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10 min
Ecos de Copala
Amor |
06.09.19
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Sinopsis

Ecos de Copala

 

Habría sido igual de caliente incluso si ese lugar no se llamara el Corazón del sol; una elevación de rocas macizas, bordeada por peñascos escarpados y por árboles de durazno. Tan arriba, por el comienzo del cielo, cuando no podía ahuyentar la asfixia generada por sus labios al estrecharlos con los míos en lo más alto del espasmo de un orgasmo que recorría mi columna vertebral y culminaba en su entrepierna, en su interior.

Ahí, pues, su mirada ensombrecida de mujer que calaba mis entrañas y me decía, a su manera, que tenía que retirarme sin mirar atrás. Ese beso que le di en el hombro, inquieto en el terreno de piel sudada, iba y venía como el águila en el cielo que nos había visto subir por la ladera empedrada del camino. Es que sería la última vez. La vería vestirse, dirigirme una mirada lagrimosa y después caminar hasta Copala.

Esta Julieta se planchó los pliegues del vestido con las manos, minuciosa, pensando en que quizá su padre sería descuidado como para creer que las flores enredadas en su cabello habían nacido ahí. Era entonces la impresión de un error entre nosotros, adquirido en un lugar de nulas palabras, desechado a la vez en otro imperfecto donde podría encajar. Así que ella se levantó, extendió los brazos hacia arriba impregnada por el sabor de su sexo, y me llamó a la orilla.

Entonces vimos el horizonte custodiado por casas de adobe y cerradas por techos con tejas de granito rojo, todavía enmudecidas. Allá, hasta los maizales, la quemazón del zacate que se elevaba en el aire mediante remolinos de tierra todavía con sed. Más allá, hasta donde la carretera de terracería se funde con el monte, unas carretas haladas por mulas y sobre ellas, hombres encubiertos por sombreros de palma que iban a la plaza a vender alfalfa; todavía se vestían como nuestros testigos, a desecharles al oído nuestro secreto de pasión desmedida: delito.

— ¡Te amo Julieta!

   El grito pudo oírse hasta el otro lado del pueblo. A pesar de que mi ganas por ella se resumían en eso, el alboroto de mi ser en el desasosiego, habría también que haber gritado con menos fuerza para que la respuesta fuese un te amo pero muy callado. Primero el que reafirmó lo que le sentía, después el segundo para estar seguro, después otro, y otro, otro más. El «te amo Julieta» cada vez se hacía más pobre, tan distante que se perdía en las ramas de los ocotes y tan cerca que ella todavía lo escuchaba, a no ser menos, cuando se había acostumbrado toda la vida a solo oír.

Ahí fue ella, como reteniendo fuerza en el pecho, en los pulmones ya llenos de aire, para afuera en el capricho de decir mi nombre sin siquiera llegar a formarse un gemido que pudiese generar un eco. De pronto su mirada cedió a la mía y una ventisca que, incluso con las hojas secas y las ramitas que arrastraba, pareció emerger de su boca y caer al abismo de lo más oscuro. Así que no importaba. Por allá todavía seguían sonando mis palabras, por acá yo la escuchaba. Los ecos que había dejado mi grito también eran los suyos.

«Andrés, te amo»

Imaginé que decía.

De regreso a Copala me di cuenta de que yo era en realidad muy débil. Es decir, solo distinguía entre ella y su sombra una lágrima. Me apenaba que lo supiera, pues no podía mirarle sin sugerirle que la vida en ese pueblo ya no sería para nada interesante. Qué más daba; aventarle un puñado de granos a los pollos, alimentar a los chivos y montar caballos. Libre, no tanto, a pesar de que lo último pudiese parecer otra cosa. Sin Julieta ya no valdría nada esto de aquí, lo que late en el pecho.

Antes de poner los dos pies en el pueblo y pensando que era la última vez que nos veríamos, la lluvia empezó por dentro y le lloré. Caí en la cuenta de que me veía, pues ahí estaba mi reflejo, en su iris negro y profundo que por un momento me gustó la idea de guardarme ahí.

—Vete a donde tengas que ir, pero aquí yo te guardo. Ándale —dije.

Qué podría ofrecerle yo, a este paso, de bolsillos rotos y el sombrero lleno de hoyos por donde veía a luna por las noches, gorda, brillosa, pulsando de vez en cuando y de reojo como si estuviese viva. Por decir que habríamos tratado de escapar unas cuantas veces, también debería de culpar al mal destino o a cualquier otro ente invisible que decía que era imposible nuestro amor.

Así pasaron días, luego semanas, y por fin me di por bien enterado de que el padre de la Julieta cerró trató con un hombre de negocios el cual le podía ayudar a mantener su rancho. Ellos se irían, pero, no sin antes, Jacinto le dejara un buen saco de dinero para solventar las carencias y quizá para tomar un buen mezcal.

