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32 min
Edwards, un asesino a través del tiempo (VI)
Amor |
23.03.20
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Sinopsis

PD: Antes de nada quería decir que he cambiado las horas d elos crímenes del capítulo IV, para que tuviese mas coherencia. SIn más, os dejo con otro capítulo más.

 

VI

—Avisa a todos los medios de transporte de Georgia y diles que el inspector Robin de la comisaría central de Atlanta ha dado la orden de cancelar todos los viajes y vuelos del estado —estaba llamando a mi comisaría por el teléfono que existía en la sala de control de vigilancia después de ver como Edwards abandonó hace dos horas la morgue mientras nosotros jugábamos a rebobinar cintas de seguridad como un adolescente su cassette de música preferida.

—¿Todos los vuelos y viajes inspector? —notaba como su voz estaba conmocionada ante semejante autoridad, inmovilizando todo el estado—. Si pedimos esa orden a nivel estatal sabrá que el alcalde de Georgia se presentará en la comisaría y querrá explicaciones.

—No me importa Martha. Quiero que el aeropuerto te de una lista de los billetes vendidos en las dos últimas horas. A estas horas no creo que sean muchos, no les será muy difícil. Un fugitivo altamente peligroso se acaba de escapar y no quiero que abandone el estado y perder el caso.

—¿De quién se trata?

No me creía el nombre que estaba a punto de dar. Un nombre que debería estar escrito sobre una lápida en pocas horas en vez de estar en una conversación con mi comisaría.

—Richard Edwards, el hijo de los Monson —dije finalmente.

—¿Richard Edwards? —su conmoción fue bastante mayor cuando oyó el nombre del preso que habían condenado a muerte la mañana anterior—. ¡Si está muerto! —por su tono de voz seguía conmocionada.

—No. Ha matado a tres personas y ha escapado. Llama a todas las comisarías de Georgia y comunica que el hijo de los Monson se ha escapado de la morgue con tres asesinatos más. Que el dibujante haga un retrato robot de él y que empapele todo el estado con su foto. Quiero ir a tomarme un café en cualquier cafetería del estado y ver la foto de Edwards desde la ventana. ¿Queda claro?

—Sí inspector, haré todo lo que me ha dicho. Antes que salga el sol todos los medios de transporte estarán cerrados.

—Mantenme informado en todo momento.

—De acuerdo —dijo colgando la llamada.

—Jack, Meyers, quiero que recojáis todas las cintas de seguridad que os entren en el maletero del coche policial de las cámaras de seguridad por donde se hubiese podido escapar Edwards. Tenemos que recopilar todos sus pasos si lo queremos capturar antes que abandone el estado.

—Señor... —intentó decirme Jack, silenciando su respuesta al saber la magnitud del caso. Nuestra comisaría no estaba para oír un no como respuesta para el arresto de Edwards.

Sin mencionar más palabras, cogieron sus abrigos, las llaves del coche, y salieron de la sala para obedecer mi orden. Volví a coger el teléfono de la sala de vigilancia y llamé de nuevo a Martha, cogiendo el teléfono al cuarto intento. Sabía que no me fallaría, su expediente era intachable.

—Comisaría del distrito de Atlanta—dijo al responder.

—Martha, quiero que hables también con tráfico y que estén alerta sobre los diferentes robos de vehículos que se estén produciendo a partir de ahora. No hay que olvidar su facilidad para abrir coches y darse a la fuga con ellos. Dudo que ahora mismo esté montado en uno para huir a otro estado, pero no hay que descartar nada ahora mismo.

—De acuerdo. Las comisarías están al corriente movilizando sus patrullas para darle caza. Incluso la del distrito doce va a colaborar con nosotros para el cierre de los medios de transportes, encargándose del transporte aéreo y de la venta de billetes en las últimas dos horas.

—Estupendo Martha.

—Además, van a enviar patrullas al aeropuerto para su vigilancia.

—Gracias —colgué la llamada, sabiendo que todo el operativo para la caza y captura de Edwards estaba saliendo bien, teniéndolo en el calabozo en pocas horas. No tenía escapatoria—. ¿Podéis poner de nuevo las imágenes de Edwards saliendo de la morgue?

—Sí inspector —me respondieron el equipo de vigilancia.

—Ahí es cuando sale de la morgue con los asesinatos de Jonas y Nick —decía Joe que seguía conmigo como si estuviese narrando la historia.

—¿Se puede parar la imagen? —dije. Me afirmaron que sí—. Espera un momento. ¿Puedes ampliar la imagen?

