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32 min
DUELO: "La llave"
Varios |
03.05.16
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Sinopsis

Este es un duelo triple. Tienes 3 votos, uno vale tres, otro dos, y otro uno, por ejemplo: 3Y 2X 1Z, tienes que votar por los tres relatos, asignando 3,2,1 puntos. 3 al que mas te gustó, 2 al segundo lugar y 1 al que menos te gustó. Primero pones en un comentario el voto y en un segundo comentario las razones (como lo hago yo en un ejemplo en los comentarios de abajo). La votación finaliza el 5 de mayo a las 22:00

relato A

 

El golpe estaba previsto darse dentro de los treinta minutos después de la hora de cierre. Las alarmas no podían desconectarse más allá de ese tiempo, tras el que se activaría el protocolo de emergencia en la Policía. Todos ocupábamos la posiciones predeterminadas y los tres que estábamos dentro del recinto mirábamos, con inocencia y asombro, las valiosas antigüedades expuestas tras unas blindadas urnas de metacrilato. Objetos ancestrales, míticos, bíblicos, eran expuestos ante un público que, suponía, con un grado de certeza cercano al cien por cien, desconocerían su historia y, por añadidura, su enorme valor. Al menos, el de mi pieza.

 Mi lugar estaba frente a la llave del infierno. La auténtica, decían, la que abriría cualquier otra cerradura posible en el inframundo. La tentación era inmensa. A su lado, el resto de objetos eran baratijas, aunque tuvieran un enorme valor económico, interesante para el resto y, a la vez, cebo necesario para poder contar con ellos. A mí solo me interesaba esa llave. Durante los dos meses anteriores al anuncio de la exposición estuve leyendo multitud de tratados sobre las increíbles facultades de la misma, el cómo poder llegar hasta el umbral de acceso al infierno o, las necesarias preparaciones para descender hasta él por una persona viva. Franquearía las mismísimas barreras de lo que está reservado solo a la muerte, descubriría los grandes misterios que se ocultan a todos los mortales y volvería con todo el cúmulo de sabiduría y de poder necesario para hacerme el amo del mundo.

 Cuando salieron todos los visitantes de la sala, por ser la hora, entretuvimos a los vigilantes dos de nosotros mientras el tercero desaparecía de nuestras vistas para esconderse y realizar la desactivación una vez fuera activada la alarma. Salimos al exterior y nos metimos en el edificio contiguo. Allí nos encontramos con el resto y con los equipos necesarios dispuestos para comenzar a la señal, la que significaría que teníamos despejado el camino y los minutos comenzarían a correr.

 El tiempo pasaba y la preocupación hizo su aparición. Debíamos mantener silencio ya que desconocíamos si, de alguna manera, podrían oírse nuestras voces al otro lado. Entonces sonó la señal. Camino libre. Tras derribar un pequeño muro accedimos a la sala de antigüedades. A partir de ahí cada uno se haría con su parte del botín y nunca más volveríamos a vernos, al objeto de preservar el anonimato y la seguridad en nuestras respectivas huidas hacia países igualmente desconocidos para el resto.


 Los dos vigilantes, suficientes según la organización, fueron reducidos nada más asomar sus narices. Creyeron que las alarmas harían lo propio. Pero, ante su perplejidad, no sonaron. Quizá confiaran en que la policía haría el resto. Estaban igualmente equivocados. Las urnas comenzaron a reventarse a manos de las Dremel, y los objetos contenidos en su interior a ser almacenados en las bolsas de deporte de cada cual. A medida que iban recogiendo sus posesiones, abandonaban la estancia. Yo fui casi de los últimos, solo porque me costó algo más de trabajo hacerme con la llave. Tuve que destruir la roca en la que se hallaba inserta. Veinticinco minutos. Supongo que el último que saliera lo haría a tiempo. Ni lo supe ni me importó.

 En cuanto llegué a casa dispuse todo lo necesario. No quería demorar un minuto el viaje. Los libros con los conjuros, abiertos. La habitación, caldeada y envuelta en una niebla de vapores opiáceos, mezclados con ácido lisérgico y ergolina obtenida de ergot, iluminada con luces rojas y amarillas para evitar la descomposición del ácido. Si todo salía bien podría volver en el tiempo equivalente en nuestro mundo a un par de horas. Si me retrasaba, el portal se cerraría y no regresaría jamás. Comencé el ritual y al poco apareció ante mí el majestuoso umbral, del que irradiaba una luz violácea que dañaba los ojos. Me adentré sin miedo, con la llave en mi poder. Al otro lado, una escalinata descendía hasta perderse de vista.

 Algo después llegué a una zona pantanosa. Supuse que sería la famosa laguna Estigia. Se oía un murmullo lejano. Metí mis pies y comencé a caminar hasta que el agua llegó a la altura de mi pecho. Entonces me dispuse a nadar. El agua estaba helada pero no me importaba. No sé qué distancia recorrería aunque, como experto nadador, no me supuso mucho esfuerzo. Finalmente volví a hacer pie y ante mí apareció una gran puerta. ¿Sería aquella? Salí del agua y procedí a comprobarlo usando mi llave. La giré en la cerradura y ésta no opuso ninguna resistencia. Empujé con gran esfuerzo la pesada puerta y el fogonazo de luz que salió del interior me cegó durante bastante tiempo.

