cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

51 min
El abrazo de los muertos
Terror |
02.10.17
  • 4
  • 3
  • 1408
Sinopsis

Si lees esté relato experimentaras lo que se siente cuando un muerto viene a abrazarte.

Elías estaba sentado encima de la mesa del escritorio, con el portátil abierto encima de sus piernas, navegando por Internet, buscando información financiera sobre un posible nuevo cliente, después de la crisis económica, tenía que cerciorarse bien, de a quien le ofrecía sus servicios. Facturar estaba muy bien, pero cobrar por sus servicios estaba mucho mejor. El teléfono móvil sonó, echó un ojo hacia los lados en busca del dichoso aparatito. Estaba sobre la mesa del escritorio, miró la pantalla… era su hermana, ¿qué querrá? Me preguntó, posó el portátil sobre la mesa, cogió el móvil y deslizó su dedo índice derecho por la pantalla…

–Dime, que pasó? –Le  preguntó a su hermana.

–Tú padre está ingresado en el hospital, está muy grave. –Le contestó su hermana con un tono de preocupación.

–Ya, y?. –Le respondió despreocupado.

–Nada, simplemente que lo sepas. –Respondió su hermana elevando el tono de su de voz.

–Ya sabes cual es mi postura al respecto, no voy a cambiar ni una sola coma, de lo que ya sabes… el día que se muera lo enterráis y punto. –Le respondió enojado.

–Tú mismo, yo solo te digo... ¡haz lo que quieras! . –Y cortó la llamada.

Elías se quedó en silencio, <será capulla> pensó, se levantó de la mesa del escritorio, recogió la cazadora que tenía colgada en el perchero y salió de su casa, dando un portazo. Bajó al garaje. Sin saber porque, el ritmo de su corazón aumentó arrítmicamente, sentía su golpeteo desbocado y con ciertas pausas en su pecho.  Se montó en el coche, salió del garaje con la dirección gravada en el GPS de su mente… La casa donde se había criado.

El tráfico era denso, tardó casi una hora en recorrer los 20 kilómetros que separaban su casa, de la casa en la que se había criado. Aparquó el coche en la calle. Llegó delante del portal del edificio. Allí donde siempre, en el margen derecho de la pared del portal, estaba la hilera con los pulsadores de todos los pisos. Pulsó la techa del 4º D… El sonido del telefonillo no había cambiado. 20 años… y el sonido era el mismo. Entró en el portal y una leve brisa fresca acaricio su cara. Subió por las escaleras lentamente, deslizando su mano derecha por el pasamanos anclado en la pared… chispazos con terribles recuerdos de su infancia invadieron su mente, el sonido de golpes, gritos e insultos, repicaron como tañidos de campanas en sus oídos.  Quizás aquel tubo de acero inoxidable, fuese el hilo conductor entre el presente y los recuerdos de su niñez. Como si recibiese una descarga eléctrica sasó la mano del pasamanos. Los recuerdos y el sonido no desaparecieron. Llegó al cuarto piso y se plantó delante de la puerta, dudando si dar la vuelta o tocar el timbre. La placa dorada de la puerta, colocada debajo de la mirilla era la misma, tenía grabados los mismos nombres… era como retroceder 20 años en el tiempo. Finalmente tocó el timbre, ¡joder! Se dijo a si mismo, <hasta el timbre tiene el mismo sonido> pensó.

La puerta se abrió tras un leve chirrido… Pudo ver a su sobrino Damián con cara de sorpresa, mirada picara y una amplia sonrisa en sus labios.

–Hola tío Elías. –Le dijo su sobrino. –Hola Damián, ¿qué tal?. –Le contestó sonriendo.

–Bien, mi madre está en su habitación –Le contestó al mismo tiempo que se daba la vuelta y entraba en el salón.  

Pasó dentro y cerró la puerta, un torrente de olores que me recordaban a su niñez inundaron sus fosas nasales. Recorrió lentamente el angosto pasillo que conducía hasta la habitación que había sido de sus padres. La puerta estaba cerrada, dio dos golpes sobre ella y escuchó la voz de su hermana tras la puerta.

 –¿Qué quieres Damián?, me estoy acabando de vestir.  

–<¿Qué pasa?> Pensó.  Acaso no había escuchado el timbre. –No soy Damián, soy Elías. –Respondió con tono serio y enérgico.

–¡Pasa!. Escuchó tras la puerta.

Abrió despacio y cruzó el umbral de la puerta, tuvo la extraña sensación de cruzar la frontera entre el presente y el pasado.

 –¿A que vienes?, le preguntó su hermana con un gesto de asombro en su cara.

–Si te digo la verdad, no lo se… venía pensando en contarte una milonga, de qué me hacía falta el libro de escolaridad, que lleva aquí desde que me llevaron, pero… la verdad es que no lo se.

–Nunca es tarde si la dicha es buena. –Se acercó a él y le dio un fuerte abrazo. –Ya que estás aquí, si quieres te lo llevas, está dentro del armario, en el último estante, en la carpeta marrón donde mamá guardaba todos los papeles.

Sin  decir nada abrió las puertas del armario. Mientras su hermana seguía vistiéndose. Miró hacia el último estante y allí delante estaba la carpeta marrón, la cogió con delicadeza, como temeroso de que después de tantos años se fuese a deshacer con el contacto con sus manos.

 –No te va a morder. –Escuchó.

–Boh. –Dijo, y colocó la carpeta sobre la cama de su hermana. Tiró de las gomas laterales que hacían de cierre de las tapas y la abrió. La voz de su madre diciéndome que cogiese la póliza del seguro de los “muertos” en la carpeta sonó en su cabeza como un eco del pasado. Empezó a pasar papeles,  ¡allí estaba! su libro de EGB, con su corto historial académico. Debajo del libro observó que había un recordatorio de un funeral, lo cogió y empezó a leerlo, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, sintió que le flaqueaban las piernas, se sentó en la cama de su hermana, miró al frente hacia el pasillo y una cascada de recuerdos de su niñez inundaron su mente…

Era la madrugada del 29 de Febrero de 1.980… Estaba entre sueños, pensando en que mañana era el día de su cumpleaños, fantaseando, imaginándome los regalos que iba a recibir, ilusionado por lo feliz y placentero que sería el día. Todo estaba a oscuras, en silencio. En su casa tenían la costumbre de dormir con las puertas de las habitaciones abiertas, de pronto empezó a escuchar un zumbido intenso dentro de su cabeza. Un sonido inesperado activó en él,  algo similar al sentido arácnido que se describía  en los comics de Spiderman. Siempre que escuchaba ese zumbido en su cabeza algo extraño iba a ocurrir, normalmente por desgracia nada bueno. Su corazón se aceleró, un leve sudor frío comenzó a bajar por su frente. Escucho el sonido de unas pisadas, como si alguien estuviese de paseo  por la galería de la casa. Tenia una pequeña linterna encima de la mesilla, la usaba todos las noches al acostarse, para poder leer alguna novela tranquilamente sin molestar a su hermano. Su hermano pequeño dormía en la cama de al lado. Por aquel entonces, era seguidor de la escritora inglesa Enid Blytond y de sus novelas de “los cinco investigadores”. Encendió la linterna, enfocó a su hermano y observó que dormía placidamente. Un pensamiento tranquilizador entró en su mente… Como al día siguiente estaba de cumpleaños, quizás su madre se había levantado a hurtadillas para dejar un regalo en el salón y darle una gran sorpresa. Cumplía años, ¡por fin! era año bisiesto.