—Sí, aunque va a perder mucha nitidez —asentí dando la orden.

—Quiero que enfoquéis sobre la altura del pecho, me pareció ver algo la primera vez y quiero salir de dudas.

—¡Son las mismas marcas que tienen el resto de los cuerpos! Una R y una E superpuestas —se había verificado las sospechas de unas marcas sobre su pecho la primera vez que vi el vídeo—. ¿Se las ha hecho él mismo? —fue una pregunta retórica de Joe—. Será hijo de puta.

—Recuerda que tuvo durante años como modelo a sus padres — dije motivado por sus palabras—. Los asesinatos que hemos visto esta noche tienen una maldad que jamás la tuvieron los Monson. En ninguna escena de sus múltiples asesinatos jamás presenció la policía un escenario tan macabro como ese. Presenciamos escenas de violaciones, acribillados a tiros, con armas blancas, pero jamás fueron escenas tan dementes como ha llegado esta noche el pequeño Monson. Eran unos simples psicópatas que si hace meses no le hubiesen matado en esa cabaña, sacarían sus cuerpos al morir de viejos en una institución mental. ¿Qué hubiesen hecho en su lugar cualquiera de los dos esta noche?

—Habrían salido desnudos y con el bisturí en su mano, matando a cualquiera que estuviese por allí —respondió Joe, siendo el único policía que estaba en la sala de vigilancia conmigo.

—Nos estamos enfrentando a un asesino que tiene planificación. No es un simple psicópata que puede acabar con la vida de alguien solo llevado por sus trastornados impulsos, como los que abarrotan las prisiones de EEUU. Edwards esta noche ha llegado a matar a su segunda víctima con solo miedo, sin usar ningún tipo de arma. ¿Qué clase de psicópata desperdicia la oportunidad de usar una pistola y huir del lugar del crimen? Con la tercera y cuarta utilizó una espada y el bisturí de autopsias. La pregunta es, ¿a quién mató primero? La cuarta y última víctima debería ver aterrorizada como acababa con la vida del otro delante de él, sabiendo que él era el siguiente. Diles que vamos de inmediato —dije cuando el equipo forense de nuestra comisaría que estaba en la morgue nos comunicaba que habían tenido resultados.

—Vamos para allá —dijo por la radio.

—¿Qué hacemos con las cintas? —me preguntaron los técnicos antes de salir de la sala de control.

—Guardarlas a parte hasta que le detengamos. Es una prueba de sus crímenes que la utilizaremos en el juicio —no dije nada más.

Bajamos las escaleras dejando al equipo técnico en la sala de control para dirigirnos de nuevo a la morgue donde estaba trabajando el equipo forense de mi comisaría, para esclarecer cualquier pista en esos dos nuevos asesinatos que le hiciese retroceder algún paso; nos lleva ya mucha ventaja.

—El cómplice sobre las siete de la tarde bajó por estas escaleras para abrirle la puerta a Elliot, cruzándose seguro con Jonas y Nick que las subían para ir a la cafetería —le iba comentando a Joe camino a la morgue, rebobinando desde el principio al reabrir de nuevo la herida de los Monson en Georgia—. Llegó hasta esta puerta y la abrió, dejando pasar a Elliot —dije abriéndola, viendo la silenciosa madrugada a esa hora. Eran cerca de las tres de la madrugada—. Hasta aquí todo bien, ¿verdad Joe? —pregunté porque hasta yo mismo dudaba al no tener ninguna pista de como cometió sus asesinatos.

—Sí inspector, hasta este punto todo concuerda.

—Luego se ve en las cintas como el cómplice se vuelve por las escaleras mientras que Elliot entra aquí dentro —decía entrando, viendo como la científica de mi comisaría estaba trabajando en el caso—. Las cámaras muestran como diecisiete minutos más tarde vuelven los forenses de la cafetería y se encuentran el rastro de sangre de Elliot, llamándonos automáticamente y sabiendo todo el resto hasta este minuto —dije ignorando a la científica de mi propia comisaría, repasando mentalmente todo el caso que con solo doce horas ya llevaba tres víctimas mortales—. ¿Cómo pudo matar Edwards al agente de policía en apenas ese tiempo solo con miedo, esconder su cuerpo y esconderse él en el interior de alguna cámara? ¿Por qué esperó a Jonas en vez de escaparse como haría cualquier persona al tener una segunda oportunidad? —las mismas preguntas se repetían una y otra vez, haciendo que ardiese mi mente en ese estado de bulimia.

