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15 min
Dulce Sibarita
Amor |
07.02.13
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Sinopsis

Olga es una cocinera que disfruta preparando comida e inventando platos que sean un placer para todos los sentidos. Su vecino Sebastián vive deprisa y es un tipo agrio y amargado. Olga lo atrae con intensos aromas y deliciosas exquisiteces.

Sebastián había pasado su infancia y juventud en Estados Unidos y había vivido al ritmo americano, con comida rápida, estrés y ansiedad. Incluso en el amor no pasaba de relaciones de una sola noche. Era eficiente y trabajador pero ahora que vivía en España no se adaptaba. No entendía el concepto de la siesta, el que sus amigos tomaran café durante media hora o luego yendo a tomar una cerveza o tapas. A la hora de comer, era incapaz de comer un menú. Nunca le habían gustado los platos españoles como la paella, los callos o el cocido. Las veces que salía, se iba a un restaurante chino a comprar tallarines o rollitos para llevar. Sus compañeros no lo entendían.

  • ¿Cómo puedes decir que no te gustan los callos? Si no los has probado- le decía uno de sus compañeros de oficina.
  • Al menos sabemos lo que es, pero vete a saber si ese pollo con almendras que te trajiste el otro día, no era serpiente. En un documental dijeron que saben igual- le dijo otra compañera.

Sebastián era centro de las burlas pero no era para menos. Era un tiquis miquis de cuidado. Donde vivía había un piso por alquilar. Una anciana había fallecido y ahora su hija había colgado el cartel. Un día vio un camión de mudanzas y como varios operarios subían muebles, pero desconocía quien sería el nuevo huésped. Pasaron un par de días y una noche, Sebastián estaba cenando un sandwich vegetal sin dejar de teclear el ordenador. De pronto sonó el timbre. Abrió y una chica de unos 30 años le sonrió.

  • Hola. Buenas noches. Soy tu nueva vecina. Me llamo Olga.

Se estrecharon las manos. Olga  estaba risueña mientras Sebastián se mantuvo distante y frío.

  • Parecerá de película, pero venía a pedirte un poco un poco de aceite de oliva. Tengo una cena de cumpleaños y ya es muy tarde para salir a comprar. Solo necesito una tacita para aliñar la ensalada.

Sebastián la miró de una manera extraña, como si le pidiera un condimento exótico.

  • No tengo aceite – respondió serio con gesto de querer cerrar la puerta.
  • ¿Y mantequilla? También me serviría.
  • No…- dijo cerrando la puerta de malos modos.

Impasible regresó al ordenador y mordisqueó el sandwich. El edificio era bastante tranquilo, pero aquella noche la jarana distrajo a Sebastián.

Estaba chateando en el ordenador y las risas lo descentraron. Se preguntaba de donde provenía aquel escándalo a las 11 de la noche. Salió al cuarto donde guardaba trastos que daba al patio de luces. Se fijó que justo en el piso de enfrente, un grupo de 6 ó 7 hombres reían y bebían. Era el piso de su vecina, aunque a ella no la veía.

De pronto algo invisible lo sedujo y lo atrapó y lo sumió en un estado de placer muy agradable. Un exquisito aroma se había colado por sus fosas nasales y lo había excitado. Aspiró para retener aquella fragancia y se lamió los labios. Tuvo una especie de reminiscencia del pasado, a una infancia muy lejana. Una vez leyó que con el paso de los años el sentido más recordado por los humanos era el olfato y no el visual como se creía. Las risas cesaron un momento y pareció como crepitaba algo. Luego vio a su vecina transportando unas bandejas ante los aplausos de los invitados. El intenso aroma todavía aguantó unos minutos pero luego se fue desvaneciendo hasta desaparecer. El estómago de Sebastián no tardó en resentirse una noche después de zamparse una hamburguesa con mayonesa. Bajó a la farmacia y se encontró a Olga en la cola que le sonrió abiertamente. Tenía un rostro simpático, mientras que Sebastián ya de por sí rígido, con aquellas muecas faciales de boca constreñida y ojos achinados, no mostraba su mejor retrato. Lo saludó con la cabeza  pero no quiso entablar conversación con él. Atendieron a Sebastián que pidió unas pastillas para el dolor de estómago mientras Olga se iba. La casualidad hizo que coincidieran a la hora de coger el ascensor. El trayecto se le hizo interminable. Los ojos negros de su vecina lo miraban con tanto descaro que lo ponían nervioso. Cuando iban a entrar en el piso, Olga lo llamó.

