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11 min
duelo 6: "Dolor"
Varios |
21.02.17
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Sinopsis

Todos pueden votar. Escribe la letra del relato que más te guste para que pase a la semifinal del Torneo de Escritores 2017.

~~“Dolor”


relato A

El dolor de Dios


Esa sensación de flotar en las profundidades de un océano. Y por encima de todo, lejos muy lejos la luz titilante del sol.


Y lentamente el hundimiento; más abajo, más profundo. La luz del sol desaparece y te adentras en la penumbra, la más completa oscuridad.


Paulatinamente las terminaciones nerviosas se apagan, una por una se desconectan.

Tragos de agua púrpura entran por la garganta y ahogan los pulmones.

Ningún ruido, ninguna otra inhalación.

El corazón late despacio y cansado.

Ninguna sensación puede turbar ya la mente.


Un nuevo amanecer y…


Carne negra sacada del descanso de su sepulcro.

Nubes de parásitos zumban en la penumbra de un camposanto. Enjambres de moscas descansan sobre un cuerpo pútrido. Barahúnda de mosquitos absorben las últimas gotas de un cuerpo que una vez rezumo vida.


Un gemido en la penumbra.


relato B

—Sí, yo maté a tu hija —confesé sin vergüenza y con cinismo. El paño sagrado y la foto en el bolsillo me delataron.
La madre me atrapó por distraído. La última noche que mi ángel estuvo conmigo perdí la noción del tiempo por estar concentrado en la ceremonia de ascensión. Tuve que salir deprisa cuando escuché el auto de sus padres, tropecé con la niñera y no pude llevarme ningún recuerdo de mi pequeña.

Días después, cuando me atreví a regresar, fui aún más imprudente. Hice ruido al esculcar entre sus cosas, estaba desesperado por una pluma de sus alas; me urgía por lo menos una prenda que conservara su esencia. Mi alma indigna exigía a gritos recordarla con una migaja de su divinidad, y la encontré. La robé con delicadeza, la admiré, la acerqué a mi nariz y fue ahí cuando su madre me atacó por detrás. Me inyectó algo en el cuello, perdí el equilibrio y enseguida la consciencia. Al despertar estaba amarrado sobre la mesa del comedor en un cuarto sin ventanas, con papá y mamá decidiendo entre llamar a la policía o encargarse ellos mismos de mí, el asesino de su niña.

—No hay dolor más grande que perder una hija —me reclamó la señora al verme con asco y arrogancia.
El hombre embistió hacia mí para molerme a golpes pero la mujer lo contuvo. Le pidió que me vigilara en lo que ella traía algo. Mamá se fue, papá y yo nos quedamos larguísimos minutos en silencio hasta que amenazó con quitarme la vida. Lejos de asustarme me dio lástima. Lo miré con compasión, ni él ni ella pudieron percatarse del ser de luz que oprimían. Se me escapó una tímida sonrisa de regocijo por haber ayudado al querubín a llegar al cielo. Al verme reír, algo se rompió en su interior y otra parte explotó, casi pude oírlo.

—Hay tantas cosas que quiero hacerte. Voy a ahogarte en la tina, luego te arrancaré los dientes y los dedos —fantaseó anhelante, ávido por compartir su condena o ejecutar una más intensa.

—Su habitación todavía huele a ella —pensé en voz alta y suspiré con los ojos cerrados. Lo sacudí sin necesidad de tocarlo.
Fue un puñetazo invisible en la boca del estómago que lo obligó a gemir con odio y a exhalar rabia. Destruí su fachada y el cobarde se derrumbó, se tiró al suelo a berrear como lo hizo unos días antes la niña que perdió. Su cuerpo se contrajo, se encogió. Trató de aliviar su pena con un abrazo silencioso y se quedó en posición fetal, había perdido el último pedazo de humanidad que le quedaba. Yo estaba complacido con mi encargo  divino y me sentía dichoso por haber servido a dios, nada podía arrebatarme mi paz. El animal se levantó, se limpió la jeta y jaló una silla para sentarse junto a mí. Recuperó el aliento y la compostura.