—Inspector, sabemos que Nick fue asesinado alrededor de una hora antes que Jonas.

—¿Una hora antes? —dejó sesenta minutos más con vida al forense, viendo en esa hora como su ayudante yacía muerto en el suelo. Una tortura psicológica que seguro que no pudo resistir y cuando acabó con la vida de Jonas, ya llevaría minutos muerto—. ¿Y la espada?

—No es una réplica, es de verdad. Si fuese una réplica valdría lo mismo que algunos deportivos. Le cortó el cuello de un golpe seco, desgarrando su cuello como si fuese mantequilla. Si existiesen marcas irregulares en el corte se trataría de una réplica pero no es el caso —me decían mientras veía el bulto de su cabeza bajo la tela forense junto a su cuerpo, como si fuese un puzle de dos piezas. Aún existía un gran rastro de sangre reseca de Jonas en el suelo.

—¿Habéis preguntado si Jonas guardaba una espada aquí?

—Sí. Nadie sabía nada relacionado con una espada en su lugar de trabajo. Incluso nadie recuerda haber mantenido jamás una conversación de espadas o armas medievales con Jonas.

¿Para qué iba a esconder Jonas una espada real en la morgue? Cualquiera la tendría en una vitrina en el salón para exhibirla a las visitas, ¿pero no en su puesto de trabajo? Era la pregunta que me estaba haciendo desde su asesinato.

—¡No se ha llevado la pistola! —en medio de todo ese jaleo nadie se percató que la pistola seguía en el mismo sitio para que Jonas le hiciese las pertinentes pruebas forenses; incluso ninguno de los asistentes que estuvimos viendo los vídeos de grabación asimiló que al salir desnudo Edwards significaba que tampoco llevaba encima la pistola de Elliot—. ¿Qué clase de asesino sale de una escena del crimen dejando una pistola con el cargador lleno? ¿Qué tiene en mente ese hijo de puta? Los Monson siempre actuaban solos, sin más cómplices que ellos mismos. Edwards ahora mismo está solo en Atlanta, sin nadie para que le pueda ayudar a esconderse o que le proporcione documentación falsa para abandonar la ciudad o el estado. Una cosa ha quedado clara esta noche.

—¿El qué inspector? —me preguntó Joe.

—No podemos volver a montar los mismos operativos que la policía montaba para atrapar a los Monson. Edwards desde esta noche se ha desvinculado completamente de los patrones que llevaba siguiendo como un hijo ejemplar con sus padres los últimos años, dejando escenas de crímenes que jamás ha llegado a ver Georgia para los Monson. Está sólo, sin figuras paternas que frenen sus impulsos o que calmen su comportamiento asesino. Al desaparecer la sombra de sus padres se ha sofisticado al desaparecer las directrices que llevaba durante años siguiendo. No podemos seguir hablando de los Monson; ahora es solo Richard Edwards.

—Si dice que no tiene a nadie que le proporcione ayude, lo primero que hará es tener de cualquier forma ropa —dijo Joe—. No creo que quiera estar mucho más tiempo paseando completamente desnudo llamando la atención con esas cicatrices postmorten en su piel.

—Ropa —mentalmente esas letras paralizaron a mi mente—. Al habla vuestro inspector —empecé a decir por radio—. Quiero que estéis vigilando junto al robo de cualquier vehículo si hay robos en alguna tienda de ropa; o si alguien denuncia un asalto en cualquier rincón de Atlanta o Georgia. Si es así, quiero estar informado —¡Cómo no se me había ocurrido antes, debería de haberlo pensado! Ya nos lleva bastantes pasos por delante.

—Le mantendremos en alerta. Cambio y corto —respondió Meyers por radio.

—¿Alguna otra idea? —no estábamos para ignorar cualquier idea solo por el rango o el número de estrellas en el uniforme.

—Inspector. Al habla Martha.

—Sí, te oigo.

—Necesito que venga urgentemente a la comisaría.

—No puedo, estamos en plena busca y captura de Edwards.

—Inspector, al habla Rogers, alcalde del estado de Georgia.

—Buenas noches señor Rogers —me esperaba que enviaría un burofax o a su mano derecha para hacer acto de presencia en mi comisaría en vez de él mismo en persona como había hecho pasadas las tres de la madrugada. Con su mano derecha o un trozo de papel que salía del fax se podía hablar o incluso ignorarlo; sin embargo con un político no entiende nada más allá de economía y poco más—. Quiero que venga inmediatamente y me explique el operativo que está llevando a cabo sin mi consentimiento.

