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22 min
Ejercicio de igualdad
Reales |
08.08.19
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Sinopsis

Julen y Txema creen que son feministas. Covadonga Rodríguez cree que está favor de la igualdad. Pero yo no lo creo.

Estaba arreglando uno de los monitores del control cuando vinieron a decirme que había una charla a la una del mediodía. Eran Txema y Julen. Se ocupaban de todo el tema de los sindicatos.

—¡Pero si esa es casi la hora de comer! —se quejó Kike.

Txema nos explicó que aún tenían que pasar a informar por muchos sitios, y que tenían que irse.

—Estaría muy bien que fuéramos todos los del grupo —dijo Julen antes de salir del control.

Txema y Julen habían creado un grupo de guasap con los trabajadores que consideraban afines, y se pasaban el día lanzando lemas y consignas sobre todo tipo de cosas, incluido el feminismo. Realmente, ellos creían que eran feministas. Por eso pitaban tanto sus comentarios sexistas durante su vida diaria y su jornada laboral. En cuanto veían una mujer guapa pensaban con la polla, lo que me resultaba bastante desagradable. Tampoco faltaban los comentarios machistas atribuyéndote hacer cosas de chicas, si utilizabas rotuladores de colores o te dabas una crema en la cara. Eso sí, en cuanto les llegaba una consigna se transformaban como autómatas. Algo les hacía click, y lo repetían como loros. Y, además, querían que todo dios se plegara a ello. Y si no era así, en su reducido y autoritario círculo, quedabas señalado.

Me acerqué allí con Kike y Alicia. Era en el auditorio. En la parte baja había una mesa estrecha y larga, y frente a ella estaban sentados un hombre y dos mujeres. Ellas iban elegantes, con ropa de marca. Él tenía un aspecto menos elaborado, con el pelo despeinado, aunque también bien vestido. Empezó el acto y la moderadora presentó a Covadonga Rodríguez, una experta en comunicación y género. Covadonga saludó desde el micro que tenía delante, pero en seguida se incorporó y se colocó en el centro de la estancia. Junto a ella había una pequeña mesa y un atril. A mí me recordaba a una de esas salas de operaciones para estudiantes que había en los hospitales antiguos.

—Os voy a proponer un ejercicio. —Covadonga Rodríguez movía los brazos muy relajada mientras hablaba. Sin embargo, obviando sus recientes palabras, paso directamente al ejercicio—: ¿Podéis levantar la mano aquellos hombres que os consideréis feministas?

Txema levantó la mano inmediatamente. Julen dudó, pero finalmente no movió un dedo. Sin lugar a dudas, era menos imprudente que Txema y, sobre todo, menos osado. Ser un cobarde es una ventaja cuando eres alguien extremadamente limitado. Julen me miró sonriendo y señaló a Txema con una mueca. Yo dirigí mis ojos a Alicia. Ella no me respondió y continuó mirando a la ponente. Alguien más levantó el brazo. Covadonga Rodríguez no parecía satisfecha con la cifra conseguida y preguntó de nuevo:

—¿No hay ningún hombre feminista más? ¡Ay, cómo nos cuesta esto de la igualdad!—se lamentó. Entonces, dando un quiebro evidente, varió su pregunta—: ¿No hay más hombres en esta sala que estén por la igualdad?

Se alzaron algunos brazos más. Tras insistir y lamentarse de nuevo, aunque seguía decepcionada con la cifra, la experta prosiguió con el ejercicio:

—Pues a los hombres que habéis levantado el brazo os voy a pedir un gesto simbólico: que os pongáis de pie, os dirijáis al fondo del anfiteatro, y os sentéis en la última fila. —La ponente acompañaba su voz, tranquila y penetrante, con movimientos de brazos lentos pero constantes, con las palmas siempre abiertas—. De esta manera, cederéis vuestros espacios a mujeres para que, así, ellas tengan más visibilidad en nuestra sociedad. Del mismo modo, si os consideráis feministas —si estáis por la igualdad— en vuestras vidas deberéis dejar espacios a las mujeres en todas las facetas. Este ejercicio es solo un símbolo.