Años después, descubriría con resignación, que eso de cumplir cada 4 años era la excusa perfecta para que nadie te regale nada, y para escuchar año tras año la frasecita recurrente… “este año no cumples, no hay veintinueve”. Por el contrario también descubrió la ventaja, de que podía aplicar lo mismo para invitar solo a sus amigos más íntimos, cada cuatro años.

Se destapó lentamente, se incorporó en la cama, bajó el pie derecho y tocó el suelo con la punta de los dedos, el suelo estaba frío como el hielo sin la protección de las mantas, notó que hacia mucho frío, mucho más de lo habitual. Encendió la linterna apoyándola contra su mentón. El haz de luz pasaba por delante de su boca, dibujando un círculo perfecto contra el techo. Pudo ver como el bao que salía de su boca, era intenso y espeso,  era como si  espirara, grandes bocanadas del humo de un puro.  Puso el pie izquierdo en el suelo, <¡joder! ¡Que frío!> Pensó… se incorporó por completo, empezó a caminar dando pasos cortos y lentos de “puntillas” . En ese momento, la frase que les decía siempre la monja, que le daba religión al verlo correr por los pasillos, irrumpió en su mente…“pasitos de algodón” Elías.

Salió de su habitación,  se acercó a la puerta de la habitación de sus padres que estaba enfrente de la suya, echó un vistazo y… ¡sorpresa! ¡Estaban durmiendo los dos!, <entonces, será mí hermana la sonámbula, que está de paseo> pensó. Siguió hacia delante unos cuantos pasos más y entró en la habitación de sus hermanas. Su corazón se aceleró un poco más, al ver que  ellas también estaban dormidas. Siguió andando sigilosamente con “pasitos de algodón” por el pasillo. Dirigió el haz de luz sobre la puerta de la entrada iluminándola…  cerrada a cal y canto, con su cadena de seguridad pasada y enganchada en soporte de la puerta.  Las pisadas provenían del salón. Su corazón subía de revoluciones por momentos. Se paró al lado de la puerta del salón,  dudó por un instante, si  girar y entrar en el salón o darse la vuelta, y correr de puntillas por el pasillo, metiéndome de un salto directo en cama, bajo la protección de las mantas. De pronto un fuerte olor  a incienso de rosas, invadió sus fosas nasales. Pudo ver como un hilillo de humo blanco atravesaba el haz de luz de la linterna. El olor se hacía más y más intenso, era tan fuerte y penetrante que empezó a tener arcadas. Unas ganas terribles de vomitar, acompañadas de grandes gotas de sudor frío, bajaron por su frente deslizándose por ambos lados de su nariz, produciéndome un ligero cosquilleo. Se pasó la mano por la cara, aliviando así ese dulce pero molesto cosquilleo. Se colocó de rodillas, asomó la cabeza por la puerta… y se quedó estupefacto, no podía creerse lo que estaba viendo, se frotó los ojos con fuerzas, esperando que al volver a abrirlos, no hubiese nada allí, que lo que acababa de ver era fruto de su imaginación, pero no surtió efecto. Debajo del umbral de la puerta, que daba acceso a la galería, una figura enorme, luminosa, nebulosa y translucida, como una especie de neblina estaba levitando, bajo el umbral de la puerta, ¡Flotando en el aire!.. <¡Entonces! ¿Cómo es que pude escuchar sus pasos?>.  Pensó.

La figura vibró y tomó la apariencia de una persona envuelta con un gran manto blanco. Posó sus manos sobre el suelo, y entró a gatas en el salón. En el momento que posó una de sus manos sobre el suelo del salón, la figura aumentó su volumen, hizo un movimiento vibratorio y sin darse cuenta, estaba a escasos centímetros  de su cara. Levantó la mirada y observó horrorizado su rostro,  liso sin formas,  las cuencas de sus ojos estaban vacías, eran negras como el carbón, en lugar de boca, un gran agujero negro, del que parecían salir “nubes” de oscuridad. El estomago se le contrajo, su corazón se estremeció. Del susto, se contrajo e hizo un movimiento brusco, sin saber como, me quedó como “gato panza arriba”. Su corazón,  aceleró su ritmo, parecía que se le iba a escapar del pecho, el zumbido interno de su cabeza, ”el sentido arácnido” cada vez era más intenso, parecía que su cabeza iba a estallar en mil pedazos. Intentó gritar, pero no pudo articular ni un solo sonido, levantó la mano con la que sujetaba la linterna y  apuntó  hacía la figura, con la esperanza de que el haz de luz hiciese de rayo láser y fulminase a ese ser. Atenazado por el miedo intentó moverse. Aquel ser hizo otro movimiento vibratorio, al instante se transformo en especie de puerta transparente. Observó su reflejo en aquella especie de puerta, al mismo tiempo que podía ver la galería de su casa. Vibró de nuevo y recuperó su forma inicial, la figura seguía inmóvil delante de él. Intentó moverse nuevamente, pero estaba bloqueado, atenazado por el pánico. Le faltaba la respiración, una sensación de angustia e impotencia se apoderó de él.

¡No podía hacer nada! La desesperación crecía en su interior. Esa figura, ese ente, se encogió convirtiéndose en una pequeña esfera luminosa que se movió hacia él, traspasando su cuerpo, notó una ráfaga de un intenso frío polar, que recorrió todo su ser, el zumbido de su cabeza bajo en intensidad,  en ese preciso instante, notó que podía moverme. Un fuerte dolor en el pecho hizo que se retorciese de dolor, exhaló un aliento pútrido, se levantó del suelo y miró hacia atrás. ¡Se había ido! El fuerte olor a incienso se difumino, dejando paso a un fuerte olor a cirio, a cera derretida, como si de repente estuviesen encendidas un millar de velas en el salón de su casa.

Sonó el teléfono… paralizado de pie, en la entrada del salón, notó que  alguien le tocaba el hombro, pegó un salto por el susto y  escuchó la voz de su madre.

            –Elías  ¿que haces levantado?.

–Nada, escuche el teléfono y me levanté. –Respondió.

 –¿Quien llamará a esta hora?, ¡espero que no pasé nada!. –Dijo su madre con voz afligida.

Se quedó inmóvil observando como su madre cogía el teléfono. Una extraña sensación de vacío y de pena embargaba todo su ser. Su madre descolgó el auricular del teléfono.

–¿Si?. ¿Cómo?... ¡Que estás contando!

