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7 min
El amor de una madre
Drama |
06.06.16
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Sinopsis

Una madre nunca pierde las esperanzas.....aun mas allá del final del camino

Lima 15 de enero de 1881

   Victoria Flores era una mujer con 54 años de edad, de raza mestiza, oriunda de Matucana. Hace una media hora había abandonado la casa, donde labora lavando la ropa, en el centro de Lima. Corre presurosa por las calles de la capital. Calles vacías, poco público se muestra en las esquinas.

   Lima, por aquellos días era una ciudad cubierta por el miedo y la vergüenza. Existían gritos de patriotismo, claro que sí, pero eran más los que ya se imaginaban las represalias del invasor. Dos días atrás habíamos sido derrotados en Chorrillos y desde ayer se habían empezado las tratativas para un acuerdo de paz. Dios aun podía apiadarse de la otrora capital virreinal.

   Pero hoy, Victoria despertó con un mal presentimiento. Una polilla negra y gorda se había posado toda la noche en el techo de su cocina. ¡Mal augurio! Pensó. Así es que decidió terminar su labor lo más temprano posible e ir hasta el cerro El Pino, reducto donde estaba destacado su hijo Aurelio. Compró algo de queso y una hogaza de pan. Rogaba que le dejasen entregar el fiambre personalmente.

   Son las 12:35 de la tarde, el sol reinaba a plenitud. Victoria no hacía más que desear, que la paz se imponga, ya mucha sangre había derramado el Perú, del honor mejor ni hablemos. Iba caminando por la carretera, empapada de sudor, los pies ya le dolían, las varices empezaban hacer su efecto. Pero el cansancio y dolor no impedía quitar de su mente el motivo del sacrificio. ¡Quería ver a Aurelio!

   Era su único hijo. El único ser más amado que le quedaba. Su esposo Benito, murió hace dos años de una imperdonable tuberculosis. Desde entonces la relación madre e hijo se llenó de mucho cariño. Recordaba haber llorado oculta en un rincón, el día que Aurelio le dijo que se había unido a la Reserva del Ejército que defendería la capital. Ante él nunca se mostró triste, por el contrario, animaba su espíritu patriótico cada noche mientras él tomaba su sopa al volver de los ejercicios a los que se sometió a todos los voluntarios. Nunca pensó que Aurelio era muy joven para acudir a una cita con la muerte, le agradecía a Dios que su hijo tenga un corazón de 17 años tan valiente. Pelearía por el Perú, por el país donde ella era una simple chola que lavaba la ropa de los ricos, pero aplaudía con entusiasmo cada vez que lo veía en el traje azul que le entregaron. Aurelio se veía como un príncipe, porque para ella, él era eso, ¡un príncipe!

   Pero era imposible que las lágrimas no hicieran su aparición sobre sus mejillas. No gritaba, pues lo hacía para adentro, quería tragarse ese dolor. Pero cada vez que parecía flaquear de ánimos, sacaba una foto doblada de Aurelio, y eso le daba fuerzas para seguir a buen paso.

   A las 2pm llego cerca al cerro y recibió una buena noticia. Los reservistas bajarían por turnos a comunicarse con sus familiares. No era la única madre. Allí congregaban mujeres de diferente color de piel, lugares y clases sociales. Se sentó sobre una roca, tenía sed y hambre, pero no consumió el refrigerio de su alforja, estaba reservado para su hijo. No tenía dinero para comprar algún dulce. Pero era feliz porque vería a su hijo, hace tres días que no tenía noticias de él.

   De pronto a eso de las 2:30 pm, a lo lejos empezó a escucharse el sonido de la muerte. El fuego de artillería, la descarga de fusiles, y los gritos de los valientes. Las patrullas impedían el paso de los curiosos. Victoria y otras mujeres empezaron a rezar. Rogaba que la muerte no llegase hasta el reducto del cerro el Pino.

   Cada tanto bajaban grupos de oficiales y soldados y se perdían por los caseríos aledaños. La gente les preguntaba, ¿qué sucedía?, ¡Están atacando por Miraflores!, respondían algunos para luego continuar su camino.

