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12 min
EL APARCACOCHES
Varios |
12.05.08
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Sinopsis

      Bruno recordaba con inusitada claridad el día que se descubrió a sí mismo. Iba en el asiento de atrás del Opel Vectra de su padre, camino del instituto. Desde bien pequeño supo que era adoptado y no le preocupó en lo más mínimo averiguar el paradero de sus padres biológicos. Sin embargo, hubo algo que le consternó en aquel descubrimiento y era la existencia de un hermano. Había pasado noches enteras imaginando como sería aquel ser escindido de la misma raíz familiar. Pero nunca mostró su inquietud a los que ahora le cuidaban como un hijo. No obstante, a veces el destino te suele atrapar o va en tu busca de forma imparable y no ceja en su empeño hasta que te rodea y te hace partícipe de la historia que te quiere contar con sus actos. Eso fue lo que a Bruno le pasó ese 13 de Abril de 1998. Sus diecisiete años estaban a punto de tornarse en mayoría de edad y pronto podría hacer un hecho de la promesa que sus padres le habían regalado, el permiso de conducir.

      Ese día lluvioso de Abril sentía la cabeza como un melón maduro al que golpearan unos nudillos intentando buscarle el punto. Los ojos llorosos y el moco caído hacían de él poco más que un deshecho adolescente que se sumaba a su apariencia enclenque y desnutrida, muy lejana de la opípara existencia que llevaba. Pero fue ese día y no otro. Un jueves como cualquiera y que marcó los sucesivos con violencia, pues, al principio, no supo que era lo que le atormentaba. El dolor de cabeza iba in crescendo y los ojos enrojecidos apenas sostenían una visión liviana. Tosió un par de veces tratando de reclamar la atención de su padre. No lo consiguió a la primera. Su padre era una persona obsesionada con el deber y la responsabilidad, un día de falta en clase o el trabajo suponía un agravio en la ética personal por muy enfermo que uno estuviese. Así, hasta que no advirtió a Bruno con los ojos en blanco, pétreo y pálido como un muerto, no decidió que lo mejor sería dar la vuelta y dejar las clases para el día siguiente.

      En ese tiempo en que el adulto sopesaba el estado del adolescente, Bruno tuvo un brote de lo que él vendría en llamar “el talento”. Tenía las manos apoyadas en el respaldo del piloto, aferradas las garras con energía y tensos los músculos, con los ojos perdidos en el techo gris aterciopelado. Mientras su padre daba la vuelta y le prodigaba palabras que no llegaban, él estaba sumido en otro mundo, lejos de allí, en otro tiempo. El muchacho vio a su padre con una buena mata de pelo horadando su ahora incipiente calva. Su rostro no parecía tan cansado y viajaba junto a su madre. Parecían emocionados. De vez en cuando miraban al asiento trasero para controlar que el niño estuviese bien. Bruno se vio a sí mismo con apenas diez años, sonriente porque le llevaban al parque de atracciones. Recordaba perfectamente aquel día. Sin embargo, lo que tenía ante sus ojos no era un rescate de su memoria, sino una exposición de ese tiempo pasado como si de una película se tratase. Un zarandeo lo despertó de su estado y pronto se vio sudoroso frente al rostro de su padre, asustado como nunca. Le tocó la frente para comprobar si tenía fiebre. Luego todo se sucedió de forma borrosa, apenas recordaba nada desde que su padre le ayudara a bajar del coche y le mandara derecho a la cama. Telefoneó a su madre al trabajo y avisó del problema. Oyó a su padre alzar un poco la voz y colgó. Luego se despidió de Bruno con la promesa de volver antes del trabajo. Y allí quedó él, tumbado boca arriba en la cama, sudando e impresionado por el hallazgo de ese día. Un 13 de Abril que jamás olvidaría.

