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12 min
EL AMOR DE UNA JOVEN MUJER
Varios |
20.10.18
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Sinopsis

EL AMOR DE UNA JOVEN MUJER

El cielo estrellado de la noche de otoño, el clima agradable, ni frío ni calor, la soledad de la ruta abriéndose para las luces penetrantes del automóvil, la música que brotaba de los parlantes distribuidos estratégicamente por el interior del vehículo, le daban una seguridad, una deliciosa sensación de bienestar, algo que no sentía hacía mucho tiempo. Se sentía libre, feliz, protegido.
El viaje era relativamente corto, algo alrededor de seiscientos kilómetros, de los cuales ya había recorrido más de la mitad. Estaba pasando por una región ocupada por grandes plantaciones, que el veía pasar rápidas, iluminadas por la luna llena.
De pronto, aquella agradable sensación fue perturbada por un ruido diferente del automóvil, seguido de una falla en el motor. Algo no estaba funcionando bien. Estacionó el auto en la banquina, dejó encendidas las luces de alerta y salió. El silencio de la noche le cayó encima y lo desorientó.  Hacía mucho tiempo que no sentía un silencio tan profundo. De vez en cuando, unos chillidos desconocidos rasgaban el manto del silencio, haciendo que Gabriel se sobresaltara. Abrió el capó e iluminó el motor con una linterna. No sirvió de nada, él no entendía nada de motores. Tocó algunas mangueras, cables y piezas, sin saber lo que estaba haciendo y quemándose cuando su mano tocó en una parte metálica que estaba bastante caliente. Cerró el capó, respiró profundamente, sintió el aire del campo invadiendo sus pulmones y entró en el coche. Giró la llave y el motor roncó, tranquilo. Retomó el camino, aumentando un poco la velocidad, mirando siempre hacia el panel iluminado, tratando de descubrir lo que había pasado.
Pocos kilómetros después el vehículo comenzó a fallar nuevamente. Gabriel sintió una puntada de nerviosismo creciendo desde su estómago. Vio algunas luces  a la derecha de la carretera. Una placa indicaba la entrada a un pueblo de nombre impronunciable. Entró. Era un conglomerado de casas bajas alrededor de una calle sin pavimentación, apenas iluminada por tres o cuatro postes. No se veía ninguna estación de servicio, taller mecánico o algo parecido. El único establecimiento con aires comerciales era uno en la esquina, con un cartel que anunciaba que beber coca cola era vivir intensamente. Como todas las otras casas de la calle, tenía la puerta y las ventanas cerradas. 
Estacionó el automóvil cerca de la esquina, bajó y golpeó varias veces en la puerta del almacén. Ya estaba desanimado y decidido a seguir viaje, hasta encontrar un lugar más amigable. Al final eran solo las nueve de la noche, con un poco de suerte llegaría a un lugar más hospitalario. 
Finalmente la puerta se abrió y un viejo desgreñado asomó su rostro preocupado.
- ¿Sí? ¿Qué desea? Ya estamos cerrados – dijo de un tirón, si respirar y con un tono nada amigable.
- Buenas noches, señor – sonrió Gabriel -. Estoy con un problema aparentemente grave. El motor del coche está fallando y tengo miedo de quedarme en la carretera. Como usted sabrá, a esta hora el movimiento es casi nulo.
-  Sí -  dijo el hombre, sin abrir totalmente la puerta -. Pero, ¿qué quiere usted?
- ¿Hay algún taller mecánico por aquí? - preguntó Gabriel – ¿Algún lugar donde pueda dar una mirada en el motor?
-  No, no hay nada de eso. La ciudad más próxima queda a setenta kilómetros, y  a esta hora ya debe estar todo cerrado. 
-  No puedo arriesgarme. Para colmo mi teléfono móvil no funciona, creo que está sin batería. Existe algún hotel, pensión o lo que sea por aquí.
-  No. - respondió lacónico el viejo.
-  ¿Acaso alguien podrá ayudarme? - preguntó desanimado Gabriel.
El viejo paró para pensar, se rascó la cabeza y después habló.
-  Bueno, puede dormir aquí y mañana temprano vemos lo que podemos hacer. 
Gabriel aceptó, a pesar de que el viejo no le inspiraba mucha confianza. Fue hasta el auto y volvió con una valija pequeña. Entraron. Era un almacén típico del interior, con un olor fuerte a yerba, caña y charque. Pasaron por el recinto que servía para atender al público, siguieron por un estrecho corredor y llegaron a una sala que servía también de comedor, pues tenía una mesa de seis lugares y algunas migas de pan sobre ella, indicios claros de que ya habían cenado. 
