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20 min
duelo 8: "Jägermesiter"
Varios |
01.03.17
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Sinopsis

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~~duelo 8: Jägermeister


relato A

John y Janet, una joven y atractiva pareja, aterrizaron en el aeropuerto de Munich, a media tarde, de su vuelo procedente de Nueva York.
John siempre había sido un enamorado de la cultura bávara y desde hacía ya mucho tiempo que quería visitar aquella región tan singular y especial de Alemania. Aparte, era un enamorado de las cervezas y sus diferentes variantes.
En la instalación aeroportuaria estaba esperándoles Karl, un brabudo y regordete habitante de la zona, con un cartel que ponía sus nombres.
Una vez que depositaron el equipaje en el hotel que les habían asignado, volvieron a encontrarse con Karl, justo a la salida del establecimiento hotelero.
-Bien, Karl, y ahora, ¿dónde vamos? Estamos en tus manos-, preguntó un sonriente John.
-Les llevaré a visitar el bosque más cercano, mein herr. Y luego iremos al castillo de Neuschwanstein, que fue mandado construir por el Rey loco, Luis segundo de Baviera, y después, fue una de las residencias del führer, Adolf Hitler-, exclamó con orgullo el rollizo germano.
-¿Y por qué no vamos en autobús o en taxi hasta allí?-, pregunto Janet rascándose la cabeza.
-¡Vamos, señorita! ¿No prefiere hacer una excursión al aire libre? Es mucho más sano y saludable, en lugar de ir siempre sentados en un vehículo-, contestó convencido Karl.
Así, con una confianza plena en su guía, la pareja de nortaméricanos se adentró en el frondoso bosque que rodeaba el hotel.
Y, trás unas horas caminando, John observo, alarmado, su reloj, así como la luz diurna que se iba extinguiendo.
Un poco más atrás, vió a Janet, visiblemente agotada.
-¡Eh, Karl! ¿Cuándo llegaremos al castillo? Me da la impresión de que estamos dando vueltas en círculo, sin más-, inquirió.
El alemán, por toda respuesta, sacó de su mochila una botella de color verde.
-¡Ande, mein herr, tome un buen trago de Jaggermeister! Veo que la necesitan, sobre todo, su esposa-.
-¡Jaggermeister! ¿Qué es?-, preguntó extrañado John.
-Es un licor de hierbas, de aquí, muy bueno. Pruebénlo, vera como les viene bien-, ofreció Karl.
John cogió la botella y le dio un buen trago, sintiéndose súbitamente revitalizado.
-¡Vaya, está bueno! ¡Eh, Janet, prueba esto, te vendrá bien!-
Y ésta, para no ser menos que su marido, dio otro buen trago.
Karl, sonriente, les interrogó.
-¿Conocen la leyenda de los nibelungos?
Y, de repente, antes de que John pudiera responderle, se le empezó a nublar la vista, progresivamente, viendo borroso al guía.
-¡Qué extraño! ¡Lo veo todo mal! ¡Como si el cielo se me fuera a caer encima!-.
Fueron las últimas frases que pronunció antes de caer derrumbado. Pocos pasos atrás, a Janet le sucedió lo mismo.
John volvió a abrir los ojos, sin ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido desde que se desmayó.
Fue el tiempo justo de ver que estaba tumbado boca arriba, en un cómodo lecho, en mitad del bosque.