Alicia me miró. Se estaba fijando en su vestido y en la manera que tenía de agitar los brazos y las manos. Ella, probablemente, no lo pensaba en aquel momento, pero por mi cabeza rondaba la idea de ¿cuántas oportunidades más habría gozado, en su vida, aquella experta comparada con la inmensa mayoría de las personas de este mundo, independientemente de su sexo? Justo en aquel momento, entraron en la sala los del servicio de limpieza entre quienes, al parecer, nadie había querido perderse la charla. Llegaron Iñaki, Zaira y Janire. Joseba y Facun los estaban esperando. Se sentaron unas filas más arriba que nosotros. Los tres o cuatro que habían levantado el brazo se fueron sentando en la última fila del anfiteatro. Txema también. Recuerdo que, cuando lo hizo, puso la misma cara de tonto que ponía cuando intentaba caer bien. Otro de los que subió también era del sindicato. Unas mujeres ocuparon sus asientos vacíos.

La ponente prosiguió. Mientras la escuchábamos, Alicia empezó a mirarme de reojo al tiempo que se sonreía como hace ella cuando no puede parar. A los dos nos estaba pareciendo una mierda lo que estábamos escuchando. Creo que Kike se quedó con la jugada.

Como la charla duraba bastante, Alicia y yo nos fuimos a tomar algo. Después, nos metimos en el cuartucho. Se había convertido en nuestro lugar favorito. Tenía incluso una ventana que daba a la calle, y le habíamos pillado el gusto a masturbarnos mutuamente en aquel lugar.

—¿Qué te ha parecido la conferenciante? —pregunto Alicia tras correrse.

—¿Te digo la verdad?

Ella se sonrió.

—Una mierda.

—Ya —corroboró ella.

—¿Y el tonto de Txema? —pregunté con malicia.

—¡Estará ahora en la última fila! —Alicia se rio con toda la cara. Yo también creo que lo hice. Realmente, Alicia me hacía sentir a gusto.

—Se lo merece. Por lelo.

La risa de Alicia eclosionó al oír esta última palabra. Me imagino que se estaba acordando de Txema o de alguno de sus comentarios.

—¿Lelo?

—Sí, lelo. Lo peor que te puede pasar, siendo un inútil, es creerte la ostia. Lo de Txema es de libro.

—Encima, es un machista del copón —se quejó Alicia.

—Lander, el de sistemas — ese con el que siempre hablo en euskera—, a esos les llama leloak. Lelo en euskera significa idiota, pero también significa consigna. Y estos idiotas solo saben repetir consignas. Es lo que han hecho toda su vida.

—¿Te fijaste el otro día? En la reunión con Begoña y los de mantenimiento el tío no sabía ni lo que era una SAL.

—Ya; el super activista del cooperativismo. Si te descuidas, no sabrá ni quién era Arizmendiarrieta.

—¡Seguro que no!

Los dos reímos. Alicia me pasó el cigarro y se fue a abrir la ventana. Desde allí comenzó a hablar otra vez:

—Esa tía, la experta en perspectiva de género, es la que hizo un vídeo con un tío que se te acercaba y te soltaba: “Soy tu machismo”, además de una serie de impertinencias más —todas de carácter bastante sexista, por cierto— como: “Ayer, cuando nos fuimos de putas” y cosas así. 

—La verdad es que lo de intentar cambiar feminismo por igualdad ha sido clamoroso.

—¡Ha sido descarao! —ratificó Alicia—. Le ha temblado el discurso y todo.

Me vino al pensamiento, otra vez, Txema. Seguiría allí arriba. Mientras, Alicia había puesto el vídeo de la experta en su móvil. Era peor verlo que te lo contasen. La pusimos a caldo. Cerramos la ventana y salimos.

 

La ponente seguía junto al atril y hablaba dirigiéndose a una mujer del público que, de vez en cuando, también respondía algo. No me sonaba. Mientras nos sentábamos, Facun, el de limpieza, levantó el brazo para intervenir. El azafato le pasó el micro inalámbrico. Estaba a unos 5 metros de nosotros, dos o tres filas más arriba:

—Hola Covadonga. ¿Te llamas así? ¿verdad?

La experta, ya sentada junto a sus compañeros, asintió. Facun tenía la voz de un bonachón y su aspecto también era igual. Bajo su chamarra para la lluvia, parecía llevar aún la ropa de trabajo:

—Yo quería comentarte que, al principio de la charla, si hubieras preguntado si había algún hombre que estuviera por la igualdad, yo hubiera levantado el brazo. Pero tú has preguntado si había algún hombre que se considerara feminista. Por eso no he levantado la mano. Pero por eso no soy un cabrón. Ni un machista.