 Cuando mis ojos se hicieron de nuevo a ella, mi sorpresa fue mayúscula. Allí delante se encontraba el que supuse sería Satanás.
— Sí, soy yo— dijo, pareciendo haberme leído el pensamiento —Has conseguido la llave y, además, has venido por tu propio pie y desde el mundo de los vivos. Sabrás, entonces, que no saldrás de la misma forma de aquí.
— Esta llave me otorga poder, un poder que nadie más ha conseguido— respondí desafiante — Con ella tengo acceso a cualquier parte de este mundo. Solo quiero saber...
— Insignificante humano... Como osas. Podría haberte quitado la llave y aún no te habrías dado cuenta.
 Al oír eso rebusqué en mis empapados bolsillos la dichosa llave.
— ¿Has comprobado que la tienes? Puedo hacer que desaparezca por mucho que quieras ocultarla, no lo dudes. Pero ya que has sido el primero en atreverte a invadir mi mundo en una condición que no te pertenece, te permitiré que lo visites y que uses de esa llave a tu antojo. Más tarde decidiré qué hago contigo.

 Sabía que mis pensamientos podían ser leídos y procuré evitar razonar cualquier posibilidad de librarme de esas amenazas. Hizo ademán de dejarme el paso expedito y avancé receloso. ADELANTE, oí en mi interior. ABRE TODAS LAS CERRADURAS. TE ESTARÉ ESPERANDO. Me volví para mirarlo, por intentar descubrir el motivo que le hizo hablar en mi interior. Había desaparecido y estaba solo. Nadie dirigiría mis pasos hacia alguna parte. Sin embargo, no sé lo que me empujó a seguir una determinada dirección. Todo aquello era muy extraño, y el murmullo lejano seguía oyéndose. Esa imagen del infierno, con fuego por todas partes, almas ardiendo por toda la eternidad, aún no la había contemplado. Quizás aquello fuera la antesala, tal vez más adelante...

 Estaba como en el interior de un gran castillo, un salón enorme iluminado por un extraño sol que entraba por cualquiera de sus ventanales en las cuatro direcciones de los puntos cardinales, algo imposible si estuviera en mi mundo. Miré mi reloj. Habían pasado solo veinte minutos pero calculaba, por el cambio dimensional, llevar allí algunas horas. Divisé arcones a mi alrededor y supuse que podría abrirlos. Fui hacia el que estaba más cerca e introduje la llave. Levanté la pesada tapa y descubrí que estaba repleto de oro: monedas, collares, jarrones, posiblemente usurpados a los barcos portadores que fueron hundidos por causa de tempestad o de contiendas. No podría retornar con esa pesada carga, pero aún así me llené los bolsillos con lo que pude. Calculé que, solo con eso, tendría suficiente para vivir con holgura el resto de mi vida.

 El salón tocó a su fin y una gran puerta me separaba, supuse por lógica arquitectónica, de otra estancia. No obstante, al abrirla me encontré ante un abismo. Al fondo se oía el murmullo subir. Luego allí estarían las almas condenadas. ADELANTE, volví a escuchar en mi mente. Y como si ya hubiera anticipado la respuesta, NO TENGAS MIEDO. LÁNZATE. Quise demostrar mi valentía y lo hice y, para mi asombro, no caí. Podía caminar por el vacío, como si hubiera un suelo de cristal. Nubes de vapor pasaban bajo mis pies que pisaban firme.

 

 Poco a poco el suelo se fue oscureciendo. Miré atrás y allí sí seguía la transparencia del suelo. Estaba entrando en otro espacio, negro, silencioso... tan solo al fondo una luz. Pero esa luz parecía alejarse a cada paso que daba. Me dio la impresión de que jamás llegaría a alcanzarla. A mi espalda, la oscuridad más absoluta. Me detuve, pulsé la iluminación de la esfera del reloj y volví a mirarlo. Ahora ya había pasado más de una hora. Me entró pánico. Si no era capaz de volver a tiempo me condenaría para los restos. Eché a correr en dirección opuesta. Divisé el suelo diáfano y la puerta al fondo. Saqué la llave con tanta prisa que se me cayó, por fortuna, al falso suelo que pisaba. Entré de nuevo en el gran salón y volví a correr desesperado. Paré y volví a mirar el reloj. El tiempo se agotaba.