Sintió como si su cuerpo fuera a reventar.
Giró entonces la cabeza para ver a su lado, a un par de metros, a Janet, desnuda y tumbada, como él.
Vió a Karl primero, y a un hombre gigantesco, de más de dos metros, después, echarse encima de Janet, que comenzó a chillar horrorizada, mientras ellos jadeaban.
Pero John no podía hacer nada por su esposa. Tenía la cabeza completamente abotargada y el cuerpo no le respondía, como si tuviera una tonelada de plomo encima.
Además, sus ojos no paraban de abrirse y cerrarse nerviosamente, como si estuviera siendo víctima de una alucinación.
Sus manos y los brazos no paraban de alzarse y bajarse, como si tuviera parkinson, y su cuerpo sufría terribles espasmos, como si estuviera padeciendo un terrible ataque de epilepsia.
Giró la cabeza al otro lado, quedándose aterrorizado al ver una mesa repleta de sierras, cuchillos de gran tamaño e instrumentos quirúrgicos.
Aún estando debilitados, John sintió que, poco a poco, iba recuperando las fuerzas.
Entonces, estimulado por la rabia acumulada al ver que forzaban a Janet, cogió un punzón de grandes dimensiones mientras Karl y el gigante estaban distraídos contemplando con deleite el bello cuerpo de Janet.
Entonces, el gigante hundió un cuchillo tenía en sus manos en el vientre de Janet, que cayo muerta, instantáneamente, a tierra.
John chilló, fuera de sí y, a su vez, clavó el punzón en el cuerpo de Karl, que también cayó inerte.
Y desnudo, John se puso a correr, desbocado, al ser consciente de que, en un duelo con el gigante, no tenía nada que hacer.
La persecución por parte del gigante no se hizo esperar y se prolongó a través de la inmensidad del bosque, en un espacio de unos cien metros que a John le parecieron una eternidad. Además, el gigante había aminorado, de forma importante, la distancia que los separaba y vio como un milagro que había llegado, repentinamente, a una carretera.
Irrumpió en la misma y un coche que, por casualidades del destino, era de la policía, tuvo que pegar un frenazo para evitar atropellarlo.
La derrapada del coche fue tal que el conductor tuvo que hacer girar el vehículo para que no acabará estampado en uno de los árboles del bosque.
Los agentes del orden salieron del coche y John corrió hacia ellos alzando el punzón, al mismo tiempo en señal de victoria y de ayuda, convencido de que los policías acabarían con el gigante.
-¡¡¡Socorro, me persigue un gigante!!!-, exclamó desalentado John.
-¡¡Qué dice, no está en sus cabales!! ¡¡Suelte ahora mismo el arma!!-, le conminó uno de los policías.
Pero John hizo caso omiso y los policías, asustados, convencidos de que aquel hombre enajenado les atacará, abrieron fuego, acribillándole a tiros.
Por su parte, el gigante, en el momento de oír el primer disparo, presintiendo que le pudieran atacar y justo antes de acceder a la carretera, se frenó y, disimuladamente, volvió sobre sus pasos, regresando a la inmensidad del bosque.
Minutos más tarde, el coche de los policías pasaba por donde John irrumpió en la carretera.