La cara de su madre cambió radicalmente de color, sus ojos se llenaron de lágrimas, nunca había visto ese gesto de dolor en la cara de su madre. Colgó el teléfono. Él seguía de pie inmóvil, apuntando con la luz de su linterna la cara de su madre. Aquel frío intenso, seguía recorriendo todo su cuerpo, el olor a cera cada vez era más y más intenso, la atmosfera se hizo irrespirable. Volvió a tener arcadas. Su madre salió corriendo del salón, con un gesto indescriptible de dolor en su cara,  las lágrimas inundaban sus ojos. Escuchó que llamaba a su padre.

–Juan, levántate, ¡rápido!, tenemos que salir. –Escuchó la contestación balbuceante de aquel hombre que decía ser su padre.

–¡Joder!  ¿Qué coño pasa?

–Acaba de llamar tu hermano Luís, que Luisito… ¡está muerto!, ¡Dios! ¡Que se murió Luisito!.

Al escuchar aquellas palabras decía su madre, su mundo se vino abajo. Su primo Luis muerto… sintió un terrible dolor en el estomago dos segundos después vomitó.

 –¿Qué  coño me estas diciendo? ¿Qué paso?. –Seguía balbuceando su padre.

–No, se… que pasó, tu hermano solo me dijo eso, que se murió, no me contó nada más, vamos, vístete rápido, ¡Dios mío que desgracia!. –Gritaba su madre desesperada.

Miró al suelo, tenía los pies salpicados por el vómito aun caliente, sintió asco, fue a la cocina y cogió el cubo con la fregona y se puso a limpiar lo que había sido su cena, mezclado con jugos gástricos malolientes.  Escuchó la voz de su madre.

–Elías, ven aquí, ¡rápido!

 –Ya, voy mamá. Le contestó, mientras seguía limpiando.

Se giró, apoyó su mano sobre el marco de la puerta del pasillo y pulsó el interruptor que accionaba la luz. Miró hacía el fondo del pasillo y allí estaba su madre, de pie delante con la cara desencajada,  de la puerta de su habitación. Estaba pálida, blanca como la leche, sus mejillas mojadas por las lágrimas, caminó hacia ella, se puso a su lado y ella me susurro al oído…

 –Elías, tienes que ser fuerte, ahora ya eres mayor, tú padre y yo tenemos que salir, cuida de tus hermanos, no los despiertes, mañana no vais al colegio.

Estaba en estado de shock , parecía que estuviese en otra dimensión, la voz de su madre le sonaba lejana, sintió una fuerte presión en sus brazos, y un fuerte zarandeo, entonces fue cuando regresó al mundo de los “vivos”.

–¿Me  estás escuchando?. –Dijo su madre con un tono enérgico.

–Elías, responde, no te quedes así como un tonto, ¡reacciona!, ¡tú, ya eres mayor!, tienes que cuidar a tus hermanos mientras tu padre y yo salimos.

En ese instante su padre salio de la habitación a medio vestir, le miró fijamente. El color amarillo de sus ojos era el signo inequívoco de alguien que padece del hígado. Clavó su mirada llena de odio en él, entró en el baño, encendió la luz y escuchó el sonido del agua saliendo del grifo.

–Juan, mientras yo me visto llama a un taxi. –Comentó su madre.

–¡Me cago en Dios! ¡Mueve el culo hasta el salón! ¡Levanta! el puto teléfono y llama tú, o no ves que me voy a lavar.

–Vale, tranquilo ya lo llamo yo. –Contestó su madre sumisa.

Se acercó a la puerta del baño y se quedó inmóvil, mirando como  su padre, se lavaba la cara y se mojaba el pelo.  Mostrando su cariño habitual se dirigió a él.

–Tu,  idiota, no me mires así, vete a la cocina y hazme un café con leche.

–¿Como lo quieres?, dos dedos de coñac, uno de café y medio de leche, templado y sin espuma –Respondió,  con un tono más bien desafiante.

Su padre se giro hacia él.  El agua salía de su pelo negro resbalando, formando pequeños ríos, que recorrían su cara. Levantó su mano derecha temblorosa, haciendo ademán de querer lanzarle una ostia en todos los morros.

–Serás mamón, pues claro que quiero dos dedos de coñac, a mí no me vacilas tú, maricón de mierda.

Se dio la vuelta sin contestarle, se fue hacia la cocina, al pasar observó a su madre hablando por teléfono. Entró en la cocina, cogió un cazo que tenía leche hervida y encendió uno de los fogones, fue al salón, abrió la puerta central del mueble bar y se quedó como un tonto mirando su reflejo en el espejo interior del mueble. Cuando regresó a la realidad, observó con terror que la botella de coñac estaba vacía, la sacó del mueble, <¡Gracias a Dios!> exclamó en voz baja. Detrás de esa botella había otra con dos dedos de coñac. De no haber coñac, su padre, lo mazaría como a un pulpo. Cogió la botella y entró de nuevo en la cocina y escuchó la voz de su madre.

–¿Por qué le hablas así al niño?. –Preguntó su madre con voz sumisa.

–¡Cállate puta!, tienes un hijo que es subnormal, sabe de sobras como quiero el café, y aún tiene los santos cojones de preguntármelo. El que tenía que morirse era el y no el pobre Luisito. –Respondió gritando.

–Qué dices, ¡estas loco!, como puedes decir eso, y no grites que vas a despertar a los niños. –Respondió su madre elevando un poco el tono de su voz.

–No me repliques si no quieres llevar una ostia, tienes suerte que no tengo ganas de jaleo. ¿Pediste un taxi?

 –Si  ya lo pedí. – Replicó su madre.

Temeroso de que sucediese algo, él estaba parado en el pasillo, observando. Su madre entro en la habitación. Escuchó un ruido. –¡Mierda!. –Exclamó.  La leche se había echado por fuera. Entró rápidamente en la cocina y apagó el hornillo y sacó el cazo de encima del fogón, aun lo tenía en la mano, cuando de pronto, sintió golpe seco seguido de un gran dolor en el cuello. Por el acto reflejo al sentir el golpe, movió el brazo bruscamente y del cazo salio una gran ola de leche. El contacto de la leche hirviendo con su pierna hicieron que  se le subieron los calores a la cara, en ese momento no sabía que le dolía más si la ostia o la quemadura de la leche en su pierna. Quiso gritar,  pero aguantó como pudo el dolor, sabía que si gritaba sería peor, sentía un calor intenso en la cara y en la pierna. Notó como gotas de sudor le bajaban por la frente y por la nuca empapando su cara y cuello. Escuchó un fuerte graznido.

–Inútil, no vales para nada, sácate de ahí porque… Si te doy otra ostia, te vas de pareja de tu primo para el cementerio.

Sin mediar palabra salió de la cocina, entró en el baño. Se bajó el pantalón del pijama, se miró la pierna derecha. Le escocía un montón, tenía varias ampollas a lo largo del muslo, estaba al rojo vivo, se sentó en la bañera y abrió la ducha, puso el chorro de agua fría sobre su pierna. Sintió el tacto de la mano de su madre tocándole en el hombro.

