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13 min
Dulce escalofrío
Amor |
28.05.21
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Sinopsis

El sol ya abrasa por encima de las lomas mientras conduzco con cuidado por una polvorienta carretera. Creo que me he perdido tratando de llegar al chalet que he alquilado en la sierra para el fin de semana, cerca de un pequeño pueblo con los servicios mínimos en el que apenas viven medio centenar de personas.

Después de un tramo sin cruzarme con vehículos, consiguo llegar a la entrada de la aldea, aunque me detengo en la gasolinera para llenar el depósito.

Es cuando salgo del auto que oigo por detrás una voz femenina y juvenil diciéndome que necesito un baño.

En un reflejo inconsciente levanto un brazo y compruebo mi axila, aunque me extraña que vaya sudado, pues he llevado el aire acondicionado puesto durante el trayecto. Me siento estúpido al girarme y ver aquella preciosa chica rubia mirándome y riendo por dentro, cucurucho de chocolate en mano. Entonces caigo en la cuenta de el que necesita un baño es el coche, pues me señala con coquetería el túnel de lavado que se halla apartado a unos pocos metros, detrás de los surtidores.

El calor ambiental consigue disimular mi sonrojo al observar lo bien que le queda el cortito vestido ligero que ciñe todas sus curvas. Su mirada es tremendamente provocativa y tentadora cuando lleva el helado a sus labios para saborearlo con pecado.

Consigue contagiarme de su sabor y trago saliva al mismo tiempo que ella se relame.

Esto no puede estar pasando. El cambio de temperatura ha debido afectar mi vista, y lo que mis ojos captan bien podría ser un espejismo del paraíso divino.

Un impulso repentino me obliga a pedírselo.

- ¿Te apetece compartir un baño...? - hago un ademán con la mano para conocer su nombre y le regalo mi mejor sonrisa.

- Ari - se presenta sin comedimiento.

Pega otro chupetón al cucurucho, dejando mi pregunta por responder. Se lo piensa traviesa, sin dejar de posar esos ojos profundamente pardos y llenos de vida sobre los míos. Me encojo de hombros y separo las manos en gesto de impaciencia.

- ¿Tienes algo mejor que hacer? - apremio.

- Vale - contesta por fin caminando hacia mí - pero porque llevas aíre acondicionado y así no se me derrite fácilmente.

La madre que la... He tardado en llegar hasta aquí arriba pero creo que valdrá la pena.

Dejo el repostaje para luego y cogemos asiento en el interior del vehículo.

Nos sonreímos. Parecemos dos adolescentes a punto de hacer alguna travesura. Y no sé si es la fria temperatura del interior del vehiculo o la cercanía de mi mano en sus hermosas redondeces, pero muestra una satisfacción que despierta el reposo de mi relajado apéndice. La miro en un intento de disculpar la vida que su presencia insufla a mi cuerpo, y ante mi azoramiento, ambos acabamos riendo. Aunque la risa acaba por transformarse en deseo en su semblante.

Enciendo el motor del auto y lo acerco a la entrada del túnel, donde un hombre con mono gris me cobra. Subo la ventanilla y empezamos a notar el frescor del aire ascender por las piernas. Me perturban las suyas. Paro el motor.

Chorros de espumosa agua salpican los cristales inesperadamente.

- Qué piernas más bonitas tienes - observo.

- Las tuyas tampoco están mal - responde con brillo en sus ojos mirando brevemente mis muslos cubiertos de vello.

El coche se mueve al ser arrastrado hacia la enorme máquina de lavado y nos balancea.

Por un momento deseé que dijera: "son para atraparte mejor", sin embargo se muerde el labio inferior y le pega un lametón al cucurucho, que comienza a derritirse, cayendo una gota alargada y chocolateada sobre su canalillo.

- Vaya marrón - bromea con acierto - ¿Tienes un pañuelo?

Cosas de la ley de Newton, suerte que estoy cerca y tras levantar las cejas pido permiso para desembarcar mi lengua en el mar de su piel, limpiar el minúsculo desastre y paladear la suculenta belleza que tengo en el asiento de al lado.

- Lo siento, no tengo pañuelo - me disculpo por lo que voy a hacer - pero tengo algo mejor.

Me abalanzo sobre sus trémulos pechos y lamo el pequeño reguero oscuro, hundiendo mi mojado apéndice en su escote, sin oposición alguna. Buena señal.