El hombre preguntó si Gabriel estaba con hambre. Él dijo que no, pero si tenía un café, él aceptaba. 
- Claro que debe estar con hambre – dijo una voz, desde una de las puertas que daban para la sala. Gabriel identificó la dueña de la voz. Era una señora mayor, posiblemente la mujer del viejo desgreñado.
- Siéntese que le voy a preparar algo – ordenó la mujer y Gabriel y el viejo obedecieron.
Minutos después, ella sirvió un risoto, que con  seguridad había sobrado de la cena, y una copa de vino tinto. Comió y bebió, sintiéndose un poco mejor. 
El viejo hablaba poco, en compensación la mujer hablaba por los dos. Después de conversar un rato y preguntarle a Gabriel sobre algunos detalles de su viaje, la mujer dijo que ya era hora de dormir. Atravesaron un pequeño corredor, Gabriel notó que las puertas estaban todas cerradas, excepto una, entreabierta y por la cual creyó ver una joven mujer, mirándolo con curiosidad. Salieron al patio y llegaron a una pequeña pieza, que no tenía más que una cama, un ropero y una silla. Allí iba a dormir.
Se quedó solo y otra vez lo impresionó el silencio. Era algo pesado, abrumador. Se acostó y adormeció. 
Despertó con un ruido en la puerta. Alguien quería entrar. Se incorporó en el preciso instante en que la figura de la joven mujer se dibujaba en la abertura. 
Ella entró y cerró la puerta. Un exótico perfume invadió el recinto. La mujer caminó hasta la cama, dejó caer la poca ropa que vestía, levantó la sábana y se acostó al lado de Gabriel. 
Él intentó hablar algo, pero ella le tapó la boca con un beso cargado de lujuria. Sorprendido, Gabriel se negó al cariño, pero después entró en el juego y empezó a besarla también. Ella tenía un cuerpo divino: firme y suave, ágil y delicado, mostrando toda su energía, la fuerza de sus músculos, la juventud de su piel. 
Rápidamente, Gabriel se sacó los calzoncillos y, desnudo, partió para el ataque. Se detuvo en los labios, en el cuello, en los senos grandes y firmes. Resbaló por la barriga, se detuvo un instante en el ombligo y alcanzó el sexo de la mujer, que se retorció cuando sintió la lengua del hombre. 
Gabriel se posicionó entre las pierna femeninas y penetró despacio aquel sexo ardiente. Ella gimió cuando sintió la penetración, separó un poco más las piernas, empinó la pelvis para adelante, al encuentro del miembro invasor y habló algo que Gabriel no entendió.
Ella se movía como si quisiera huir de aquel instrumento de placer, pero metiéndoselo cada vez más adentro, en cada movimiento. Gabriel entendió la urgencia de la mujer, apoyó el peso del cuerpo en las manos y en las rodillas, le dio un poco de espacio y dejó que la mujer se moviera, metiéndosela y sacándosela. Él juego duró unos minutos, hasta que ella fue disminuyendo la velocidad, tomándolo por las nalgas y atrayéndolo hacia ella y provocando una penetración más profunda. La mujer suspiró fuerte, curvó el cuerpo hacia adelante, se abrió un poco más, cruzó las piernas sobre el cuerpo de Gabriel y gozó, elevando un grito que se hizo melodía animal.
Gabriel, sin importarse con el escándalo de la mujer, sin preocuparse con sus anfitriones, que podían despertar a cualquier momento, se clavó con fuerza en el sexo de la mujer y se movió enérgicamente, mordiéndole los labios, apretando con fuerza las nalgas y los senos de la mujer. Se derramó y se desplomó sobre ella. 
Después de algunos momentos de descanso, ella se separó y se arrodilló en la cama, limpió el miembro desmayado  con la sábana y se lo metió en la boca, trabajando con la lengua, los labios y los dientes. Gabriel sintió que el deseo se abría camino, relampagueando por todo su cuerpo. Cuando el miembro alcanzó el tamaño deseado, ella se sentó sobre él, haciéndolo desaparecer. Se movía, gimiendo sin parar, aumentando la velocidad, girando, metiéndoselo y dejándolo escapar, para volver a tragárselo con su sexo sediento de amor. 