relato B

Llegué a las doce, cuando mis amigos ya iban por la tercera ronda. Pedí una cerveza y me senté junto a ellos.  El plan era el mismo de cada fin de semana: alcanzar el equilibrio entre la alegría controlada y la borrachera desfasada.  Era difícil, siempre había algún chupito que inclinaba la balanza hacia el descontrol.  Las cervezas solían ser una medida de tiempo equivalente a treinta minutos.  Tras dos horas de debate sobre el anarquismo de Durruti, la literatura de Burroughs o el cine de David Lynch, nuestra conversación se desviaba hacia las piernas de la morena que se sentaba a nuestro lado, el culo de la rubia de la barra o los labios de la camarera. El alcohol nos hacía emerger de nuestras supuestas profundidades y respirar la realidad inalcanzable que nos rodeaba.
Éramos jóvenes estudiantes de un barrio de la periferia. Nuestros padres habían luchado por proporcionarnos un futuro mejor que su presente y su pasado. De momento, nos dedicábamos a gastarnos sus esfuerzos en alcohol y marihuana.  Juan era un heavy de greñas, chupa y parches. Alto y desgarbado, con un cigarro perenne colgando de sus labios. Sergio era menudo, con ojos grandes pero sin brillo, ocultos tras unas gafitas redondas al estilo John Lennon y vestido siempre de forma impecable, cerca de parecer un pijo extraviado en un barrio que no le correspondía.  Yo me hallaba intentando encontrar un lugar a medio camino entre la estética punk y la rocker.  Lucía un cuidado tupé y espesas patillas, cazadora de cuero y una camiseta de Los Ramones. Todo era fachada, en realidad, éramos tres simples universitarios buscando alcanzar un sueño de bronce porque los sueños dorados  parecían estar asignados a los hijos de otros barrios.
Nos acodamos en la barra para empezar nuestra ronda de chupitos. Juan iba a solicitar tres orujos cuando vislumbró una botella verde, iluminada como si fuera la estrella de los licores expuestos.  Parecía una virgen en su altar, con un halo luminoso y dispuesta a obrar cualquier milagro. Preguntamos a Luisa, la camarera, y nos explicó la mítica historia de la bebida y sus imprevisibles efectos. Yo la miraba sin escuchar. Observaba sus labios carnosos abrirse y cerrarse e imaginaba tenerlos junto a los míos, rozándonos, susurrándonos, besándonos. Esdrújulas de primera persona del plural que me excitaban y me transportaban a mundos alejados de aquella cochambrosa barra de bar.
¬¬¬— ¡Jägermeister!
Cuando Luisa pronunció el nombre de la bebida, la imaginé con una gorra militar con el águila nazi, guantes negros hasta casi los hombros y  el torso desnudo, únicamente unos tirantes cubriendo sus senos. Supongo que mis fantasías eróticas con Charlotte Rampling en  Portero de noche  ayudaron a construir esa imagen.
Sus argumentos parecieron convencer a mis compañeros que solicitaron tres chupitos de la pócima milagrosa. Luisa extrajo una botella del congelador y llenó nuestros vasos del brebaje oscuro. Me gustó su sabor amargo, a hierbas recogidas en algún bosque nevado de nombre impronunciable, con niebla y algún cadáver judío.  Repetimos unas cuantas veces hasta que me sentí empequeñecer.  No era el sentimiento de inferioridad que en ocasiones me paralizaba, era una mengua física.  Mi cuerpo se había reducido a la mitad.  Mis ojos quedaron a la altura del ombligo de la rubia que apuraba el último sorbo de un gin-tonic.  Juan y Sergio también se habían convertido en una especie de pigmeos descoloridos.
Cruzamos nuestras miradas incrédulas y achacamos nuestra transformación al maldito orujo alemán.  Nos había cambiado la perspectiva de la realidad.  A veces, me preguntaba que era la realidad. Quizás el paisaje de bloques sin horizonte del  barrio, pero también los esporádicos atardeceres que contemplaba desde lo alto del Carmelo junto alguna chica ocasional con la que planeábamos el futuro bañados por los suaves rojos de un sol irreal. La irrealidad tenía la magia que le faltaba a mi realidad, con un posesivo, porque de lo que sí estaba convencido era de que cada uno tenía una diferente.
Lejos de asustarme, propuse a mis amigos disfrutar de nuestra condición de enanos ebrios.
-¿Qué cojones estás diciendo? ¿De qué quieres disfrutar si apenas levantamos dos palmos del suelo?
Juan estaba muy alterado. Conservaba algo del sentido común que el alcohol nos había birlado y propuso buscar algún taxi que nos llevara a urgencias de algún hospital.
Sergio apoyó su propuesta. Su corta estatura, reducida a la mitad tras la ingesta del Jägermeister, le hacía parecer la mascota de la rubia que nos miraba con cara de asombro.
Fuimos a la esquina de la calle Balmes con Plaza Molina intentando encontrar un taxi libre. Sergio se subió a los hombros de Juan que, a su vez,  se hallaba subido a los míos en una especie de pilar casteller sin pinya ni equilibrio.
El taxista no pudo borrar media sonrisa de su  estúpida cara mientras intentábamos alcanzar los asientos traseros del coche.  Sergio cayó de espaldas en el asfalto tras un intento fallido de salto fosbury . El taxista mostró sus dientes podridos en una carcajada silenciosa. Finalmente, opté por empujarle del culo para evitar otro ridículo olímpico.
—Déjenme adivinar, ¿a  Liliput?
—Su puta madre— masculló Juan entre dientes.
— ¡Eh! sin insultar, Gruñón.  ¿Quieres que avise a Blancanieves para que te venga a recoger?
Tapé la boca de Juan y me disculpé con el taxista, rogándole que nos llevara al hospital Valle de Hebrón.
En la sala de urgencias, entre toses y vómitos, entre las camillas de pacientes abandonados a su suerte, entre la desesperación y el miedo, empezamos a recuperar nuestro tamaño real.  Real en su sentido dimensional,  pero no en el filosófico o metafísico: seguíamos siendo unos enanos en un mundo de mierda.
Juan concluyó que los efectos del Jägermeister son pasajeros, es la realidad, la nuestra, la que se empeña en impedirnos crecer, la que nos ha asignado un papel secundario en una película con final previsible y poco esperanzador.
Yo seguía fijándome en el culo de la enfermera que auscultaba a Sergio.