Me detengo. Su pecho sube y baja fustigado por algunos suspiros. No he dejado rastro del cremoso azúcar y parece que aguarda que continúe limpiando su horneado tapiz.

Levanto la mirada buscando la suya. Cuando la encuentro, un chasquido goloso remueve mis entrañas, y es cuando acerco mi boca a la suya con la intención de estamparle mi ciego impulso.

Ari sonríe, pícara, lasciva, improvisa. Antes de que pueda alcanzar mi intención, interpone el helado de cucurucho con el que mancha mi rostro.

Las pesadas escobillas retumban fuera, en la carrocería. No se ve nada más allá de los cristales. Mejor.

Cierro los ojos apretando los labios, francamente decepcionado con su reacción, aunque al compás de su risa divertida, rápidamente recoge mi nuca para fundir mi rostro en el cálido encuentro de sus tersas redondeces. Eso me vuelve a tranquilizar y la sangre retoma el cauce entre mis inglés. La devoro y ella, permisiva, parece encantarle.

De repente se separa. Me mira risueña y ofrece el cucurucho para que lo sujete. Deduzco que necesita sus manos libres. Alargo mi brazo y recojo el testigo de nuestro inesperado encuentro. Sin pudor alguno coloca su mano en mi entrepierna y hábil, cuela sus dedos por la dentada ventilación de las bermudas que visto. La carne se tensa reaccionando a sus caricias y crece hasta ver la luz de su alegría. Levanta los párpados y la llama de sus pupilas enciende la mecha de mi Santa Bárbara.

Los dedos de su otra mano sujetan la base de mi inmediata inflamación, me arrebata el cucurucho y sumerge la rosada cúspide en la fría crema. Mi corazón se desboca y un dulce escalofrío me corroe el pecado.

Se aboca a mi sexo que palpita, oculto bajo el apetitoso chocolate y lo lame, y lo succiona hasta dejarlo limpio, no, lo siguiente. Me vuelve loco su manera de excitarme, pero no va a permitir que ese momento acabe con el buen hacer de sus labios, no, no, no...

El coche sigue con lentitud su camino por el mágico túnel del deseo. Llueve fuera ahora.

Acciona la palanca que reclina mi respaldo y me recuesta de cara a la tapicería gris que forra el techo. Salta sobre mí, montando como una amazona, perturbando la cordura con su belleza. Sus muslos atrapan mis caderas y ronronea al apretarse contra mi erguido apéndice. Me desconcierta atisbar que bajo el juvenil vestido, su tierna sonrisa carece de prenda que la cubra.

La temperatura sube por momentos, la noto en mis mejillas. Ari comienza a moverse, deslizando su húmedo sexo, arriba y abajo, a lo largo de mi carnosa estaca, excitándome, excitándose. En uno de sus vaivenes pulsa el mecanismo de apertura del techo de lona y éste inicia la recogida del mismo.

Ráfagas de agua fresca caen sobre nuestros cuerpos candentes. Ari emite un grito de sorpresa y continúa con una risa alocada que me contagia, y no le doy la importancia que merece la situación, aunque sí detengo la total apertura de la capota para evitar males mayores en la tapicería. Ella no se detiene y contra todo pronóstico, se alza, posando sus pies descalzos sobre mí asiento, apoya una mano en mi tórax y con la otra se introduce el bárbaro ariete en sus acogedores labios inferiores, hasta perderse totalmente dentro.

Gime. Me siento morir. La lluvia nos empapa, su grácil cuerpo asciende y desciende anulando mi voluntad, desbordando mi gozo. La expresión de su cara junto con la boca entreabierta para llenar sus pulmones de mi exaltación concentrada en la bravura varonil, nos sacude.

El paraíso de las sensaciones habita en sus caderas mientras columpia sus dorados cabellos sin tregua.

El baile se intensifica a ritmo de las embestidas de su resbaladizo sexo sobre mi bastión, cuya bandera ondea en lo más alto de nuestro placer y me pierdo debajo de su falda.

La lluvia cesa y puedo abrir los ojos para observar su carita empapada, mostrando el principio del éxtasis que se le avecina. Su glúteos rebotan con armonía en mis gónadas y me pone patas arriba todo por dentro.

El vendaval inicia su ciclo en el morro del vehículo y trepa hacia nuestros cuerpos en fusión, ambos cubiertos por las llamas convertidas en rocío.

