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16 min
El águila y la esvástica
Históricos |
12.12.15
  • 4
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Sinopsis

¿Tú qué hubieras hecho?

I

Cuando Itzak Weiss bajó del carruaje y puso el pie sobre los adoquines que empedraban la stadtplatz de aquel pequeño pueblo, llegó a pensar que la localidad pasaría por un lugar acogedor donde disfrutar de unos deliciosos días de asueto, de no ser porque ni estaba de vacaciones ni la tarea que debía llevar a cabo le permitía abandonarse a semejante tentación.

La niebla que llegaba desde el río comenzaba a levantar su manto blanquecino por encima de los picudos tejados de pizarra que coronaban las casas, adornadas con generosos ventanales y edificadas en recios muros de piedra. Las callejuelas adoquinadas sobre las que golpeaban los cascos de los caballos y el constante rodar de algunos carromatos daban al lugar ese aspecto añejo con que el paso del tiempo parece pintarlo todo en su incesante tránsito. Al fondo, la torre de una iglesia escondía su campanario entre la bruma como si el pudor de mostrarse en toda su belleza le hubiera sido inculcado por los ministros del Altísimo que predicaban entre sus paredes.

El hombre se paró en mitad de la Plaza tratando de orientarse. Había memorizado cada detalle hasta la obsesión, pero el persistente dolor de cabeza que le dejara el largo viaje hacía que su mente trabajase con dificultad. Al fin abandonó el espacio abierto y se internó por la que juzgó debía ser la calle Saizburger Vorstadt. Caminó unos minutos, intentando disfrutar de la quietud del lugar aunque sólo fuese durante un breve lapso y de paso posponiendo un poco más la llegada del momento. No dudaba, pues había sido entrenado para no hacerlo y estaba convencido de la necesidad de terminar con éxito aquello que le había sido encomendado. Y sin embargo, algo no marchaba del todo bien. 

Terminó parándose ante una edificación de tres alturas. El caserío había cambiado mucho desde la última vez que lo visitara, pero la esencia de sus formas rectangulares se mantenía. Las paredes eran de un gris apagado en lugar del amarillo tenue que permanecía en su memoria. El característico voladizo que resguardaba la fachada confería a la vivienda una personalidad propia. Sin embargo la hilera de ventanales que se enfilaban en la planta baja a pie de calle, en cuyo interior se adivinaba una taberna, ofrecían una imagen más descuidada de la que Weiss había conocido. Los dos pisos superiores mostraban sus inconfundibles ventanas adornadas en la cima con una media luna blanca. 

Itzak Weiss no lo pensó demasiado y atravesó el portalón. Subió las escaleras lentamente, observándolo todo a su alrededor con la precaución de quien ha hecho de ello una costumbre. A pesar de los años no conseguía evitar un hormigueo en el estómago cada vez que encaraba una nueva misión. Accedió al pasillo y buscó el piso. Golpeó la aldaba con tres toques secos y aguardó. Había tenido la previsión de acudir a una hora en la que sabía que el hombre de la casa se encontraría fuera, pero no podía asegurar lo mismo de los demás. 

Al fin tras unos segundos eternos se abrió la puerta. En el umbral apareció una mujer joven, esbelta y de constitución delgada. Tenía el cabello rubio y lo llevaba corto. El rostro casi inexpresivo apenas dejaba traslucir sus emociones. En su mirada asomó por un momento un atisbo de desconfianza. 

— ¿Klara Pölzl? — preguntó Weiss forzando una sonrisa. 

La mujer lo miró con extrañeza, sorprendiéndose de que alguien la llamara por su apellido de soltera en aquella localidad. 

— Hitler, ¡Klara Hitler! — respondió. 

En ese momento Itzak Weiss, agente curtido en mil y una batallas, se preguntó por enésima vez si en verdad no habría otra manera de hacer aquello. 

 

II

Todo había comenzado hacía un par de semanas. Weiss fue llamado a un despacho en los sótanos del edificio de la Agencia, con la premura y el secretismo acostumbrados. Antes de acudir a una de aquellas citas, cualquier agente podía suponer sin riesgo a equivocarse que su vida daría un vuelco al término de la misma. 

En la estancia se encontraban tres directivos trajeados de forma impecable como era costumbre en la Organización. Frente a ellos, Itzak Weiss se enfrentaba en solitario a su destino. El primero en tomar la palabra fue un hombre con sobrepeso cuya respiración se entrecortaba cuando pronunciaba más de dos frases seguidas. 

