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5 min
El arte de la caza
Terror |
11.02.11
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Sinopsis

El depredador acecha a su presa, estudiándola, esperando el momento de atacar... Pero a pesar de todas sus precauciones, nada saldrá como tenía pensado.

Llevaba horas esperando. Esperándola. Horas eternas, estiradas hasta la extenuación, hasta que se tensan y se dilatan y cada minuto parece un siglo. Y a pesar de todo, de la espera, de la paciencia infinita, en ocasiones el momento no llega. Pasa de largo, deslizándose entre los dedos que acaban por acariciar el aire donde unos segundos antes estaba la oportunidad.

Entonces es cuando hay que dar marcha atrás. No forzarlo. Dejar que esa efímera oportunidad se marche suavemente, verla desaparecer con la seguridad de que aquí ha estado la diferencia. Tan sutil como decisiva. Pues ahí donde caen los más poderosos y despiadados. Víctimas del ansia, esa ansia enfermiza que a veces parece incontrolable. Pero no lo es. Y ésa es la razón por la que durante tanto tiempo he podido permanecer en la sombra, riéndome de los que en vano tratan de darme caza.

Los instintos nos traicionan sólo cuando se lo permitimos.

La llevaba siguiendo desde hacía muchas noches. Es tan sencillo asimilar y mimetizar la rutina que impregna las vidas de todos los habitantes de esta ciudad, igual que en todas las ciudades antes que ésta. Patrones tan fijos que casi pierde la gracia. Debía ser feliz la muchacha. Acudiendo siempre a los mismos bares, noche tras noche la misma rutina, sin variar un ápice, encontrar a las mismas personas, borrachos sin rostro que le hacían cumplidos y a los que eventualmente acompañaba a casa. Reírles sus chistes, besarles. Creer que lo que haces es la única opción, o la mejor al menos. No dudar. Vivir. Si yo aceptara eso todo sería mucho más fácil. Pero sería falso.

Me gustaba seguirla cuando salía de aquellos pisos anónimos a altas horas de la noche. Deslizándose por las callejuelas, a toda prisa, como si fuera consciente de mi presencia. No necesitaba acercarme demasiado. Ya sabía adónde iba. Me quedaba agazapado entre unos arbustos mientras ella rebuscaba en el bolso hasta dar con las llaves, y entonces se perdía en el interior un edificio que, a fin de cuentas, constituía la única separación real entre ella y yo.

Supongo que si hubiera irrumpido en su casa, haciéndome pasar por un mero repartidor, cualquier día, sin tanto acecho, sin tanta espera, todo habría acabado saliendo bien. Al fin y al cabo la gente es por costumbre despistada, o mejor dicho, egocéntrica hasta el extremo, y presta escasa o nula atención a lo que sucede a su alrededor. Cualquiera que se cruzara conmigo me olvidaría a los pocos segundos. Pero qué le voy a hacer, sigo mi rutina, que es la que me ha llevado hasta aquí. Siempre esperar una señal. No precipitarme nunca.

Pero aquella noche, ya desde el principio, supe que todo era diferente. La veía distinta. Supongo que se debía al hombre que la acompañaba. Debía gustarle de verdad. Se la veía feliz, a decir verdad. Radiante. Por desgracia, no pude acercarme lo suficiente como para estudiarlo con calma. Alto, sin embargo, hombros anchos. Cabello largo, negro. Lo llevó a su casa. Era la primera vez. Los seguí con el ceño fruncido. Como siempre, esperé entre los arbustos que hay delante de su casa, viendo las luces parpadear allí dentro, figuras borrosas a través de las ventanas. Empezaba a cansarme cuando de repente el hombre surgió del portal , cabizbajo, murmurando, perdiéndose de vista al doblar la esquina. Algo me dijo que era el momento de actuar. Y actué.

No mostró sorpresa alguna al verme a mí en lugar de al otro. Supongo que eso me descolocó. Incluso tuvo tiempo de cerrarme la puerta en las narices. Pero no lo hizo, sencillamente retrocedió un paso y me indicó que pasara. Me quedé plantado, con la boca abierta. Ella desvió la mirada un segundo hacia la navaja que relucía en mi mano, y luego se perdió en el interior. Entré. Agucé el oído pero no oí nada allí dentro, me pregunté donde se podría haber escondido. Quizá ya llamaba a la policía. Lo mejor sería marcharme, una retirada a tiempo es una victoria. De todas formas no veía nada, avanzaba a tientas por el pasillo y me sentía más expuesto que nunca, más débil, impotente. Un silencio sepulcral me rodeaba, y la oscuridad que hasta aquel momento me había supuesto una ventaja se había convertido en mi peor enemiga. Entonces oí aquella voz, susurrándome al oído, una cadencia suave y reconfortante que me hizo bajar el arma.

Recapacitando, creo que fueron sus ojos. Unos ojos azules que atrapaban la luz y me atraparon también a mí. Me cegó. Cuando la vi por primera vez en el bar me fijé en que era muy pálida, claro, cómo ignorarlo, pero eso también era parte de su encanto. El cabello rojizo cayendo hasta media espalda, suelto, libre, el mismo cabello que ahora me acariciaba la nuca a medida que ella se inclinaba sobre mí. Seguía hablando, susurrando, aunque yo no comprendía una soloa palabra. Todo me sonaba igual, todo me sonaba a derrota, a fracaso. Dejé caer la navaja y cerré los ojos, y cuando hundió sus colmillos en mi yugular, una sonrisa ensangrentada se dibujó en mi rostro al darme cuenta de lo idiota que había sido.

 

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