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6 min
ECOS DEL MÁS ALLÁ 2
Suspense |
25.09.20
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Sinopsis

- ¿Cómo veía usted a su cuñado Andreu Giralt? - le preguntó uno de los detectives que era un hombre calvo y de mediana edad llamado Zacarías a la hermana de Mercedes en Comisaría.

-Oh, era un hombre muy inteligente. Entendía mucho de política - respondió ella.

- Díganos. ¿Era una persona cordial, o por el contrario era huraño? - inquirió el segundo detective que era un sujeto más joven que Zacarías.

- ¡Conmigo era muy atento! - exclamó Ana con una involuntaria vehemencia.

-¿Sabe usted si con su hermana se llevaban bien? - quiso saber el detective Zacarías, que enseguida había reparado en el tono emotivo de la mujer.

-Bueno, supongo que como todas las parejas tenían sus altibajos - dijo ella con ambiguedad. Y tras una pausa añadió-: Mi cuñado no era un tipo nada fácil de llevar. Pero mi hermana tampoco jamás lo supo comprender.

-¿Ah no? Explíquese por favor - insistió el detective más joven.

-Bien. Sí, mi cuñado era huraño e introvertido. No daba muchas facilidades para congeniar con él.

-Ya. Pero usted sí que se sentía capacitada para comprenderle ¿no? Tal vez más que su hermana - le dijo en segundas Zacarías.

Ella se puso a la defensiva y se irguió orgullosamente en su asiento.

-¿Qué quiere decir? - expresó la mujer en un tono indignado.

-¿Cómo ve usted a su hermana? ¿Se llevaban bien ustedes dos? - siguieron los detectives con el interrogarorio sin hacer caso de la alarmada actitud de Ana.

- La verdad es que somos bastantes diferentes. Ella es más práctica que yo; en cambio yo soy más romántica que mi hermana. ¡Pero éso no significa nada!

- Claro, claro. ¿Estaba usted enamorada del señor Andreu Giralt? - preguntó Zacarías sin rodeos.

- ¡Por Dios, él era el marido de mi hermana... Yo nunca...nunca...!

Las lágrimas estaban a punto de aflorar a sus ojos y no pudo terminar la frase.

Los dos detectives se miraron significativamente.

-Señorita. De momento no la acusamos de nada. Sólo intentamos esclarecer los hechos para llegar a la verdad de este caso. - le dijeron ellos con una forzada amabilidad.

- Entre Andreu y yo no había más que un buen amistad. Aunque él siempre me confiaba sus cosas. Tanto del partido político al que pertenecía, como de su naturaleza personal, ya que no se atrevía a confiar en mi hermana por temor a no ser comprendido por ella - dijo Ana con más serenidad-. El hecho de ser el padre de mis sobrinos a quienes he querido mucho - Al llegar aquí  sollozó un poco-, no me permitía pensar en llegar a algo más serio con él. Aunque sí, yo amaba en secreto al pobre Andreu - admitió al fin la mujer.

Los dos detectives comprendieron que Ana anteponía la ortodoxia, la institución familiar por encima de sus sentimientos, pero que también aqulla postura de mujer honesta podía ser una máscara tras la que se ocultase la clave del misterio. No obstante los detectives se sentían en un callejón sin salida y de momento no hallaron ninguna prueba concluyente para inculpar a aquella mujer, puesto que estaba claro que ella no tenía ni idea de sustancias tóxicas.

En consecuencia ellos no tuvieron más remedio que dejarla marchar a su casa.

Los detectives habían barajado la hipótesis de que era posible que la hermana de Mercedes, enamorada del fallecido Andreu sufriendo un arrebato de celos hubiese intentado deshacerse de su hermana o del mismo finado. Sin embargo como se ha dicho no había ningún indicio sólido que respaldara aquella teoría.

En días posteriores, los interrogatorios a la hermana de Mercedes se hicieron más constantes y más reiterativos pero con el mismo resultado negativo. Ana no tenía nada que ver con aquel desgraciado incidente y las autoridades acabaron por rendierse a la evidencia.

Como es de suponer, se pensó también en el suicidio y los detectives visitaron la sede del partido político del fallecido con el objeto de encontrar alguún que otro motivo de su muerte al márgen del ámbito doméstico. Y se supo que aunque él había sido un hombre conflictivo con la dirección del partido no había tenido ningún grave problema que le indujera a hacer ningún disparate. Otro tanto sucedía con su trabajo en el que Andreu se había movído con normalidad y no había tenido ningún contratiempo ni económico ni laboral.

Los detectives cada vez más desorientados consiguieron la Orden de Registro del juez para inspeccionar la casa donde se había producido el suceso en busca de nuevas pistas que dieran un poco de luz a aquel endiablado misterio. Una de las cosas que hicieron fue que llevaron un gato callejero al solitario habitáculo para que probara los restos del alimento de aquel día. Si al animal no le pasba nada es que el veneno solo había sido destinado de un modo concreto a la ración de Andreu y de su familia, puesto que a los abuelos nada les había ocurrido y por tanto se afirmaría la intencionlidad del crimen.

El experimento dio el resultado esperado porque el gato al ingerir un poco de comida siguió con su vida tranquila, sin ninguna clase de alteración orgánica.

Mas la Justicia seguía tan a ciegas como al principio de la investigación, porque si no había habido ningún accidente fortuito, ni había habido ningún motivo aparente de suicidio ni nadie sospechoo en la casa excepto la cuñada de Andreu, que era inocente ¿qué había pasado? ¿Quién era el asesino? ¿Quién?

Los detectives del caso tenían la sensación de que quien fuese estaba riéndose de ellos.

El oscurantismo de aquel suceso llegó a trascender a la prensa de aquellos años, y mientras tanto como es de imaginar quienes más sufrían eran Ramón y su mujer Carmen.

 

 

 

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