Elías  tienes que tener más cuidado, sabes como se pone tu padre, ponle un poco de jabón a esa quemadura, y quédate tranquilo, que no es nada. –Le susurro su madre al oído.

Empezó a sollozar… de dolor, rabia e impotencia, sus ojos se inundaron de lágrimas, miró fijamente a su madre y asintió susurrando.

–Vale, como siempre, la culpa es mía.

–No empieces… Bueno nos vamos, cuida de tus hermanos y pórtate bien.

Al cabo de unos segundos escuchó el sonido de un claxon.

–Vámonos el taxi está esperando. –Oyó como su madre, avisaba a su padre. Salió del baño y se quedó mirando para la puerta de la entrada de la casa, su padre salió de la cocina, le miró con una sonrisa cínica en los labios. ¡Por fin paz!, <pensó>, entró en su habitación, se tumbó en la cama con los ojos abiertos, fijó su mirada en el techo, y se quedó pensando en lo que le había pasado, en lo desgraciado que era por tener que sufrir en silencio, la ira le consumía por no poder contarle a nadie su experiencia “paranormal”, sentía que su vida era una mierda. A su corta edad había perdido la fe en Dios. cuantas veces, le había rezado, para que le ayudase a él y a su madre, cuantas veces, le había pedido que hiciese desaparecer el sufrimiento de sus vidas, y después de miles de oraciones, no había recibido respuesta. Una vez le había contado en confesión su sufrimiento al cura de la parroquia, como pago a sus revelaciones… diez Padre nuestro y diez Ave Marías, esa era la penitencia que le imponía Dios a su sufrimiento. El cansancio le pudo y se quedó dormido.

Cuando despertó,  tenía una extraña sensación de tranquilidad, de paz… Se levantó de la cama y le dio un toque a su hermano en el brazo para que se despertase, salió de la habitación y despertó a sus hermanas. Entró en la cocina y se dispusó a calentar leche para hacer el desayuno, <mierda> dijo en voz alta, la cocina estaba llena de leche medio quemada, cogió una bayeta secó la leche y le pasó un estropajo a la cocina, una vez limpia la cocina, puso un cazo limpio con leche a calentar. Está vez estuvo pendiente de que no se derramase al hervir. Sacó unos tazones de una de las alacenas los colocó en la encimera y echó la leche en ellos, cogió una bolsa con cacao en polvo de la marca “raposo” y echó unas cucharadas en cada uno de los tazones, cortó unas rebanadas de pan y las puso encima de la mesa de la cocina. Sus hermanos entraron en la cocina,  desperezándose. Él se quedó de pie apoyado en la cocina de gas, mirando a sus hermanos mientras mojaban las rebanadas de pan en la leche. Les dijo que no iban al colegio, le miraron sonriendo y gritaron un ¡bien! Al unísono. Cuando terminaron de desayunar les dijo que se vistiesen y bajasen a  la calle. Fueron a vestirse, mientras tanto el aprovecho para desayunar tranquilo.  Unos minutos después se quedó solo en casa. Se levantó e hizo las tareas del hogar, lavó la loza, limpió la cocina, barrió el suelo de toda la casa, hizo las camas. De vez en cuando me asomaba por la ventana de la cocina y observaba como jugaban sus hermanos en la calle. A la una del  medio día,  les preparó la comida, huevos con patatas fritas. Mientas sus hermanos comían, él le daba vueltas a todo lo sucedido, intentando encontrar algún sentido a algo que aparentemente no lo tenía. Una pequeña reflexión entró en su mente <quizás me estaba volviendo loco>. Al terminar de comer se sentaron juntos en el sofá y estuvieron viendo la tele.  A eso de las 6 de la tarde, oyó como se abría la puerta de casa. Eran  sus padres, dijeron un <hola> en voz alta, y se metieron en la cocina. Sus hermanos ni se inmutaron, siguieron a lo suyo. Él se asomó a la puerta. Su madre retiro una silla que estaba debajo de la mesa y se sentó en ella, mientras su padre le decía.

–Es increíble que puedan pasar estas cosas.

–Claro que es increíble, vaya desgracia más grande, un niño de 10 años que esta empezando a vivir… Dios no existe! y si existe, debe de estar muy jodido, como puede arrebatarle de esa manera un hijo a sus padres.

Nunca antes había escuchado a su padre hablar con tanto sentimiento, parecía que estuviese dolido de verdad, quizás a pesar de todo tenía corazón.

–Si que es verdad, vaya sufrimiento para esos padres, ¡que pena más grande! Elías acércate aquí. –Comentó su madre con los ojos húmedos.

Se acercó a su madre, le dio un fuerte abrazo y escuchó un graznido, dirigido a su madre.

–Dile al inútil de tu hijo, que se deje de tanto abrazo y que coja del mueble del salón una botella de vino, estoy nervioso y necesito un trago.

Notó la mirada de desesperación de su madre, giró la cabeza y miró fijamente al cuervo sin mediar palabra, el corazón le dio un vuelto arrítmico, recordó que cuando cogió el coñac, no había vino en el mueble.

–Mamá  no queda vino. –Comentó titubeante.

Los graznidos que salieron por la garganta del cuervo se escucharon en todo el barrio.

 –¿Como  que no queda vino?, ¡serás cabrón! te lo bebiste tú, había  una botella de vino enterita en el mueble, ¡va a haber andanadas de ostias para todo Dios!.

–¡Estás loco! ¿Como se iba a beber el vino el niño?, ¿acaso? ¿piensas que es como tú?. –Replicó su madre como una leona furiosa.

–A mi no me repliques ¡puta! Eres igual que el maricón de tu hijo, quiero una botella de vino ¡ya!.

–Elías,  baja a la tienda del señor Julio y coge unas botellas de vino para tu padre, dile que te las apunte en la cuenta.

Se giró, miró al cuervo fijamente con una mirada desafiante.

–¿Tú que miras?,  ¡maricón de mierda!, échale huevos marica, ¿Quieres pegar a la mano que te da de comer?. –A continuación de esas palabras escuchó una enorme carcajada.

Abrió la puerta de la entrada, salió corriendo escaleras abajo, corría como si la vida le fuese en ello, sabia que cada segundo era vital… como tardase mucho, lo más seguro es que el cuervo empezase a golpes con su madre. Menos mal que la tienda estaba al lado de casa, una vez que salías del portal, girabas a la derecha y a unos veinte metros más o menos, estaba el ultra-marinos del señor Julio. Entró en la tienda, sofocado por la carrera que se había pegado escaleras abajo. Observó que el señor Julio estaba entretenido hablando con la señora Josefa, la vecina de enfrente.

–Señor Julio, me dijo mi madre, que me de dos botellas de vino para mi padre y que las apunte en la cuenta. –Le espetó entre bufidos al tendero.