Su forma de expresarse era graciosa y los aplausos invadieron el hemiciclo. Realmente, pienso que muchas veces se tiende a subestimar la inteligencia de personas como él. Facun se creció y volvió a mecer el micro mientras hablaba:

—Yo solo quería expresar mi opinión que, creo, es compartida por mucha gente. —Facun se calló de manera cómica y abrupta. Volvieron los aplausos y el cachondeo. Todo aquello dio nuevos ánimos a Facun que mantenía, a toda costa, el tono amistoso. Volvió a balancear el micro, y concluyó con humildad de sabio—: Igual es problema mío, que no entiendo lo que significa “feminismo”.

Nuevos aplausos sonaron en la sala. Se mezclaban con risas y comentarios. Alicia, Kike y yo también dijimos algo. Sin embargo, al otro lado agitando las manos —ya de manera menos relajada— la experta en perspectiva de género dijo:

—Creo que tú mismo lo has dicho. No sabes lo que es el feminismo. Punto. No sabes —se volvió a reafirmar.

Sonaron aplausos, más tímidos y menos efusivos. No obstante, una chica —la que había intervenido antes que Facun— se dejaba las manos en su afán de causar la máxima sonoridad chocando sus palmas. Me di cuenta de que no era el único que se fijaba en ello; varias personas que estaban sentadas cerca también la observaban. Miré a Alicia y ella se sonrió de nuevo. Luego puso cara como de no-sé-qué-coño-es-esto-pero-me-lo-estoy-pasando-de-la-ostia. Sin embargo, trascurridos solo unos segundos, su rostro se fue transformando hasta dibujar un: ¡No!

Alicia sabía que lo que yo tuviera que decir NUNCA sería políticamente correcto. Yo pensé que, probablemente, si la experta no hubiera dado a Facun aquella respuesta —tan arrogante— nunca hubiera abierto la boca.

—Perdone, puedo hacerle una pregunta.

Miré al azafato. Era uno de los bedeles. Me acercó el micro amablemente. Parecía que él también participaba del pequeño jolgorio que se había montado.

—Buenos días, señora Rodríguez. He escuchado la intervención de nuestro compañero y su respuesta. He oído, también, que es usted experta en comunicación y género. O así se ha presentado aquí, ¿no es así?

Covadonga Rodríguez asintió mientras se intentaba recolocar en su silla. Aunque yo sabía que Alicia hubiera preferido que me callara, proseguí; había decidido que me apetecía decirle a aquella engreída misándrica lo que pensaba de ella:

—El caso, Señora Rodríguez, es que ha intentado colar feminismo por igualdad, y este compañero no es el único que se ha dado cuenta.

La experta en comunicación y género interrumpió entonces mi discurso. Al parecer, creía haber encontrado el argumento rotundo que refutaba lo que yo estaba afirmando. Se acercó apresuradamente a su micrófono, con más convicción incluso que cuando había respondido a Facun, y dijo:

—Ya le he contestado a él antes, pero te lo voy a dejar más claro —sacó un papel—, según la Real Academia Española de la Lengua: Feminismo: principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre —leyó.

—Mire, señora, no le voy a dar aquí mi opinión sobre esa academia y sus definiciones ideológicas. La rae también decía que fácil era una mujer que se prestaba sin problemas a mantener relaciones sexuales.

—Por suerte eso ya ha cambiado.

—Sí, y espero que eso mismo sea lo que pase con lo que usted acaba de repetir.

Vi que Covadonga Rodríguez aleteaba sus manos cada vez de forma más vehemente, y comprobé que no podía reprimir un feo gesto de altiva displicencia ante lo que escuchaba. Entonces, aproveché para hacer una pausa, tomar aire, y observar si ella se seguía incomodando. Tras aquellos segundos de indefinición, Covadonga Rodríguez se acercó al micro para decir algo, pero yo me adelanté:

—No me considero experto en comunicación y, mucho menos, en comunicación y género, pero sé que una de las prácticas que más a rajatabla se cumple en todas las direcciones de igualdad de nuestras instituciones —y me parece lógico y correcto— es el uso de lenguaje no sexista. Independientemente de lo que diga la rae.

