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11 min
duelo: "María"
Amor |
12.03.17
  • 5
  • 9
  • 1888
Sinopsis

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duelo: María

 

relato A

María despertó 24 horas antes, tumbada en el sofá del comedor de una casa que no era la suya. Tenía una pistola descargada en una mano, en la otra unas llaves de coche y... un cadáver acuchillado a sus pies, sin herida de bala alguna. La pistola no era suya y tampoco tenía permiso de armas, aunque eso poco importaba, dadas las circunstancias. Llamó a la policía, sin pensar si era lo oportuno, y la Científica se marchó al rato con todas las pruebas de que pudieron hacer acopio, dejándola sola ante un agobiante detective que no paraba de preguntar. Le juró no tener relación con el tipo asesinado, salvo que lo había conocido el día anterior en la biblioteca y que la invitó a una copa, horas después. Estaba harta de las insidiosas preguntas. Que investigaran y la dejaran tranquila. No había tenido nada que ver en aquel macabro asesinato, pero alguien quiso descargar toda la culpa en ella. Y aquel detective no quería más que inculparla. Por eso decidió que debía analizarse si había tomado drogas, ya fuera de forma voluntaria o porque alguien la hubiese drogado.
Al salir de la vivienda un coche contenía su bolso vaciado en el asiento trasero. Las llaves eran de ese coche, pero tampoco era suyo. Quiso rescatar el bolso, pero se le negó la entrada. No debía tocar nada. ¡Y ahí podía estar la explicación de todo!
Tiene derecho a guardar silencio...

— ¿Tardarán mucho en devolverme mi bolso?— insistió María deseando salir cuanto antes de aquel frenético lugar, la Comisaría de Policía.
— Señorita, la grúa que trae el vehículo se encuentra en un atasco. Tendrá que tener paciencia— le respondió un agente mientras colgaba el teléfono tras atender a su conductor — Además, tenemos órdenes de retenerla hasta que el detective Alejandro vuelva. Él dispondrá qué hacer con usted.

María se puso en pie de un salto y comenzó a dar vueltas en torno a la silla que, segundos antes, ocupaba. ¡Alejandro. Así que ese era su nombre! ¿Casualidad? Entonces le vinieron a la mente ráfagas de lo ocurrido el día anterior. El tipo de la biblioteca se acercó mientras ella hacía acopio de información para su tesis. En voz baja, aterciopelada, la sedujo, o eso quiso entender ella. Su consulta era del dominio de él, ya que le dijo que era profesor de historia medieval. Es más, si le permitía, podría asesorarla, dirigirla, en la elaboración de su tesis. La invitó a tomar unas copas aquella noche para concretar el modo de hacerlo. Después recordaba haber subido a un vehículo, seguramente aquel que contenía su bolso, y haber recorrido un corto trayecto hasta las afueras.
Llegaron a una vivienda en el centro de un magnífico jardín. El camino de la entrada estaba iluminado con antorchas. Recordaba también haber departido una agradable velada hasta que… fueron asaltados por unos tipos con pasamontañas, muy agresivos. Se asustó. Portaban pistolas. Tal vez una de ellas fue la que terminó encontrándose entre sus manos. Gritaban y obligaban a su acompañante a entregarle unos documentos, aunque sin efectuar un solo disparo para no alertar a vecinos. Por ese motivo la suya estaba descargada. Y terminaron asesinando con un cuchillo, aunque esto no pudo verlo. Recordó que uno llamó a otro por su nombre, Alejandro. Si fuera capaz de reconstruir lo ocurrido antes de recibir el posible culatazo que la dejó inconsciente, podría asestar un duro golpe a aquel criminal. Disponía de poco tiempo. Pero era inútil. No podía recordar más... ¡Su bolso! Seguro que fue él quien lo vació buscando toda la información que necesitaba de ella. Ahí estaba su condena. Necesitaba un abogado que poco podría hacer por el momento, aunque sería un testigo fundamental en la delación. Habló de nuevo con el agente para hacer la petición.

Alejandro volvió al poco. Traía unos papeles que dijo ser los resultados de los análisis realizados. Eran negativos. Por tanto María estaba plenamente consciente de lo que pudo ocurrir en aquel salón. Cuando trajeran su coche se sometería a una intensa exploración.
— Ese no era mi coche.
— Se encuentra aún bajo los efectos del shock, créame. En él estaba su bolso.
— He pedido un abogado. No pienso contestar ninguna otra pregunta hasta que esté presente.
— Como quiera, pero le advierto que cuanto antes reconozca que tuvo alguna implicación, aunque no fuera la asesina, más fácil sería todo. Puedo mediar para atenuar su condena— dijo bajando el tono de su voz, acercándose a ella.
— No me agasaje. No pienso reconocer algo que no hice.
Alejandro se retiró con una sonrisa. Creía tener la partida ganada, pensó María. “Busca en tu mente. Piensa”.
El agente le trajo un café que agradeció. Después de todo solo está cumpliendo con su trabajo, razonó, recordando que minutos antes habría deseado que se muriese. Estaba deseando marcharse pronto, sin embargo necesitaba tiempo para urdir la trampa. Una pregunta guiada por las respuestas anteriores conduciría a aquel desalmado a reconocer que había hurgado en su bolso y, por tanto, que estuvo en la escena del crimen. Debería moverse con extrema cautela.
Al cabo de media hora apareció la abogada y María la informó someramente de la situación, haciendo especial hincapié en el bolso.
Pasemos a la sala del fondo, requirió Alejandro.
Éste formuló una batería de preguntas, esquema básico de su actuación como detective, que María intentaba encauzar y que, de momento, no la estaban ayudando. La abogada intervino en alguna ocasión para que María no hablase más de la cuenta. Se estaba entusiasmando en la canalización y no se apercibía que se hundía con sus declaraciones.
— … y aún tenemos pendiente la exploración de su vehículo— seguía argumentado el detective.
— Ya he dicho que no era mío. Ni siquiera tengo carnet de conducir.
— ¡No mienta! Sí que lo tiene, yo mismo lo... — bajando el tono de voz y pausando esas últimas palabras demasiado tarde.
— ¿Cómo puede afirmar esto si el vehículo aún no ha sido entregado a la Científica? a no ser que fuera usted mismo quien vació el bolso— arguyó con firmeza la abogada. — Vamos María, no pueden retenerla más tiempo aquí.


