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4 min
Ecos
Terror |
18.12.16
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Sinopsis

«Ecos, son como los trazos de lápiz que se rizan conforme la desesperación perfora los huesos del progenitor. Vuelan en la oscuridad, persiguen esos lamentos que salen de aquella cueva en un instante casi musical, que el tempo hace su esfuerzo para lucir elegante pero su atuendo no es más que un simple arrítmico esmoquin. Son un enjambre de demonios, con alas con punta y coraza traicionera; hijos de la noche que devoran a su presa sin triturarle el esqueleto, solo pasan su cadáver por esa garganta que siente pena y que está deseosa de más carne.»

Ella se hace llamar la dama Escarlata, su verdadero nombre nunca lo dice y ahora vaga por la calle tan distinguida como una reina al hacer una reverencia. Envuelta en un vestido incandescente que muestra un escote tallado con piedras lunares, pasea por el muelle. Sin mucho que hacer, solo deja sus pasos grabados en la arena, haciéndole creer al mundo entero que su paso por la tierra es tan real como los amaneceres rojos, alza su cara para mirar un complejo de belleza y sentir que su conciencia la abandona.

Aquel hombre yace sentado en el borde de una roca, mira a la luna, quiere regalarle un aullido como un lobo, pero su deseo es solo una simple hoja de árbol arrastrada por una corriente de aire a los confines del cielo. Él goza de un problema que le impide gritar con una energía bruta, cantar ante un público exigente y complacer a sus amantes con gemidos extasiados, un problema mudo, que su dolencia no la expresa con palabras sino con gestos faciales.

Él tiene los hombros pesados, siente una mirada apoderándose de su alma que no resiste la idea de quedarse inerte viendo a la misma dirección donde envió sus lamentos y deseos, que se vuelve agobiado para encontrar la silueta de la dama Escarlata, quien lo abraza; solos en la oscuridad, son una mezcla de olores que irritan la nariz, los pulmones estallan y el cuerpo baja su ritmo cardiaco a un punto en el que los gemidos se vuelven invisibles, ellos se alejan, dejando como rastro sus intenciones más profundas en un extenso mar, donde hay corrientes austeras que buscan una oportunidad para devorarlos de un solo trago.

Fucionados, se declaran un amor hormonal innato, son solo pensamientos saciados que se arropaban con polvo en un sótano mental. Comparten mesa, un vino tinto les relaja la lengua, después bocados de placer terrenal sacian su hambre dejando a su paso platos limpios y cubiertos adulados por los labios. Ambos se observan desde los extremos de la mesa, no hace falta decir algo pues los instintos animales llegan para quedarse toda la noche.

Roses de labios, impulsados por una excitación que colorea las mejillas de los amantes quienes descansan arrítmicos en el suelo de tan basta habitación. Beben de la copa que han llenado con éxtasis pero no se dan cuenta de que no tiene vacío, su sangre ya merma y ellos beben como briagos que han mantenido sus gargantas puras por un milenio.

Un cuerpo es arrastrado por la playa dejando a su paso una estela inmutable, es casi un cadáver, pues no ha perdido el conocimiento, solo gime y contempla la luz que penetra sus ojos entreabiertos. Mira su ocaso, es tan pacífico y lento que él ya no quiere respirar, ofrece una lágrima al mar cuando una ola le abofetea el rostro, pero su decadencia no lo deja tranquilo y le come las tripas saboreando cada aroma y olor que salen de ellas.

La dama Escarlata esconde a su amante en su cueva, lo mira de cerca descifrando cada emoción que se le desprende de sus ojos, pero ella lo ama por eso lo empieza a devorar: liberación sin mesuras. Es tan elegante que él grita con la garganta ronca, su mudez ya no es un problema, y la única palabra que él logra articular es un «gracias» que rebota contra las paredes, incitando a un público invisible para que aplauda ladrando la misma palabra por toda la eternidad.

 Los murciélagos escapan de su morada.

 

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