—Por supuesto, faltaría más. —dijo por lo bajo, como un pajarito, la experta. Luego, se balanceó de nuevo en la silla y se recolocó la melena sobre el cuello de su vestido.

—Bajo mi punto de vista, que usted intente colar una palabra sexista justo donde existe una meridianamente no sexista, denota pulsiones hembristas. Estamos hablando de un término que no es precisamente cualquiera, sino que es, nada menos, el que nos ha convocado aquí a esta charla: igualdad; el vocablo que debería constituir el centro de su trabajo como invitada en un día como hoy. Y usted quiere cambiarla por otra palabra, radicalmente, sexista. Señora Rodríguez, aceptar feminismo por igualdad sería, además de innecesario, como mentir desde la misma cabecera, igual que esos periódicos independientes de la mañana —hice una pausa y pregunté:— ¿Estamos locos?

En ese instante, como respuesta a mi pregunta final, se escuchó una salva de aplausos —literalmente— igual a la que obtuvo Facun tras su primera intervención Ni un aplauso más, ni uno menos. Fue algo mágico y extraordinario. Covadonga se revolvió otra vez en su asiento, cada vez más violentada. Entonces, el ponente masculino pidió que se le encendiera el micro. Tras un breve discurso —llamativamente inconexo— en el que repetía frases de manual o de algún tríptico informativo, consiguió concluir:

—No se puede estar en medio. O se está en contra de la violencia contra las mujeres, o se está a favor de la violencia. —No parecía muy convencido por su propio discurso y repitió—: No hay nada en medio.

Me resultó surrealista. ¿También cobraría? Hubo gente que aplaudió y todo. Al haberse desautorizado él solo, lo obvié:

—Tengo que decirle que he visionado recientemente un vídeo suyo en el que un sujeto se les aparece a hombres, y les dice: “Soy tu machismo”, y seguidamente les suelta un montón de impertinencias, todas de carácter sexista.

—Tiene más de 15.000 visitas en youtube —afirmó la experta con orgullo mientras se volvía a arreglar la melena. Sus puntas eran de color azul.

—Sí, claro, muchas visitas. Me imagino que también estará la mía. Pero, hablando de ejercicios, la pregunta que me gustaría hacerle es si, al escribir el guion para ese vídeo hizo el ejercicio de pensar en que se le apareciera a usted misma una tía —con el pelo rojo por las puntas, por ejemplo— y le dijera: “Soy tu hembrismo” y a continuación le soltara impertinencias de carácter invariablemente sexista.

Ella movió la boca, pero no dijo nada. Al menos, nada en ningún idioma.

—¿Lo hizo? —pregunté de nuevo.

Ella volvió a tocarse la cara pero, igualmente, siguió sin articular nada inteligible. Yo quise seguir hurgando en su ego femenino:

—Como experta en comunicación y género debería saber que la perspectiva de igualdad de género es, necesariamente, bidireccional.

Ella agitó otra vez las palmas de sus manos, puso cara de saber todo lo que yo iba a decir, e intentó sonreír.  A continuación, se rascó otra vez la cara. Alicia, a pesar de lo que estuviera pensando, me miraba tranquila. Siempre lo hacía, incluso cuando yo hacía el ridículo. Y es que, a pesar de que en estos tiempos de corrección política decir todo esto imponga mucho, yo quise ajusticiar a aquella encopetada. No tenía nada que ocultar porque adoro y admiro a las mujeres y, desde que tengo uso de razón, me he impuesto intentar tratar a las mujeres como iguales. Que hablen ellas. Por respeto y por convicción. No como tantos y tantas, ahora, por corrección política. Estaba tranquilo:

—¿Es consciente, como experta, de que para esa campaña institucional usted escogió el uso de una técnica de comunicación denominada invasiva?

Covadonga Rodríguez empezó a mirar debajo de su silla, como si algo no estuviera bien en ella.

—Ya le digo que no me considero experto en nada, pero es de conocimiento público que la comunicación invasiva tiene un coste, muy importante, que hay que calibrar. Y la prueba del nueve es probarla primero —siquiera como ejercicio mental— con uno mismo. No obstante, a usted no se le ha ocurrido hacer ese ejercicio tan básico.