–Dile a tu madre, que si no paga lo que debe no hay ni vino, ¡ni farrapos de gaitas!. –Le respondió enérgicamente el tendero.

Lo miró fijamente, sin poder remediarlo las lágrimas brotaron de sus ojos, sabía que si llegaba a casa sin el vino, habría ostias para todos. Entre sollozos…

–Por  favor, déme el vino, solo son dos botellas,  ¡o mi padre nos mata!. –Ese  no es mi problema chaval, dile a tu madre que pagué lo que debe, ya estoy cansado de esperar. –Le contestó el tendero con gesto de desaire.

Sin pensármelo dos veces, corrió hacia el fondo de la tienda, en las estanterías pegadas al fondo del local, ¡estaba el tesoro más preciado del cuervo! Y su salvación. Cogió dos botellas de vino tinto, “San Asensio” .Cuantas veces al día tenía presente, a San Asensio, era su santo favorito, se imaginaba el rostro del santo en su mente, con una gran aureola dorada, fijando su dedo corazón con la mano alzada…  Ese santo calmaba trago a trago, la ira del cuervo. Se dio la vuelta y echó a correr hacia la puerta de la tienda. El señor Julio, ya no hablaba con la señora Josefa,  estaba delante de la puerta, con los brazos abiertos, trato de hacerle un placaje,  le hizo un quiebro y salió por la puerta, miró hacía atrás mientras corría. El señor Julio salio por la puerta berreando y jurando en arameo.

–Deja que te pille, cuando vea a tu madre, ¡te vas a cagar!

Frenó en seco, se giró, observó al  señor Julio y le guiñó un ojo sonriendo…

–Ja, me va a pillar el día que las ranas críen pelo.

–Serás cabroncete. –Le contestó el señor Julio con una sonrisilla en los labios.

Me giró y tiró para su casa, pulsó el botón del telefonillo, esperanzado de que si estaba pasando algo en casa, el sonido del telefonillo sería la señal de que el problema estaba resuelto. Escuchó el zumbido del portero automático, abrió la puerta y empezó a subir las escaleras de dos en dos, acelerando. Una sensación de angustia se apodero de él,  un mal presentimiento, algo le decía que había llegado demasiado tarde. La puerta de su casa estaba abierta, entró directo en la cocina, el cuervo estaba lavándose las manos, había gotas de sangre en el suelo, se giró hacia el y le enseñó las manos. Finos regueros de sangre, mezclados con agua recorrían sus manos, sacó las manos de la pila de la cocina y pequeñas cascadas de líquido rojo, caían desde sus manos al suelo  formando un charco delante de sus pies. Por un instante le pareció como si el tiempo se ralentizase, veía caer esos finos regueros de sangre a cámara lenta.

–¿Qué  paso?. –Le preguntó.

–A ti que cojones te importa, ¿trajiste el vino?. –Graznó  el cuervo.

Alzó los brazos, mostrándole las dos botellas del vino con nombre de santo.

–Aquí lo tienes, ¿Qué paso? –Volvió a preguntar con tono amenazante sosteniendo las botellas, una en cada mano.

–Dame el vino, si no quieres que te caiga una ostia detrás de las orejas, ¿sabes como mato a los conejos?, de una buena ostia en el cuello, detrás de las orejas.

La imagen del cuervo, con gesto sádico matando conejos, dándole una ostia detrás de las orejas, irrumpió en su mente. Aun así le miró fijamente, e hizo el gesto de tirar las botellas.

–¿Qué le hiciste a mi madre?

–Dame el vino si no quieres que te haga lo mismo, que te reviente la cara a ostias. ¡Échale cojones!, venga maricón, échale huevos, tíralas si eres hombre. –Seguía graznado el cuervo.

Se quedé mirándolo fijamente, sosteniendo la mirada, desafiándolo.

–Te  voy a arrancar la cabeza.

Su padre avanzó hacía él, podía notar como aumentaba su odio, su ira, sus ojos amarillentos por los efectos del alcohol brillaban, en un  instante tornaron del amarillo intenso, a rojo brillante. De pronto observó asustado como una gran sombra oscura recubría la figura de aquel hombre que decía ser su padre. El miedo y un sentimiento de derrota se apodero de él. Bajó los brazos, se arrodilló y dejó las botellas en el suelo, agachó la cabeza, cerró los ojos esperando que una gran ostia impactase en su cuerpo. Escuche el tintineo de las botellas y una pequeña explosión. Abrí los ojos de inmediato, pudo ver cristales y liquido rojo flotando en el aire.  Por segunda vez, el tiempo se ralentizaba. La expresión en el rostro del cuervo era de sorpresa. Los cristales y el vino suspendidos en el  aire. Las imágenes de unos astronautas absorbiendo gotas de líquido en suspensión irrumpieron en su mente. Las gotas de vino mojaron su cara, sacó la lengua de la boca y pudo “catar” una gota de vino. Escuchó un grito desgarrador. <¡Nooooooo!>. El tiempo se reactivó.

Notó como gotas de vino resbalaban por su cara, el vino le entró en los ojos causándole un gran escozor. Se sequé los ojos con la manga, al abrir los ojos observó un gran corte en su muñeca derecha, le salía sangre a borbotones. Se levantó de inmediato del suelo, cogió un paño blanco que estaba encima de la mesa de la cocina y se lo envolvió en la muñeca. El cuervo se acercó exhalando un hálito fétido de su garganta, emitiendo graznidos descontrolados.

–Me cago en Dioooos!, ¡serás hijo de puta! ¿Qué le hiciste a la botella? Te vas a enterar de lo que vale un peine. –Elías tembló al ver su mirada sanguinolenta.

–Nada, no hice nada. –Al tiempo que Colocaba sus manos en posición defensiva.

–Recoge los putos cristales y limpia el suelo, si no es por Dios… ¡te piso la cabeza!. Pensándolo mejor cuando acabes de recoger los cristales, limpias el vino con la lengua, con esa lengua de lameculos y  bajas otra vez a la tienda y me traes otra botella de vino.

Asintió con la cabeza, se encogió de hombros, en un gesto de sumisión. El paño que cubría su muñeca estaba empapado de sangre.

–¿Qué pasa aquí?. –Preguntó  su madre con un gesto de preocupación en su cara.

–Nada, no pasa nada, esto es cosa de “meigas” me explotó una botella de vino en las manos. –El cuervo le miró fijamente. –Tu  hijo, que a parte de ser maricón, también es “meigo”.

–Elías, ¿que te pasó en la muñeca?.

–Solo  es un corte, cuando exploto la botella, debió de saltarme un cristal y me hizo un corte en la muñeca.

Sin poder remediarlo, las lágrimas brotaban de sus ojos, lágrimas de dolor, de impotencia, de derrota.  Su madre se acercó a él. El cuervo volvió a emitir su graznido.

–Ya llegó tu mamá, maricón, no se como te puede salir sangre… porque sangre tienes muy poca.

–¡Cállate ya! –Le respondió enérgicamente su madre al cuervo.