 Entonces apareció él de nuevo.
— ¿Conseguiste lo que viniste a buscar? ¿Tesoros era lo único que te interesaba? ¿No querías saber? Estoy dispuesto a enseñarte, si quieres escuchar.
— No tengo tiempo. Puedo volver en otra ocasión.
— Busca la llave.
 No la tenía. Estaba a su merced y un gran desasosiego y temor se apoderaron nuevamente de mí.
— ¿Qué debo hacer para poder regresar a mi mundo? No necesito el oro. Solo volver con vida.
— Eso no va a ser posible. Has visto demasiado. La incógnita de lo que aquí hay debe mantenerse.
— Puedes borrar mi memoria, hacer que nada de esto haya ocurrido, quedarte con la llave y con el oro que he tomado...
— Me divierte esa actitud que tantas veces he presenciado en tu mundo— dijo tras reír largamente.
— Por favor, necesito volver ya. ¿Dime qué quieres que haga?

 No hay respuestas, ni física ni mental. Se ha marchado. Una gran puerta me separa de la laguna, y unos minutos, tan solo, de poder traspasar el umbral a mi mundo. Grito desesperado, hasta la extenuación, aunque estoy seguro de que conoce mi sufrimiento. Vuelvo a buscar la llave por todo mi cuerpo y miro angustiado el reloj.

 Su minutero comienza a girar rápido en sentido opuesto.

 

 

relato B

 

Ahí viene Gustavo y me va a pegar. Suena más enojado que de costumbre, lo que significa que me azotará muy duro. Mi mamá prefiere no mirar y se va a la cocina, Gustavo me agarra de los cabellos, me da una sacudida para callarme, me arrastra por el pasillo, me arroja a la cama y cierra la puerta. Estoy a punto de mearme de miedo cuando lo veo quitarse el saco y desabrocharse la camisa. Apaga su cigarrillo en la orilla de un mueble y se quita el cinturón. Antes del primer latigazo ya estoy todo mojado.

Gustavo no es mi padre pero le ha ayudado a mi madre a mantenerme desde que tengo memoria. Tiene mi sangre pero no me dio la vida; sin embargo, se parece a mí (bueno, más bien yo me parezco a él). Yo no lo admiro como todos en la familia, si lo respeto es porque me da miedo. Solo con oír su voz a lo lejos se me eriza la piel.

Fue el primero de cuatro hermanos y mi madre es la menor, por eso la sobreprotege desde que eran niños. Mi abuela era una señora de costumbres arraigadas, ideas fijas, sin estudios y de poca visión. Dicen que su marido era un macho de los duros, y por duro me refiero a violento, celoso y rencoroso. Al viejo lobo yo lo conocí cuando ya no aullaba, caminaba de vez en cuando con ayuda de un bastón y no era más que un mueble en la habitación; como si fuera uno con su sillón reclinable.

A mi madre y a Gustavo les tocó vivir en otros tiempos. Ellos crecieron dentro de un infierno donde aquel diablo torturaba sin excusa alguna a la abuela, también golpeaba a Gustavo como si por ser el mayor de sus cuatro hijos fuera el culpable de su frustración y miseria. Mis tíos siempre se burlan de mi madre cuando habla con temor y respeto de la figura de su padre: "Ay hermana, a ti jamás te puso un dedo encima" le reclaman los dos varones y le muestran las añejadas cicatrices. "Miren que fue muy celoso y posesivo con nosotras, y con ella fue aún peor por ser la menor" dice mi tía al abrazar a mi madre en su defensa, pero parece decirlo en tono de burla porque a ella también la marcó.

Cuando el abuelo iba de bajada, Gustavo iba de subida. Algo bueno le dejó su padre, disciplina. En la escuela fue un alumno excesivamente dedicado y al graduarse de la universidad con honores obtuvo un magnífico trabajo. Desde pequeño era muy observador, planeaba a largo plazo, acostumbraba hacerse de contactos y para cuando le prohibió a mi madre casarse con mi padre ya tenía el timón de la familia. Debido a que Gustavo estaba involucrado a profundidad en todos los asuntos de sus hermanos, ya fuera poniendo de su dinero, tiempo o energía, todos en la familia requerían de su aprobación, incluyendo a la abuela. Gustavo despreciaba a mi padre por oler su nimiedad a leguas pero era demasiado tarde para detener la boda pues se casarían porque mi madre estaba embarazada. Mi padre escapó al año de casarse, dicen que se fue de ilegal a Estados Unidos, y mi madre se quedó sola a media carrera universitaria con la carga de un bebé no deseado. Gustavo le ordenó abortar, la llevo a un lugar clandestino y la jaloneó en la entrada pero mi madre fue más fuerte y se negó (heme aquí).

Para Gustavo fui y sigo siendo un error y una carga. Nunca hubo una muestra de cariño ni una mirada de aprobación ni la más remota esperanza en mí. Desde niño sentía su asco y repulsión en el aire que lo rodeaba, en el tono áspero de su voz y en su mirada puntiaguda. Mi madre nunca se atrevió a decirle nada. ¿Cómo pedirle algo a Gustavo, si le debemos todo? No importaba si su hermano mayor me repudiaba y se le pasaba la mano al castigarme, era él quien pagaba mi comida y mis estudios. Mi madre es una mujer buena pero cuando se trata de su hermano se transforma. "Obedece a tu tío", es el único final posible de esa discusión, incluso a sabiendas de que su hermano está haciendo algo equivocado.