Tan desgarbado como un hombre al pasar la lluvia debajo de un fresno, hambriento, huesudo, se sentiría su padrecito por dejarla ir con ese tal Jacinto. Y por ahí la gente contaba que la Julieta había tenido suerte, así, nomás, mudita, según él nadie la iba a querer y menos para esposa. Faltaba más, que tampoco era adivino, porque yo ya la quería, pero tampoco era imbécil, porque ya sabía de lo nuestro.

Pues fue en año nuevo que este Pablo llegó a mi casa y me hizo confesarle que me veía con su hermana.

—Mira Andrés, que no sé cómo estás acostumbrado a arreglar las cosas, pero yo no me voy de aquí hasta que me beses lo zapatos y pidas perdón en nombre de mi padre.

Era un hombre alto, fuerte y con las piernas de caballo. Qué le iba a poder decir yo, y mucho menos darle un puñetazo en la cabeza de toro, si tan solo cuando me levantaba y me miraba al espejo en las mañanas las costillas se me marcaban en el lomo.

—Haiga o no haiga sido, dicen que anduviste con la Julietita y le hicistes mal. Te conviene hablar, nomás te digo —golpeó el suelo con un pie.

Era un ejemplar en cuerpo, pero un cuerpo bruto.

—Mi apá está molesto. Y da gracias que yo soy el que vengo, porque él ya traía su rifle y todo.

Era de menos hablarle con la verdad, pues aunque me inventara una buena mentira, tan conveniente a mis andares, era imposible que me librara de aquello sin un golpe en la cara o la misma muerte.

Al llegar a la cuenta de perder el sentido, ahí, apoyado contra los tablones del corral, mi cuerpo mallugado se llenó con la sensación de que una sombra se marchaba por donde había llegado. Respiraba, y por un momento, solo por uno, me sentí miserable y poco agradecido conmigo mismo de seguir con vida. Me quise levantar de aquel chiquero, con la cercanía de un marrano lamiéndome una oreja, y desee que mi velada fuese el insomnio por delante de algún sueño.

Tan cierto era donde estaba que me sentía más cómodo ahí tirado y con la sangre cuajándose en mi hocico. Era cierto que necesitaba algún tipo de castigo, pero también era necesario que aquel castigo viniese con un «vete, largo y no regreses más. ¿Qué no ves que lo único que ganas aquí es miseria?». Era lo que quería que me dijeran, pero por desgracia, con el dolor en mi pecho ya más tibio, la única persona que podía decirlo era incapaz de hablar.

El tiempo trajo a mí nuevas inquietudes más o menos ingratas. Cada vez que me sentaba en una buena roca, ya recuperado, con los pies enterrados en la arena, veía a las vacas pastar en las llanuras de Boca grande y a los perros correr al ocaso. Era posible que viera la puesta del sol, con aquellas lagartijas reposadas en las raíces de los magueyes, y después, pensando en que era solo un segundo, ser sorprendido por el amanecer a mis espaldas.

Arreaba a la yunta en el terreno más adverso casi como si quisiera ser parte de esos toros, tan furiosos, pero que, con tan solo la presión sobre sus cuellos y una vara de membrillo golpeando su caminar por el arriero, podrían agachar la cabeza y dejar a un lado sus cuernos de punta fina.

Es por eso que odio a su padre y aprecio a su hermano; el primero por dejarla ir y el segundo por hacerme entender. Era imposible que esto terminara de buena manera, pero al fin y al cabo ha cedido por las palabras de un hombre que a su hija dejó en la costumbre de vender por unas cuantas hectáreas de tierra mal vivida. A ella, a Julieta, tan seguida de los males que por aquí le resultó lo mismo ser muda que mujer.

Ahora debe de estar viendo a los coches en la ciudad, a donde me dijeron se la han llevado. Que pronto, sabiendo que es casi eterno, va a volver y le dirá a su padre que es feliz con el hombre del bolsillo gordo; mentira de su inquietud, cuando ese día, en ese sitio que se asoma en el herbaje, su corazón se acoplaba con el mío y me asomaba en su interior apartando su carne para dejar correr un río blanco en el caudal. Esta Julieta ha sabido bien cavar un pozo lleno de agua y en el que las ranas se juntan a cantar. Así, de nuevo, por allá la lluvia cayendo en el monte, por aquí el hijo de su vientre, el nuestro.

Es por eso que hoy he subido otra vez a este sitio, al Corazón del sol. Este es el mejor lugar para ver a todos, a la consumada Copala, para que escuchen y solo eso, para despedirse bien.

Por lo pronto la sombra del águila se desplaza en el campo, como si quisiera que la viera pero que, al momento de volver la mirada hacia arriba, solo se percibe el brillar de una bola de fuego que hierve y vive. Aquí no le pudieron llamar de una mejor manera: esta montaña desbocada por la sierra hasta las mesetas del norte, al lazo de la madre.

— ¡Te amo Julieta! —grito.

A la orilla del barranco no se oyen ecos, no como antes.

Así que sonrío.

 

 

 

 

 

 

 

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