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4 min
Duendes
Fantasía |
05.12.07
  • 4
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  • 1895
Sinopsis

Mi casa está llena de duendes.
Todos los días pierdo algo, que reaparece al cabo del tiempo en un lugar completamente insospechado. Da igual qué objeto sea (aunque les gustan más los que brillan), déjalo encima de la cama, bien visible y a tu alcance, y en el momento que le des la espalda, los duendes se lo llevaran sin dejarte esperanzas de encontrarlo. A veces, si lo pides con educación, te lo devuelven en poco tiempo, aunque la mayor parte de las veces lo encontrarás en lo alto de un armario, o debajo de un tablón del suelo, o en el alfeizar de la ventana.
Un día colgué un móvil de campanitas en la ventana. Muy zen, muy relajante... lo tuve que quitar a los tres días, porque, ventana cerrada y todo, los duendes tuvieron a bien columpiarse de él día y noche, creándome auténticas psicosis sobre filtraciones de aire y cristales rotos, hasta que les descubrí in fraganti.
Se enfadaron mucho conmigo, claro, y no encontré mi cartera en toda una semana...
La cocina les gusta mucho. Migas de galletas que no como se esparcen por todas partes, para gran jolgorio de los pocos ratones que vienen a visitarme. Les encanta ducharse en las gotas de agua que caen del grifo, así que da igual lo mucho que yo apriete la manija, siempre gotea. Son limpios respecto a su persona, estos duendes.
A veces me encuentro hojitas en el armario de la despensa. Hojas desconocidas, que no son laurel, ni perejil, ni nada que yo reconozca. Puede que las usen como manteles, o que me las traigan de regalo... o quizás quieran envenenarme con ellas para echarse unas risas. Nunca me las como, les doy las gracias haciendo reverencias, y las tiro discretamente a la basura.
Yo no sé si será el olor de la comida, o el calor del fogón, el caso es que más de una vez uno se descuidó, y le di un puntapié sin querer. Sé que se lo di, porque aunque no suelo verles, noto como si pateara algo blandito (que evidentemente no está ahí), y en una memorable ocasión escuché hasta un YIP! indignado. Los duendes, como los niños, no deberían rondar por las cocinas.
No es que no les vea, realmente y a todo esto. Les veo por el rabillo del ojo, diminutas sombritas que salen corriendo cuando intuyen que les observo. Si no les veo, les oigo, campanitas invisibles que hacen reír al silencio. Pero el puntapié ocasional se lo siguen llevando, a pesar de todo.
Luego están esos otros duendes, los del sótano, un bullir incierto que no se oye, se siente cuando bajas los escalones a oscuras. Siempre me tomo mi tiempo para encender la luz, porque nunca perdí la esperanza de ver sus ojos observándome desde los rincones. Pero estos duendes son mucho menos sociables que los otros, y prefieren que se les deje a oscuras y en paz. Muy pocas veces salen del sótano, y cuando lo hacen una cierta malignidad se extiende por la casa, haciendo que los otros, bullangueros y amistosos, se replieguen temblando debajo de mi cama, entre almohadones de pelusa que guardan celosamente y que ninguna escoba es capaz de eliminar del todo.
Un duende, sentado en mi hombro mientras escribo esto, patalea de gusto al ver que escribo sobre ellos. Son los duendes muy vanidosos, y quisieran que hablara de ellos todo el día. Pero no lo hago, no se toman bien las críticas, y un duende paseando con aire inocente cerca del ordenador es un presagio de faltas de ortografía, finales que se pierden, y textos que desaparecen en la nada.
Por cierto, diréis algunos, ¿cómo es posible que creas en duendes? La respuesta es que no importa si yo creo en ellos o no, son ellos quienes creen en mí...
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