— Agente Weiss, sabe que si está aquí es por un asunto tan importante como urgente, así que no nos andaremos con rodeos. Le ofrecemos la posibilidad de cambiar la Historia, mas como puede suponer la misión no está exenta de riesgos. 

Itzak Weiss se encogió de hombros y esbozó una sonrisa sarcástica. No necesitaba escuchar mucho para saber lo que se escondía tras aquellas palabras. 

— Otra vez una misión con clasificación delta. Empiezo a pensar que alguien me tiene mucho cariño — bromeó. 

— ¡No se tome a la ligera estos asuntos, Weiss! — replicó otro de los directivos, de rostro afilado y tez tan pálida como un muerto — Usted sabe que la frecuencia de estas operaciones está cuidadosamente restringida, tanto por las implicaciones que de ellas pueden derivarse como por el coste que suponen. Si el Alto Mando ha dado luz verde es porque se han tomado en consideración todas las opciones. Y si lo hemos llamado a usted es debido a que confiamos en su trabajo. 

Hasta el momento tanta palabrería no aportaba nada que Weiss no supiera. No podía presumir de modestia y era consciente de que merecía sobradamente los halagos. Posó la mirada sobre la tercera persona. Se trataba de una mujer con una melena color castaño larga y rizada, que debía rozar la cincuentena, aunque conservaba la figura como si tuviese diez años menos. 

El agente sonrió de nuevo, esta vez haciendo gala de sus maneras de dandi que tanto éxito le granjeaban entre el sexo opuesto. A parte de haberse labrado por méritos propios una exitosa carrera, estaba dotado de un encanto personal que podía llegar a ser muy útil tanto en algunas facetas de su trabajo como en el terreno de las relaciones privadas. Alto y con un cuerpo trabajado en interminables sesiones de gimnasio, de rostro afilado y bien parecido, su aspecto físico atraía muchas miradas y provocaba no menos suspiros y sus maneras de caballero apuntalaban a la perfección la primera impresión que solía causar. 

Como si le hubiera leído el pensamiento la mujer habló, con la voz pausada pero llena de firmeza. 

— Dejémonos de rodeos. Ha deducido correctamente la naturaleza de la misión, agente Weiss. ¡Volverá a viajar en el tiempo! 

Itzak Weiss asintió autocomplaciéndose de su perspicacia y regodeándose al pensar en los jugosos emolumentos que percibiría por el trabajo. 

— El Gobierno y la cúpula del Mossad han analizado seriamente este proyecto — continuó la mujer — y a pesar de que su naturaleza pudiera violar nuestro código deontológico, nos hemos decidido a poner en práctica algo que se llevaba mucho tiempo barajando. ¡La misión que ha de llevar a cabo cambiará el curso de la Segunda Guerra Mundial y el destino de millones de judíos! 

— Pero si eso es así, ¿no podrían derivarse otros hechos que pondrían en peligro la propia existencia de nuestro Estado? — preguntó Weiss tras cavilar un instante. 

— Se tomarán otras acciones para prevenir esa posibilidad — afirmó el obeso — Nada se ha dejado al azar. Incluso el momento y el lugar han sido escogidos con cuidado para minimizar en lo posible los riesgos. 

Weiss trataba de asimilar lo que estaba escuchando. La maldita profecía se cumplía de nuevo, nadie que fuera llamado a una reunión en los lúgubres sótanos de la Agencia volvía a ser el mismo a su término. 

— Su misión, agente Weiss… ¡Matar a Hitler! — dijo al fin el hombre de rostro pálido. 

Al curtido miembro del Mossad comenzaba a gustarle aquello. Iba a convertirse en el hombre que libraría a la humanidad de la peor alimaña jamás nacida, responsable de la muerte de innumerables seres inocentes, entre ellos más de tres millones de hermanos de su misma sangre cuyo único delito había sido nacer judíos. Algunos jamás conocerían de su acción. Para otros, se transformaría en un héroe. 

En ese momento la mujer, que había vuelto a sumirse en un inquietante silencio, habló de nuevo. La frase que pronunció lo hizo palidecer hasta sentirse mareado, como si de un novato se tratase. 

— El lugar, Braunau am Inn, entre las fronteras Austriaca y Alemana.

Y entonces a Itzak Weiss todo aquello ya no le pareció una buena idea. 