—Sí señor, estaré lo más rápido posible. —Sabía que tenía que darle muchas explicaciones al alcalde del estado y entorpecería bastante en el operativo de las comisarías de Goergia—. Joe, ya sabes que tienes que hacer, ¿verdad? —sabía que podía confiar en él en mi ausencia. Llevaba años siendo mi mano derecha, estando en todo momento a mi lado, oyendo mis órdenes y mi forma de actuar. Era la persona más indicada de mi comisaría para estar al mando.

—Sí inspector, sé que tengo que hacer. Estará tan informado como yo de las novedades del caso.

—No lo dudaba en ningún momento.

Cogí mi coche y me acerqué a la comisaría donde estaba esperándome un político que no entiende de persecuciones ni arrestos, de asesinatos o víctimas mortales, solo de no perder votos en las siguientes elecciones por el motivo que fuese. Conduciendo de camino a nuestra politizada conversación iba observando las calles del distrito, viendo como diferentes patrullas patrullaban las calles en su busca. Ninguna estaba detenida, dándome a entender que nadie había recopilado aún una pista sobre su paradero, siguiendo buscando a Edwards. En la puerta de la comisaría no existía la presencia de ningún vehículo policial, estando todos en el operativo.

—¡Quién cojones se creé para dar la orden de blindar a Georgia cerrando todos los medios de transporte!

—Buenas noches señor alcalde —le dije respetando los protocolos políticos.

—¡Tiene los cojones de decirme buenas noches! —su tono de voz se perdía por la comisaría, desperdigando el enfado que transmitía—. ¡Me da igual que clase de psicópata se le haya escapado por su incompetencia! ¡Quiero que ahora mismo coja ese teléfono y de la orden de abrir de nuevo las fronteras de mi estado!

—Lo siento señor, no puedo dar esa orden hasta que no tenga al hijo de los Monson en un calabozo.

—¿El hijo de los Monson? ¡Se está burlando de mí inspector! Lo ejecutaron ayer por la mañana, siendo yo mismo quién firmó el documento semanas antes para su ejecución.

—No puedo darle muchos detalles. Lo único que puedo decir es que sobrevivió a la silla eléctrica y ha matado a un agente de policía, a un forense y a su ayudante; luego se ha escapado de la morgue y está en paradero desconocido. ¡Hay que darle caza a ese hijo de puta! ¡Usted no ha visto lo que es capaz de hacer! ¡No ha visto los cadáveres en la morgue! Si los hubiese visto no estaría en mi comisaría entorpeciendo el trabajo de todas las comisarías de Georgia.

—¿Sabe qué significa cerrar el aeropuerto de Hartsfield-Jackson para nuestra economía? Está en el distrito financiero. ¿Sabes cuántos altos ejecutivos vuelan al día? ¿Quieres que me cojan de los huevos y me los corten? Son las tres y veinticinco de la madrugada. Antes de las seis de la mañana quiero todos los medios de transportes abiertos. Si quiere dejar a sus policías merodeando por ellos me importa una mierda, pero quiero que antes de la hora punta esté todo abierto.

—Pero señor, se podía escapar a los estados vecinos. Podía escapar a Florida, Carolina del Sur o Alabama, ¡traspasando por primera vez el terror de los Monson a otro estado! —cada vez mis palabras fueron ganando fuerza, hasta pronunciar esa última frase con aquella energía.

—Es una orden. Si quiere seguir manteniendo sus estrellitas y su despacho ya sabe que tiene que hacer. Si no, le veré mañana haciendo hamburguesas en el McDonald´s cuando vaya con mis hijos.

—Martha. Da la orden de reabrir todos los medios de transporte inmediatamente. Envía un comunicado de prensa al Atlanta Constitution explicando que esta noche se ha tomado una medida precipitada, pidiendo disculpas a los habitantes de Georgia. ¿Le parece bien ese comunicado señor alcalde? —sabía que era lo mejor en ese caso.

—Sí. Veo que no es tan incompetente como creía.

—Eso sí Rogers —le dije sin diplomacia—. Bajo su consciencia tendrá todos los asesinatos que a partir de ahora cometa Edwards.

—Tengo el sueño muy profundo inspector, no se preocupe por mí —mis dedos se apretaron en mi puño cerrado, aplastándolos y deseando transmitir toda esa rabia contra su mandíbula, dejándole algunos huecos en su dentadura.

—Será mejor que toda esa rabia la guarde para encontrar al hijo de los Monson.