      Pasaron unos meses hasta que el chico volvió a tener uno de esos episodios. Incluso creyó durante un tiempo que tan sólo se había tratado de una ensoñación o un delirio. Cuando comenzó con las primeras clases prácticas de conducción, aquello volvió a él, si cabe, con mayor intensidad. Bruno tenía las manos puestas al volante. Sus ojos se voltearon hacia atrás y un sinfín de caras pasó delante de sus ojos. Eran todos y cada uno de los alumnos que se habían sentado en aquel lugar para dar sus clases. En algunos creyó reconocer a su vecina Marta, un par de años mayor que él, y a su hermano Roberto que había compartido un par de cursos con Bruno. Percibió su miedo, sus nervios, los gritos del profesor, que no siempre era el mismo, la fila de asustadizos en el asiento de atrás... era tan real que sintió un escalofrío. Mateo, el profesor le dio una colleja y provocó que Bruno saliese del aturdimiento.

-      ¡Estás tonto o qué? – Espetó sin respeto alguno. Algo que Bruno comprendió cuando se descubrió ladeado en mitad del carril con un par de coches bocinando a ambos lados. - ¡Baja del coche! – Fue lo último que le dijo, y a punto estuvo de perder la oportunidad de unirse a ese grupo de gente al volante para siempre.

      Finalmente, Bruno sacó su carné y fue a la universidad. Acabó su carrera de ingeniería. Apreció como “su talento” crecía en él y aprendió a controlarlo con precisión. Ya no se quedaba absorto en mitad de la nada, ahora era capaz de ver sin perder la compostura ni evadirse de la realidad. Investigó acerca de lo que le pasaba y descubrió que algunos parapsicólogos denominaban aquello como psicometría, un poder que procuraba una visión sobre la vida que envolvía a los objetos, desde quienes habían sido sus poseedores hasta todo lo que había sucedido alrededor. Lo extraño era que Bruno tenía una psicometría un tanto específica. Solamente se desarrollaba “su talento” cuando el objeto en cuestión era un coche. De esa forma, pasaron los años y él se especializó en dos cosas: ingeniería de forma oficial y psicometría a modo de hobby. Luego, una vez acabados sus estudios, llegó el momento de dar un disgusto a sus padres. Bruno dijo que no quería ejercer su profesión y, en cambio, había decidido aceptar un trabajo mal pagado como aparcacoches en el Zeta Hotel. Trabajaba duro, sin apenas días de descanso y con horario de mediodía a madrugada. Sus padres no entendían como podía desaprovechar así su vida, cuando había terminado la carrera con unas notas inmejorables. Bruno tampoco se molestaba en darles explicaciones. Ya tendría tiempo de sacar partido a su ingeniería, ahora tenía cosas más importantes que hacer.

      Era un aparcacoches ejemplar y lo sabía. Disfrutaba con su trabajo. Cada vez que se sentaba al volante de uno de aquellos coches, muchos de ellos de lujo, podía ver lo que sus dueños trataban de ocultar. Una infidelidad en el asiento trasero, un trapicheo a baja escala, negocios de lo más sucios, intercambio de información... aunque también veía cotidianidad, vidas corrientes plagadas de momentos de júbilo o discusiones durante un viaje, peleas con los niños... En raras ocasiones percibía incluso un conductor diferente, un dueño anterior. Otras, Bruno se divertía, viéndose a sí mismo unos meses más joven aparcando el mismo coche. Como un flashback a su propia vida laboral.

      Los motivos que habían llevado al muchacho, ahora con veinticuatro años, a decantarse por aquello solamente atañían a él. Nunca había dejado de pensar en su hermano. Había averiguado que, al igual que Bruno, había sido adoptado por una familia de la misma ciudad, pero jamás supo nada más. Los archivos habían desaparecido por un error administrativo y no había manera de recuperarlos. Eso fue, al menos, lo que le dijeron en el orfanato. Podría haber escogido otra tarea de más alcance como lavacoches o mecánico, pero tenía una intuición. Su instinto le decía que su hermano no conducía un coche cualquiera y que, de hecho era así, porque la familia que lo había acogido era una de las más pudientes.