 

III

Itzak Weiss no había tenido hijos, o al menos reconocidos. Pasaba una pensión a una antigua amante rusa con la que había engendrado una niña a la que ni siquiera conocía y no podría asegurar que algún otro vástago suyo vagase por el mundo de la mano de cualquiera de las muchas mujeres con las que tuviera relación en el pasado. Había visto lo suficiente como para saber de la crueldad con que los más pequeños padecían las injusticias y quizás por eso sentía especial devoción por toda criatura que no sobrepasase los diez años. Quizás por ello también despreciaba a la mayor parte de la humanidad. Y eso lo incluía a él mismo. 

No estaba seguro a cuento de qué esos pensamientos poblaban su cabeza en aquel preciso instante, pero no tenía tiempo de averiguarlo. Klara Pölzl, o Klara Hitler como ella misma le había corregido, estaba frente a él y eso quería decir que había llegado hasta el objetivo de la misión. Con un rápido ademán se adentró en la vivienda cerrando la puerta tras de sí, al tiempo que una de sus manos tapaba la boca de la mujer. 

— ¿Hay alguien más en la casa? — preguntó mientras trataba de escuchar algún sonido que pudiera alertarle. 

Klara balbuceó moviendo la cabeza hacia ambos lados. Weiss la observó durante un segundo y golpeó su sien con la culata de una pistola que acababa de sacar debajo del abrigo. La mujer se tambaleó y cayó desplomada con un hilo de sangre resbalándole desde la frente. 

Itzak la contempló tendida sobre el suelo. Le había confesado que estaba sola, pero debía comprobarlo. Entre otras cosas porque sabía que no era cierto. Se internó por el pasillo, atento a cualquier sonido que pudiera delatar la presencia de alguien más. Alois y Angela, los dos hijos que tuviera el patriarca Hitler de su anterior matrimonio, no parecían hallarse en la casa.

Weiss recorrió una por una todas las estancias, empuñando el arma con ambas manos como si temiese encontrarse al peor de sus enemigos agazapado entre las sombras. Dilataba el tiempo exagerando la lentitud de sus movimientos, aunque el inevitable momento no hacía más que aproximarse. Un sudor frío comenzó a bajarle por la espalda. El corazón le latía acelerado, parecía querer escapar de aquel lugar a toda prisa. 

Al fin llegó ante el umbral de la última habitación que le faltaba por comprobar. Tenía que ser aquella, no cabía duda. Empujó la puerta con cuidado. No se escuchaba ningún sonido procedente del interior. Las cortinas estaban corridas y la luz se filtraba difuminada a través de la tela. Caminó despacio, cual si temiese despertar a alguien. Junto a la ventana se encontraba una cuna almenada con gruesos barrotes. Se acercó, aunque en el fondo deseaba no hacerlo. Por un momento alimentó la esperanza de que estuviera vacía. No hubo suerte. 

El futuro asesino de masas dormía plácidamente ajeno a su destino. El pequeño Adolf, una criatura de poco más de un mes, tan inocente como las vidas que con el tiempo segaría. ¡Matar a Hitler! Weiss escuchaba la frase lapidaria rebotando en su cerebro. Taladrándole el alma. ¡Por el amor de Dios, no es más que un niño! respondía una voz desgarradora tratando de imponerse al que sabía era su deber. Un disparo, tan sólo apretar el gatillo una única vez. Todo habría acabado. Millones salvarían sus vidas a cambio de una sola. Era la Misión. ¡Debía cumplir la Misión! 

Levantó el arma. El cañón apuntaba a la cabeza de la criatura. La mano le temblaba y la habitación daba vueltas. Tragó saliva y a punto estuvo de atragantarse. Cerró los ojos. Al menos aquella imagen no podría acompañarle el resto de sus días. La extremidad con la que empuñaba su pistola comenzó a moverse de manera aún más incontrolada. Al fin se escuchó un disparo. En la calle una bandada de golondrinas levantó el vuelo.

 

IV

En la Sala de Mapas de la Casa Blanca se hallaba reunido como cada día el gabinete de crisis. Encima de la mesa central se desplegaba un gran plano de Europa, sobre el que se habían colocado multitud de figuras emulando las posiciones de los ejércitos en el teatro de operaciones. Las tropas americanas, inglesas, alemanas y un sinfín de efectivos de otros países con menor peso ocupaban sus lugares respectivos, desafiándose sobre el papel tal como lo hacían en la cruda realidad. 

