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8 min
EL ASCENSOR,
Suspense |
09.01.19
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  • 296
Sinopsis

HISTORIAS PARA NO DORMIR, 1ª

                                                            EL ASCENSOR  

                                       ISTORIAS PARA NO DORMIR - 1ª

                                                 Autora Laureana Guardiola Catalá

 Venia de la compra, con el carro y el perro, porque tienen que saber, que cuando voy a la compra me llevo a (Champi) el perrito  que tenemos, desde hace ya diez años algún día les contare lo del perrito, pero hoy es el ascensor lo que ocupa, mi relato.

Llegábamos con mas de veinte kilos de peso puestos en el carrito de la compra, estábamos cansados sudados, y cogimos el ascensor, Primero entro Champi después empuje el carrito y entre yo.

Me gusta mirarme en   el espejo, ya que me veo de cuerpo entero, y miro si tengo alguna falta en mi atuendo, pero ese día no estaba para esas frivolidades. Hacia calor y tenia ganas de dejar la compra, y beber un poco de agua.

De pronto, oigo como un deslizamiento, algo que caía al suelo, un pequeño ¡chop! Casi imperceptible, miro, y justo allí en el ángulo, por una pequeña rendija, se escondía un bicho, una lagartija…

¿Qué es eso? Solo tuve tiempo de verle la cola de… no sé qué.

El perro también lo vio, y me preguntaba, con sus ojos redondos y negros, si había que asustarse.

La puerta del ascensor se abrió, me apresure a salir.

Fuese lo que fuese aquello, no quería no deseaba preocuparme, había muchas cosas que resolver en asa.

Carpanta, el gato, salió con sus maullidos, ahora lastimeros, y otras veces mimosos, (también les hablare del gato) habla, bueno maula, pero yo le entiendo.

Siempre suele mirar, curioso dentro del ascensor, sin llegar a entrar del todo, a el no le gusta salir de casa, a dar paseos. Le gusta oler la compra cuando la voy sacando, del carro, y las patitas de Champi, le pregunta con sus ojos inmensamente azules, como una muñeca, ¿De dónde vienes? Parece ser que te guste el paseo.

Pero ese día no hizo nada de eso, alargo el cuello, y luego el lomo, y olisqueo, hacia  el rincón donde se había escondido aquella cosa.

 No podía apartar mi mente de aquello del ascensor, y el vello de los brazos se me erizaba.

Ya por la tarde, cuando de nuevo Sali a pasear al perro, baje las escaleras a pie, pero al volver, distraídamente entramos en el ascensor. Pulse el botón de marcha… al momento el pánico me paralizo, esta vez lo vi perfectamente, se escondió rápido, por la rendija de la doble puerta, hacia el foso, y esa rendija tiene como un par de centímetros.

Pensaba como salir de allí, estaba atrapada completamente, nunca el recorrido, para llegar a casa se me hizo tan largo y angustioso.

Pensé que mientras el ascensor estuviera en marcha, la doble puerta, no dejaba ninguna rendija, aquello no podía entrar ni salir, ¿lo pensé entonces… o después al salir. No lo sé.

Sali apresurada, con el firme propósito, de comunicarlo a los vecinos,

Tenían que quitar aquellas cosas de allí. Eran serpientes, una mas grande y las demas más pequeñas.

El resto de la tarde, fue pensar y pensar. ¿Qué hacer?

A la noche cuando llego mi marido, se lo conté.

¿Estas segura?

Claro.

Igual es un ratón, si dices que fue tan rápido.

No, no.

Tengo la costumbre, de decir, dos veces las frases cortas, las que solo tienes un golpe de voz, y casi siempre empiezo por el no, no, aunque sea para afirmar las cosas. Como decir, no, no mira como abre los ojos, o…no, no, tienes tu toda la razón.

No, no, ves que es blanco.

Y así siempre. Eso a mi marido le irrita que mis primeras frases sean siempre negativas. Otras veces lo toma a chanza, y me llama la no, no.

Me quede mirándolo, y él sonrió, con mí no, no, dejaba mi credibilidad por los suelos.

Yo decidí que tenía que estar más segura, de lo que decía.

Al día siguiente volví a salir, de casa, el ascensor no funcionaba, lo estaban revisando.

Bajé andando con el perrito, pero al volver subí al ascensor.

Cuando ya estaba allí recordé mi pánico del día anterior, pero me dije, si no le ha salido al mecánico, tal vez sea una visión mía, me estaré poniendo chocha.

Pero, no, no, esta vez la vi perfectamente, media mas del metro, y tenia un grosor considerable. Me quede blanca, helada.