 


relato B

Mi comadre es más mocha que yo, y miren que la verdad yo a veces exagero. Por eso nos llevamos tan bien, fuera de eso no tenemos nada en común: le llevo más de diez años, ella está casada y tiene una niña, y yo soy soltera y vivo sola con mis dos gatos. Ella siempre mostró mucho interés por la iglesia y todas las actividades relacionadas, por eso nos hicimos buenas amigas.  Nunca falta los domingos y además del diezmo mensual veo que siempre mete dinero en la misa cuando pasan la bolsita. Mi comadre seguro se va al cielo.

—Comadre, es que la niña dice que ve a la virgen —me informó preocupada.

—Ya ve como son los niños comadre, seguro lo escuchó de uno de los niños del grupo de catecismo y lo anda repitiendo —traté de calmarla.

Mi ahijada se preparaba para hacer su primera comunión y yo era su maestra. La clase era los jueves en la tarde y nos faltaba un mes para terminar el curso. Mi comadre no sabía qué decirle a la niña porque nunca había dicho mentiras. No sabía si castigarla o llevarla al psicólogo, esas cosas a mí no me parecían así que le pedí que no fuera extremista y que me diera oportunidad de hablar con mi ahijada; como su madrina y como su profesora de catecismo. Quedamos en que la próxima clase me la llevaría más temprano.

—¿Sabes que mentir está mal? —Solté la pregunta con discreción, mientras me hacía el dibujo del paraíso que le había pedido.

—Mentir es pecado. Es como robar y matar. El que dice mentiras se va al infierno —respondió enseguida sin dejar de pintar las nubes donde bailaban los animales.

La niña tenía bien claro lo que era de dios y lo que no, se sabía sus oraciones, estaba también en el coro y jamás daba lata. Tuve que investigar de manera indirecta, le pregunté "¿Qué piensas de María?", a lo que contestó con una gran sonrisa "María viene a mi cuarto a veces y me dice que me ama". Fui a pasarle el reporte a la comadre en la noche, cuando la niña dormía.

—No dice mentiras, de verdad cree que la virgen la visita. Dice que juega con ella y que le dice que la ama. No considero que sea un problema comadre, déjela ser; verá que se le pasa en un rato —sugerí y le entregué mi cuadro favorito de la virgen para que lo pusiera en el cuarto de mi ahijada.

—Comadre pero no está bien que ande diciendo esas cosas —expresó confundida.

—Igual y es cierto comadre, la virgen María viene a visitar a la niña. Y si no es así, la niña así lo siente, ¿para qué le enseñamos que eso es imposible o que está mal? —Cerré la discusión con total seguridad en mis palabras. Mi comadre me agradeció y se fue a dormir tranquila.

Al día siguiente me sorprendió ver a la comadre sentada frente a mi puerta, siempre habla por teléfono antes de venir. Estaba inconsolable, tenía los ojos rojos e hinchados. No podía explicarme lo que sucedía. Me abrazó largo rato y lloró, cuando se pudo controlar me llevó de la mano sin contarme el problema. Yo no entendía nada, me sentía triste de verla así, asustada e impotente. Al llegar a su casa lo primero que vi fue mi cuadro de la virgen en el suelo, roto.

—¿Qué hace mi cuadro en el suelo? —Pregunté con molestia disimulada al ver uno de mis tesoros más preciados destruido.

—No sé qué hacer ni que decirle; hable usted con ella —suplicó mi comadre con la mirada perdida.

—¡Qué hace mi cuadro en el suelo! —Reclamé furiosa, me le fui encima y la agité de los hombros.

—¡Lo rompió la niña! —Confesó avergonzada.

Me contó que cuando la niña regresó del colegio y vio el cuadro lo rompió. Discutió con la niña y al darse por vencida fue a esperarme a la puerta de mi casa. Fui al cuarto de la pequeña para regañarla.

—¿Por qué rompiste mi cuadro de María? — Me dirigí a ella como si fuera un adulto.

—Esa no es María, y ni María ni yo queremos esa cosa en mi cuarto. —Contestó la muy descarada, sin voltear a verme por colorear su dibujo.

Un aire frío llenó la habitación, o fueron mis nervios. Afuera la calle se nubló, oscureciendo el cuarto de mi ahijada.

—¡Esta es la virgen María! —Aseguré furiosa al mostrarle el papel maltratado.

—María tiene el pelo largo, su ropa es negra y no tiene ojos —me informó al mostrarme su versión de María que dibujaba con tanto ahínco.

Era un dibujo horrible, pero muy bien hecho; como si fuera un artista y no una niña quien lo hubiera creado. Las manos huesudas y las uñas largas parecían reales. Los detalles del rostro eran lo más macabro, parecía la fotografía de una mujer a la que le habían arrancado los ojos.

 Antes de darle una bofetada a la infame malcriada vi a su María en el espejo, flotando de cabeza hacia mí.

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