El cuervo se giró, descorcho la otra botella de vino y se sirvió un vaso. Elías se desenvolvió el paño de la muñeca, entonces pudo ver el corte. Era largo y profundo, la carne estaba separada por el corte, casi se le veía el hueso. Manaba mucha sangre.

–¡Dios!, ¡vaya corte!, voy a coger agua oxigenada en el baño y unas vendas, tenemos que llevarte al hospital para que te den puntos. –El cuervo se acerco a él y le cogió la mano.

–¡Bah! eso es un corte de mierda, ¡puntos! … Los puntos donde se los hay que dar es en la boca.

Se quedó en silencio, esperando a que llegase su madre. Tardo poco en llegar, un suspiro. En sus manos traía, agua oxigenada, vendas, algodón y una caja cuadrada metálica blanca con una cruz roja en el exterior.  Le echó un buen chorro de agua oxigenada en el corte. Sintió un fuerte escozor. De la herida salía espuma blanca teñida de un  rojo intenso, observaba atentamente a su madre secándole la sangre con un algodón, abrió la caja metálica blanca y saco una gasa cuadrada que coloco encima del corte.

–Aguanta de la gasa. –Le dijo, mientras cogía un rollo de venda y se lo enrollaba alrededor de la muñeca.

–No hace falta que me pongas tanta venda, no soy una momia. –Elías notó por la expresión en la cara de su madre que no le había hecho gracia su comentario.

–¡Qué gracioso!, entonces…  ¿Qué hago? Me quedo mirando como te desangras y listo. –Elías tuvo la sensación de que su madre mas que preocupada estaba furiosa.

–Tampoco  pasaría nada, me enterráis con mi primo y listo, seguro que al otro le daría igual.

–Tienes suerte de que tengo las manos ocupadas, porque… te daba una bofetada, ¡deja de decir estupideces!

Un graznido perturbó la conversación entre madre e hijo.

–Ves como los puntos los necesita en la boca, tiene la lengua muy larga. –Siéntate en el sofá, mientras limpio esté desastre. –Comentó su madre. –De sentarse nada, que baje otra vez a la tienda y que traiga otra botella de vino. –Le  respondió al cuervo con un tono contundente a su madre.

–Me  dijo el señor Julio, que si no le pagas, lo que le debes, que no hay vino ni farrapos de gaitas.

–¿Te dijo eso?, el señor Julio. –Preguntó su madre con un gesto de sorpresa.

–Si, es más, no quería darme esas botellas, entontes las cogí y me escape corriendo.

–¡Mira lo que estás criando! A un delincuente, ahora resulta que tenemos un ladrón en la familia, ¡hay que joderse!

Elías no crédito a lo que escuchaba, aun por encima, le estaba llamando ladrón el cuervo chupa vino.

–Ladrón… ¡por tu culpa!, si no traigo el vino…

 –¡Cállate! ¡Joder! O te mato a ostias, desgraciado, ladrón, estás manchando mi buen nombre. –Su  madre elevó el tono y contestó.

–¡Ya basta! Cuando acabe de limpiar… bajo a la tienda y hablo con el señor Julio, a ver si hay suerte y nos deja seguir cogiendo cosas al “fiado”.

Salió de la cocina, sus hermanos estaban quietos en el pasillo, el miedo estaba impreso en sus rostros. Las cisternas de los dos baños se descargaron al tiempo que los grifos de toda la casa se abrieron expulsando agua mezclada con aire. Elías se quedó impasible ante tal acontecimiento. Entró en su habitación, cogió la novela de  los cinco investigadores  que estaba sobre la mesilla y me echó encima de su cama para leer un poco, cerró los ojos y al volver a abrirlos ya había oscurecido. Se levantó de la cama, encendió la luz de la habitación,  y se echó de nuevo sobre  la cama. La muñeca le latía, sentía un terrible dolor, escuchó la voz de su madre. –¡A Cenar!. –Se  levantó de la cama y se fue a la cocina. Al pasar por delante de la puerta del salón, echó un vistazo dentro. El cuervo estaba tirado en el sofá mirando la tele con una sonrisa en los labios,  echó un vistazo a la televisión, <una del oeste> Jhon Waine en acción, eran las películas preferidas del cuervo. A veces pensaba… <que bueno sería si echasen un maratón de películas del oeste, día y noche todo el año, así el cuervo estaría feliz>, entró en la cocina, su madre estaba dando un trozo de pan a sus hermanos para que hiciesen unas sopas.

–Elías, mañana tampoco vais a ir al colegio, tu padre y yo vamos al velatorio de tu primo, después de comer vendremos a recogerte para que vengas con nosotros  al entierro de tu primo.

–¿Y mis hermanos, no van?

 –Como van a ir, son demasiado pequeños, cena con ellos y para cama.

Se sentó con sus hermanos. Se fijo que había unas botellas de vino posadas en la encimera de la cocina, se notaba que su madre había convencido al señor Julio, Cogió un mendrugo de pan y lo echó en el tazón de leche, metió la cuchara en el bote de cacao en polvo y se echó dos cucharadas en el tazón, removió todo bien y acercó el tazón a su nariz, le gustaba el olor que desprendía el cacao de la marca Raposo,   <también hay que alimentar el resto de los sentidos>, pensó. vació el tazón en un ¡pis! ¡pas!, se levantó, entró en el salón, observó que el cuervo roncaba en el sofá, y le dio un beso a su madre, en la mejilla, ella le devolvió en gesto cariñoso con una caricia en la cara. Se fue para su habitación, cogió la linterna, apagó la luz y me metió en cama. Al cabo de un ratillo entró su hermano, le miró mientras se metía en casa y le sonrió, su hermano se acercó y le dio un beso. –Hasta mañana. –Le susurró su hermano. -Siguió leyendo su novela. La muñeca seguía latiéndole, tenía mucho dolor, le costaba sostener la novela, decidió dejar de leer, dejó la novela encima de la mesilla, apagó la linterna y cerró los ojos. De pronto, notó como si algo se echase sobre él, intentó abrir los ojos y no pudo, quiso moverme y era incapaz, ¡quiso gritar! Pero no logró emitir sonido alguno. Su corazón empezó a latir a gran velocidad. Puso todo su empeño en querer moverme, pero era incapaz, ¡Dios! <¿Qué me esta pasando?> pensó. Siguió intentando moverse y gritar hasta que se quedó sin fuerzas. Sintió  palpitaciones, un sudor frío recorría todo su cuerpo, empezó a notar temblores seguidos de sacudidas, se estaba quedando sin aire, se ahogaba, por último sintió un dolor intenso en el tórax seguido de nauseas… hasta que la imagen de su primo Luis, apareció en su mente y todas esas malas sensaciones fueron desapareciendo poco a poco. Escuchó la voz de su primo Luis en su mente.

Tranquilo  primo, no tengas miedo, solo vengo a despedirme de ti, quiero que sientas mi ultimo abrazo. Cuando me veas mañana, no te pongas triste, yo ya no estoy en ese cuerpo, tranquilízate, no tengas miedo, dile a mi madre que te de un anillo, que está en medio de unas piedras en el galpón de los apeos de labranza. Es para ti.

