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4 min
El amor a patadas no cura los achaques.
Amor |
23.03.08
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Sinopsis


A sus setenta años de edad, a pesar de sus reumas y achaques, Antonia fregaba el suelo de madera de su casa todas las mañanas, exceptuando días de entierro o bodorrio. La limpieza era algo que le agradaba no por el simple impacto visual, sino que le agradaba físicamente como a un niño una piruleta ; era, además, una forma de gastar el tiempo que tanto la aburría, y de cuya escasez ella siempre se quejaba. Para Evaristo, su marido, el tiempo era otra cosa, no algo material sino un ente que existía en el mundo, abstracto y lejano, como el sol o el cambio de las estaciones. No había ocasión en la que Antonia fregara y Evaristo tuviera que decir en ese momento ‘’voy a por el pan’’. Antonia, colérica, le gritaba y le amenazaba e interponía su cuerpo entre su marido y la puerta en forma de barricada para que éste no le pisara el suelo. Evaristo no hacía esto con premeditación, era un acto reflejo, una necesidad de buscar la bronca diaria de su mujer si es que no había llegado antes por cualquier motivo. Cuando su nieto venía a comer él hacía la comida. Se vanagloriaba de su pollo al horno aunque su nieto siempre pensó que estaba muy soso. Esto, obvio, nunca se lo comentó a su abuelo… Al terminar de comer Antonia se levantaba de mala gana, pues su comida solía constar de pescadilla, bacalao y verduras. Iba a la cocina y husmeaba aquí y allá intentando satisfacer su necesidad.
-¡Evaristo!- gritaba Antonia desde la cocina.
Cuando ella gritaba así ya sabía lo que iba a decirle. Opciones: el horno encendido, la cazuelo con los chorretones de grasa, la carne fuera de la nevera y algo más sutil, pero no menos importante, el grifo dejando caer diminutas gotas de agua. Evaristo pensaba para sí mismo que seguramente ella tendría razón, siempre lo había pensado, pero su reacción, sin embargo, era contraria a sus pensamientos y muy acorde con su subconsciente, esto es, subir el volumen de la tele como si en ella dijeran algo de lo más interesante… Todo esto un día cambió…

Antonia se dio cuenta que de un tiempo a esta parte todo era perfecto, que lo que no había logrado inculcar en él hacía treinta años lo había logrado ahora, en plena vejez y con número para la cola del cementerio. Ya no meaba fuera de la taza, o si lo hacía lo limpiaba, ya no dejaba los calcetines sucios debajo de la cama, y así sucesivamente. Es más, salían a dar una vuelta por el barrio a contar y recoger chismes e incluso fueron una vez al cine a ver una película de aquella época, Gosford Park, o como Evaristo diría, Gosfo Pá.
Como todos los días Evaristo se preparaba para ir a por el pan. Preguntaba:
-¿Se puede ya?- refiriéndose al suelo húmedo.
-Si, ya si… ¿Puedes traerme un par de zanahorias?
-¿Medio kilo?
-No, un par.
-Medio kilo…- murmuraba al vacío Evaristo- Hoy tardaré un poco más, iré al supermercado de Las Rozas.
-Vale, no tardes mucho que casi está la comida preparada.
-Vale…Medio kilo…- volvía a murmurar Evaristo.
Evaristo cerraba la puerta despacio, como temiendo despertar a alguien. Subía las escaleras hasta el cuarto piso y llamaba al 4ºC. La abría una señora con el cuello bastante arrugado, vestida con batín de seda, delgada y que por su deseo de aparentar menos edad de la que tenía causaba el efecto contrario.
-¡Por fin!- exclamaba la señora al verle en el umbral-Pensaba que hoy tampoco vendrías.
-No podría estar más de dos días sin venir…
-¡No seas chiquillo!
Evaristo cerraba la puerta después de darle un beso a la se&ntil
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Por supuesto leer y escribir. Toda clase de deportes y ,como no, viajar, viajar todo lo posible y cuanto más mejor

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