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4 min
El alma de los trenes
Fantasía |
05.05.21
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Sinopsis

viendo al tren que se va

El alma de los trenes

 

Escuchar el sonido de un tren alejándose, siempre me conmueve; siento nostalgia, pienso que algo  indefinido se termina, me despierta deseos, me intriga ese traqueteo que resuena en el  aire y queda allí, repicando, evaporándose de a poco, el sonido disminuyendo con la distancia que aumenta. Ese sentir es más profundo cuando el sonido se expande durante la noche, la oscuridad potencia casi todo, ese tren que se va, análoga una clausura, un final incierto, desconocido, un transcurrir transcurriendo. El tren se aleja, la existencia cotidiana se aleja. No es envidia a los que forman parte de ese tren, uno quisiera que el tren siguiera circulando por siempre y que ese alejamiento fuera temporario, uno desea que ese sonido perdure, que no haya clausura. El último vagón semivacío vaciando la luz al exterior es como un signo, un interrogante, cierto es que casi siempre conocemos el destino de ese tren, tan cierto es, como que desconocemos nuestro propio destino, el tren se aleja pero uno sigue con él. La noche envuelve al tren que sigue su marcha inclaudicable, el tren se va, uno sigue de pie junto a las vías viéndolo, añorándolo en cierta forma uno se va con el tren, el alma es transportada por el tren. Luego de varios minutos el sonido se extingue, la luz se apaga y solo queda el fantasma del tren, la reminiscencia del tren. Ahora no queda otra que empezar a caminar, retomar el camino que uno transitoriamente abandonó para “irse” con el tren. La calle está solitaria, un poco sombría, el invierno nos recluye, nos aleja unos de otros, nos invita a la introversión. 

La vereda es irregular hay que estar atento para no tropezar, al caminar con la iluminación deficiente; una  persiana se cierra repentinamente con estrepito. Uno siente que se  opuso una barrera, esa persiana es más clausurante  que un tren alejándose. La persiana es hermética, impenetrable, mucho menos amable que el tren, que se aleja, pero que invita a seguir, invita a la esperanza. La persiana no.

 El caminar sin otra finalidad que el mero caminar, da la oportunidad de ver, no solo mirar, se ven los autos pasar con velocidad incomprensible para el caminador sin apuro, alguien pasa corriendo tal vez huyendo del frio o deseoso de llegar a su casa para por fin descansar de la jornada. Perros que ladran a mi paso; un gato sobre el capot de un auto, maúlla reclamándome caricias, toco su cabeza revolviéndole los pelos.

 Mientras sigo caminando vuelvo a pensar en el tren, imagino su sonido, su luz, su marcha, imagino una marcha lenta, suave despojada de apremios. No me interesa llegar, no estoy pendiente del destino, sé que mi casa puede acogerme, y eso tal vez egoístamente me deja tranquilo.  Durante mi paseo encuentro casas con jardines que por la oscuridad casi no se perciben, es lo único que lamento de la hora, no poder ver ese colorido que solo puedo especular. Caminar y pensar, caminar y recorrer con la vista todo el panorama, caminar y oír los sonidos que provienen desde el interior de las viviendas, las voces, la  música, alguien cantando.

 Sigo sin parar y me pregunto por mi amor por los trenes, por los gatos, por la música, por los libros; mi ansiedad por vislumbrar una pequeña señal de sabiduría, no de conocimiento, sino de sabiduría, pero me resigno a que solo sea una utopía. Un tren alberga una heterogeneidad de almas, un tren yéndose, no es un tren escapando, es un tren conteniendo. Es posible sentirse parte del tren aun no estando en él.

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 68 años

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