Me galopa, y todo su ser me provoca, mi corazón se desboca, sus labios de par en par, mirada hechicera, me atrapa, como una insignificante barca a merced de una tormenta en la inmensidad del océano.

El ciclón se avecina para arrasar todo a su paso, acompañado de un coro de gemidos que ahogan el bramar del viento. Nos clavamos la mirada a las puertas del orgasmo y el mundo deja de girar, pues solo nosotros dejamos de existir para vivir ese momento único e irrepetible.

Casualmente acciono el cierre del techo y disminuye el ondear de su melena que apunta hacia mi rostro. Su cuerpo se arquea mientras me vacío, estallando en su interior. Convulsiona varías veces, conteniendo la respiración, luego suspira, sonríe con los párpados cerrados. El ciclón ha pasado y el techo automático ha completado su cierre.

Respiramos agotados, sobre todo la bandida de Ari que me a puesto de cero a doscientos en cuestión de segundos. Todavía dentro de ella, le hago notar como hace latir el corazón en mi apéndice. Le gusta, se siente dichosa por haberme conquistado y complacido.

Chorreando por fuera y también por dentro se abraza a mí, y por fin nos damos el beso que sellará por siempre el secreto del apasionado y fugaz encuentro que aquella lluvia artificial marcará en nuestra memoria.

El sol reaparece en lo más alto, cegándome a través de la luna, la del cristal me refiero. Ari desmonta y vuelve a sentarse en el asiento contiguo. Guardo el arma del delito en el pantalón y alzo mi respaldo a la posición correcta de conducción. Arranco el motor y saco el vehículo del túnel de lavado para detenerlo unos metros más adelante, cerca del aparcamiento para camiones.

Todavía no sé si estoy soñando, o si hice realidad mis fantasías.

- Gracias por la ducha, me ha sentado bien - me mira sonriente con el agua resbalando por su rubia melena.

- Me apetecía compartirla con alguien tan... - me quedo sin adjetivos y resumo - ...especial como tú.

- Tú tampoco estás mal... - contesta pícara.

- ...Ray - me presento aunque un poco tarde.

Nos quedamos quietos y en silencio unos instantes, hablando con la mirada, revelando nuestro deseo de repetir el gozoso encuentro en el que terminamos por incendiar Troya bajo una inesperada lluvia. No quiero que se vaya aquella fantasía hecha realidad, pero sus palabras me devuelven al injusto mundo.

- Me tengo que ir - dice casi en un susurro que se escapa a su intención.

Bajo los párpados lentamente en señal de consentimiento y abre la puerta del coche para deslizarse del asiento a la calzada. Cierra la puerta sin dejar de posar sus atractivos ojos en mí se aleja unos pasos. Bajo la ventanilla.

- Ari - la llamo estirando el cuerpo hacia ella.

- ¿Sí?

- ¿Volveré a verte?

Le provoco una divertida risa y se encoge de hombros.

- Vas empapada. Tengo una toalla en el maletero.

Me agradece el detalle con una inolvidable sonrisa, pero me lanza un beso desde la palma de su mano y se aleja contoneándose con una sensualidad abrumadora.

Hipnotizado, no pierdo detalle de lo bien que se le ajusta la fina prenda del estampado veraniego a su venerable silueta, hasta que la pierdo de vista al doblar la esquina.

Más tarde, al ir a repostar al surtidor, busco mi cartera y no la hallo en mi bolsillo. Pienso que durante el terremoto ha debido caerse en el interior del vehículo, pero por más que miro tampoco la encuentro. Así que saco conclusiones y me propino un manotazo en la frente, por estúpido. Follar nunca es gratis.

Aunque sí lo pienso bien, haber conocido a Ari ha sido una experiencia inolvidable. Cierro los ojos y sonrío al azul celeste, levantando la barbilla.

Alguien me llama la atención con unos golpecitos por la espalda. Doy media vuelta. Una linda y empapada chica me mira cucurucho en mano, con la otra me enseña un objeto familiar.

- ¿Se te ha caído esto? - pregunta risueña.

- No podías estar sin mí - resoplo por dentro.

- No seas creído - replica con gracia - ¿Todavía no te has enterado de que soy yo la que escojo dónde y cuándo?

Siempre me tocan las raras, pero me encanta.

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