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4 min
Dulce Cindy
Terror |
24.09.13
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Sinopsis

Este relato está inspirado en un incidente que viví cuando era niña, en un zoológico, con un "depredador". Después de haberlo escrito, me dí cuenta de la semejanza y que había hecho "catarsis" una vez más de mis malos recuerdos, gracias a la escritura. (La historia real tuvo final feliz: mi "ángel de la guarda" me hizo escapar, y estoy viva para contarlo...)

Desde hacía más de una década, el hombre seguía una rutina particular todos los sábados del verano: se levantaba temprano y pasaba el día entero en el zoológico de la ciudad.

Él era un fotógrafo profesional, y allí ofrecía sus servicios como cualquier otro.

Desde hacía dos semanas su centro de atención eran los visitantes de las jaulas de los monos.

Aunque aquellos animales le provocaban repulsión porque a su juicio eran sucios y obscenos, su interés se centraba en una familia en particular: una mujer mayor –suponía que se trataba de la abuela– y tres niños pequeños.

El sábado anterior había conseguido varias fotografías estupendas, todas ellas con la misma protagonista: la más pequeña de los tres hermanos.

En general los adultos solían prestar atención de modo especial a los niños rebeldes y problemáticos; de esta manera quedaban en segundo plano sus retoños más dóciles y tranquilos.

Estos niños eran la «especialidad» del solitario fotógrafo.

En tanto sus hermanos acaparaban la atención de la abuela, la pequeña iba unos pasos por detrás del grupo, mirándolo todo con sus redondos ojos azules. Llevaba un par de coletas rubias que se balanceaban al andar.

El observador calculaba que no tendría más de cuatro años; a lo sumo cinco. También notó que la niña abrazaba un muñeco de trapo con forma de pulpo, y por el aspecto de los tentáculos se notaba que el muñeco era mayor que su propia dueña.

Aquel era el tercer sábado que acudía la familia al zoológico, y el verano estaba por acabar. El fotógrafo debía hallar ese mismo día su oportunidad.

Esta no tardó en aparecer: uno de los niños, tras haber metido la mano en la jaula de los chimpancés, y recibir como consecuencia un doloroso mordisco, comenzó a llorar y atrajo la atención de la gente que se hallaba cerca.

Él se acercó a la niña con naturalidad y le dijo que quería sacarle una foto a ella con su muñeco, y que tenía permiso de la abuela para hacerlo.

La pequeña cogió su mano y se marchó con el simpático señor.

Nadie los vio partir en una furgoneta oscura.

De camino a su casa, él preguntó a la niña su nombre. «Cindy» fue la respuesta, con un suave ceceo que lo hizo sonreír.

Repitió aquel nombre para sus adentros: «Cindy, dulce y tierna Cindy». Ya la amaba. Y pronto la amaría más todavía.

Cuando llegaron a su hogar, llevó a la niña a una habitación y la encerró allí mientras él se cambiaba de ropa: una camiseta y pantalones cortos reemplazaron su habitual uniforme de «cacería».

Era una suerte que la niña estuviera tranquila hasta entonces; de hecho, ahora mismo, al acercarse a la habitación, la oía hablar con su viejo muñeco de trapo.

«Adorable Cindy» pensaba cuando abrió la puerta.

El cuarto se hallaba en penumbras, pero distinguió con claridad la silueta de la niña sentada en la misma posición en que la había dejado: en la cama, con el muñeco a su lado, apoyado sobre la almohada.

El hombre se sentó despacio junto a la niña, y le dijo que iban a jugar un rato.

–¿No nos vas a sacar fotos? –preguntó la pequeña, con sus grandes ojos que brillaban en la oscuridad.

–Primero jugaremos a algo divertido. Yo seré tu papi.

–No tengo «papi».

–Por eso mismo; ven, siéntate aquí –le señaló sus piernas– te enseñaré cómo se juega.

–¿Puede jugar mi muñeco también?

–Aún no. Lo haremos nosotros primero.

Cuando tuvo el cuerpecillo sobre sus muslos, el hombre encendió la lámpara de la mesa de noche: no quería perderse los detalles del encuentro.

Dirigió su mirada al pequeño rostro vuelto hacia él, que en aquel momento le estaba sonriendo: notó que la boca se abría más y más, mostrando encías negras y dientes puntiagudos, al tiempo que entre los dorados rizos surgían apéndices como tentáculos fríos y viscosos al tacto, que en ese instante lo rodeaban en un abrazo mortal.

De aquella boca monstruosa surgió una voz inhumana que dijo:

–Cindy ahora no está. ¿Quieres jugar conmigo?

 

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  • José Martin, Kenny, Pielfría, Domenikos: muchísimas gracias por los comentarios. Un abrazo.
    Me uno a la opinión de Ender, el final me hizo estremecer y, eso, no suele sucederme. El estilo es fluido, así como la historia amena y no decae.
    Me ha encantado
    Un ritmo muy conseguido cara a la sorpresa final, un relato que sorprende sin engañar. Felicidades.
    Muchas gracias Ender por tu comentario, es increíble como algunos lectores me revelan a mí cosas que yo no llego a ver en el relato a simple vista; me refiero a lo que dices sobre el "alivio" por la llegada del monstruo final... Es cierto entonces una afirmación que leí alguna vez: que la mirada del lector enriquece el texto, además de darle vida. ¡Gracias! Saludos.
    Es difícil que un relato de terror me sorprenda, pero este tuyo lo ha conseguido y está muy logrado. Independientemente de la catarsis, el desasosiego va increscendo confome avanza el relato y nos soprende con esa entrada final par darle un giro de ciento cochenta grados a la historia. Y por una vez la llegada del "monstruo" es recibida con alivio.
    Muchísimas gracias a todos por los comentarios y las valoraciones. Paco, el símil con la araña define a la perfección el personaje abiertamente oscuro del relato; Esteban, comparto tu deseo; Umbrío, es el desenlace que visceralmente deseo para algunos monstruos que andan sueltos; José Manuel, te doy la razón en todo lo que señalas, es cierto, la puntuación no pasó por mi filtro de la "lógica" literaria, sino que así, en "bruto" sintonizó con el contenido... Un abrazo para cada uno.
    La gran cantidad de puntos y aparte cortan la narración, suspenden continuamente la lectura y no la hace fácil, sino estresante, incómoda y desasosegante, y así mejora el lado depravado de la historia. Saludos.
    Muy bueno. Lástima que no todas las historias terminen así con el depredador convertido en presa. Saludos.
    Más que ángel de la guarda fue el demonio de la guarda el que ejecutó la venganza y le dio su merecido al maldito pervertido. Tremendo relato, Fabiana, la araña tejiendo su tela y la inocente presa que se convierte en horrendo depredador, pero nos cae simpático porque el verdadero monstruo es la araña atrapada en su propia trampa. Saludos.
  • Una mujer había buscado al amor de su vida inútilmente, hasta que se cruzó con alguien y supo al instante que era él. Solo que no conocía su secreto...

Disfruto leyendo y escribiendo historias. Me gustan los gatos y el mar. He publicado en Amazon tres novelas de suspense romántico, un libro de relatos, y varios cuentos infantiles.

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