relato C


La tarde comenzaba a caer sorprendida sobre Washington D.C., la capital de los Estados Unidos de América lucía convulsa entre la esperanza, la decepción, el miedo y la intriga. Jeff levantó la cabeza despacio, sentía un dolor vacío en cada uno de los movimientos que le impedía recordar donde estaba y los acontecimientos previos a su estado, buscó en su alrededor y allí a pocos metros suyos estaba su amigo y socio de siempre Brett. Se incorporó, miró incrédulo las aguas del río que corrían ausentes a los acontecimientos de la ciudad que por siglos ha acompañado, sintiendo irse el mundo llegó hasta donde el compañero y le dio un suave puntapié, -What´s goin on?-, preguntó en su inglés sureño Brett, -¿Dónde estamos?-, respondió Jeff con otra pregunta, -bebiste mucho esa mierda, fumaste tanta hierba hasta olvidar que estamos en nuestra capital, en la juramentación de nuestro presidente-, dijo Brett en su inconfundible inglés. Ambos habían llegado un día antes a la ciudad para cumplir la promesa  hecha a la medianoche en el éxtasis de su felicidad por el triunfo de Trump en  su casa en las afueras de Shirley en Arkansas, ambos eran granjeros asociados en una mediana granja  a quienes le había calado el discurso nacionalista y proteccionista del candidato republicano, no les importó el rechazo de la cúpula de su partido al magnate, el hombre prometía volver a hacer su América grande y eso era lo más importante e imprescindible en el ideario colectivo de pequeños empresarios sureños. El día de las elecciones a pesar que tenían los pronósticos en  contra, ellos mantenían viva la esperanza que sus conciudadanos serían iluminados por fuerzas superiores, se fueron a casa de Jeff a seguir los resultados por la televisión que en horas de la noche sorprendía al mundo con los datos mostrados de cada Estado de la unión, -esto es irreversible,  Mr Trump, es el nuevo presidente de los Estados Unidos de América-, dijo Jeff emocionado cerca de la media noche, -de acuerdo debemos hacer algo grandioso para celebrar-, reaccionó Brett frotándose su cabeza rubia y rizada, -bien, bien, se me ocurre, se me ocurre-, dijo Jeff, -para empezar debemos ir a DC a su investidura, pues allí comienza nuestra nueva América-  Brett lo miró  despabilado, nunca habían estado en la capital de su país y esa era una oportunidad para visitar el Memorial a los Veteranos de la Guerra de Corea entre los que estaba su abuelo, un sureño que se enroló en el ejército y que murió en una redada siendo joven dejando a su dos niños pequeños, visitar Washington DC era una oportunidad para recordar su nombre y colocar rosas blancas en el panteón de los héroes, -me  parece una perfecta idea, así logramos hacer mucho en esa ciudad-, terminó diciendo Brett; ambos granjeros se quedaron hasta la madrugada contentos que su partido lograba el mayor número de delegados en el colegio electoral  que elegiría a Donald Trumpt como el nuevo presidente  del país de Abrahan Lincoln.
Un día antes de la juramentación los dos granjeros sureños estaban bajando del avión que los había llevado desde su natal Estado de Arkansas hasta el aeropuerto de John F. Kennedy en Washington DC; se hospedaron en un modesto hotel  a pocas cuadras de la casa blanca. Una recepcionista de raza negra los atendió educada, después de  hacer el registro correspondiente la joven les entregó la tarjeta de la habitación asignada junto a un mapa de la ciudad, -son sureños, por el acento- balbuceó la mujer a su compañero. Después de darse una ducha por separado los dos hombres salieron a vagar, llevaron consigo la guitarra que portaban en una maleta junto al mapa entregado, -debemos ir al memorial en honor a los Veteranos de la Guerra de Corea-, dijo Brett, -allá vamos-, reaccionó Jeff con el mapa abierto, caminando llegaron a ese lugar; Brett buscó entre sus bolsas una foto del abuelo, -aquí esta-, dijo emocionado, en la parte inferior de la lápida colocó el arreglo de rosas blancas que había llevado,  -en tu nombre abuelo, tendremos un gran país-, dijo. Salieron y comenzaron a caminar de monumento en monumento deslumbrados por la belleza de la ciudad; entraron a una tienda de  licores y compraron un licor exótico que nunca habían bebido; Jâgermeister, Original From Sajonia, decía en la etiqueta. Ordenaron varias botellas, el dependiente los miró incrédulo. –Vamos a caminar a orillas del Potomac-, invitó Jeff a su amigo, -vamos y cantamos allí como en nuestros ranchos-, respondió Brett, llegaron hasta el río y comenzaron a caminar por la orilla extasiados, se sentaron bajo unos árboles copados, la tarde había empezado a caer, Brett destapó la botella de  Jâgermeister e invitó un trago a su amigo,-es exquisito-, dijo Jeff alucinado, extrajo un cigarro y comenzó a fumar; Brett sacó su guitarra y cantó una canción country de las que interpretan en sus ranchos, Jeff dio otro sorbo al segundo toque y echó segunda al  socio en la canción. Allí estuvieron los amigos cantando country, fumando hierba y bebiendo Jâgermeister a orillas del Potomac hasta fondear sin darse cuenta que debían regresar al hotel.
-Debemos ir a las celebraciones de investidura de nuestro presidente-, dijo Jeff,   -vamos, a eso vinimos-,  respondió Brett, en el momento que se incorporó mirando hacia todos lados. Salieron a la calle,  iniciaron a caminar de forma apresurada. Hicieron un alto en su ruta para entrar a un restaurante y comprar algo para comer, allí estaba un programa de la televisión que hacía un resumen de la juramentación del presidente de Estados Unidos y los acontecimientos conexos durante el día, Brett y Jeff abrieron la boca con los ojos desmesurados, -Mr. Trump ya juró como presidente y nosotros ni nos enteramos por ese maldito Jâgermeister-, dijo Jeff; la mesera que estaba frente a ellos con el menú  en las manos los miró sin poder evitar la risa, ellos no pudieron contenerse, un salto misterioso apareció en su pecho  y salieron corriendo con rumbo desconocido.