Sin más, se marchó de mi comisaría dejándome con un comunicado completamente politizado para el periódico más importante del estado, donde se dejaba una catastrófica actuación policial.

Como ordenó Rogers antes de las seis de la madrugada estaban todos los medios de transporte operativos, dejando a numerosas patrullas que obstaculizaban parcialmente el movimiento de los pasajeros en las diferentes estaciones de transporte. Había dado la orden de incrementar la vigilancia en las principales estaciones de autobuses, siendo el medio de transporte más simple y económico de abandonar la frontera de Georgia.

Todo ese operativo se prolongó durante horas, ralentizando a los viajeros en sus respectivos transportes. Prometí a Rogers la reapertura de cada uno de ellos, pero su cerebro politizado no contempló que la policía entorpecería el tránsito de viajeros para seguir con la caza de Edwards, apareciendo ciertos retrasos en la hora punta de los principales servicios. Esperaba su llamada, que no tardó mucho en sonar en mi propio despacho. Le dije a Martha que lo cogiera y que le dijese que estaba en el operativo con mis agentes, que su orden se había cumplido.

Uno de los controles colocados en la frontera por carretera me avisaron sobre las diez de la mañana que un autobús que salía de Georgia dirección Florida hubo un pasajero que se mostró hostil ante la detención del vehículo, pensando que ya era nuestro Edwards. Finalmente se trataba de un criminal bajo la condicional que intentaba escapar del estado, haciendo rehenes a todos los pasajeros del autobús para así salir del estado. En menos de una hora se redujo y volvió al calabozo para su ingreso de nuevo en prisión.

Pasado el mediodía compadecí ante los medios de comunicación en una rueda de prensa donde expliqué los detalles de los asesinatos, dando el nombre del autor de dichos crímenes. Los periodistas empezaron a ser su trabajo haciendo una avalancha de preguntas al oír que el hijo de los Monson había sobrevivido a la silla eléctrica y había escapado. Di esa información porque era crucial que si alguien viese a un chaval con esas marcas en su piel que se pusiese enseguida en contacto con la policía.

A las seis de la tarde reuní a mi comisaría y a los inspectores de otras comisarías que estaban trabajando con nosotros sin saber nada al respecto; junto con altos cargos policiales como el propio alcalde, que volvía a pisar mi comisaría de nuevo en menos de doce horas.

—Esta es la foto de los cadáveres. No es muy agradable de ver —ya llevábamos algunos minutos hablando, dejando atrás los saludos protocolarios.

—¡Está sin cabeza! —exclamaron algunos policías de mi comisaría alarmados por la bestialidad del crimen.

—¡Es la morgue! —dijo uno de los inspectores. Estaban sorprendidos por los asesinatos y el lugar de los mismos.

—Las víctimas eran el forense y su ayudante del edificio gubernamental de Goergia donde se llevó su cuerpo después de su sentencia a muerte en la silla eléctrica ayer al mediodía, produciéndose estos dos crímenes sobre la medianoche. Pero este hombre —el reproductor de diapositivas sonó, pasando a la siguiente donde se mostraba el cadáver del agente Elliot— fue su primera víctima horas antes de matar a los forenses —todos se estremecieron al ver el rostro de terror de Elliot.

—¿Salió de la morgue y volvió a entrar? —preguntó otro inspector—. No tiene sentido. Los Monson no actuaban así. ¿Por qué sí lo iba hacer su hijo adolescente?

—No. Todos sus crímenes se hicieron en la morgue.

—¿Los forenses no vieron el cadáver en la morgue al ir a su turno de trabajo? ¿Lo guardó en alguna cámara vacía? —decía el primer inspector que habló. Era de la comisaría del distrito doce que nos ayudó en el aeropuerto.

—No. Sobre las siete y media de la tarde nos llamó el forense porque había visto unas manchas de sangre en la pared, y cuando inspeccionó más a fondo vio que no estaba el cadáver de Edwards, si no, el del agente Elliot del distrito nueve. Entró con su arma reglamentaria para realizar alguna especie de venganza por el crimen que cometió hace meses con su compañero. Como se puede apreciar en la siguiente imagen, murió con el brazo completamente roto —pasé a la siguiente diapositiva.

—¿Le rompió el hueso? ¿Cómo puede un hombre romper un hueso de esa forma?

—Es una pregunta a la que no tenemos respuestas aún. Pero hay otra más importante. ¿Cómo lo mató en el tiempo exacto de diecisiete minutos sin armas? El forense le practicó la autopsia y dejó un informe escrito antes de su fallecimiento, detallando en él que el agente Elliot murió de una parada cardiovascular: Murió de miedo. Así es como mató a su segunda víctima.