Sonó entonces una salva de aplausos, risas y comentarios, exactamente igual a la que se produjo tras la segunda intervención de Facun. Aquella circunstancia volvió a tener algo de insólito, y desconcertó aún más a la experta que no dejaba de rascarse la cara con sus lustrosas uñas. La jarana era ya general en el anfiteatro y, afortunadamente, rompía de manera transversal las barreras impuestas por aquella experta desde el mismo instante en el que había abierto la boca. Luego, algunos, más serios, reclamaron silencio. Yo aproveché para continuar:

—Señora Rodríguez, discúlpeme, pero no hace falta ser Maria Curie para darse cuenta de que, tanto en la forma como en el fondo, en la respuesta que usted le ha dado al compañero Facun llama la atención la falta de asertividad y el autoritarismo que rezuma una frase como ¡No sabes lo que es el feminismo! ¡Punto!  ¿Es soberbia lo que recomiendan a los expertos en comunicación y género para poder serlo?

Dirigí entonces la mirada hacia los asistentes:

—Pero no es esto lo único que quería decir aquí. Creo sin duda que para todos y todas— va a constituir otro sano ejercicio la lectura del escrito de Covadonga Rodríguez acerca del catálogo de la última colección de Zara.

Aquella última palabra tuvo un magnetismo enorme entre algunos asistentes. Vi a mujeres que miraban hacia arriba para ver quién era el que hablaba. Las risas y murmullos llegaron a su culmen. La palabra Zara, por alguna razón, había resultado catalizadora y no eran pocos los que volvieron a reclamar silencio. Yo empecé a leer desde mi smartphone:

 —Ellos están de pie. Ellas están ¿sentadas? ¿tiradas? ¿despanzurradas? Ellos son retratados en contrapicado. Ellas se han caído... en picado.

En ese momento hice una pausa y enseñé las fotos. No había picados ni contrapicados de cámara.

—Luego os paso el link. Ellos andan, corren, saltan, escalan. Ellas están estáticas. Ellos tienen amigos. Ellas siempre solitarias. Ellos están en la calle. Ellas encerradas en casa. Ellos están sanos. Ellas sufren jaquecas, mareos y bastantes dolores de espalda. Ellos son tipos duros y malotes. Ellas están atontadas.

De repente, el jolgorio había desaparecido. El silencio era sepulcral. Todo el mundo quería saber lo que Covadonga Rodríguez había escrito acerca del catálogo de la última colección de Zara. Hasta la chica que había intervenido antes que Facun —y que no había parado de hacer comentarios mientras yo hablaba— permanecía callada.

Visionar los dos vídeos seguidos, el de hombres y el de mujeres, puede resultar sobrecogedor. Mientras ellos corretean por unos astilleros entre humo, coches y rock and roll a las chicas parece que les han dado burundanga antes de la sesión.

Un murmullo, cada vez mayor, rasgaba el silencio sepulcral que reinaba hacía solo unos segundos. Yo continué:

Os resumo ambos fashion films en unas líneas. Resulta que las chicas acaban de recibir el pedido online que hicieron y lo llevan todo puesto: los vestidos, los tacones, las joyas, el bolso, pañuelos en la cabeza y también en el cuello. Pero sólo se lo ponen para dar una vuelta por su salón. Me imagino la típica pregunta de madre: “Hija ¿a dónde vas tan arreglada? Al sofá, mamá”. Y es que en el sofá es donde está la salsuqui de la vida, donde pasa lo importante. Lo mismo puedes sujetarte la cabeza con el brazo en el respaldo que contemplar un paisaje imaginario por una ventana imaginaria. El vídeo nos sugiere que para pasar la tarde también podemos rezar, consultar bolas de cristal, acariciar objetos inertes con la yema de los dedos o encender un proyector para que dé luz por detrás. Podían haber colocado un móvil de techo de esos que se les pone a los bebés para tenerlos entretenidos…

En ese instante vi que la cara del ponente masculino se desencajaba mientras miraba hacia su derecha y buscaba a alguien con los ojos. Me fijé, por primera vez, en el cartel que tenía junto a su micro: Martín Carnicero. Pobre hombre. Me dio algo de pena pero, a pesar de todo, cuestioné de nuevo a la experta en comunicación de género:

—¿Leo más?