  • ¿Te apetece tomar algo y charlar, Sebastián?

¿Cómo sabía su nombre si él no se lo había dicho? Bah, lo habría leído en el buzón.

  • No gracias- dijo secamente abriendo la puerta.

Entró en su piso y fue a ducharse. Se sentía sudado y a la vez tenía mucho calor, y eso que era noviembre. Más fresco y relajado, fue a la cocina a por un vaso de agua para beber con la pastilla y de pronto algo lo detuvo. Otro olor muy intenso lo envolvió y lo hizo flotar. La ventana estaba cerrada, por lo que debería colarse por las rendijas del conducto de ventilación.

Abrió la ventana y un olor a chocolate lo transportó a la infancia, a las ferias de atracciones donde el olor a dulce del azúcar, del chocolate, de la vainilla viajaban en el aire, esparciendo sus partículas. Cerró la ventana y se tomó la cápsula negra y naranja, amarga y difícil de tragar. Se sentó ante el ordenador, pero no pudo concentrarse. Aquel olor se había pegado a su piel, a su memoria y le resultaba placentero. Aquel olor era como la música que tocaba el flautista de Hamelín para atraer a los ratones. Era irresistible y la boca se le hacía agua. No lo dudó y tocó el timbre de Olga. Ella se sorprendió de verlo allí.

  • Hola, ¿sigue vigente lo de la copa?
  • Por supuesto. Entra por favor.

El piso no tenía nada especial, pero su olor aunque se concentraba en la cocina, abarcaba todas las estancias.

  • Me has cogido con las manos en la masa- dijo Olga  con restos de harina en sus extremidades.
  • ¿Qué estás preparando?- preguntó Sebastián que dulcificó su carácter.
  • Unos profiteroles de chocolate y caramelo. Mañana es el cumpleaños de un amigo y como no le va eso de soplar velas en un pastel, estoy preparando estos “bocati di cardinale”.

Olga  tenía todos los ingredientes encima del mármol. Vio como en un cazo se deshacía el chocolate al baño María y aspiró el aroma.

  • Tienes pinta de ser un goloso- le dijo Olga  removiendo con la cuchara de madera, aquel espesor marrón fundido y rozando a Sebastián que no se movió con aquel gesto.
  • Los dulces me gustan mucho. Suerte que no engordo- dijo tanteándose el vientre.
  • Sí, pareces en forma- dijo Olga  batiendo una masa de huevos y harina con varilla.

Ambos miraron fijamente y Olga  sonrió y se concentró en el trabajo.

  • ¿Te gusta cocinar?- le preguntó Sebastián observando todos los movimientos que hacía ella.
  • Me gusta y vivo de ello. Soy cocinera y trabajo en un restaurante de cocina de mercado, aunque me gusta experimentar con platos de otros países. Es apasionante la mezcla de sabores, textura, combinaciones… Oye, ¿te apetece quedarte a cenar?
  • No tengo mucha hambre. Precisamente me he tomado una pastilla para el dolor de estómago.
  • No me extraña. Con lo debes comer por ahí… Seguro que te hinchas de hamburguesas y fritos.

Sebastián se quedó tan alucinado que se quedó sin habla.

  • Nos estamos americanizando, y me da rabia porque sobretodo los jóvenes están arrinconando la dieta mediterránea y las exquisiteces. Luego se quejan de que están gordos. Por suerte aquí tenemos aceite de oliva que evita muchos ataques de corazón. La buena comida es un placer, igual o mayor que el sexo. De hecho creo que van parejos. La comida rápida es un polvo, te sacias pero disfrutas muy poco. Un banquete es una relación sexual de dos horas que te invita a paladear, a repetir y te queda ese buen gusto aun por la noche. Yo soy una sibarita.
  • ¿De la comida o del sexo?- preguntó Sebastián agudo removiendo el chocolate.

Olga  no contestó y se acercó a Sebastián para apagar el fuego. Los hombros de ambos se rozaron y Sebastián notó un calor extremo, como si se hubiera quemado. Salió afuera a la terraza para respirar. Su corazón latía de una manera acelerada. Jamás había sentido algo igual. En ese momento salía Olga  con platos y cubiertos.

  • Supongo que te quedarás a cenar. Te voy a curar el mal de vientre con comida sana.

La acompañó a la cocina y arrugó la nariz al verla con un manojo de hierbas.

  • Los franceses lo llaman “bouquet garni”. Haremos una sopa fría.
  • No me gustan mucho las sopas.
  • Esta no te defraudará.

Mientras hervían el orégano, albahaca, hierbabuena, tomillo y romero, Olga  fue preparando salmón a la salsa de limón.

  • No me gustan mucho las verduras ni el pescado- confesó Sebastián.
  • Pareces un niño pequeño. A veces comemos con los ojos más que con la boca. No puedes decir que no te gusta algo si no lo pruebas antes. El pescado solo es muy soso, pero con una buena salsa, mejora el sabor. Ya sabes, la salsa es al pescado como la ilusión a la vida.

Sebastián cada vez se sentía más a gusto con Olga  y no se movió de su lado, curioso por ver todo lo que hacía.

- Normalmente ceno sola y es muy aburrido. Por eso me gusta invitar a mis amigos cada vez que me invento un plato.

Olga  le sirvió la sopa fría con un cucharón y Sebastián sintió náuseas. Nunca le habían gustado las verduras.

  • Tú pruébala. Si no te gusta, la dejas sin problemas…

Sebastián cogió una cucharada y saboreó la sopa. Sabía bien, muy suave. Además desprendía un olor muy agradable, a un bosque empapado de lluvia. Mientras tomaban la sopa, solo se oían las cucharas y los platos. Ambos se miraban y sonreían, pero Olga  algo nerviosa conectó la televisión a la vez que se levantaba para ir a buscar el segundo plato. Cuando Sebastián rebozó el pedazo de salmón en la bechamel de limón y se lo metió en la boca, cerró los ojos al notar como se deshacía, como la salsa le producía una sensación de placer que se repitió con cada bocado. Retenía el alimento en la boca, paladeándolo, segregando saliva, empujándolo con la lengua de un lado a otro antes de tragárselo.

Olga  le sirvió un poco de vino y cuando el líquido le bajó por la tráquea como si fuera una tubería, sintió una sensación maravillosa. Rebañó el plato con pan y respiró.

  • Ahora me doy cuenta de los placeres que me he perdido- admitió limpiándose la boca con una servilleta- Te felicito Olga.
  • Gracias. Para mi es una satisfacción que mis amigos disfruten con mi comida.

Parecía que su amistad se iba cuajando y calentando, con las miradas se lo decían todo. Sebastián ayudó a Olga  a despejar la mesa y luego se sentaron frente el televisor con algunos profiteroles y una tetera. Anunciaron para la próxima semana la película 9 semanas y media.

  • Podríamos verla juntos- sugirió Olga.
  • Hace mucho que no la veo. Supongo que aquí la pasarán sin cortes. Cuando vivía en Estados Unidos tenía 13 años y no me dejaron entrar en el cine. También censuraron algunas escenas. Yo que pensaba que en España eran todos unos reprimidos y había censura, y resulta que estáis más adelantados, al menos de mente.
  • En Usa hay mucho puritanismo. Y lo pasé fatal con la comida. Estuve una semana de vacaciones en Nueva York y acabé con el estómago hecho polvo.

Ambos se rieron y luego Olga  se chupó los dedos que aún tenían chocolate. Aquello produjo una excitación bestial a Sebastián que miró el reloj como pausa y se despidió diciéndole que ya era muy tarde. Nada más cruzar el umbral de su puerta, Sebastián se bajó la cremallera y mientras que con una mano se lamía los dedos, con la otra  se masturbaba.

No había noche que ambos cenaran juntos. La noche que vieron juntos Nueve semanas y media, se encendieron los fogones, hirvieron sus cuerpos y casi se mezclan, pero la crema de su amor todavía no había cuajado.

Se acercó Navidad y Olga quiso ayudarlo a preparar la comida para sus familiares. Olga se encargaba de los platos sofisticados mientras Sebastián se dedicaba a los postres. Sacó el cazo de chocolate fundido y lo dejó reposar mientras hacía bolitas con la pasta de harina y huevo. No se lo pensó dos veces. Hundió su dedo índice hasta el nudillo y se lo acercó a Olga.

  • Pruébalo.

Olga  con la punta de la lengua le lamió hasta la uña, pero como vio que goteaba, su boca alcanzó todo el dedo y lo absorbió hasta que Sebastián sacó el dedo limpio y mojado.

  • Muy rico- dijo Olga  con unos ojos serios pero brillantes como azabaches.

Sebastián volvió a bañar su mismo dedo en el cazo y esta vez fue él mismo quien se lo chupó.

  • Cuidado con el chocolate, que es muy estimulante y afrodisíaco- advirtió Olga  intentando sonreír pero con un toque de nerviosismo extraño en él.
  • A lo mejor es lo que necesito… necesitamos- dijo Sebastián muy insinuante, sin dejar de comer chocolate con el dedo.

Olga  se acercó y se hundió su dedo en el cazo. Le acercó el dedo a la boca de Sebastián pero lo que hizo fue pintarle la nariz y las mejillas.

  • ¿Qué haces?- protestó Sebastián a punto de limpiarse con una servilleta.
  • ¡Espera!- lo detuvo Olga  cogiéndolo por los brazos y apretando con su cuerpo, el de Sebastián para que no se escapara.- ¿Te han dado alguna vez un beso de gato?

Ambos estaban muy cerca del otro. De hecho sus piernas se habían relajado y sus pelvis de rozaban.

  • ¿Besos de gato?

Olga  sacó su lengua y empezó a lamer las mejillas cubiertas de chocolate de Sebastián que sentía cosquillas, sobretodo en la punta de la nariz y en las comisuras.

  • El chocolate es una tentación, pero hoy lo probarás de una manera única. Ya verás, cierra los ojos.

Sebastián sonrió y de pronto notó una cascada de chocolate en su boca y como una lengua empujaba la crema. Olga  lo estaba besando cada vez con más pasión y deseo. Sebastián enseguida le ofreció su boca y ambos acabaron de fundir el chocolate que se deshacía en sus bocas.

  • Un beso es maravilloso, pero con un gusto a chocolate es un pecado- dijo Olga  empezando a desnudar a Sebastián.

A la vez que apagaron los fogones de la cocina, el horno de su pasión quemaba en el ambiente.

  • El sexo es una bomba, pero sazonado no tiene comparación- siguió Olga

El chocolate acabó cubriendo los cuerpos de los amantes, que se lamieron sin cesar. Aquella noche probaron los dulces como miel, chocolate y mermelada untados en diferentes partes de sus cuerpos.

Sebastián aprendió a disfrutar de la comida y el sexo. Se amasaban, se sobaban, se emborrachaban de besos y caricias, se mojaban y salseaban rehogando sus bocas, flameando sus genitales, calentándose poco a poco, hasta hervir de deseo, a bullir de pasión. Sebastián había aprendido a ser paciente en la comida y en la cama.

Cada vez que se amaban era un banquete. Una noche después de hacer el amor, Sebastián le dijo a Olga.

  • Mi madre siempre decía que a los hombres se nos conquista por el estómago. Qué razón tenía. Si ella supiera como disfruto con la comida… Ja, ja, ja.
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  • Un relato suculento, me gusto.
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Mi verdadera vocación hubiera sido ser periodista en una redacción de periódico. Esta maravillosa web nos permite escribir tanto para satisfacción propia como para compartir con los demás. GRACIAS POR LEERME. Saludos.

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