—¿Murió de miedo? ¿Cómo se mata a una persona solo con miedo? —decía el otro inspector.

—Como he dicho no tenemos aún la respuesta a esa pregunta. Ni los forenses asesinados ni la científica de mi comisaría han dado con esa respuesta.

—¿Y si le obligó al forense a reescribir el informe antes de asesinarlo para despistar a la policía?

—¿Un Monson sofisticado? Sus cabezas estaban llenas de perversión, sin más inteligencia que un animal prehistórico —decían otros dos inspectores.

De nuevo sonó como se cambiaba de imagen en el proyector.

—Estas marcas que están viendo corresponden a marcas que grabó el propio Edwards sobre la piel en cada una de sus víctimas. La primera víctima correspondiente a Elliot no se apreciaba muy bien, pero las mejoró con ambos forenses. Son sus iniciales, dos letras que corresponden a una R y una E. Como se aprecia las realiza en diferentes partes de su cuerpo, nunca en el mismo lugar. En el pecho, en la frente y en la mano derecha. Este último detalle que acabamos de ver ha sido el único detalle que no se ha revelado a la prensa en el comunicado que he dado hace unas horas, evitando así a los posibles imitadores.

—¿Por qué lo hace? ¿Qué propósito tiene al dejar sus iniciales en sus víctimas?

—Suponemos que su único propósito es quererse desvincular completamente de sus padres, rompiendo así el vínculo que le une con los asesinatos que cometieron en vida; y, por último, que la prensa no lo conozca como el hijo de los Monson, si no, como un asesino independiente. Esta es la imagen de la cámara de vigilancia que graba su salida de la morgue a las doce y media después de haber asesinado a los forenses. —Comencé a oír todas sus preguntas: eran las mismas que me seguía haciendo yo de forma bulímica—. Subestimamos aquel chaval esa noche hace cuatro meses, pensando que era un simple ladronzuelo de coches que ayudaba a sus padres a huir de la policía. No utilizó con ninguna de sus víctimas el arma del agente Elliot, que estuvo toda la noche con el forense para su análisis, eligiendo para cada víctima una forma de matarlas diferente. Esa es la razón por la cual he dado la orden de cerrar todos los transportes del estado, impidiendo la escapatoria de este asesino —en la pantalla del proyector se podía ver la imagen congelada de Edwards saliendo de la morgue—. Pero como todos sabéis antes de las seis de la mañana se ha tenido que reabrir por nuestro alcalde —intentó esconder su mirada sin éxito delante de tantos agentes de policía—, pero gracias a todos nosotros sabemos que no ha salido de Atlanta, reduciendo toda la búsqueda aquí en la metrópolis. Os pido máxima colaboración. Como sabéis no estamos hablando de cualquier asesino, si no, del hijo de los Monson. No hace falta recordar todo el daño que dejaron en nuestro estado sus padres como para dejar escapar a su prudente hijo y volver a ese infierno.

—¿Qué propone?

—Blindar Atlantis.

—¿Quieres blindar Atlantis? ¿Sabes lo que significaría? ¿Sabes cuántos bancos importantes hay? ¡Está la Coca Cola, por dios! —dijo exaltado el alcalde que de repente quiso participar en la reunión.

—No señor alcalde, me refiero a poner controles en todas las carreteras para evitar su huida. No tiene escapatoria. Solo le pido como inspector que no se entrometa esta vez, que nos deje trabajar para detener a Edwards. Si su preocupación es que Atlantis pierda negocios durante esté el operativo en marcha, no se preocupe alcalde, Atlantis será tan financiera como siempre ha sido —no dijo nada con palabras, pero con la expresión sí—. De acuerdo, quiero controles en las principales y secundarias carreteras de Atlantis, noche y día. No hace falta que os diga como se tiene que trabajar en vuestras comisarías, confío en vuestra profesionalidad. Estaremos todos en alerta. Tenemos que evitar que salga de Atlantis y coja un avión en el aeropuerto Jackson.

Durante todo el día estuvieron presentes todos los controles, ralentizando de nuevo el bullicioso tráfico de la metrópolis financiera de Atlanta, postergándose hasta las horas más críticas que eran por la noche. Conocíamos a los padres, sabíamos que por su modo de actuar estaría unos días escondido en cualquier lugar e intentaría huir luego con coches robados evadiendo cualquier control policial; pero como expuse en la reunión nos estábamos enfrentando a un nuevo asesino, un Monson que quería dejar atrás a sus padres.