La imagen de su primo, se desvaneció de su mente, al tiempo que recuperó la movilidad, dio tal salto en la cama, que casi se cae de ella. Estiró el brazo fuera de la cama,  palpó con la mano la mesilla en busca de la linterna. Temblaba de miedo, estaba empapado en sudor, encendió la linterna, iluminó toda la habitación, observó que su hermano dormía placidamente. Escuchó el sonido de las cisternas y grifos abiertos, chorreando agua a presión. Respiró hondo, su corazón retumbaba dentro de su pecho. Se armó de valor y se levantó de la cama,  las piernas le temblaban. Todos estaban dormidos, nadie se había despertado con el ruido de las cisternas, ni de los grifos. Dio una vuelta por toda la casa y todo estaba en calma, volvió para su habitación, se arrodilló e iluminó con su linterna debajo de las camas. Todo estaba en orden, se tapó con las mantas hasta arriba y dejo la linterna encendida dentro de la cama. No pegó ojo en toda la noche, tenía miedo de dormirme y volver sentir el abrazo de los muertos. Horas más tarde, escuchó la voz de su madre.

–Levántate Elías, que ya son horas.

Se levantaron todos en procesión, cuando paso por delante del salón, observó como su padre tomaba unas notas mientras hablaba por teléfono. Él y sus hermanos desayunaron en silencio. Le resulto extrañó que aquella mañana no hubiese ningún altercado. Sus padres se prepararon para ir al tanatorio y cuando salían por la puerta, otro hecho le resultó más extraño… su madre se detuvo un instante al lado de la puerta, esperó a que le cuervo empezase a bajar las escaleras, le hizo una seña con la mano, indicándole que se acercase a la puerta, se acercó a ella con la cabeza gacha, esperando un pequeño sermón antes de que se fuesen, pero en lugar de eso, le acaricio las mejillas. Tuvo una agradable sensación, al notar la calidez de las manos de su madre acariciando su cara. Le pareció increíble. <Caricias y besos ¡Que raro es todo esto!>. –Pensó. Su madre no era una persona de dar besos y soltar caricias. Se sintió feliz por un instante, la mañana transcurrió tranquila, sus hermanos se pasaron toda la mañana jugando en la galería de casa, él como de costumbre, mientras sus hermanos jugaban hizo las tareas de la casa. A eso de la una del medio día sonó el timbre de casa, miró por la mirilla de la puerta, era la vecina del primer piso.

–¿Qué le pasó a tu primo?. –Le espetó nada más abrió la puerta.

–No… se. –Le respondió sorprendido y apabullado ante tal pregunta.

–¿No te contaron nada tus padres? . –Le preguntó con cara de sanguijuela.

–No. –Respondió nuevamente.

–Que sepas que tú primo se colgó de un árbol.

Sintió un fuerte retortijón de estomago, seguido de un sudor frío, no daba crédito a lo que estaba escuchando.

–Si, si, se colgó de un árbol, y según me dijo tú padre eso es lo que deberías hacer tú.

Se quedó mirando a aquella arpía sin saber que decir, la miraba y no me creía lo que me estaba diciendo, sin mediar más palabra le cerró la puerta delante de las narices.  Através de la puerta  escuchó…

–Qué maleducado, ¡eres bien hijo de quien eres!

Abrió la puerta furioso, enojado.

–Maleducado… ¿por qué?, ¿de quien soy hijo?

–De una fulana y de un borracho. –Le respondió la arpía con una sonrisa cínica en los labios.

–¡Será zorra! . –Le respondió gritando.

La arpía subió con los ojos encendidos por la ira y le asestó una bofetada en toda la cara, se quedó perplejo ante tal acción y al ver que aquella mujer se caía de espaladas. Mientras la arpía caía vio el rostro de su madre. Intuyó que  su madre había dado un tirón de la chaqueta, consiguiendo tirar al suelo a aquella mala mujer. La arpía golpeó con su cabeza en el suelo y  se quedó tirada, con la cara blanca como la cera.

–¿Qué hace? . –Le preguntó mi madre a la arpía.

–Es… es,  que tu hijo se vino a meter conmigo a mi casa, me llamó zorra, es un maleducado. Respondió la arpía desde el suelo.

–¡Eso es mentira! –Gritó Elías.

–Levántese y váyase para su casa,  ¿qué pasa? ¿Le hizo daño el vino barato que suele tomar?. Si le vuelve a poner la mano encima a mi hijo la mato.

La mujer se levantó del suelo y bajó las escaleras murmurando en voz baja. Entraron en casa, su madre estaba colorada como un tomate, miraron hacia la galería de la casa y observaron que los niños no se habían enterado de nada. Estaban en su mundo, jugando entretenidos en la galería.

–¿Qué paso? –Le preguntó su madre, sofocada.

–Nada, escuché el timbre, abrí la puerta y la vecina me preguntó si sabía de que se había muerto mi primo, yo le dije que no sabía nada, y ella me dijo que se había colgado de un árbol, y que según le dijo mi padre, eso era lo que debía haber hecho yo. ¿Por qué me odia de esa manera?...

Sus ojos se inundaron de lágrimas, su madre le dio un fuerte abrazo, hizo fuerza, se deshizo de ella y se fue directo para su habitación. Se tiró encima de la cama llorando desconsoladamente, preguntándose que había hecho yo para que ese hombre le odiase tanto. Escuchó un fuerte portazo.

–Qué, me cago en Dios pasa, donde está ese hijo de la gran puta. –Grito el cuervo.

Se incorporó de un salto en la cama, se secó las lágrimas y se puso en posición defensiva. El cuervo entró en su habitación con mirada asesina, sus ojos amarillos brillaban como los de un gato, le lanzó un puñetazo. Elías con movimiento esquivo y certero, agarró el puño de  su padre con su mano derecha. Le miró fijamente y comenzó a bajar su brazo, haciendo palanca mientras le agarraba el puño con fuerza. Observó, como la cara del cuervo palidecía al mismo tiempo que le bajaba su brazo a la altura de su cintura.

–Suéltame. –Exclamó el cuervo.

–Si me vuelves a tocar a mí o a mi madre te juro que te mato, mejor aun… te cuelgo de un árbol.

Saboreó por primera vez en su vida las mieles de la victoria. Disfrutó  al ver como el cuervo temblaba, jamás lo había visto así, soltó el puño a su padre y éste salió de la habitación con el rabo entre las piernas. Se sentó encima de la cama, contento, por haberle hecho frente al monstruo que llevaba toda su vida torturándole, se sintió por primera vez orgulloso de mi mismo. Lo que menos podía imaginar, es que esa acción sería el principio del fin.