Parte del demonio de mi abuelo vive en Gustavo y salía a la luz con mis travesuras. Mi madre nunca me dio una nalgada porque lo que la universidad le mostró que se puede dialogar con los niños y hacerlos entender sin necesidad de maltratos físicos. Gustavo, en cambio, sí que me golpeó y me marcó la espalda con la hebilla de su cinturón. Si mi autoestima está por los suelos y mis relaciones sociales son nulas es porque así me moldeó Gustavo. "Cállate, no toques nada, deja de llorar, vete a tu cuarto..." eso es lo que significa un padre para mí, miedo y ausencia. Gustavo es un recordatorio constante de lo aborrecible que soy, el juez en un crimen que no cometí y con gran ironía mi salvador y mi verdugo. A él le debo todo lo que soy y también lo poco que valgo.

Hoy me he convertido legalmente en un adulto y nada ha cambiado, escucho su voz y se me acelera el corazón como si estuviera enamorado. Siento mariposas revolotear en mi estómago al acercarse, lo veo a lo lejos y pierdo el control de mis piernas, reconozco su aroma a cigarro y me doy por perdido en un beso mafioso que me invita a llorar por costumbre. Es por él que evito las reuniones familiares. Hoy, tristemente, no me pude salvar. Es navidad y no hay excusa para no ir a la casa de la playa de Gustavo. No es que sea yo un devoto cristiano, la importancia del asunto radica en que la fecha coincide con el cumpleaños de mi santa madre.

Llevo dos años manejando y es mi tercer viaje en carretera, por eso procuro ir despacio, con un exceso de tensión en la espalda y el cuello. Mi madre no ayuda en nada al apresurarme porque Gustavo ha mandado un mensaje reclamando que llegaremos tarde a su encuentro. Mi madre asegura que los alcanzaremos dentro de poco en el pequeño pueblo junto a la carretera donde se había estipulado desayunar, pero que nos brincaremos la ceremonia matutina para ganar tiempo en carretera. Discuto con mi madre, me imagino la larga cara de Gustavo y su actitud pedante hasta el último día de las vacaciones por mi inexperiencia al volante, y alcanzamos a la caravana de trogloditas insaciables. Me bajo deprisa y azoto la puerta al salir, dejando a la futura festejada hablando sola; mi sangre hierve al ver cómo Gustavo la mueve a su antojo cual títere.

Gustavo ha pedido la cuenta y su esposa le reclama que no ha terminado de desayunar. Mis otros tíos ordenan el postre y Gustavo pierde la paciencia. Todo sucede tan rápido que no puedo ni abrir la boca: mi madre se disculpa por llegar tarde y avisa que nos vamos a adelantar, sus hermanos no la dejan partir y la sientan a la fuerza, Gustavo se sube a su auto para llegar pronto y hacerse cargo de los preparativos para su docena de invitados, mi madre le pide a su otro hermano que maneje en mi lugar y me obliga a acompañar a Gustavo para que no se vaya solo y que me utilice como esclavo a su antojo en lo que requiera. Poco puedo discutir y me subo al asiento del copiloto, pese a que ni Gustavo ni yo queremos que eso suceda.

Gustavo tenía tanta prisa por llegar que no encontró tiempo para saludarme. Empiezo yo a hablar en un bruto intento de hacer un viaje menos amargo. Quiero saber el nombre del cantante que escuchamos y mi pregunta lo ofende. Sé muy bien que es en realidad mi presencia y no mis palabras lo que le tuerce el intestino. Tal parece que mi olor no le agrada, baja la ventana a pesar del clima decembrino, o talvez lo hace para que el viento calme mi ardor por entrevistarlo. Una hora muriendo de frío y no me quejo, tampoco me cruzo de brazos para evitar darle gusto, sé que disfruta verme en agonía.

De pronto sube el vidrio y es él ahora quien quiere hablar. Me pregunta por la universidad y no le da gusto enterarse de que he sido aceptado, dice que la carrera de historia es un camino cuesta abajo que termina en la docencia con un sueldo mediocre. No esperaba que me felicitara pero no me pasó por la mente que mi elección lo encendiera, disimulo no haberme ofendido. Aprovecha para sentenciarme y cortar el lazo familiar diciendo que no podrá ayudarme en el futuro, que mi decisión es mi condena “No me pidas que te ayude cuando te des cuenta que la carrera de historia no te sirvió”. Ahí termina la conversación y me hago el dormido, no me ha puesto un solo dedo encima pero han sido los peores sesenta minutos que he pasado junto a él.