   El tiempo transcurría y la desesperación se adueñaba de la gente. El enfrentamiento esta vez se escucha más cerca. Se podía imaginar que cada vez, más reductos iniciaban su defensa. Pero entonces, ¿llegaría hasta aquí? Se preguntaba asustada. No se contuvo y junto a otras mujeres subieron algunos metros. Reconoció a un amigo de su hijo que venía bajando. Pregunto por él. ¡No quedan muchos aquí! ¡Váyase!, le advirtió, Aurelio hace buen rato que escapo, ya no está aquí.

   Victoria descendió. Entendía que su hijo huyera al tener frente a él, a la temible muerte. Era joven y quería vivir. Quizás entendió que la guerra no es un juego para alardear ante las mujeres. Entonces se dirigió a su casa. Pensó que Aurelio también se refugiaría allí. Lo mimaría como un niño. Le prepararía una buena sopa caliente y lo abrigaría al dormir.

   Al anochecer, cuando llega al centro de la ciudad, en medio del tránsito de civiles que huían, cruza frente al hospital Dos de Mayo, donde ya empezaban a llegar los primeros heridos de la batalla.

   El llanto y dolor se dibujaba en el rostro de los soldados. No podía imaginar que alguno fuese su hijo. Prefería que dijeran que era un cobarde y que este en casa sano y salvo. No soportaría ver a su amado Aurelio empapado de sangre.

¡Madre! Se escuchó una agonizante voz. Ella se acercó presurosa. No era Aurelio.

Madre que será de mis hermanitos – dijo a duras penas aquel hombre, tenía el pecho abierto cubierto de algodones ya de color rojo

Dios los cuidara hijo – le sonrió y le dio un beso en la mejilla, no le importo mancharse el rostro

Madre… - repitió el agonizante

Duerme tranquilo, hijo mío – le dijo con tierna voz y cerró los ojos del hombre que ya había muerto

   Victoria llego a casa y no encontró a Aurelio. El llanto y el dolor ahora se apropiaban de ella. ¿Qué le habría sucedido? Se preguntó. Volvió al hospital y no lo encontró. Los días siguientes visito los otros lugares donde llegaban los heridos. Recorrió el campo de batalla pero ningún cuerpo visible era el de su hijo. No tuvo noticia alguna. Así los días transcurrieron, ya no lloraba, no tenía más lágrimas. Ahora la pena, hacia su trabajo en su espíritu maternal. No tenía fuerzas para seguir laborando. La vida no le importaba ya. Sin Aurelio su pequeña casa le parecía gigantesca, sin fin. Se estaba dejando morir poco a poco.

   Casi cuatro meses después, el 7 de mayo, por la tarde mientras dormía, una voz conocida la despertó

- ¡Madre! – esta vez sí era la voz de Aurelio, estaba vestido con su reluciente uniforme azul

- ¡Hijo mío! – lo abrazo con gran cariño, llenándolo de besos en todo el rostro y empezó a revisar su cuerpo

- Estoy bien madre, no te preocupes – le dijo mirándola a los ojos con cariño mientras sostenía su quijada

- Te busque Aurelio – dijo Victoria sin aun poder llorar

- Lo siento mama, aquel día mientras muchos huían, un capitán y algunos de nosotros nos dirigimos a Miraflores a pelear, no podíamos quedarnos sin hacer nada

- ¿Y que sucedió luego hijo de mi vida?

- Te lo contare después ¿sí?

- Claro mi príncipe

- Ahora por favor levántate que te llevare a dar una vuelta

- Pero Aurelio no tengo fuerzas

- Apóyate en mí brazo mamita, tenemos que darnos prisa. Papa nos espera, ya sabes cómo es de impaciente.

FIN

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Me encanta escribir, inventar historias donde convergan el amor, el odio, intrigas, heroismo etc....de todo. Y claro me encanta leer, prefiero novelas situadas en otras epocas, no de la actualidad. www.desayunosylonches.com

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