El presidente Abraham Whiteman dirigía el encuentro con aire enérgico, como era su costumbre. Levantaba la voz por encima de los generales, haciendo valer sus puntos de vista sobre cuestiones de estrategia militar. Pocos se atrevían a contradecirle y aquellos que pretendían hacerlo eran pronto rebatidos. No en vano, desde el inicio de la contienda las fuerzas de los Estados Unidos de América habían cosechado un éxito tras otro y los excelentes resultados eran la mejor baza de Whiteman. Algunos de sus más fieles colaboradores lo consideraban casi un elegido por la divinidad para conducir a la Nación hacia la victoria. 

Al término de la reunión todos fueron desfilando hasta que en la sala permanecieron tan sólo el presidente y su vicepresidente y hombre de confianza Jeshua Monroe. Éste encendió un habano y se quedó mirando hacia el mapa con aire distraído. 

— ¡Se lo dije! — exclamó Whiteman — ¡Se lo dije a todos y no me creyeron! Les dije que podíamos ganar ésta guerra, que la decadente Europa no resistiría el empuje de la savia nueva que llegaba desde América. ¡Qué podíamos ser los amos del mundo! Ahora tendrán que rendirse a la evidencia. 

Monroe asintió sin pronunciar palabra. Le producía tanto placer el sabor del tabaco como la visión de los ejércitos alineados sobre la mesa. Él siempre había creído en el liderazgo del Presidente.

— Mi querido Monroe — continuó hablando Whiteman — cuando echo la vista atrás no puedo sino maravillarme de todo cuanto hemos conseguido. En poco más de diez años hemos alcanzado el poder, el Lobby judío gobierna el País en la sombra y nuestros ejércitos no conocen la derrota en su campaña Europea. Nuestros aliados japoneses se despliegan sin oposición por el Pacífico. El Mundo es ahora de las Naciones emergentes. ¡Sus viejos amos tendrán que claudicar o ser esclavizados! 

— Hemos trabajado mucho para ello — se regodeó Monroe. 

Whiteman caminaba por la sala con paso rápido, manteniendo ambas manos cruzadas detrás de la espalda, como solía hacer cuando se enfrascaba en interminables cavilaciones. El golpeteo de sus zapatos se dejaba oír retumbando contra las paredes. 

— Y sin embargo muchas veces el azar juega a nuestro favor o en nuestra contra — dijo el Presidente — Todavía recuerdo los años difíciles. Mi padre siempre me recordaba que un hombre no tiene escrito su destino, que es uno mismo quien se forja su propio futuro. Él me inculcó la devoción por nuestra amada raza, exiliada hace milenios de Judea y que un día será llamada a gobernar una Tierra propia. 

— Sin duda se trataba de un gran hombre — apuntó Monroe. 

El Presidente se allegó hasta la ventana y dedicó una sonrisa a la nada mientras su mirada se perdía hacia el horizonte. Un atisbo de nostalgia le asomó entre los ojos, no podía evitarlo cada vez que recordaba su pasado. 

— ¿Sabe Jeshua? Mi padre me contó que de niño estuve a punto de morir en el viejo continente. Una bala que por casualidad quedó a escasos milímetros de mi cabeza. Entonces tomó la decisión de abandonarlo todo, se cambió el apellido Weiss por Whiteman y emigramos a América. ¿Qué habría sido de mí si el azar hubiera tenido otros planes? 

— ¡Qué hubiera sido de nosotros! — exclamó el aludido. 

Abraham Whiteman se acercó hasta Monroe y posó una mano sobre uno de sus hombros, mientras con la otra se atusaba el ridículo bigote que poblaba su labio superior. Se ajustó el brazalete que le rodeaba el brazo, sobre el que serpenteaba la esvástica símbolo del Partido. 

— Por cierto, ya he pensado acerca de lo que haremos con todos esos negros. ¡Le llamaremos La solución final!

Más allá de la ventana unas nubes grises presagiaban tormenta. Una tempestad que prometía ser duradera.

 

V

El sonido de un disparo todavía retumbaba en sus oídos, pero Itzak Weiss tan sólo prestaba atención a la criatura que lloraba frente a él. La bala había agujerado la almohada y rodeando el orificio se apreciaba un abismo de negrura. El judío soltó el arma, que cayó golpeando el suelo con estrépito. ¡Matar a Hitler! Había otra manera, ahora lo veía con claridad. Él libraría a aquel niño de su destino, lo convertiría en alguien de quien la humanidad pudiera estar orgulloso. Y a su manera, también cumpliría la misión. Más allá del océano se abría un Nuevo Mundo de esperanza. Más allá del océano la gran América los esperaba.

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