Estoy dormido y me despierta el sonido de su celular. Le marcan una y otra vez pero no contesta, tiene la mirada fija en el camino, pisando a fondo el acelerador. El celular se calla y por momentos vuelve a sonar, Gustavo contesta. "La llave" dice su interlocutor y parece ser un problema muy serio. Gustavo se orilla, intenta marcar pero la señal no llega bien entre las montañas. Me dice que es mi madre y que está en problemas. Reviso mi celular, temeroso de encontrar alguna llamada perdida de mamá. Tengo la mala costumbre de traerlo en modo silencioso y me preocupa pensar que... veo que hay cuarenta llamadas perdidas de diversos números y al final un mensaje: "Te llevaste la llave del coche".

De mis pulmones escapa un sonido extraño, mezcla de tos y suspiro. Me alejo del coche con discreción y le hablo a mi madre. Su voz se corta pero los mensajes llegan bien. Ella está de mi lado, no está molesta; teme más que yo por la reacción de su hermano apresurado. Hablamos de las diversas opciones pero ninguna es viable. No hay forma de que yo regrese en otro transporte a darles la llave, estamos en medio de la nada. Podría dejar que Gustavo siga su camino y quedarme a esperar a que alguno de los coches fuera por mí y me regresara, pero nadie se ofrece a ayudar. Lo más viable, según los que me han estado esperando, es que regrese en el coche de Gustavo, de esta forma solo Gustavo mi madre y yo hacemos el eterno recorrido, permitiendo que todos los demás vayan a la playa.

Mi madre me repite lo mucho que me quiere y me manda su bendición antes de colgar. Guardo el celular y volteo a ver a Gustavo, que trata de investigar por su cuenta lo que ocurre. Tiene años que no me pega, sin embargo; nunca le había tenido tanto miedo, un chorro de orina explota en mi interior y alcanzo a cortarlo antes de que escape. Se me baja la presión y pierdo el equilibrio. Me siento en el suelo y no puedo controlar las lágrimas, Gustavo muestra dubitativa compasión y me pone una mano en el hombro "Hijo, ¿qué pasa?". Sin más, saco de mi bolsillo la llave del auto de mi madre y se la ofrezco buscando clemencia. Entiende lo que pasa y me planta una bofetada con todas sus fuerzas. Volteo para disculparme y veo que se está quitando el cinturón, pierdo el control sobre el flujo de lágrimas y orina.

 

 

relato C

 

Debía ser fuerte. Por ellas. Sobre todo por ella. No podía derrumbarse. No ahora. Todavía no.

 

Pues ya te digo, Marga. Fran quería llevar a Alicia a ver la nueva peli de Disney el finde, pero ahora  resulta que ya es muy mayor para esas pelis. Así que…
 
—¿Ent… ces… el fin… de… po… emos… que… ar?

—Oye, Marga, se corta. Espera un momento, voy a quitar el manos libres.

 

«¡No te derrumbes delante de ella, maldita sea! ¡Sé fuerte!». Con esos pensamientos atravesó Fran las puertas del edificio; no se daba cuenta de que apretaba la mano de su hija con más fuerza de la necesaria.

—Papá…

Tratando de controlar la respiración, a pesar de que el corazón le iba a mil por hora, Fran buscó con mirada vidriosa a su cuñada Marga.

—Papi… Mi mano, me duele…

La encontró en pie cerca de la puerta. Se mordía el índice a la altura de la segunda falange, como siempre que estaba nerviosa o asustada.

—¡Fran!

—Quédate con Ali. Voy a ver —y le extendió el brazo de la niña. Luego dio media vuelta y evitó correr, aunque caminó deprisa.

 

—Highway to hell!

El hombre canta a viva voz el tema de Ac/Dc mientras conduce por la sinuosa carretera. Una carretera repleta de parches que une el pequeño pueblo donde vive con la ciudad a la que hay que acudir para comprar algo más que pan y embutidos.

La habrá escuchado cientos de veces, y nunca se cansa. Y aunque jamás firmará discos, ni se atreverá a subir a un escenario, ni tendrá suficientes medios para grabar una sola canción, no canta del todo mal. Siempre mantiene la frecuencia de la radio en su emisora preferida: Rock FM, y siempre espera con ansiedad que se emita esa canción. La tiene descargada, por supuesto, pero el lector de CDs de su viejo Saxo no funciona, y está claro que ese brillante tema no suena igual dentro del coche que dentro de casa.


No hay duda, Higway to hell es su canción preferida. Sin embargo, eso se acaba en unos segundos. Lo que ve en el arcén, al tiempo que el clásico suena, hace que jamás pueda volver a escucharlo sin que su mente evoque aquella horrible imagen.

 

Fran regresó a la concurrida sala de espera de la UCI. Las noticias eran malas. Las peores.
Bajo el umbral de la sala de espera contempló impasible a Marga y a su hija. La niña estaba apoyada sobre el pecho de su cuñada, quien la estrechaba en un abrazo. Ninguna de las dos lloraba; pero en cuanto la mujer se percató de la presencia de Fran, sus ojos azules —como los de su hermana— se difuminaron. Alicia también lo vio ahí plantado, pero sus ojos negros —como los de él— no fueron ensuciados por un velo húmedo. Lo miró con una extraña tranquilidad, con una fuerza que finalmente hizo romperse su corazón en mil pedazos, como si le hubiesen arrojado una lanza directa al pecho.
No pudo más. La fuerza se le escapó como se escapa el tiempo, sin remedio.
Se derrumbó.