—Estás sacando de contexto mis palabras.

—¿Estamos hablando de comunicación y género? ¿no?

Covadonga Rodríguez no respondió. Yo, entonces, volví a preguntar:

—¿Leo más? ¿Cuando intentas desacreditar públicamente, con nombre y apellidos, al fotógrafo?

 A ella, en aquel momento, se le dibujó un gesto que recordaba a un gallo caminando por un corral. Fue ver aquello, y seguir leyendo de la misma:

Los chicos, por el contrario, han quedado para verse en el astillero, porque es un sitio donde se trapichea y se hace contrabando. Ellos van en grupo (o en manada, como se quiera interpretar).

Tras esta última frase, el fragor que estalló resultó atronador. La urna de cristal de lo políticamente correcto, definitivamente, se había resquebrajado. La gente gritaba sin pudor, valiéndose de la fuerza que da la multitud. La emperatriz —a pesar de su vestido de diseñador de marca— estaba desnuda. ¡No era una despistada! ¡No era una paracaidista! ¡Estábamos ante una machirula, full time, 365 días al año!

—Creo que ya hemos contextualizado lo suficiente —le miré a la ponente—. Señora Rodríguez, el menor de nuestros problemas es que ustedes tres hayan cobrado por venir hoy aquí. El verdadero problema es que se nos envíen mensajes sexistas y misándricos, como quien no quiere la cosa, tratándonos como a ignorantes. Es obvio que un lobby se ha instalado en las instituciones, y usted —y todo lo que nos ha intentado colar hoy aquí— es el resultado.

Como veía que no me callaba, Martín Carnicero empezó a hacer gestos ostensibles al bedel para que me retirara el micro. Pero él no le hacía caso. Creo que le parecía formidable todo lo que estaba largando. Julen también se lo estaba pasando en grande. Txema estaría arriba, en la última fila. No quería que la gente se formara una idea equivocada, así que continué con mi discurso:

—Ahora, para ser justos, me gustaría decirle, señora Rodríguez, que todos y todas podemos ser —y somos— víctimas de pulsiones sexistas, y no por ello hay demonizar a nadie. Y cuando digo a nadie, es a nadie. En la lucha por la igualdad hay mucho camino por recorrer, empezando por la brecha salarial, y toda la violencia estructural contra la mujer que aún existe en nuestra sociedad. Pero eso no tiene nada que ver ni con la misandria, ni con intentar —invocando a la rae— introducir lenguaje sexista. Ni con catequesis; ni con ejercicios de empatía que usted, consigo misma, no es capaz de practicar previamente.

Martín Carnicero se levantó y comenzó a subir las escaleras del anfiteatro. Creía que venía directo a donde mí pero, al llegar a mi altura, prosiguió hasta la cabina de control. Hacía gestos con dos dedos para que cortaran el sonido. La gente le miraba. Alicia permanecía impasible.

—Tengo la sensación de que usted no sabe gestionar lo que sabe —o cree que sabe—. Un estudio reciente sobre igualdad ha constatado que el sexismo habita hasta en la Luna; incluidos los autodenominados colectivos pro igualdad. No hacía falta, tampoco, ser Maria Curie para llegar a esa conclusión. Pero usted, a quien tanto le gustan los estudios y los datos, debería ser consciente de que ninguno estamos libres de esas pulsiones. Dígame, señora Rodríguez —que responde a un comentario amigable de un compañero de manera tan asertiva como No sabes lo que es el feminismo. Y punto—, si no es a usted ¿a quién va dirigida la conclusión de ese estudio? ¿A Facun que acaba de llegar de recoger las basuras?

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  • Muy buen relato. Sí señor. Todos tenemos rasgos sexistas. Y las mujeres también, quizás por razones biológicas. Sé que hay tipos que presumen de feministas de cara a la galería pero que en la intimidad son unos tiranos con las mujeres. Tengo un relato en esta página que lo explica. Claro que si hay machistas, es porque a éstos los han educado mujeres así. Es cuestión de un vieja tradición que viene de muy lejos.
    Muchas gracias, Serendipity!!! Un abrazo.
    Tienes mi sincero aplauso. Saludos.
  • Julen y Txema creen que son feministas. Covadonga Rodríguez cree que está favor de la igualdad. Pero yo no lo creo.

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