A la mañana siguiente volví a mi comisaría para ver que noticias había sobre Edwards durante toda la noche, pero me quedé paralizado al ver un flamante Cadillac Deville de color oscuro aparcado en la puerta de mi comisaría, siendo el único vehículo que junto con un Ford de mi comisaría estaba allí aparcado. No hacían falta presentaciones, sabía que ese vehículo se trataba del FBI. ¿Cómo podía ser que el FBI estuviese en mi modesta comisaría?

—¿Es usted el inspector Robin? —me dijo con su elegante traje de color oscuro en una de las sillas de espera con varios periódicos en la mano y agarrando un pequeño maletín del mismo color de su traje. Me dio a entender que llevaba mucho tiempo esperando al estar sentado en la hilera de sillas de espera de mi comisaría.

—Sí, soy yo.

—Soy el agente Clark del FBI —me dijo sin darme la mano—. ¿Podemos hablar en su despacho?

—Por supuesto, acompáñeme —le dije yendo a mi despacho.

—¿Quiere un café? —le dije en mi despacho.

—No. Quiero que vea estos periódicos —me dijo tirándome los diferentes periódicos sobre la mesa de mi despacho—. La mayoría de los titulares dicen lo mismo: Muerto mata a tres personas en la morgue.

—¡Este es el New York Times! —dije al revisar el tercer periódico—. ¿Cómo que la noticia ha llegado hasta el periódico más importante del país?

—Sabemos como son los periodistas, son igual que las ratas en la peste. Están en todos los sitios.

—¿Pero el New York Times? ¿Por qué le interesa a ese periódico lo que ocurre en el estado de Georgia?

—Si le sorprende ese periódico, espere a leer este —dijo colocando el pequeño maletín sobre mi mesa, abriéndolo y sacando un folio—. Esta portada nos la han enviado por un burofax esta mañana. Viene de Europa.

—¿Europa? ¿The times?

—Sí. Es el periódico más importante del reino unido.

—Muerto mata a un policía y a dos forenses en EEUU —dije leyéndolo.

—¿Qué esperaba después de la rueda de prensa de ayer donde dijo al mundo que un muerto resucitó y se le escapó matando a tres personas? Quiero que me dé el expediente de este caso para revisarlo a fondo. El FBI desde este momento estará en apoyo de este caso —no me creía que un caso del estado de Georgia se quisiese involucrar el FBI. En los años anteriores donde los Monson mataban, jamás le importaron al FBI; sin embargo el pequeño Edwards mata a tres personas y se presentan en mi comisaría para formar parte. No tenía sentido—. No podemos consentir que un asesino como este siga acaparando titulares en la prensa internacional. ¿Se imagina usted si los rusos empiezan con titulares parecidos? ¿Dónde se quedaría el nombre de los EEUU al no poder detener a un simple adolescente? ¡Nos invadirían los comunistas señor Robin!—no podía creerme sus palabras, anteponía la guerra con Rusia ante un caso policial. Al FBI no le importaba nada sobre ese caso, seguro que ni sabía la historia de los Monson en nuestro estado. Solo quería que los rusos no se enterasen de que los EEUU no pudiesen arrestar a un simple adolescente que había matado a tres personas en la morgue al revivir de la silla eléctrica—. Quiero todos los detalles. Comunique a su comisaría que a las tres de la tarde quiero hacer una reunión con todos, para explicarles en que va a consistir la operación.

—Sí —no pude dar otra respuesta que esa afirmación al integrarse por la fuerza el FBI en nuestra investigación.

Estuvimos en el lugar del crimen, recreando todo el caso de los tres asesinatos, explicándole todas las teorías que barajábamos. Me dijo que era absurdo la teoría en la que Edwards hubiese estado escondido en una de las cámaras y esperase que la abriesen los forenses. Después les enseñé todas las cintas de seguridad que estuvimos revisando, viendo con sus propios ojos como Edwards salía completamente desnudo de la morgue, dejando la pistola de Elliot en la morgue. También le llamó a él la atención esa acción, sin poder darnos mutuamente una respuesta.

Como dijo, a las tres de la tarde se hizo la reunión con mi comisaría junto al resto de las comisarías que trabajaban con nosotros, terminando alrededor de las cuatro y cuarto. La única medida que se podría destacar respecto a las que se impuso la tarde anterior conmigo al mando, fue que esta vez sí se blindaría Atlanta, impidiendo que Edwards saliese de la ciudad sin ser arrestado.