 

—¡Ah, mierda! Ya se ha quedado pillado, siempre igual…

—Oye, Sof… ía… mejor seguimos cua… do llegues…

Sofía continúa con los ojos clavados en la pantalla del móvil. La imagen de la llamada se ha congelado. El teléfono es antiguo y falla muy a menudo. Golpea con el dedo el icono del altavoz, para quitar el manos libres.

El coche se desvía ligeramente hacia el arcén.

El pie del acelerador ejerce más presión en el pedal de la debida.

—Tranquila, Marga, si estoy casi entrando al pueblo.
El pulgar de Sofía, blanco como el dedo de un cadáver, aprieta con fuerza la zona de la pantalla en la que está situado el icono del altavoz. Al fin el teléfono reacciona y logra pulsarlo.

—¡Bien! ¡Ya! —dice al tiempo que se lleva el móvil a la oreja y alza la cabeza para fijar los ojos en la carretera; solo que al otro lado de la luna ya no hay carretera, sino una profunda cuneta, a escasos centímetros del morro del coche.

Marga alcanzó a Fran al tiempo que las rodillas se le deshacían. Se pasó uno de los brazos de su cuñado sobre los hombros y lo condujo al asiento, ambos con los ojos anegados de lágrimas.

—Ha… Ha muer… to —sollozó Fran casi sin aliento—. Sofía… ha… muerto, Marga.

La gente los observaba sin ningún pudor, aunque probablemente pensando en sus propios familiares.

De pronto, Fran sintió una mano sobre su mejilla. Una mano fría y pequeña. Hizo un esfuerzo enorme por levantar la cabeza y mirar al frente. Al principio las lágrimas le mostraron una imagen borrosa, pixelada. Luego una manga le limpió los ojos y pudo ver a Alicia. Seguía sin llorar. Su hija de siete años había escuchado las dolorosas palabras de su padre y seguía sin derramar una sola lágrima.

—Papi. —Su voz trémula revelaba que en su interior se contenía una emoción poderosa. Pero ¿por qué no la exteriorizaba? ¡Era una niña que acababa de perder a su madre, por el amor de Dios! La respuesta le llegó de inmediato con una sola palabra que disipó las sombras que cubrían sus pensamientos—. La llave.
Fran comprendió entonces la actitud sosegada de su hija, y la miró con tal cariño que por un instante le hizo olvidar lo ocurrido hacía unos minutos. No tenía los ojos de Sofía, pero sí su expresión. Contemplarla en ese instante, tras la mención de La llave, le hizo comprender que no todo estaba perdido. Que su mujer no había fallecido ese día; no del todo, al menos. Y que al igual que Alicia, él también debía ser fuerte, como al principio. Por ella.

—Toma, papi. —La niña extendió la mano con la palma hacia arriba. Vacía—. Cógela.

Marga observaba la escena confusa, sin poder parar de llorar y mordiéndose el dedo.

—Yo no la necesito, cariño —le dijo Fran a su hija cerrándole los dedos con suavidad sobre la palma, como si la hiciera proteger algo muy preciado—. Quédatela tú. Yo ya tengo mi propia llave.
Y aunque le resultaba extremadamente doloroso, sonrió.

 

«¡Todo por una puta tableta de chocolate! —piensa Fran sin poder contener la rabia, una rabia mezclada con la más profunda desesperación—. ¡Joder! Siempre tiene que ir; no puede esperar. Si se la antoja algo, allá que va. Da igual la hora o si acabamos de llagar. ¡Joder!»
No puede evitarlo, Fran es así. Se irrita con facilidad ante cualquier suceso que quiebre su monótona vida. En este caso no se trata de «cualquier suceso», y por ello un profundo sentimiento de culpabilidad lo invade de inmediato como si diminutos insectos lo devoraran por dentro. ¿Cómo podía ser así?

Camina de un lado para otro. Se encuentra en la habitación de ambos con el corazón luchando por atravesar su pecho. No deja de pensar en las palabras del agente de la guardia civil que acaba de llamarlo. No puede creerlas. No puede ser. Su mujer no ha podido tener un accidente de coche.

De nuevo suena su móvil con esa estúpida cancioncilla circense. Parece mentira que un tono de llamada tan alegre traiga tan malas noticas.

Lo coge. Es Marga, su cuñada.
—Fran, estoy intentando llamar a Sofía y no contesta. ¿Pasa algo? Estaba hablando con ella y de repente se ha cortado. Creía que era por la cobertura, así que no la he vuelto a llamar hasta un rato después. Lo he intentado varias veces y nada. Estoy preocupada. ¿Pasa algo?
Por un momento, Fran no sabe qué contestar. Aún está procesando las palabras de Marga, las cuales resuenan en su cabeza como un eco eterno.

