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4 min
Ejercicio: Empezar por el final
Suspense |
11.12.16
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Sinopsis

Ejercicio de Enrique Páez que trata sobre contar el final desde el principio y aun así mantener el interés del lector.

Este soy yo en el baño apuntándome con una pistola en la sien. Qué tópico, se puede pensar, pero para diferenciarlo diré que no hay espejo. El último instante que aprecie no será mi cabeza estallando en rojo.
Nunca se me ha dado bien contar historias, y ahora me percato que no debería haber empezado por el final. Repaso la escena y aparenta tan típica... pero no lo es, para nada, y lo que te voy a contar a continuación será mi defensa. Y es que desde siempre he vislumbrado mis ideales del futuro plasmados en la realidad.
Me explico.
Cuando estoy a solas aparece un ser. No miento. En la infancia fue definido como primera pesadilla, y hasta que no supe ver la conexión, reconocerme ahí, no pude quedarme solo. Me considero una persona que va por delante de los sucesos o incluso las conversaciones. Siempre he soñado despierto imaginando qué iba a pasar en mi vida y en la de los demás. Es lo natural de mi extraño talento, y sigo convencido de la teoría sobre que nací con otro talento único que iba aparte, completándose una casualidad que fusionó ambas cualidades para lograr un único... ¿poder? Dejémoslo en tráuma.
La manifestación, como decía, se aparece cuando no estoy con nadie. Las primeras veces, en el colegio, era un hombre fuerte y decidido, con la apariencia de ser capaz de ayudar a todo el mundo y sobrarle tiempo. Me vi a mí mismo en adulto como policía, empresario e incluso astronauta. La pauta se basaba en lo que imaginara, alucinando hasta hacerlo real. La manifestación era palpable, y conformé mejoré pude incluso hablar con ello.
Una vez me habitué, buscaba la soledad para apreciarme, esa masa como niebla negra que surgía de las esquinas para formarse en un hombre esplendido: yo. Eso me daba fuerzas para sentir que la vida me iba a ir bien. Tenía esa enfermedad mental a la que llaman optimismo.
Conforme crecí empezó el asunto.
Llegó la adolescencia, y ya fueran las hormonas o las decepciones acumuladas (y la percepción de las que se aproximaban, amontonadas como una avalancha), mi yo manifestado comenzó a cambiar. Ya no parecía vestir una profesión clara, era dificil identificar a qué se dedica alguien vestido con una sucia gabardina que porta una barba descuidada. No parecía pobre, pero el alma le pesaba como a uno. Mi futuro volvió a cambiar conforme obtuve más experiencias, mostrándome que podía ser un tipo bien vestido, pero con una mirada que no terminaba de gustarme. Conforme avancé en el instituto y me metía en problemas, la manifestación de mi talento cambiaba por momentos, incluso de un minuto a otro, y en todos esos yoes poseían una mirada donde no me reconocía, enrojecidas las retinas al igual que el alma.
De buscar la soledad, deseé lo contrario, y accedí a salir sin pensar con una de las chicas del instituto, mi actual esposa. Si lo hice no fue por amor, fue por buscar protección. Le tengo un enorme cariño, con el añadido de un hijo, sí, pero poco más. Era la matona de clase, y estar junto a ella me ayudaba a defenderme de mi sombra, a estar acompañado en todo momento aunque ella notase que a veces le apartara la mano o la mirada. Al principio preguntaba, pero ya dejó de hacerlo. Somos felices a nuestra manera, eso he querido creer siempre.
Sin embargo, siempre hay momentos donde quedarse solo, como en esas largas calles. Y allí me veo aparecer, viniendo por el fondo, con un aspecto cada vez más similar al actual...
Llegó el punto que me enfrenté a las manifestaciones, y estas se defendieron.
Déjame que te cuente esas batallas.

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