relato D

El bar poseía una extraña atmosfera aquella noche, casi imperceptible, pero allí estaba. Podía sentir algún tipo de presencia que inundaba todo el lugar.
De pronto lo supe, allí estaba ella, pude ver como todo el bar se congelaba a mí alrededor, nada existía, nada se movía, solo ella. Estaba boquiabierto, con la mirada enfocada en este maravillo ente que había inundado todo el lugar con su exuberancia.
Encontraba a este ser amorfo totalmente fascinante, de una extrañeza intoxicante, y por alguna razón que no lograba entender en ese momento, de una carga sexual que jamás había sentido por otro ser humano.
En su mano tenia esta extraña botella de color verde, la destapo con un solo dedo, de una forma que me pareció en ese momento mágica y maravillosa, y procedió a vaciar todo su contenido dentro de su boca. Fue una experiencia única, quede hipnotizado ante aquel espectáculo. Toda la acción duro menos de 30 segundos, pero solo me tomo 10 darme cuenta que estaba enamorado.
Comenzamos a charlar, después de todo tenía la imperiosa necesidad de saber todo sobre este ser. Me comento que había nacido en este extraño y mítico lugar llamado “Alemania Occidental”; y en cuanto a la bebida, me dijo que se llamaba “Jägermeister” y que era el desayuno habitual de aquel utópico y mágico lugar de donde provenía. El resto de la noche pasó como un suspiro, hablamos de todo, lo que a mí me gustaba y todo lo que a ella no le gustaba del mundo, de esta generación, y sus estrictas y particulares opiniones respecto a algunas religiones y grupos raciales.
Cada palabra que salía de su boca solo servía para confirmar mis nuevos sentimientos. Finalmente, luego de un par de horas, mis deseos más físicos y carnales estaban completamente fuera de control, podía sentir mis entrañas arder en deseos de poseer con mis manos, con mi boca todos y cada uno de aquellos 200kg de masa erótica sentados frente de mí.
Mi primer intento para elevar nuestra simple charla al siguiente nivel fue sutil, su respuesta fue algo más directa. Me comenzó a describir una serie de acciones que podrían llegar a considerarse sexuales, así como ilegales en algunas partes del mundo. Estas me aterraban, pero a la vez me fascinaban, quería probarlas todas y cada una de ellas, por más peligrosas estas podían llegar a ser para mi integridad tanto física como mental.
Tome sutilmente su mano, su respuesta fue colocar todo su brazo alrededor de mi cuello y llevarme violentamente fuera del bar.
No recuerdo mucho más de aquella noche. Solo sé que por la mañana, mientras me encontraba solo en mi cama contemplando los destrozos de la habitación, con mis dolores, moretones y extraños y vagos sentimientos de humillación, pude ver la preciada botella verde en mi mesita de luz, el único recuerdo que me quedo de aquella noche y aquel extraordinario y único ser que vivirá en mi memoria por el resto de mi vida.
Un par de semanas después mi proctólogo me informó que el recuerdo de esa trascendental noche abarcaba también dos tipos de infecciones venéreas bastante peligrosas, las cuales potencialmente secarían y provocarían la caída de mis genitales. Mis sentimientos por ella no cambiaron en nada.

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