      Bruno iba recopilando pistas para recomponer un puzzle complejo que debía llevarle hasta el paradero de su hermano y, como poco, descubrirle su identidad para poder recuperar los lazos de sangre. Era una manera de reconciliarse con el mundo, de cerrar el círculo que sus padres biológicos habían dejado abierto. Dos años después de estar trabajando en el hotel, tuvo el primer atisbo de que iba en la dirección correcta. Era un Mercedes-Benz biplaza, plateado, llantas de aleación y todos los complementos imaginables que alguien con dinero podía costear. No vio apearse al conductor, o tal vez no se fijó, solamente extendió la mano para recoger las llaves y dirigirse con seguridad al asiento del piloto. Al posar las manos en el volante, una fuerza desgarradora le recorrió de arriba abajo. Le poseyó aquel magnetismo. Vio una cara familiar. A pesar de eso, no conseguía reconocer al individuo. Entonces, por primera vez en su vida, la imagen que se le mostraba se extendió más allá de la frontera que las paredes metálicas de un coche limitaban con la realidad. Sus visiones salieron del vehículo y vio una enorme casa rodeada de un magnífico jardín con piscina. Vio al hombre hacerse niño y crecer. No había duda. Era él. Tenía que serlo.

      Con una excusa relevó su turno antes de lo acostumbrado y montó guardia frente a la puerta del hotel hasta que vio al hombre de su visión. Ahora que se fijaba bien, tenían cierto parecido. Le agradó descubrirlo. Iba acompañado de una flamante mujer de pelo ambarino y ojos azules y relampagueantes. Se contoneaba a su lado sabiéndose dichosa, no de haberlo cazado para una vida, sino siquiera de poderse pavonear a su lado por una noche. Bruno estuvo tentado de abordarle esa misma noche, en ese mismo momento. Algo le retuvo e hizo que su encuentro se fuera demorando algunos días, que él pasaba a las puertas de su gran chalet. La misma noche que lo vio salir por el vestíbulo del hotel, había esperado a que cogiese el coche y lo había seguido hasta allí. No sabía qué podría decirle. En el fondo eran dos completos extraños. Tan sólo un lejano lazo de sangre les unía. Un débil hilo que se perdía en el pasado que no recordaban. Sin embargo, en una de esas ocasiones en las que Bruno se sintió más envalentonado, tomó la decisión de no esperar un día más. Aparcó su coche a una distancia prudencial para no advertir demasiado pronto de su presencia. Luego se acercó a la entrada principal, un verjado ostentoso con florituras doradas sobre negro azabache. Había un telefonillo con cámara. Pulsó el botón seguro de que su hermano se encontraba allí dentro, tal vez aprovechando el espléndido día junto a la piscina. Nadie contestó. Suspiró decepcionado y apoyó uno de sus brazos en la verja. Ésta cedió un poco.

      Lo meditó dos segundos. Una vez allí no podía echarse atrás. Era ahora o nunca. Sabía que le costaría volver a reunir valor para repetir su hazaña, así que empujó la puerta un poco más, lo suficiente para atravesar el umbral, y se adentró en el jardín. No le costó encontrar a su hermano echado en una tumbona tomando el sol junto a la piscina. Se acercó algo temeroso. No pretendía asustarle. Se acercó, no obstante, con sigilo. Tenía puestas unas gafas de sol que evitaban Bruno le viera los ojos. Se situó frente a él con la incógnita de saber si le estaba mirando o dormitaba. Y Bruno hizo lo propio para hacerse notar, carraspeó. Sin embargo, su hermano no se sobresaltó. Apenas sí se inmutó. Bajó levemente las gafas de sol sobre el puente de la nariz y esbozó una sonrisa cómplice. Bruno no entendió nada. Luego su hermano, aún en esa postura, se dirigió a él con placidez.

      -      Has tardado en decidirte. – Le hizo un guiño mientras se levantaba y lo abrazaba. – Te estaba esperando, Bruno. – Esas palabras sonaron extrañas en esa situación en la que dos perfectos desconocidos se reunían tras más de veinte años. Bruno no dijo nada, se limitó a callar y ver. Pues tocando a su hermano comprendió que no era él único con “talento” y que, ahora, los coches no eran su única conexión con el pasado.
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