—¿Fran?
Fran camina hacia la cama con el teléfono pegado a la oreja. Se sienta lentamente.

—¡Fran, ¿qué pasa?! —Marga insiste, ahora con una pincelada de terror en la voz.

—Ha tenido un accidente, Marga —suelta al fin el hombre. El nudo en el pecho y la garganta se ha deshecho, y las palabras son expulsadas de sus labios de un modo automático—. La llevan al hospital ahora mismo.

—Oh, Dios, mío. No… Voy para allá ahora mismo.

Fran deja caer el móvil al suelo. No puede contener el llanto. Una vez iniciado, no está seguro de si podrá pararlo.

De pronto, un pensamiento cruza por su mente. ¿Qué demonios hace ahí metido todavía? ¿Por qué no está de camino al hospital?

Los golpes en la puerta de la habitación responden a ambas preguntas.

—¿Papi? —Es Alicia—. ¿Dónde pongo las naranjas?

Cuando le sonó el móvil por primera vez, estaban colocando la compra. Acababan de llegar cuando Sofía se dio cuenta de que se le había olvidado el chocolate, y no pudo esperar. ¡No pudo esperar! Claro que no.

¿Cómo se lo va a decir a la niña? No le da tiempo a reflexionar más; Alicia abre la puerta y entra. Él le da la espalda y se limpia los ojos y la nariz. Respira hondo y comprende que no puede mostrarse débil. No delante de ella.

—¿Papi?

Tiene las naranjas apoyadas contra su tripita, sujetas por sus bracitos.

—Escucha, cariño… —Fran se pone de rodillas delante de ella. Enmarca la pequeña cara entre sus grandes manos. Sorbe la nariz y tiene que suspirar profundamente para no romperse—. Mamá… Mamá ha tenido un pequeño accidente con el coche. Tenemos que ir al hospital ahora mismo, ¿vale? Allí está la tía Marga…

Las sombras de desolación que se posan sobre el rostro de su hija le hacen detenerse; una palabra más y él tampoco podrá controlar la emoción.

Los bracitos de Alicia dejan caer las naranjas, que chocan contra el suelo y ruedan, algunas hasta debajo de la cama.

Fran abraza a su hija al tiempo que esta rompe a llorar.

—¿Se va a morir? —pregunta entre sollozos la niña.

Aquello le duele tanto, que le cuesta volver a hablar.

—No, cariño, claro que no.

Miente, por supuesto, pero no solo a su hija, también se miente a sí mismo, puesto que el guardia civil le ha dicho que es grave. Muy grave.

Continúa abrazándola durante varios minutos; no quiere volver a ver aquel rostro tan triste. Un padre nunca debería ver la cara de un hijo con esa expresión. Se le ocurre algo, pero no solo por él, sino también por ella.

La aparta y se obliga a mirarla. Tiene la cara empapada de mocos y lágrimas. Su pequeño pecho da unos espasmos sobrecogedores, como si poseyera un desfibrilador interno.

—Mira, cariño, escucha, ¿vale? Escucha lo que te va a decir papá, ¿de acuerdo?

La niña asiente y hace un nulo intento por apartar algo de agua de uno de sus ojos.

—Vale.

Fran introduce una mano en el bolsillo de su pantalón vaquero y la extrae cerrada.

—Quiero que cojas esto.

Extiende la mano al tiempo que la abre, con la palma hacia arriba. Vacía.

Los espasmos de Alicia ceden ligeramente. Parece que su padre ha logrado despertar su curiosidad, a pesar de todo.

—¿Qué es? —le pregunta, enjugándose bien los ojos, con el labio inferior más adelantado que el superior, a modo de puchero.

—¿No la ves? —Alicia niega con la cabeza—. No me lo creo. Es una llave.

—¿Una llave?

Cada vez solloza menos.

—Sí. Quiero que la cojas y la utilices cuando estés triste, como ahora.
Con la otra mano, Fran sujeta la de su hija y posa la llave invisible en su palma.

—¿Ves? ¿A que sientes su peso?

La sonrisa que esbozan los labios de la pequeña le da a Fran aún más fuerzas para continuar fingiendo calma.

—Sí. Pesa un poco.

—¡Claro, es de verdad!

—¿Y qué abre?

—Pues mira, solo tienes que girarla así —guía la mano de Alicia con la suya y giran las muñecas en el aire, como si estuvieran abriendo una puerta—. Tiras de la puerta así… y das un paso. Y una vez dentro, todas las preocupaciones, toda la tristeza desaparece. ¿A que te sientes más tranquila ahora? Como yo, ¿ves?

Alicia ha dejado de llorar por completo. Su respiración ha vuelto a la normalidad.

—Sí.

Fran le da un beso en la frente.

—Bien. Ahora vamos a ir al hospital y tú te quedarás con la tía. Y quiero que me prometas que no vas a soltar la llave en ningún momento, porque si lo haces, la habitación desaparecerá.