Sali del ascensor y subí al piso de arriba, a decírselo a la vecina. Esta no me dio crédito, me tomo por histérica. No, nos llevamos muy bien, por riñas de vecindad, sin mayor importancia.

Yo me propuse no subir más al ascensor. Que esos bichos los asustaran a ellos.

Pero un día que tuve que cambiar el butano, eran dos bombonas, bajarlas vacías las bajo mi marido, pero subirlas, tuve que ser yo, pues cuando vino el butano, mi marido estaba en el trabajo.

Me dije, nadie mas las ha visto, y ya son varios días, los que an pasado. Bueno vamos allá.

Empecé por dar golpes en la puerta, antes de entrar, por si estaban allí, que se escondieran, abrí la puerta y miré, nada, puse una bombona, en el interior. Entonces oí un (chap) caía algo que se deslizaba.

Empecé a gritar despavorida. Salieron los vecinos.

Hay cuatro plantas, cada una, es una  vivienda, la vecina del segundo y el del tercero, que ese día estaba en casa, y los del cuarto, mi hijo que venia a recoger su almuerzo.

Yo solo gritaba, y me dieron por loca.

No hay nada, mira.

 _ Me decía la vecina, el otro se reía de mí, y mi hijo estaba algo avergonzado.

Yo subiré las bombonas  de  butano mama.

Tu no_ a ver si esas cosas te pican.

El vecino me subió el gas, y cada uno se fue a su casa.

Prohibí a los hijos, subir al ascensor. Para tranquilizarme, me lo prometieron.

Por la noche al llegar mi marido, las vio, había varias según me dijo, estaba blanco cuando lo contaba.

Poco a poco, las fueron viendo todos los vecinos.

Entonces empezó el calvario de como quitábamos, aquellos bichos de allí.

Los del segundo que eran dueños también del tercero y de la planta baja, se responsabilizaron de quitar a las serpientes.

Primero les tiraron veneno, pero al mes había muchas más, pequeñas grandes, un hervidero de ellas.

Se paseaban por los rellanos y las escaleras.

Yo tapaba las rendijas de la puerta para que no entraran en casa.

Muchas mañanas cuando mis hijos, tenían que ir al colegio, y mi marido al trabajo, estaban enroscadas a las puertas, había que quitarlas, o espantarlas, con el palo de la escoba.

A esto ya habían tomado parte los ecologistas, las autoridades, pues esos animales según nos dijeron están protegidos, nos aseguraron, que no eran venenosas ni agresivas. No recuerdo el nombre que les dieron, uno científico, que yo era incapaz de descifrar.

Se llevaron muchas, pero siempre, quedaban.

Opte por llevar a los hijos a casa de mi hermana. Pues estaban muy nerviosos y asustados.

El vecino del tercero como estaba de alquiler, se fue, no sé cómo, pero no lo vi nunca más.

Los del cuarto, como tenían una segunda residencia, un (Chalet) como se llama por aquí, se fueron también.

La tienda de la planta baja, una librería que era la mas afectada, pues el foso del ascensor estaba a su altura, y era donde Vivian y se reproducían, las serpientes, cerro y se alquiló otro local.

Los del segundo, los valientes como los llamaba yo, también sucumbieron y se fueron a la casa de campo.

Pero yo no tenia donde ir, no tenia una segunda casa, de hecho, aun estaba pagando esta, y el dinero no daba para más.

Les di un ultimátum a los del gobierno, ecologistas o lo que fuesen.

O me pagaban un alquiler, o quitaban aquello de allí.

Se rieron de mí, ellos no tenían la culpa, no sabían cómo llegaron, era raro pues no les gustaba convivir con las personas. Si lo quería mas rápido que lo hiciese yo misma.

Mi cuñado se apiado de mí, en una gran tienda que tenía en la carretera cerca de Valencia, en la parte de atrás, había una vivienda, nada un par de habitaciones un baño y la cocina.

Nos fuimos a vivir allí. Yo en cambio me encargaría de abrir y cerrar la tienda, y del mantenimiento.

Los primeros días no podía dormir, me veía rodeada de serpientes.

Con la ayuda de los médicos especialistas, me cure. Además, resulte ser una buena comerciante, con los años la tienda dependía totalmente de mí.

Vendí el piso después de cinco años de todo aquello. Y ahora lo recuerdo como algo irreal, lo cierto es que no he vuelto más por el pueblo.

Mis hijos estudiaron, y se establecieron en la capital. Mi marido y yo nos separamos, nunca nos llevamos bien. Aquello nos superó.

Claro que tengo problemas, los normales de la vida, pero no tan importantes, como aquello, que las serpientes vivieran en casa.  

  

  

 

  

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