Salieron uno a uno de casa, los tres caminamos en silencio hasta la estación de autobuses, sus padres iban delante de el. Elías les seguía a unos metros. Entraron en la estación, su se acercó a la ventanilla de venta de tickets y compró tres billetes de autobús. Bajaron a los andenes, se detuvieron en el anden número trece, su madre se acercó a Elías y le entregó el billete del bus, se quedó mirándolo, también tenía el número trece marcado en negrita, a los pocos segundos un autobús entró en nave principal, giró alrededor de la estación y paró en el anden, <¡joder!> pensó,  al ver que el autobús también tenía el número trece. Subieron en el bus. El viaje se le hizo corto, en un abrir y cerrar de ojos habían llegado a su destino. La casa de sus tíos estaba llena de gente. Elías conocía a nadie, a medida que iban pasando, muchas de esas personas desconocidas para el, saludaban al cuervo. Entraron en la casa, siguió los pasos de sus padres, entraron en el salón, el féretro estaba situado en el medio del salón, a ambos lados del féretro había colocada una hilera de sillas. Sentada en cabeza del lado izquierdo estaba su abuela, la madre del cuervo, al verlo se levantó y se acercó a él, le dio un fuerte abrazo y un montón de besos. Era muy cariñosa con su nieto “preferido”, viendo la dulzura de aquella mujer, era inconcebible que tuviese un hijo así. En medio de los murmullos, Elías volvió a escuchar la voz de su primo, <recuerda, yo no estoy ahí, dile a mi madre que te de el anillo, ¡díselo!>. Buscó a su tía con la mirada.

            –Abuela, ¿Dónde está la tía María?

             –Esta arriba, en su habitación, sube y dale un beso, seguro que se alegrará de verte.

Subió las escaleras, pasó por delante de la habitación de su primo, se detuvo delante de ella y echó un vistazo a su interior, una extraña sensación de vacío se apoderó de él. La siguiente habitación era la de sus tíos, la puerta estaba cerrada, pegó dos golpes y escuchó la voz de su prima Mar en el interior. Abrio la puerta. Sentada sobre la cama estaba Mar y tumbada sobre ella su tía, Mar se levantó y le dio un fuerte abrazo, su tía se incorporó al verlo.

            –Tía, no te levantes, déjate estar.

Tenía los ojos rojos, y una expresión de tristeza tan intensa en su mirada, que hizo que se le encogiese el corazón.

            –¡Se nos fue!, Elías, ¡se nos fue! . –Le dijo entre sollozos su tía.

Elías la abrazó con fuerza, y trató de tranquilizarla, su prima Mar lo miraba con dulzura.

            –Tengo algo para ti. –Le dijo su tía al oído.

Se quedó petrificado al escuchar esas palabras. Ésta noche soñé con tu primo y me dijo que te diese algo…

             –Que me dieses un anillo. –Su tía asintió sonriendo.

            –Veo, que a ti también te visitó en sueños, ¡te quería mucho Elías!

Se fundieron en un abrazo, a Mar le caían las lágrimas. Salieron de la habitación y bajaron las escaleras, salieron al patio de la casa. El murmullo aumentó de decibelios al ver pasar a la tía de Elías. Entraron en el galpón donde su tío guardaba los apeos de labranza. María se acercó a una de las paredes y sacó una piedra, la tiró al suelo y cogió algo de su interior, se acercó con la palma de la mano abierta.

            –Me dijo que lo había encontrado en el monte, que lo escondió pensado en futuro…

Su tía se echó a llorar y le entregó el anillo. Su prima lo agarró de la cintura y sentaron en un banco de piedra que había en un lateral de la casa. Observó que el Sauce en el que jugaban su primo y él estaba talado, hecho pedazos. Elías y Mar escucharon como el murmullo se transformaba en un sonido similar al de un inmenso enjambre de abejas. Elías y Mar se levantaron del banco, se quedaron mirando como salía el féretro a hombros entre cuatro hombres. Eran los tres tíos de Elías y su padre. Todo el mundo acompañó el féretro en procesión, era un camino de tierra que atravesaba la aldea hasta la iglesia. Al entrar en el patio de piedra de la iglesia, observó que en un lateral del campo habían cavado un hoyo. Se le hizo un nudo en el estomago. Durante toda la misa, mi prima lo agarraba con fuerza de la cintura y le miraba con dulzura. Al terminar el oficio, sacaron el féretro y lo condujeron hasta el hoyo. Mientras observaba como bajaban con las cuerdas el ataúd al fondo de aquel agujero, unos gritos desgarradores de dolor, perturbaron el silencio. Pudo ver a sus tíos arrodillados delante de aquél montón de tierra, gritando que no se lo llevasen. Notó que dos hombres le agarraban con fuerza por los brazos y tiraban de él. Les miró sorprendido, no sabía que estaba pasando. –Acompáñanos. –Le dijo uno de ellos. Mientras forcejeaba con aquellos hombres, miraba atrás buscando a su madre entre la gente, trataba de hacer fuerza para que no se lo llevasen. Su mundo se vino abajo, cuando localizó a su madre en medio de la gente, observó como el cuervo le susurraba algo al oído de su madre, y ella asentía con la cabeza ocultando su mirada. En ese mismo instante un puñal invisible atravesó su corazón. –¡tú también madre!. –Gritó desconsoladamente. Dejo de hacer fuerza. La situación era surrealista, nadie le miraba, parecía que fuese invisible. Lo introdujeron en el interior de un coche y se lo llevaron.

 <¡Traición!> Gritó su mente. Estaba aturdido, confuso, “acojonado”. Lloró de rabia de impotencia. El más alto de los dos tipos giró su cabeza, lo miró y le dijo en tono chulesco.

            –Esto es lo que le pasa a los delincuentes que intentan agredir a un padre…

 

El sonido de un móvil hizo regresar a Elías al mundo de los vivos, suspiró hondo y se levantó de la cama. Una fuerza invisible lo arrastró encima de la cama de su hermana. Trató de incorporarse pero no podía. Perdió el control de sus acciones, tuvo la sensación de que su muerte era inminente, se estaba asfixiando, sintió un fuerte dolor en el tórax. Cerró los ojos pensando <qué sea lo que Dios quiera>. La imagen del cuervo entró en su mente, sus palabras retumbaron en sus oídos…

            –Vengo a despedirme de ti, quiero que sientas mi último abrazo, quiero que veas como el infierno se abre ante ti.

Escuchó un estruendo, abrió los ojos y las puertas del armario de la habitación de su hermana se abrieron de golpe. Horrorizado, contempló como unas inmensas llamaradas salían del armario. De en  medio de las flamas rojas, asomaba una mano envuelta en llamas, que se dirigía hacia él. Un hollín negro como el carbón cubría las paredes de la habitación, un humo denso y negro bajaba del techo. –¡Dios, ayúdame!. –Gritó en voz alta. Derrotado volvió a cerrar los ojos. La imagen de su mano sosteniendo con fuerza el puño del cuervo, hizo acto de presencia en su mente. Una sensación de paz interna se adueño de él, al tiempo que dejaba de sentir los latidos de su corazón.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta