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4 min
E-MAIL PARA CARLOS (II)
Amor |
20.09.06
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Sinopsis

De: maríaaudije@opimet.com
Para: carlosmengod@tricomail.com
Asunto: Re: Recuerdos
Fecha: 21 de Septiembre de 2006


Hola Carlos...

Sabes bién que en ningún momento te pedí que fueras lo que no eres, que actuases, que me dijeras aquellas palabras que, sabía, nunca iban a salir de tus labios; como bién dijiste, tienes que estar muy borracho o muy desesperado para hacerlo; no eres hombre de muchas palabras, lo sé, y mucho menos de palabras gratuitas, dichas porque sí. No puedo reprocharte nada, porque ni siquiera yo supe decirte que te quería, fuí incapaz , pues no me dejaste conocer más que la fachada del hombre que en realidad eres.

Estoy algo cansada, me acabo de levantar y mi sueño ha sido de todo menos reparador. Perdona si tardé en responder a tu e-mail, anoche salí muy tarde del hotel. Mi repertorio nocturno se alargó hora y media más de lo normal pues dos peces gordos pagaron al jefe una suma bastante considerable de dinero para que dejaran el restaurante abierto hasta las dos de la mañana, con pianista incluída. Para colmo, cuando terminé, un impulso irrefrenable me obligó a subir hasta la habitación del hotel en la que os alojasteis aquella vez tu mujer y tu , la 525 ¿te acuerdas?. Y allí me quedé, apoyada en la puerta, recordando nuestro primer encuentro en el mismo lugar, en silencio, con la única compañía de los gemidos entrecortados de la pareja que la ocupa ahora. Y después de dos años me confiesas que ese encuentro no fué casual, aquel que tuvo lugar dos noches antes de que Teresa y tú volverais a Londres. Recuerdo que con, una perfecta excusa, pedí salir diez minutos antes; minutos que aproveché para acercarme hasta la habitación a la que, te había oído decirle al camarero, cargaron el importe de vuestra cena y tu wisky. Colgante en mano y con las intenciones muy claras pedí a Manuel, un chico que hace el servicio de habitaciones, que me abriera la puerta de la vuestra .Gracias a la amistad que nos une, no se negó. En una esquina, junto a la mesilla, encontré tu mochila, la misma que llevabas al hombro cuando te ví en la recepción. Sin pensarlo dos veces la abrí y lo dejé dentro. Ni un número de teléfono, ni una nota..sólo el colgante en forma de clave de sol en el que, sabía, ya te habías fijado. Acabada la misión, decidí irme a casa y tan absorta iba en tu recuerdo que no me dí cuenta de que subías las escaleras hasta que no me tropecé contigo. Iba a pedirte perdón, lo juro, cuando sellaste con tus dedos mis labios mientras tus ojos, llenos de deseo, se clavaban en los míos. Debiste suponer de dónde venía y cuales eran mis intenciones. Los tacones de tu mujer resonando dos plantas más abajo fueron los encargados de romper el momento y los que hicieron que bruscamente te apartaras de mí y siguieras tu camino. Ya en el rellano pude ver como entrábais en la habitación, no sin antes volverme a mirar.

Acabo de prepararme un mate bien cargado y su amargo sabor me ha hecho retroceder hasta la noche en la que contemplaste mi desnudez un frío y lluvioso sábado de Mayo, aquel mismo sábado que desembasrcaste en Lisboa, sin Teresa. Te cogí la mano, sin mediar palabra y aun recuerdo la expresión de sorpresa en tu cara cuando subímos a mi ático. Nada ha cambiado desde entonces: pequeño, antiguo, frío, pero me gusta. Sobre la mesilla una rosa fresca me recuerda las caricias que regalaste a mi cuerpo y que me hicieron estremecer de placer cuando la biología no dejó paso a mi deseo. Te confieso que
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