, como tantos en el universo, una transformación. No veo a la muerte como algo malo, se sufre un poco, pero pasa. Si la vida que nos toca la disfrutamos, no hay reproches posibles.
Esta pérdida temprana se fue dilatando en el tiempo. No recuerdo con nostalgia a mi papá, puede que suene chocante, pero es así. Los pocos recuerdos que tengo son muy volátiles, pero todos son recuerdos felices, y decido quedarme con eso. El legado que me concedió no es muy extenso. No hay lecciones de vida que haya dado. Lo que me dejó son sus bandas favoritas, que hoy escucho con añoranza, y me remonta a aquellos días de mi infancia. Su club de fútbol también lo heredé, y eso creo que le gustaría, ya que era un gran fanático.
Aunque el tiempo que compartí con él fue poco, me dicen que me parezco mucho a él en algunos aspectos. La forma de bailar Michael Jackson, jugar al fútbol, o las anotaciones metódicas de bandas y películas. No tendré muchas referencias de él como padre, pero los genes están ahí, y mis primeros años de vida, en que uno tanto aprende de sus padres sin darse cuenta. 
Uno nunca sabe como hubiesen sido las cosas si todavía seguiría con vida. Pero me pregunto poco, ya que las cosas se dan como se dan. Y lo que ya pasó, no tiene vuelta atrás, menos algo tan irreversible como la muerte. Mi bisabuela, que fue como una madre para mi papá, siempre me trató con afecto, capaz sintiendo en mí el nieto que le faltaba, aprovechando que tenemos el mismo segundo nombre. Porque debe ser doloroso presenciar la muerte de tu nieto. Uno se debe preguntar por qué la muerte invirtió los roles. En cambio perder a un padre es de lo más común. Tarde o temprano, como si fuese una parte del crecimiento, se terminan yendo.
Aún veo sus cosas, sus recuerdos, sus casetes. Uno sabe mucho de una persona a través de sus cosas. Pero aún así siento que nunca voy a poder conocer a mi padre. Que solo me tengo que conformar con borrosos recuerdos, que se sienten como fragmentos de flashback de películas. O con el relato de los que realmente los conocieron. También es difícil que te cuenten su parte negativa, ya que es extraño que los vivos hablen mal de los muertos, más si se trata de un muerto joven. Mi padre se volvió un enigma que no tiene respuesta. Hoy a lo mejor compartiría gustos por la música, compartiríamos una cancha de fútbol, o hablaríamos de temas diversos. Pero esas charlas no se produjeron.
En estos años, a medida, que voy creciendo, me acerco a la edad que él tenía cuando murió. Será extraño cuando llegue ese momento. Mi gran recuerdo es jugando al fútbol con él. En un pasillo, donde yo marcaba los goles, o en la plaza de enfrente de casa. Hay un video casero que se perdió entre innumerables VHS. Será por eso que es mi recuerdo más vivo, porque la realidad se confundió con el video. Me acuerdo también de ver los partidos de fútbol, todos con la camiseta, incluido el perro.
Esos momentos quedarán ahí, coqueteando con lo eterno, y se guardará en la memoria que un hijo tiene de su padre. Jugando, ambos como niños. Hace poco fui al cementerio donde está. Pero no sentí nada, y todo me era ajeno. El sucio vidrio de la puerta del viejo altar de la familia, a penas mostraba cuatro ataúdes. Pero no sabía en cuál se encontraba. Allí estaba mi padre eternamente joven. Muriendo a los 27, entrando en aquel famoso club de músicos legendarios. Sin quererlo me dejó una gran lección. Siempre ando con el cinturón de seguridad puesto. No vaya a hacer que una carretera de la muerte se apropie de tu vida en medio del sueño. Mientras disfruto del silencio que reina en el cementerio. Tal como dice una de sus canciones favoritas de Depeche Mode.

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