—¿La habitación viene conmigo?

Pregunta eso con un asomo de la tristeza anterior.

—Por supuesto. Va donde tú vayas, siempre que tengas la llave… ¿Me lo prometes entonces?

Alicia se mira la mano vacía. Sonríe, vuelve a mirar a su padre, y asiente con la cabeza.

Vale. Te lo prometo.

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  • Mi comentario al respecto es que Antonio nos presentó una historia bien tejida con la tentación de adentrarnos en el inframundo, en él nos encontramos con la imposibilidad de hacer nada y con el reloj que camina inexorable hacia el final. En el caso de Horacio nos presenta un relato cíclico, puesto que termina como empieza, sobre una realidad bastante dura, que se muestra muy descarnada. Ni que decir tiene que está muy bien relatado. Por último con respecto a Ricardo la impresión que me dio al leerlo es que ha acertado de lleno con la estructura ya que si estuviese contado de manera lineal su lectura sería demasiado previsible, mientras que de esta manera el lector tiene que andar más despierto. Genial la resolución de la llave y el niño.- Enhorabuena a los tres y en especial a Horacio del que admiro su capacidad de trabajo.
    Vaya, ha salido doble, cómo lo odio. Bueno, en fin. Alejandro, tengo otras historias con este estilo; creo que la que más se acerca es ''Final sin fin''. Luego también tengo dramas, pero como bien dices, no es el estilo más abundante en mis textos. Un saludo a todos y enhorabuena a Horacio por ganar este duelo de exhibición. Antonio, un placer haber vuelto a participar contigo.
    ¡Hola! Gracias por las votaciones y los comentarios. Isabel, me alegra que te guste esa imagen. Lucio, en cuanto a lo de la cursiva lo pensé mucho. No me gusta leer cosas en cursiva, por eso no me convence del todo poner esas partes de ese modo, pero como no se suele leer con mucha atención, decidí hacerlo así para no confundir demasiado. Por otra parte, los flashbacks no solo están marcados con la cursiva, sino también con un tiempo verbal diferente, así que debería quedar clara cada parte, y de hecho, tras leer lo que dices sobre que no es necesaria he decidido subirlo al blog sin la cursiva, que es realmente como yo quiero.
    ¡Hola! Gracias por las votaciones y los comentarios. Isabel, me alegra que te guste esa imagen. Lucio, en cuanto a lo de la cursiva lo pensé mucho. No me gusta leer cosas en cursiva, por eso no me convence del todo poner esas partes de ese modo, pero como no se suele leer con mucha atención, decidí hacerlo así para no confundir demasiado. Por otra parte, los flashbacks no solo están marcados con la cursiva, sino también con un tiempo verbal diferente, así que debería quedar clara cada parte, y de hecho, tras leer lo que dices sobre que no es necesaria he decidido subirlo al blog sin la cursiva, que es realmente como yo quiero.
    Pues a mi, aunque el que más me llegó fue el de Horacio, ya dije que el que estaba más bien escrito, para mi, era el de Ricardo. Y como a Lucio, me sorprende muchísimo que sea de él, tan alejado de su estilo (a mi me recordó al de Ana Madrigal). Por eso creo que tiene un mérito enorme. Me encanta cuando veo que la gente se vuelve cada vez más versátil, como el mismo Ricardo. Te aplaudo compañero (y a Horacio y Antonio también, por supuesto).
    Sorprendido de conocer a los autores, no me lo esperaba para nada. Felicidades a los tres. Me ha sorprendido el de Horacio, lo mejor que te he leído por aquí, y Ricardo, algo totalmente fuera de tu registro habitual y aún así muy bien trabajado. Muy bien también Antonio.
    A14 AntonioPérezRuiz ..................B18HoracioDeLaBarreraCampos ................C16RicardoZamorano
    C3 B2 A1
    El C me ha gustado mucho, se maneja con maestría en los flashbacks temporales, proporcionando al lector la información necesaria en cada momento para que pueda seguir la acción. Ayuda la cursiva que se emplea al narrar las acciones pasadas, aunque quizás no fuese necesaria. Es además un relato tierno y yo si pienso que emotivo, y el título está encajado de forma sutil y muy original. Además es el mejor escrito de los tres. Los otros dos son a mi juicio también buenos relatos, la fuerza del B es el retrato de la psicología del protagonista, acosado por la figura de su tío y la indolencia de su madre, sin duda un trabajo bien elaborado en ese aspecto. El A plantea una original visita al infierno y nos deja ese final abierto e inquietante.
    C3 B2 A1
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    relato A por Javier Guerra, relato B por Sacha Marisco. Ganador relato A.

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    Vamos, participa. Yo sé que quieres... Hasts ahora contamos con la presencia de Ana María Madrigal, Javier Guerra, Antonio Perez, rayo de luna, Lucio Voreno, Paco Castelao, purple, y otros 10. Unos nuevos, otros veteranos.

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