—No te preocupes por mí, aquí el verdugo es mi esposa —advirtió emocionado.
Su compañera resultó ser doctora. Papá me contó a detalle y con exaltación el escrupuloso proceso al que habría de someterme tan pronto la dama regresara. Habló de desollarme y amputar una extremidad cada semana. Estaría encadenado en un cuarto oscuro, con un ruido tedioso y repetitivo durante esos treinta días. Me privarían de orejas y nariz, y hasta ese entonces todavía gozaría de la vista, para ser testigo de mi abominable metamorfosis. No solo me cortaría la lengua sino toda la mandíbula. Jugarían con el frío y el calor, la ingesta de alimentos repugnantes y sufriría una tortura medieval en los genitales antes de perderlos.

—Nada importa; el ángel ahora revolotea en el paraíso —aseguré satisfecho y orgulloso de mi papel en el plan celestial.
Aquella entidad maligna preparó la sala de ejecución con plástico en el suelo y me mostró su colección improvisada de sádicos instrumentos. La doctora regresó y se sentó junto a mí.

—Ya no quiero vivir. Quisiera despellejarte con mis propias uñas. Me dejaste vacía, le quitaste el sentido a mi vida. Cada día es más absurdo que el anterior, no sé hasta cuándo pueda soportar. Lo único que deseo es que puedas sentir aunque sea una diminuta parte de mi tormento –reveló con tanto pesar que me conmovió.
Extendió su garra temblorosa hacia mi cara, ansiosa por penetrarme la pupila. Manifestó su cólera en un puño de justicia y antes de machacarme, su marido la detuvo. Después de una discusión apasionada en voz baja, papá y mamá salieron del salón del martirio. Una sombra humilde se postró en la entrada, apenas llegaba a la perilla de la puerta. Por primera vez sentí miedo, una avalancha de emociones opuestas creció hasta transformarse en pánico al adivinar el rostro de la inocente silueta: era mi hija.

—Se llama Manuel, vive cerca de aquí. Es maestro en la primaria de la nena —le informó mamá a papá al arrojar la licencia de manejo sobre mi pecho.
¡Cuánta perversidad en aquella fiera que alguna vez guardó cariño! No me dio oportunidad de rogarle, me metió mi cartera en el hocico, me tapó la boca con cinta de aislar, se puso los guantes de plástico y tomó a mi bebé de la mano. En breve comprendería que la iracunda bestia estaba equivocada al afirmar que había experimentado el máximo suplicio con la eterna ausencia de su retoño. Yo habría aceptado gustoso las tortuosas cirugías y sus demás ocurrencias, pues en las próximas cuatro semanas me enseñó un dolor colosal y superior, el sumo calvario: ver como despedazan despacio y con euforia el cuerpo de tu hija.


relato C

 DOLOR, el mayor problema de enamorarse es abrirle la puerta a alguien hasta tu alma, la parte más íntima de tu ser.

Todos tenemos un amor platónico, nadie es inmune al amor a primera vista. Por suerte o por desgracia todos tenemos algún día un amor de verdad. ¿De qué depende? Una cosa es querer a una persona y otra cosa, muy distinta, es amarla para siempre. Sí, ese amor existe y a veces puede ser maravilloso pero otras veces puede ser el martirio que te recuerde toda tu vida lo que tuviste, lo que te hizo feliz, lo que te encantaba en esta vida, que tanto te costó encontrar y que perdiste en este basurero lleno de maldad llamado vida.