Durante las siguientes 48 horas de la finalización de la reunión se llevó a cabo el blindaje de la ciudad; el teléfono del alcalde no llamó a mi comisaría para el cese del blindaje, sabiendo que el FBI había dado la orden y no se atrevía a negarse a una orden directa de ellos. La ciudad parecía la frontera de Méjico con EEUU, deteniendo a todos los vehículos, autobuses y pasajes de avión que querían abandonar Atlanta, creando confusión entre los habitantes al crear tremendas colas de tráfico en todas las estaciones y salidas por la estatal.

Al tercer día de estar trabajando codo con codo con el FBI y después de cinco días de la desaparición de Edwards, mi comisaría recibió una llamada importante y Martha me la hizo notificar por radio. Le dije que volviese a llamarme en media hora, que estaría en mi despacho. En ese periodo de tiempo recibí la llamada.

—¿Inspector Robin? —preguntaron al coger la llamada que había entrado en mi comisaría en mi ausencia.

—Sí, soy yo.

—Le llamo de la comisaría de Toronto respecto a su caso.

—¿Toronto, Canadá? —dije impresionado.

—Sí.

—¿Cómo sabéis qué es mi caso? ¿Sabe dónde está mi comisaría?

—En Atlanta, ¿me equivoco?

—Sí, no; digo, es cierto que soy de Atlanta. ¿En qué puedo ayudarle de tan lejos? —pregunté al saber quién era yo.

—Hemos descubierto un cadáver en una fábrica abandonada y en la pared estaba escrito su nombre y que era de Atlanta. EL forense dice que lleva varios días muerta.

—No puede ser, mi asesino sigue en Atlanta, no ha abandonado el estado y mucho menos ha abandonado los EEUU para irse a Canadá a matar a su siguiente víctima —decía como si hablase conmigo mismo—. Tiene que ser un imitador. Usted sabrá que hay muchos asesinos que buscan la fama al imitar a un asesino que llena las hojas de los principales periódicos —dije apunto de colgar. No estaba para que me un simple imitador me gastase una broma—. Si fuese mi asesino hubiese dejado una marca en la piel de su víctima.

—Sí, exacto en su tobillo.

 —¿De qué marcas se tratan? —mi tono de voz estaba acelerado.

—Dos letras superpuestas: Una R y una E.

No existía la duda, incluso blindando Atlanta como se hizo salió del estado y cruzó la frontera con EEUU y había matado a otra víctima en Canadá, en la otra punta de nuestras fronteras. Jamás se filtró a la prensa esas marcas sobre sus víctimas, dejando ese detalle archivado en el más estricto secreto. Ningún periódico con aquellos titulares llegó a mencionar nunca las marcas en los cadáveres—. ¿De quién se trataba? —pregunté.

—Una taxista de una compañía local de Toronto.

—¿Una taxista? ¿Le agredió sexualmente? —su padre, a las víctimas femeninas mínimo las violaba dos veces. Era un depredador sexual.

—En un principio no.

—¿En un principio?

—El cuerpo parece que... —suspiró un segundo y continuó, como si no se creyese las palabras que iba a decir— que le haya atacado el chupacabras. Si, ha oído bien. Para reconocer a la víctima hemos tenido que llamar al dueño de la empresa para que reconociese el cuerpo: Entró en estado de shock durante muchos minutos.

—Quiero que para esta noche tener reservada dos habitaciones de hotel lo más cerca del asesinato. La otra habitación es para un agente del FBI que trabaja con nosotros.

—¿EL FBI está en este caso? —me dijo impresionado.

—Sí. Cuando lleguemos no quiero que me de un simple informe redactado en su despacho, quiero que recree el caso punto por punto conmigo delante.

—De acuerdo.

—Nosotros nos encargaremos de los billetes de avión. Por último, no quiero que hable con la prensa, si no lo ha hecho ya.

—No, aún no hemos hablado con la prensa.

—De acuerdo, que así sea. Queremos mantener en secreto las marcas sobre la piel.

—Para los imitadores, ¿Cierto?

—Sí.

—Esta misma noche tendrá las dos habitaciones de hotel.

 

PD: Me gustaría seguir leyendo comentarios respecto a la obra, sobre todo que se centren sobre el protagonista, el ser asesino con apariencia de Richard Edwards. Me encantaría saber las opiniones de mis lectores. Pronto publicaré el siguiente capítulo. 

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