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5 min
EL AMOR Y SUS MISTERIOS
Amor |
11.10.17
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Sinopsis

 

EL AMOR Y SUS MISTERIOS

Ella irrumpió en mi vida y la llenó de cataratas de luz. Deliciosa, atrevida, sensual, se apoderó de todo. Suyos fueron mis días, mis pensamientos, mis sentimientos y mis suspiros. Descubrí su cuerpo como un explorador, como un adelantado, navegué por las olas inmensas del placer, entreverado en sus brazos y piernas.

El amor fermentó entre nosotros.

La primera vez fue inolvidable. Sus padres habían viajado o estaban en la casa de un pariente. Combinamos todo y fui a cenar con ella. No recuerdo lo que comimos, pero bebimos mucho vino tinto y, casi sin querer, sin entender lo que estaba sucediendo, la senté en el sofá, la liberé de la bombacha, separé sus piernas y entré despacio, invadiendo su sexo caliente. Ella mordía, insistentemente, el labio inferior y soltó un gritito de dolor, que aumentó mi deseo. Le hice el amor con todo el cariño del mundo, disfrutando intensamente de aquel cuerpo divino. Cuando exploté, lanzando en su intimidad un río blanco de placer, caí sobre la alfombra, alterado, con la respiración entrecortada, sudando, desbordado por tanta satisfacción.

Me dejó descansar un poco. Sirvió más vino y, antes de terminar de beberlo, me arrastró hasta uno de los dormitorios. “Es el de mis padres”, susurró y me empujó sobre la cama. Su boca traviesa encontró mi sexo. Mordió con cariño, apretó, succionó, lo metió todo en la boca y empezó un electrizante juego, que me preparó para otra batalla.

Desnuda, la negra cabellera cayendo sobre sus hombros, montó sobre mí, apoyando sus manos en mi pecho y me cabalgó, comandando mis movimientos, usándome para alcanzar el gozo total. Con un grito reprimido se desplomó sobre mi cuerpo, dejando que yo continuara el movimiento de émbolo, hasta alcanzar la cima de mis emociones. Un dulce sopor me invadió.

Nos casamos y muchas, muchísimas veces, repetimos el mismo acto haciéndolo parecer diferente.

En algún momento impreciso, la rutina nos cubrió con su polvo. Las cosas se acomodaron, la fiebre bajó un poco. En algunas noches inspiradas, ella sabía sacudir la modorra, llevándome al borde de la locura.

Hasta que comenzaron a llegar las cartas anónimas, que me envenenaron. Pensé en conversar con ella, pero sabía que sería el fin.

Una noche fingí dormir. Ella, con silenciosos pasos de felina, salió de la habitación y cerró la puerta. Esperé un poco. Sin hacer ruido salí del dormitorio. Ella estaba en la sala, perfumada, sensual, vestida con transparencias que revelaban todo.

Deseaba intensamente que aquella desagradable situación no pasara de una calumnia. Escondido detrás de un biombo, esperé casi una hora. Cuando estaba pronto para retirarme, culpándome por haber sospechado de mi adorada mujercita, escuché el barullo del portón abriéndose. Aquello aumentó los latidos de mi corazón y, lo más contradictorio: me heló la sangre.

Ella corrió hasta la puerta y la abrió. Era el muchachito del supermercado. Se besaron con pasión, las manos ávidas liberaron los cuerpos ardientes de sus ropas. Ella parecía una prostituta, las piernas totalmente separadas, pronta para recibir la boca, la lengua, el sexo rígido y joven. Como si fuera su dueño, él la doblegó y usó, exigiendo y dando las caricias más sucias y asquerosas.

Aquello me pareció una eternidad, los gestos parecían repetirse hasta el infinito, aumentando mi rabia y mi dolor.

En determinado momento él la colocó de rodillas en la alfombra, apoyándola sobre el sofá. Separó las nalgas de mi mujer y pasó los labios, metió la lengua, haciéndola retorcerse y suspirar lascivamente. Sin muchos rodeos, se hundió en ella, arrancando de los adorados labios de mi amada, un grito que parecía de dolor, mas era de puro placer.         

Me descontrolé y casi salté sobre ellos. Me contuve y, en el instante siguiente, quedé totalmente perturbado al percibir que estaba excitado. La visión de mi esposa siendo cabalgaba por otro provocó en mí un maremoto de sensaciones.          

Volví al cuarto. De la sala llegaban, mezclados con el sonido irritante de la televisión, algunos gemidos ahogados y frases susurradas. Escuché cuando él se fue y percibí claramente cuando ella estaba duchándose.

Con movimientos rápidos y silenciosos, se metió en la cama. Quería matarla y, al mismo tiempo, poseerla como si fuera un animal. Apenas se acomodó, salté sobre ella, sorprendiéndola, y metí mi sexo sin piedad, hasta que el placer electrizó mis piernas, mis brazos, mi cuerpo por entero. Ella sonreía, dejando entrever una mirada de sorpresa, sin saber que yo podía sentir en su piel el olor fuerte del otro.

Al otro día, cuando llegué al bar, encontré otra carta. Decía lo mismo de siempre, revelando, y eso era una novedad, el nombre del amante. Fue un día muy difícil. La jornada me pareció extremamente extensa y torturadora.

Durante la cena hablé poco, limitándome a aceptar sus cariños, respondiendo con monosílabos a sus preguntas. Cuando me levanté y fui para el dormitorio, ya lo tenía todo muy claro.

Esperé pacientemente la llegada del muchacho, corrí hasta la cocina y volví con un cuchillo enorme. Fue fácil matarlo, casi no esbozó reacción.

Sueli no sabe, todavía, que su secreto ya no es tal. Pensé en matarla también. Soy cobarde, no podría  soportar lo que me queda de vida sin ella.

Todos piensan que soy idiota, que las artimañas de mi mujer me cegaron. En realidad, al matar al muchacho, le di a mi amada una nueva oportunidad. La primera y última oportunidad.

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