Gabriel sintió las uñas de la mujer rasgando su piel, hundiéndose en su carne, cuando ella lanzó los caballos de su orgasmo por las praderas del placer. Gritó más fuerte, acercándose a un aullido animal. No satisfecha, le dio la espalda, se acomodó sobre las piernas y fue bajando despacio, mientras el pene entraba, con cierta dificultad en el camino más apretado. Ella gemía de dolor y de placer, pero no se detenía, descendiendo despacio y sin parar, clavándose en aquel miembro duro y sorprendido. Gabriel intentó salir de debajo, para trabajar con más libertad, pero ella no lo dejó hasta que se sentó totalmente, parando un instante para respirar. Enseguida empezó un electrizante sube y baja, que provocó en el hombre un torbellino de sensaciones. Ella se lo sacaba y se lo ponía, gimiendo fuerte y respirando con dificultad. Gabriel separaba las nalgas para facilitar la penetración, deseando montar sobre ella para mostrarle toda su fuerza y energía. Ella relajó un poco el cuerpo y él aprovechó para derribarla en la cama, sin salir de dentro, dejándola de lado. Comenzó a moverse rápidamente, provocando en la mujer una serie de gritos, aullidos y palabras ininteligibles. Poco a poco él la posicionó de la manera que más le gustaba, dejándola de rodillas en la cama, la cabeza hundida en la almohada, las piernas separadas, las nalgas levantadas obscenamente  para que el  miembro entrase con todo, hasta el fondo. 
Gozaron juntos, unidos los cuerpos y los gemidos. Gabriel cayó sobre ella, sofocándola con su peso y penetrándola con todo, arrancando un último gemido, que mezclaba dolor y placer. Después adormecieron. 
Gabriel despertó con el sol golpeándolo en el rostro. Por la intensidad de la luz solar ya debería ser tarde. Se levantó. La mujer no estaba. Sólo su perfume flotaba en el aire. Un aroma que se mezclaba con el olor animal del acto sexual. 
Él se sentía compungido, había abusado de la hospitalidad de los viejos y se había acostado con la hija, sobrina o algo así. ¿Cómo se llamaría? Era morena, joven y, por lo poco que pudo ver, no era fea. Alejó los pensamientos que lo preocupaban, se vistió rápidamente, destrabó la puerta, la abrió y salió de la pieza buscando un lugar donde lavarse. 
Encontró a la dueña de casa en la cocina, ella le indicó la puerta del cuarto de baño. Se lavó, usó un dedo como cepillo de dientes y se miró en el espejo. Estaba demacrado, denunciando una noche de locuras sexuales, en su pecho y en su espalda se veían marcas profundas de uñas. 
Cuando volvió a la cocina, la mujer ya lo esperaba con un delicioso café con leche, panes, dulces, manteca y un pastel de frutas. Comió con ganas, conversando trivialidades con la mujer. Quería preguntar sobre la joven que lo había visitado durante la noche, pero no encontraba las palabras, no encontraba el camino. 
Después del café, conversó un poco  con el viejo, que ya estaba atendiendo en el almacén y que parecía un poco más simpático. Le indicó el taller mecánico más próximo, la distancia le pareció menor a la luz del día. 
- Setenta kilómetros nocturnos son mucho más que setenta kilómetros durante el día – bromeó Gabriel, y el viejo no entendió.
Gabriel fue hasta el auto, giró la llave y el motor funcionó perfectamente, sin ningún ruido extraño. Lo dejó funcionando y fue a despedirse de los viejos, preguntando si debía alguna cosa, si podía retribuir de alguna manera la hospitalidad. El viejo gruñó que no debía nada. Gabriel le apretó la mano y se despidió de la mujer dándole un beso en la mejilla. No resistió y antes de girar, para ir hasta el automóvil, dijo: “Saludos a su hija”.
- ¿Qué hija? - preguntó la mujer, sorprendida.
-  Es su sobrina, entonces.
- No, no tenemos hija ni sobrina, vivimos solos – dijo la mujer, mirándolo con curiosidad -. ¿De dónde sacó esa idea?
- No sé... - titubeó Gabriel – Anoche, me pareció ver una muchacha cuando pasé por el corredor...
-  ¡Usted está viendo cosas! - exclamó la mujer, divertida.
Gabriel subió al auto y salió apretando fuerte el acelerador. Ya en la ruta, los  pensamientos le atropellaban la conciencia. Aquello no tenía explicación. Las marcas de las uñas en su cuerpo eran una realidad, lo que había sentido durante aquella noche, la manera como había disfrutado de aquella joven mujer, el recuerdo claro de sus cariños, de sus suspiros, de sus gemidos, de su sexo caliente, húmedo y receptivo, nada de eso se podía negar.
            Pisó con más fuerza en el pedal del acelerador. Quería huir de aquel lugar, alejarse de las preguntas que lo empezaban a atormentar.

 

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