Érase una vez dos personas de edades muy diferentes que no tenían por qué encontrarse. Pasaron el uno frente al otro, varias veces,  sin mirarse. Un día por casualidad se registraron en una aplicación de internet para conocer gente. Por fallo del programa o camino del destino, sus fotos aparecían a ambos mutuamente una y otra vez en la aplicación. El chico joven pensaba: “¿Cuántas veces ha subido esta mujer su foto?” y la chica mayor solo pensaba: “Qué chico mas mono, pero es muy joven” hasta que ambos dieron internet por perdido. Según el funcionamiento de la aplicación al votar una foto no debía aparecer más pero seguía apareciendo.

Años más tarde, una chica mayor llorando a mares por la pérdida de un amor se apunta a clase de baile para intentar superar la pérdida irremplazable de un hombre egoísta, que no pensaba en ella, que ganando un sueldo fijo no le dio ni una moneda,  que solo quería sexo y no amor. Aun así era el amor de su vida. En otra ciudad, un chico joven que se apunta al baile para superar una relación toxica que llenaba su vida de acoso y obsesión. Aquella era una mujer desequilibrada con la que estuvo ocho meses, que dejó cuando se dio cuenta de su estado mental y a cambio, llevaba acosándole ocho años.

El chico tardó un año en encontrar su camino en el baile. Asumió y superó los daños recibidos, un tiempo de ventaja que le llevaba a ella. Cuando el chico llevaba un año y medio bailando, la chica llevaba ya seis meses. A veces el destino hace sus jugarretas para que la vida cambie a veces a mejor, otras a peor. Un día tan normal como los otros, la vida de ambos cambió. El chico joven no tenía coche, así que aunque por la cuota que pagaba tenía derecho a ir a las clases de Chiclana, no podía ir, pero unos compañeros del baile querían profundizar en el baile. Dijeron que iban a ir y para mas casualidad, le ofrecieron ir con ellos solo los martes y él aceptó.

Nada más encontrarse, ella se fijó en la alegría exterior del chico, en que se le daba bien bailar y en la paciencia infinita que tenía con ella, pues siempre lo elegía para practicar los movimientos. Él bailaba por sus problemas mirando hacia abajo, pero al ser tan bajita fue a la única que vio algo más que los pies. Vio su sonrisa, aunque no se percató de sus ojos llorosos y del daño de su alma. Poco a poco el chico dejo en segundo plano el baile e iba a Chiclana los martes para verla a ella. Ella cada martes iba un poco más guapa, casi sin percatarse, más arreglada. A veces la chica llegaba tarde, ambos se olían, se sentían y se observaban. Durante unos meses el chico la buscó el resto de los días, siempre que tenía una oportunidad en convivencias, excursiones y fiestas. Sin embargo ella nunca iba, hasta que un día la chica le preguntó: “¿Por qué no vienes a la fiesta los viernes?“ Él con la sonrisa que siempre le provocaba ella,  contestó: “Porque no tengo coche”. Aunque a ella le extrañó, le ofreció un trato muy peculiar ir a bailar juntos ese viernes y que la sacara a bailar, pues nadie la sacaba  a cambio de recogerle y traerle a Cádiz.

Ninguno de los dos pensaba en ese momento que tras ese día sus vidas iban a cambiar radicalmente, y nunca jamás sería lo mismo. Ella pensaba que él tenía treinta y ocho años, él pensaba que ella tenía treinta cuatro, sin embargo, ambos se llevaban más edad de la que esperaban. El sábado siguiente se enteraron de la verdad. A ella la aterró pero a él le dio lo mismo y siguió para adelante, ya no había marcha atrás; se había enamorado de ella. Aun tardaron una semana más en terminar juntos, terminó convenciéndola por pesado. Tras estos seis meses conociéndose duraron un año viviendo juntos, compartiéndolo todo. Eran felices a pesar de su hija y otro año sin querer separarse a pesar de que ella ya no quería estar con él. Tampoco podía estar sin él, pues sabía que no encontraría otro como él.
Pero esta no es una historia feliz, esta es la historia de cómo adquirí una mujer, una familia y una hija, y como las perdí.

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